viernes, 19 de junio de 2009

¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (II Parte)


Ricardo Vicente López (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Una otra observación a lo afirmado por el Sr Majfud: «Un Dios creador del Universo que debe acomodarse entre las estrechas paredes de casas consagradas y edificios sin maleficios levantados por el hombre, no para que Dios tenga un lugar en el mundo sino para tenerlo a Dios en un lugar. En un lugar propio, es decir, privatizado, controlado, circunscripto a unas ideas, a unos párrafos y al servicio de una secta de autoelegidos». Coloco al lado de su cita la de un físico teórico de prestigio mundial, que se ha declarado ateo muchas veces, me refiero al Dr. Stephen W. Hawking, quien en su Historia del Tiempo nos pone ante una descripción diferente del universo y con mucho respeto dice: «La ciencia parece haber descubierto un conjunto de leyes que, dentro de los límites establecidos por el principio de incertidumbre, nos dicen cómo evolucionará el universo en el tiempo si conocemos su estado en un momento cualquiera... ¿por qué es el universo como lo vemos? La respuesta es, entonces, simple: si hubiese sido diferente, ¡nosotros no estaríamos aquí!... El hecho notable es que los valores de esas cantidades (de materia originaria) parecen haber sido ajustados sutilmente para hacer posible el desarrollo de la vida... Esto puede tomarse o bien como prueba de un propósito divino de la Creación y en la elección de las leyes de la ciencia, o bien como sostén del principio antrópico fuerte». No pongo en duda la inteligencia de nuestro articulista y de los lectores, pero me atrevo a señalarles que este notable físico nos dice que parece que el universo ha sido creado para que el hombre pudiera existir en él y ser la conciencia inteligente de esa creación . No aparecen los maleficios, las casa consagradas con lugares privatizados, eso son cosas de los hombres que nuestro señor arbitrariamente le atribuye a Dios.

Tal vez, una explicación de por qué tiene él esa imagen de Dios se pueda deber a las prédicas que le deben llegar por su estancia en los EEUU donde abundan los pastores fundamentalistas. Lo lamentable es que se atenga sólo a ellas y no intente indagar un poco más en la Teología seria y académica que también allí existe. Parece obrar como los periodistas de estas épocas: lo primero que le viene al oído lo convierte en verdad fundamental. Se ha perdido la responsabilidad de la búsqueda de la verdad (dentro de las limitaciones que tenemos los humanos) de recurrir a las fuentes confiables, confrontar las diferentes versiones y discernir una aproximación aceptable a la verdad. Escribir exige responsabilidad ante tantos lectores desprevenidos.

Detengámonos ahora sobre el tipo de respuestas que demanda nuestro articulista para encontrar una explicación clara acerca de Dios. Para ello debo hacer un breve desvío discursivo. Ya dije en una nota anterior que la modernidad occidental creció bajo el deslumbramiento por la capacidad de descubrir que iba demostrando la ciencia en el terreno de lo que parecía incognoscible. De ellas la más impactante fue, como quedó dicho, la física. Desde la afirmación del matemático polaco Nicolás Copérnico (1473-1543) pasando por el italiano Galileo Galilei (1564-1642), Isaac Newton (1643-1727) hasta el alemán Albert Einstein (1879-1955) y sus seguidores contemporáneos, se convirtió en el paradigma del saber científico por el entrelazamiento de la medición matemática con la experimentación empírica. Los dos últimos siglos lograron desplazar de la escena del saber a todas aquellas disciplinas que no respondieran a esa matriz de conocimiento. Así la filosofía, la teología, las humanidades y hasta, en el decir de un epistemólogo como Mario Bunge, las ciencias sociales no tienen status de ciencia. Este dominio del empirismo y del positivismo desvalorizó todo saber que no estuviera enmarcado en estos modos predominantes.

Por lo que todo aquello que no fuera pasible de ser sometido a medición matemática o verificación empírica quedaba desplazado del saber científico, entendido según este paradigma. Si bien esto es muy difícil de seguir siendo sostenido dentro del ámbito de los muchos investigadores y académicos serios, sigue teniendo mucho peso en la cultura moderna y en el modo del pensar de mucha gente, sobre todo la que ostenta mayor ilustración, aunque no especialización específica. Sin embargo la misma especialización presenta aristas que han generado grandes dificultades en la tarea de alcanzar un saber que dé cuenta de una comprensión más abarcadora del los problemas del mundo. El teólogo uruguayo Juan Luis Segundo afirma en este sentido: «Cabría preguntar aquí por el origen de esa especialización. Y, yendo más al fondo de las cosas, por el origen de esa creciente diferenciación. Tal vez la respuesta más simple que se pueda proporcionar sea que las ciencias se fueron diferenciando y luego afianzando, con sus progresos, en la medida misma en que crearon, cada una en un determinado campo del saber, instrumentos cada vez más precisos de medición y manipulación, o sea, desde el momento en que se prendieron a la medición empírica».

Llegados a este punto me parce más sencillo comprender cuál es el problema que se plantea cuando se intenta abordar el difícil problema de la existencia de Dios, sobre todo cuando la demanda se apoya en la búsqueda de un tipo de respuesta imposible fuera del campo mencionado. Este tema cae dentro de los modos de la indagación, la investigación y la reflexión, es decir del saber sobre problemas que escapan al sometimiento de una metodología rígida y excluyente. La paradoja que se plantea es que toda ciencia requiere una fundamentación epistemológica para validar su estatus científico, cuyo campo de indagación queda, por su propia naturaleza, fuera del ámbito del saber científico, puesto que esa fundamentación es de carácter filosófico, no es medible ni experimentable, se sostiene por una lógica diferente. Leamos a J. L. Segundo: «Como se ve, no se trata de que hay ciencias que, por ser de la “naturaleza”, puedan prescindir de preguntas fundamentales. No existe una cortante división entre esas ciencias y las del espíritu. La física, la química, la astronomía, la biología, se plantean, al final de los porqués verificables hasta donde ha llegado el conocimiento, otros para los que no se tiene instrumentos de medición o técnicas de manejo». La carencia de tales obliga a asumir dos actitudes contrapuestas, ambas de utilización frecuente: o se acallan las preguntas o se acepta la interrogación filosófica. Pero, cuando son los científicos, con sus mejores intenciones, los que afrontan tal tarea los resultados que logran, las más de las veces, no satisfacen con sus respuestas la profundidad del tema, por falta de preparación o práctica en el manejo conceptual exigible.

Debemos decir, entonces que el empirismo y el positivismo han querido construir un modo del saber sin complicaciones ontológicas, sin contaminaciones metafísicas, y la consecuencia de todo ello es que han desaparecido de esos modos científicos peguntas como: ¿para qué? ¿con qué finalidad? Conviene ahora recordar las palabras de Hawking: «como prueba de un propósito divino de la Creación y en la elección de las leyes de la ciencia…» que no pueden descartar la hipótesis Dios. Si bien el ateismo del ilustre físico le lleva a descartar tal hipótesis cae en la insuficiencia de una respuesta ambigua como la del principio antrópico, que significa que en el comienzo del universo estaba presente la tendencia hacia lo humano (¿?), que parece ser otra forma de decir lo mismo. Otro caso es el del ilustre investigador Jacques Monod y su concepto del papel del azar en el terreno de la evolución de la vida, termina aceptando que la diferencia entre el mundo de lo inanimado y el de lo animado es que en este último aparece en funciones una teleonomía o finalidad en los procesos de la vida. Dicho en palabras más simples un para qué, puesto que lo que produce el azar no puede responder a ninguna causa y la necesidad del cumplimiento de las leyes parece exigir la idea de un proyecto, o una finalidad, o un para qué. Todo ello sugiere una mente que se esté proponiendo un plan o alguna cosa parecida. Toda la investigación acerca de cómo apareció la vida en nuestro planeta se enfrenta a un muro infranqueable que no parece tener fisuras por donde filtrar el método científico. Sabemos cómo y cuales son los elementos que componen una célula pero ha resultado imposible crear vida en un tubo de ensayo y ya casi no se intenta ante tantos fracasos. Podemos duplicar o clonar pero siempre a partir de un ser vivo.

Deberíamos preguntarle ahora a nuestro articulista, el Sr. Majfud, de dónde saca preguntas como éstas: «¿Para qué habría el Creador de conferir razón crítica a sus creaturas y luego exigirles obediencia ciega, temblores alucinados, odios incontrolables?» La tradición hebrea cuenta que cuando se dirigió Dios al hombre y a la mujer les dijo: «Sean fecundos y multiplíquense» es un pedido no una orden, y esa dignidad que les otorgó con la creación devenía de la afirmación de que habían sido hechos «a su imagen y semejanza», debe entenderse libres como Él. El concederle la tierra y los mares y todos los animales que ponía bajo su responsabilidad no supone ninguna «obediencia ciega». Además afirmar que Dios les exige «obediencia ciega» ¿de qué fuente lo sacó?

¿Por qué habría Dios de preferir los creyentes a los pensantes? ¿De dónde saca que los prefiera «creyentes» en vez de «pensantes»? ¿Cómo aceptar la alabanza de alguien que lo hace por obligación? Sería suponerle una vanidad estúpida. Menudo Dios imagina al atribuirle una actitud de tal calidad. Si sólo son creyentes, del tipo fanático que supone nuestro aprendiz de teólogo, Dios sería además un inconsciente al dejar la tierra en manos tan insignificantes. Es mucho más grave la acusación de irresponsable que la de vanidoso omnipotente. Si aceptamos que el universo es la maravilla que describe Hawking que funciona con una precisión milimétrica, leamos su descripción: «¿Por qué comenzó el universo con una velocidad crítica de expansión tan próxima a la velocidad crítica, que separa los modelos que se colapsan de nuevo de aquellos que se expansionan indefinidamente, de modo que incluso ahora, diez mil millones de años después, está todavía expandiéndose aproximadamente a la velocidad crítica? Si la velocidad de expansión de un segundo después del big-bang hubiese sido menor, incluso en una parte en cien mil billones, el universo se habría colapsado de nuevo antes de que hubiese alcanzado nunca su tamaño actual». Después de haber creado tal maravilla de la ingeniería, imposible de reproducir, es Dios tan tonto que deja a cargo de uno de los planetas que dieron la posibilidad de la vida (único hasta ahora y de muy escasa probabilidad de otro, según él afirma) a un ser ignorante, sometido, delirante. «Porque la iluminación habría de ser la pérdida de la conciencia» o «No será que la inocencia y la obediencia se llevan bien». Equivale a decir, una especie de infradotado, infantil sería este hombre deseado por Dios, según el articulista.

«¿Y todo esto quiere decir que Dios no existe? No. ¿Quién soy yo para dar semejante respuesta?». No Sr. Majfud, quiere decir que a Dios, después de tal maravilla de creación le salió el tiro por la culata al diseñar el hombre, que según Ud., deseaba el Creador de todo. Sin embargo un Dios que fue capaz de hacer lo que describe el gran físico, y puso tanto esfuerzo en esa creación, debe haber quedado agotado al pretender el hombre que Ud. imagina que deseó. A pesar de todo le salió mal dado que hizo un hombre, según lo que puede observar nuestra experiencia, libre, inteligente y de gran imaginación, al punto de que cómo Ud. es capaz de crear una fábula teológica como la que nos ofreció. El ejercicio pirotécnico de lanzar preguntas al aire y después confesar que no tiene respuesta podría ser enmarcado dentro de la sabiduría china en el proverbio: «si un problema no tiene solución, entonces no es un problema».

Me quedan algunas últimas reflexiones. Las Escrituras que han llegado hasta nosotros, fruto de lo que los rabinos de los primeros diez siglos antes de nuestra era entendieron fue una revelación, debe ser entendida como una especie de iluminación que abrió las mentes de aquellos hombres y así lo entendieron ellos. Esto significa re-velar, sacar el velo. Sin embargo, todavía es un tema de investigación. El teólogo Juan Luis Herrero del Pozo nos orienta en un sentido diferente acerca de cómo interpretar ese acontecimiento y nos invita a recorrer otro camino diciendo respecto de la revelación lo siguiente: «No la descartamos de entrada, pero habrá que someterla al crisol con el mayor rigor. Por una parte, su posibilidad teórica: ¿es inteligible una comunicación de conocimientos que proceda de las afueras del cosmos? Por otra parte, el evento fáctico: ¿se puede asegurar con garantías que el hecho comunicativo o revelador haya tenido lugar? Se trata de no dar por sentados ciertos presupuestos como sería el factum de la revelación». Tal vez, hoy la psicología lo denominaría un insight, un darse cuenta, un comprender repentino, que les permitió encontrar una explicación que encerraba dentro de un discurso mitológico verdades profundas acerca de lo humano.

Nos dice J. L. Segundo: «La epistemología y la sociología del conocimiento nos han dado pruebas fehacientes de que no existe una escucha total, pura neutra. Todo conocer comienza con un mundo de valores y experiencias de sentido determinadas. Toda interpretación es circular (o espiral). No es que lo que se nos dice no tenga fuerza alguna, y siempre estemos oyendo todo y sólo lo que queremos oír. Pero sí es cierto que hay malas interpretaciones, porque nuestra preparación para oír no ha llegado, por ejemplo, al nivel problemático de la respuesta que en la palabra de nuestro interlocutor se vehicula». Los rabinos no podían escapar a este condicionamiento, pero nos legaron una interpretación que merecería ser mejor interpretada. La teología actual nos dice que para poder escuchar la palabra de Dios, sea esto lo que queramos creer, requiere de un hombre dispuesto a tal escucha, y esto no lo favorece la cultura moderna. Por ello no es obligatorio creer, lo que es necesario es respetar un poco más a los que si lo hacen. La soberbia de aquellos que no creen y que miran al creyente como una especie de infradotado, que cree las tonterías que ha afirmado nuestro articulista, no es más que la demostración de una ignorancia impenetrable por otros modos del saber, y algo semejante a un dejo de racismo intelectual.

Todo eso que hemos podido leer en la nota ya mencionada, devela más el razonamiento de quien ha escuchado a predicadores fetichistas e ignorantes antes de quien se ha preocupado por la lectura teológica seria. Los mitos que el pueblo hebreo nos ha transmitido en las páginas del Antiguo Testamento, como toda la sabiduría oriental, encierra en formas metafóricas saberes que guardan en su profundidad explicaciones sobre aquellas preguntas que todo el saber científico no está en condiciones de contestar. El saber de la sabiduría navega por las profundas aguas del misterio intentando calmar las angustias del espíritu, que ya se manifiestan desde temprano en las preguntas del niño: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿para qué estamos?, ¿qué es la vida?, ¿qué es la muerte? Y que los adultos responden, escondiendo sus propias dudas: «cuando seas grande ya vas a saber» aquello que ellos no saben.

Por otra parte esta especie de campaña contra Dios, que se expresa de distintos modos, y muchas veces por la incapacidad de escuchar a otras voces y a otros discursos con otras lógicas y otros razonamientos, que hasta anda circulando por el mundo buscando firmas para decretar que Dios no existe, es muy poco consciente. Hasta Nietzsche cuando anunció la «muerte de Dios» dijo a continuación que «el hombre lo ha matado» lo que significaba que el hombre sólo puede matar al dios que creó, que era el dios de la burguesía, al que se le pedía y se le ofrecía una recompensa, el «dios que atiende detrás de un mostrador». Todos los que afirman la inexistencia de Dios cometen un error o un acto de soberbia intelectual: si no saben qué es Dios como es que saben que no existe. Es más humilde la actitud del agnóstico que se limita a decir que no sabe qué pensar y por ello se abstiene de creer. Además no comprenden que el escepticismo que hoy circula con aires de inteligente, es una de las causas de la falta de sentido que tiene la vida para las nuevas generaciones, de la desesperanza en que se hunden tantos jóvenes, de la falta de utopía para creer que un mundo mejor es posible. Sin todo esto no vale la pena vivir y así se expresa en las culturas agotadas de los países centrales. Además corremos el grave riesgo de caer en la anomia que elimina el valor de las normas que rigen las conductas morales. Se debe recordar aquella sentencia de Fiódor Dostoyevski: «Si Dos no existe todo está permitido».

Ver también:
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte I)

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.