
Gustavo E. Etkin (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)
Después del extraño fin de los países socialistas y las nuevas cruzadas en Irak para rescatar el Santo Petróleo, apareció la Nube Cuadrada.
Nadie sabía como y donde se formó, pero apareció en el cielo un cuadrado. Un cuadrilátero perfecto compuesto de vapor. O sea que, de hecho, era agua cuadrada.
Como se sabe, habitualmente las nubes no tienen formas geométricas determinadas. Por lo menos desde la perspectiva de Arquímedes. Amontonamientos irregulares, globulosos, se desplazan por el cielo dejándose llevar por el viento con cierta indiferencia. Tal vez la topología intuitiva podría formalizar sus alternativas pero, que se sepa no se intentó (lo que daría lugar, quizá, a una nueva geometría, la Geometría Globulosa.
La presencia de una nube cuadrada en el cielo fue, así, un hecho nuevo en las posibilidades geográficas de la imaginación humana.
De todas maneras, si se hubiese prestado atención a los comentarios aparentemente banales de algunos astronautas, la posibilidad de un evento semejante podría haberse anticipado. Como, por ejemplo, cuando Gagarín dijo que la Tierra era azul. O cuando otro, desde la Luna, observó que lo que llamábamos cielo es el espacio.
Sin saberlo, decían con eso que no había más cielo, y con ello que no había más arriba y abajo, con lo que de arriba implicaba el Logos y el Bien, y con lo que de abajo suponía el Mal y la Irracionalidad.
Formas nuevas hasta entonces impensables se presentaban al ojo humano.
Fue así que años después de esos reveladores comentarios y de acontecimientos antes inimaginables, apareció la Nube Cuadrada.
Que no era blanca. Era negra. Una nube de lluvia donde, a veces, retumbaban apagados truenos. Inexorable y lentamente la nube avanzaba. Era un gigantesco cuadrado, un monstruoso cuadrilátero. Una fría y calculada inundación definitiva.
Al principio, cuando aparecía, era asombro y curiosidad, fotografías y telescopios. Boites, restaurantes y moteles se llamaron “La Nube Cuadrada” o “El Cuadrado Nebuloso” o “El Agua Cuadrada” o “El Cuadrilátero Líquido” o “Vapores Cuadrados”. Pero después, cuando se instalaba indiferente sobre alguna ciudad y ahí llovía, inundaba, y huracanes fuertísimos destruían hasta los más sagrados monumentos, por medio de satélites se empezó a predecir su curso. Se anticipaba por donde pasaría para que los habitantes se protejan,
Además, dos hechos desconcertantes: el lugar donde la Nube descargaba su odio geométrico era también cuadrado. La tormenta era estrictamente delimitada. Fuera de sus límites sol, día claro, brisa suave. Y después de la abreacción meteorológica la Nube no se disolvía. Continuaba igual, el mismo color, los mismos ángulos, el mismo tamaño.
Entonces los científicos de las universidades de los países triunfadores se dedicaron “full-time” a investigar para disolverla. Y descubrieron no solo que las moléculas de su hidrógeno, carbono y oxígeno eran cuadradas (hidrógeno, carbono y oxígeno cuadrados) sino que los átomos que las componían también eran cuadrados. Núcleos y partículas, protones y neutrones. Hasta sub-partículas, todos cuadrados. Cuadrados y no cúbicos. Todo planamente cuadrado.
Ese descubrimiento tuvo repercusiones filosóficas, matemáticas, religiosas, políticas, sociales, éticas, estéticas, axiológicas y sexuales.
Por ejemplo, a la pre-socrática y clásica concepción esférica del Ser –que implicaba volumen y espacio– se opuso una Weltanschauung plana y cuadrada. Se llegó a admitir que los viajes espaciales transcurrían, en verdad, en un plano, y que la percepción espacial tridimensional (cualquiera) era efecto de una imperfección de nuestros sentidos. En ese sentido la propuesta de Ouspensky en su Tertium Organum fue seriamente considerada, aunque críticamente, ya que se descubrió que no era la Cuarta Dimensión la más real y al mismo tiempo la imposible de ser percibida por nuestros sentidos sino que era la Segunda Dimensión, el plano infinito eternamente cuadrado, jamás imaginado hasta ese histórico momento abierto por la presencia de la Nube Cuadrada.
Por otra parte –y desde una perspectiva matemática– se agregó a la concepción cantoriana la certeza axiomática de que el lugar donde el transfinito estaba determinado tenía contornos cuadrados.
Hubo al respecto grandes polémicas, dado que unos negaban la posibilidad de un transfinito cuadrado ya que en tal caso sería par, lo que cuestionaría el Filebo de Platón e indirectamente al propio Cantor que lo cita, mientras otros excluían esa problemática por considerarla una extrapolación inadecuada dado que, afirmaban, se cuestionaban los límites formales del transfinito –sus bordes– y no el orden de su serialidad.
Así, reactualizado Pitágoras y articulado con Cantor, se descubrió que los números no eran diferentes repeticiones de la unidad –como se creía hasta entonces– sino esencias y lugares de entrada a diferentes transfinitos de forma cuadrada, lo que recién estaba comenzando a ser anunciado por la Nube.
Se volvió a pensar seriamente en la cuadratura del círculo.
Por otro lado, las antiguas religiones esféricas y centradas, judaísmo, cristianismo, islamismo, etc., se unieron para enfrentar al nuevo enemigo: la Religión Cuadrática, que predicaba la salvación cuadrada a través de un satori geométrico. Iluminada participación mística por la que se flotaban en el goce inefable de la cuadratez, relación directa con la esencia cuadrática del Ser. Y para eso no eran necesarios sacerdotes y intermediarios esclarecidos: solo recitar un mantra de cuatro palabras con las adecuadas cuatro escansiones.
La antigua Iglesia Cuadrangular del Reino de Dios pasó a ser venerada como lúcida precursora.
Pero también la Iglesia Católica, que hasta la Nueva Era Cuadrada estaba en extinción, se revitalizó. Antes, cada vez más, perdía control sobre la sexualidad y la muerte donde, como era sabido, fundaba su poder político. Ya casi no se purificaban cristianamente las uniones sexuales (casamientos) y no se pedía la extremaunción. Y al ser despreciado el paraíso por implicar una perfección esférica eran menos procurados los sacerdotes a quienes confesar pecados y de quienes se esperaba alivio con penitencias y absoluciones. Es que la Santa Sede –computadorizada– constató estadísticamente que el porcentaje de casamientos cristianos era mucho mayor en parejas que mantenían regularmente relaciones sexuales en camas cuadradas que en camas rectangulares. El sexo en camas rectangulares era transitorio, promiscuo y libertino. En camas cuadradas la relación trascendía el erotismo y se consolidaba en amor.
Inició, por lo tanto, sigilosas presiones políticas para que los gobiernos sugieran, estimulen y favorezcan la fabricación de camas cuadradas y no rectangulares. Por ejemplo, les serían facilitados créditos bancarios a dueños de hoteles que se comprometiesen a instalar camas cuadradas y no rectangulares. Y eran vistos con simpatía los que hacían colocar crucifijos encima de ellas reforzando así – aún más – futuros casamientos cristianos que si no fuese por el cuadrado contexto serían solo efímeras relaciones sexuales.
Esto último, sin embargo, casi originó un cisma. Por un lado los tradicionales jesuitas y tomistas aducían que, como “el fin justifica los medios”, era lícito un crucifijo encima de una cama cuadrada aunque, circunstancialmente, pueda ser palco de sexualidad desenfrenada. Era solo el inevitable momento de un camino que –casi siempre– llevaría a espiritualizar (con la ayuda de Cristo, precisamente, y en un lugar cuadrado) una lamentable relación carnal. Por otro lado, el sector progresista de la Iglesia, aludiendo a un filósofo francés del siglo XX, respondía que “los medios determinan el fin”. O sea que el camino de la carne (a diferencia del hinduismo tántrico) no era un momento para llegar a su contrario, el espíritu, sino comienzo de perdición irremediable en el pecado. Sobre todo cuando, como en estos casos, el acto sexual era anterior al sacramento matrimonial.
Todo lo redondo fue considerado pecaminoso. Se instauró la pena de muerte en muchos países para quienes proponían camas redondas.
Pero la división fue evitada cuando se propusieron objetivos más importantes: dar a mitras y solideos formas cuadradas. Con el solideo fue simple. Pero no con la mitra, cuya transformación en cuadrado no podía ser pensada desde la geometría euclidiana, por lo cual se convocaron los más brillantes matemáticos especialistas en topología intuitiva, ya que, como era sabido, la mitra resultaba del llamado Plano Proyectivo cuya condición previa era –desgraciadamente– una esfera. Trabajaban con tenacidad para idear un Plano Proyectivo a partir de un cuadrado.
Y junto a todo ello, progresistas y tradicionales se unieron también en otro objetivo: reformar las cúpulas de todas las iglesias –comenzando por la del Vaticano– para darles una forma cuadrada. Conservando su estilo y preservando sus monumentos, la Plaza de San Pedro fue remodelada en una cuadrilátero perfecto.
Y una bula papal transformó la Santísima Trinidad en el Santísimo Cuaternario: El Padre, La Madre, El Hijo y El Espíritu Santo.
Un Aleph cuadrado anunciaba una nueva era.
Fugazmente la resistencia se politizó. Los esféricos-circulares tradicionales más conservadores alertaron sobre el uniforme, inalterable y constante color negro de La Nube. Era para ellos la prueba final de una evidencia: la raza negra estaba por conquistar el mundo. En los Protocolos de los Sabios de África –que esgrimían como prueba irrefutable– estaba prevista la planetaria conspiración, cuyos momentos previos ya fueron el Humanismo, el Comunismo, el Naturalismo y el Ecologismo.
Sin embargo, un marxismo renovado barrió definitivamente tales perspectivas reaccionarias. Era una nueva caracterización, más precisa, sobre la etapa comunista que vendría –históricamente determinada e inevitable, por supuesto– a continuación del socialismo: “De cada uno según su capacidad, a cada uno su necesidad cuadrada”. Necesidades cuadradas, en efecto, que así serían el objetivo último de la toma del poder. O sea, tomar el poder y cuadrificar los medios de producción para encuadrar un camino que permita realizar la esencia cuádrica del verdadero y Nuevo Hombre Cuadrado.
Así, se terminó aceptando La Nube como destino, verdad, hábitat, horizonte en fin, de lo terráqueo. Y sus vientos y lluvias cuadradas con la resignación de inevitables y naturales fenómenos meteorológicos.
Los países más proclives a la fe –Brasil, Polonia, España y Estados Unidos– tuvieron la iniciativa (coincidente y casi simultánea) de modificar la forma de sus estadios de fútbol, que pasaron a ser cuadrados.
Y las pelotas de fútbol (igual que los globos) fueron cúbicas, lo que determinó cambios de táctica y estilo en los partidos, un fútbol caminado, lento pero más sutil, casi un juego de ajedrez con jugadores altamente intelectualizados calculando ángulos, lados y vectores de impulso en el nuevo cubo de los estadios.
Las ruedas de todos los vehículos se exigían cuadradas lo que, además de implicar un considerable desarrollo de la tecnología de suspensión (trasera y delantera), permitió descubrir un nuevo placer ondulatorio en los viajes.
La cuadrificación de las monedas fue condición necesaria y básica de cualquier intercambio en la vida cotidiana. En medios de transporte, kioscos, y bares se aceptaban solo monedas cuadradas. Obviamente las monedas de oro, para no perder valor, debían ser cuadradas. Y el papel moneda (dólar, rublo dolarizado, peso, sol, peseta, franco) dejó de tener un contorno rectangular para ser cuadrado. La posibilidad de recibir lucros en dinero antiguo (que no estaba formalmente desvalorizado, aunque se había iniciado una campaña para eso) desalentaba cualquier inversor potencial.
En general en todos los países se comenzó a despreciar lo circular y su equivalente complementario: lo cilíndrico. A ojos de buey, balas, bocas de cañón, revólveres, ametralladoras, fusiles, cohetes, se los hizo cuadrados.
La dimensión cuadrada en que había entrado la humanidad modificó también tradicionales convenciones de belleza: los cuerpos, para ser hermosos y deseados, debían ser cuadrados. Y cuanto más cuadrados, más eróticos.
Sin embargo como los cuerpos –en éste caso humanos– tienen volumen, se apreciaba lo cúbico como representación –inferior, en verdad– de lo cuadrado. Es así que todos procuraban no ser flacos ni gordos sino cúbicos.
La celulitis, antes tan temida por las mujeres, llegó a ser enfermedad valorada y finamente estética. Se decía que el grano de arena es a la perla como la celulitis a la mujer. Caderas cúbicas, angulares, lo más cuadradas posible, eran codiciadas en los medios de transporte y premiadas en los concursos de belleza.
Era por lo tanto más que previsible –necesario– que la sexualidad humana fuese alterada (o tal vez en verdad, normalizada) por la dimensión cuadrática. Se extendió y perfeccionó la cuadroplastía, rama de la cirugía plástica que modificaba la forma de los órganos sexuales de quienes demandaban la sustitución de la forma circular o más o menos longitudinal de anos, vaginas, lenguas, bocas, pechos, penes y ojos por contornos cuadrados. Ello, a su vez, originó nuevas técnicas sexuales que se resumieron en el Cuadra-Sutra, libro de la sexualidad de la Nueva Era. Es que, por ejemplo, dado que los penes y las vaginas, anos o bocas y lenguas pasaron a ser cuadrangulares, las antiguas técnicas eróticas de movimientos circulares continuos dejaron de ser posibles. Pero un nuevo campo de investigación y experiencias en la geometría de los goces se abría para la humanidad. Cuando, por ejemplo, el pene –ahora rectangular– era introducido en su correspondiente cuadrilátero la suavidad de anteriores movimientos circulares fue imposible. Se intentaba la antigua rotación, pero pequeñas escansiones regulares interrumpían la continuidad. Pequeñas escansiones que sin embargo, se descubrió, producían nuevos y sorprendentes goces. Los más ágiles conseguían pasar de esas micro alteraciones regulares a las vibraciones, con lo que los vibradores eléctricos llegaron a ser una cosa más del pasado. Así, también la sexualidad humana llegó a ser más humana.
Esa convergencia desde distintos campos en una nueva normalidad cuadrada fue poco a poco, determinando un área de exclusión. Lo cuadrado pasó a ser legítimo, permitido y estimulado. Lo redondo y esférico, ilegítimo, censurado y condenado. Por lo que los conservadores se dedicaron a defender lo cuadrado y combatir lo redondo.
Apareció entonces una nueva toxicomanía. Transgredir esféricamente era, para esos neo-toxicómanos, el goce máximo. Los primeros que se dieron cuenta que un nuevo consumidor estaba apareciendo en el mercado fueron los doctores de la Universidad de Medellín, que en recientes pesquisas concluyeron que la causa de una drástica disminución del consumo de cocaína era la tradicional forma cuadrada de los sobres de papel o plástico en que la droga era vendida. Sugirieron entonces a los preocupados empresarios que esa forma sea redonda, lo que detuvo inmediatamente la retracción del consumo. El adicto, ahora, tendría el doble placer del efecto de la cocaína asociado a saber que era esparcida desde un envoltorio redondo.
Hubo así empresarios creativos y con iniciativa que posibilitaron un nuevo tipo de goce: la esferoadicción. Su objeto era la esferoína, miles de pequeñas esferas, cada una a diferente temperatura, en un lugar donde se introducían dedos, manos, pies, penes (previamente erectos), pechos o todo el cuerpo, según la capacidad económica y de goce del adicto. Era una nueva drogadicción de base táctil. Las variadas diferencias de temperatura en las miles de esferitas eran la diferenciada e infinita presencia de miles de transgresiones en contacto directo con el cuerpo, lo que originaba estados de éxtasis y dependencias como jamás se vio. Los síndromes de abstinencia eran mortales. Obviamente las policías de todos los países organizaron un departamento especializado para combatir la esferoína y sus prósperos traficantes.
Surgió en esa época una nueva concepción de la pornografía. Al erotismo cuadrado, oficial, aceptado y promovido por el Cuadra-Sutra como práctica propicia a la unión permanente de las familias, se opuso la obscenidad de lo redondo. Los redóndicos (o “redondastas” como también se los llamaba), perseguidos como abyectos y corruptores, vendían – hasta en la salida de las escuelas – textos de filósofos pre-socráticos como Parménides, Empédocles, el mismo Platón, de todos aquellos que nombraban o aludían a lo esférico y circular como perfección. Su lectura provocaba gran excitación sexual. Fue así que quemaron en plazas y avenidas en cuadradas hogueras aquellos maléficos libros, corruptores de la moral y las buenas costumbres.
Las modificaciones pedagógicas fueron notables: la geometría, la biografía de Arquímedes, un nuevo teorema de Pitágoras adecuado al cuadrilátero y la perspectiva lacaniana del psicoanálisis desde el cuarto término, el cuarto nudo, los cuatro discursos, fueron enseñados en las escuelas a partir del Jardín de Infantes. Se dio también gran valor al Cuadrivium de la escolástica medieval: Música, Astronomía, Matemáticas y, ciertamente, Geometría, desdeñando su Trivium: Retórica, Gramática y Dialéctica.
Además reapareció con toda su antigua fuerza el viejo discurso de lo nuevo, pero evidenciando ahora algo hasta entonces inimaginable: lo cuadrado era a la vez emblema de lo estable y tradicional y también vanguardia, confirmación de lo que lúcidos representantes del antiguo rock que se habían suicidado venían sospechando: la vanguardia forma parte de la tradición.
Por eso el post-modernismo cuadrado se irradiaba de los cuadrados centros culturales. La juventud de las provincias quería ser cuadrada, porque lo cuadrático era evidente e indiscutido índice de cosmopolitismo y vanguardia.
Ser cuadrado era ser joven.
Y los miembros de las clases humildes aspiraban - cada uno – a algo cuadrado en su vida.
Los de las clases privilegiadas, a su vez, pertenecían a diferentes sectas esotéricas que les prometían –después de cierto camino y mucho dinero– ser iniciados en lo que se llamaba “Vivencia Cuadrática”.
El regalo más apreciado era un cuadro, aunque pintado en el marco. Su cuadrado contorno fascinaba. En él se desarrolló una nueva estética de las artes plásticas. El cubismo picasiano fue camino inevitable y clásico de todo pintor ambicioso.
Obviamente regalar un camafeo fue considerado insultante.
Las Naciones Unidas convocaron a todos los países a la guerra contra los Objetos Voladores No Identificados cuya reiterada presencia circular en la atmósfera terrestre fue considerada agresión permanente a los más esenciales y cuadrados valores de la raza humana.
Se inició un movimiento de opinión y clamor popular que expresaba una queja y un dolor: era insoportable la idea de vivir en un planeta esférico.
Cristóbal Colón llegó a ser considerado el enemigo principal del género humano.
Fue entonces que arquitectos, ingenieros, y geólogos de los países más cuadrados se reunieron para estudiar la posibilidad de modificar la forma esférica de la Tierra. Un lema alivió la angustia de las masas: “Podremos vivir en un planeta cuadrado”.
La esperanza no había muerto. El sueño no acabó.
Hasta que una vez –un día– La Nube Cuadrada desapareció.
Gustavo E. Etkin es argentino residente en Brasil.
Autor foto: SARBOO - FLICKR
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