viernes, 12 de junio de 2009

¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte I)


Ricardo Vicente López

«Me preguntan si creo en el big-bang y me advierten que necesitan sólo una frase. Dos a lo sumo. Es fácil, sí o no. Lo siento, pero ¿por qué insiste usted en someterme a la tiranía de semejante pregunta? Si de verdad les interesa mi respuesta, tendrán que escucharme. Si no, buenas tardes. Nada se pierde. La pregunta, como tantas otras, es tramposa. Me exige un claro si o un claro no. Tendría una de esas respuestas bien claras si el big-bang por el que se me pregunta estuviese tan claro y definido». Me he tomado el atrevimiento de parafrasear el argumento del Sr. Jorge Majfud (ARGENPRESS CULTURAL 6-6-2009) que tiene muchísima razón cuando se opone a someterse a una pregunta tan ambigua sobre la existencia de Dios que esconde varias discusiones por detrás. «Parece que casi todos están de acuerdo en que Dios es uno solo, pero si es verdad habrá que reconocer que es un dios de múltiples personalidades, de múltiples religiones y de mutuos odios. La verdad es que no puedo creer en un dios que calienta los corazones para la guerra y que infunde tanto temor que nadie es capaz de mover una coma. Por lo cual morir y matar por esa mentira es una práctica común; cuestionarlo una rara herejía».

No cabe, para mí, otra posibilidad que estar de acuerdo sobre esta inquietud. Puesto que la pregunta por la creencia en uno o varios dioses debe ir acompañada por la aclaración de a qué dios o dioses está haciendo referencia. Y al decir esto no estoy admitiendo que haya más de un dios, sino que la representación que los hombres de las distintas épocas y culturas se han hecho de él o de ellos difiere notablemente. Más aún, si nos detenemos en el estudio acerca de cómo se fue produciendo esa representación podremos comprender que se ha ido dando una evolución, una depuración, una sublimación, en la aproximación hacia una “verdad” muy difícil de obtener. Y podría tomarse como un logro de tantos esfuerzos el que en las culturas más desarrolladas, aquellas que se han denominado, con una palabra espinosa civilizadas, hoy no se habla ya de la existencia de dioses, sino de un Dios. El monoteísmo se ha impuesto y así ha sido aceptado en general. Debo agregar que no se trata de un tema de investigación fácil puesto que nos estamos enfrentando a un misterio. Por ello todo lo que se diga sobre el tema tiene tan solo el valor de una aproximación siempre esquiva. Digo antes que si la palabra misterio molesta ¿qué debe decirse del Muro de Max Planck con su extraña fórmula de 10 segundos a la -43 como barrera que no permite explicar nada antes de la explosión (big-bang)?

Vuelvo a la comparación que se desprende de mi propuesta comparativa. Entonces, con la misma autoridad se podría decir ¿Cuál teoría del big-bang? ¿La de cuál de los tantos físicos, cosmólogos y demás investigadores que han ofrecido algunas explicaciones sobre el tema? Esas preguntas tan simples pretenden obtener una respuesta igual de simple para un problema muy complejo. Sin embargo, mi comparación adolece, a primera vista, de una falencia. El tema del origen del universo está colocado en la órbita de las ciencias físico-matemáticas por lo que su investigación debe atenerse a prescripciones epistemológicas bien precisas. A pesar de ello las diferentes propuestas explicativas no logran satisfacer a toda la comunidad de científicos dedicados a este tipo de investigación. Lo que ha quedado aceptado es la existencia de una explosión originaria y la posterior expansión de la materia, lo que no logra acuerdo es la explicación sobre la causa de dicha explosión que habría sucedido hace unos 15.000.000.000 de años atrás, aproximadamente. Y al decir esto intento mostrar que en un terreno como el de la, tal vez, más sofisticadas de las ciencias, la física tenemos problemas similares respecto a encontrar una definición clara y distinta que no presente posibilidad de dudas. Y estas dificultades se tornan mucho más abstrusas cuando intentamos introducirnos en el campo de la física cuántica, en el que hay muchísimas más preguntas que respuestas aceptadas. Entonces ¿por qué pedírselo al concepto Dios?

El Sr. Majfud hace un sincero intento de tener algo de fe: «Bueno, mire usted, mi mayor deseo es que Dios exista. Es lo único que le pido. Pero no cualquier dios». Por supuesto, sería lastimoso conformarse con un dios cualquiera, esto estaría muy cerca del fetichismo, y la inteligencia de nuestro articulista no lo merece. El problema radica en cuál es el tipo de indagación que abre esta petición y cuál es la lógica en la que deben sustentarse las investigaciones necesarias. Pues bien, desde muy antiguo unos hombres que se preguntaron cosas similares han ido perfilando una ciencia que evolucionó mucho a lo largo de más dos mil quinientos años que se denominó Teología. Debe entenderse por su etimología que se trata de un discurso, de una lógica (logos) sobre el problema de Dios (teo). Y a falta de una mejor es la que tenemos y que en su largo recorrido cultural ha desembocado en tierra americana en la Teología de la liberación. Si la respuesta ante esta oferta es la negación de acreditarle a esta disciplina la calidad de ciencia debo atenerme a la misma posición que él ha adoptado: «Si de verdad les interesa mi respuesta, tendrán que escucharme. Si no, buenas tardes. Nada se pierde».

Como dice el refrán: «quien calla otorga» lo que me permite seguir con estas elucubraciones. Para avanzar me voy a permitir una primera crítica: sus argumentos pecan de deshistorizar las diversas manifestaciones de los hombres de diferentes épocas respecto de sus creencias. «No puedo creer y menos puedo apoyar un dios que ordena masacrar pueblos, que está hecho a la medida y conveniencia de unas naciones sobre otras, de unas clases sociales sobre otras, de unos géneros sobre otros, de unas razas sobre otras». Parto de un primer acuerdo: yo tampoco puedo creer en semejante dios, pero ese modo de entender qué quiere Dios corresponde al Antiguo Testamento y a una etapa de la historia del pueblo hebreo que debemos ubicar antes del siglos X, cuya escritura comenzó alrededor del VIII a. C., cuando comenzaron a escribirse parte de los mitos que se habían narrado oralmente de una generación a otra a través de siglos. En su asentamiento en la Palestina, después de haber sido nómades mucho tiempo, encontraron justificación en un dios que les aseguraba la victoria sobre los canaaneos, posiblemente en siglo XIII a. C. Esta primera etapa se la conoció como la Confederación de las Doce Tribus. En una etapa posterior, con la aparición de la monarquía de Salomón se consolidó la división en clases y una jerarquía monárquica se hizo del poder, acentuó las diferencias, conquistó a pueblos vecinos que sometió a esclavitud. Una sociedad de clases, requería también una justificación divina para garantizar su poder. Nos lo ha advertido Carlos Marx, un judío que había estudiado mucho la tradición hebrea, que «Las ideas dominantes de una época son las ideas de las clases dominantes» y así deben ser leídos los textos de esa etapa.

«Un dios que para su diversión ha creado a unos hombres condenados desde el nacimiento y otros elegidos hasta la muerte y que, al mismo tiempo, se ufana de su universalidad y de su amor infinito». Debo corregirle porque está colocando en una misma aseveración siglos de historia, nuevamente deshistoriza: el Génesis dice que creo a los hombres y a las mujeres iguales y les otorgó el dominio de la Tierra a todos por igual. La sociedad de clases aparece mucho después en este relato mítico con la alegoría de Caín y Abel, el enfrentamiento entre los pueblos agricultores (Caín) y los pueblos todavía nómades y pastores (Abel) . Pero la historia del relato no afirma que eso fue querido por Dios, por ello la interpelación a Caín, sino que se llegó a eso como resultado de la “desobediencia” al plan divino que ofrecía (no le imponía) al hombre construirse a imagen y semejanza, es lo que se relata en el mal llamado “pecado original” . Es el hombre tentado por la soberbia el que erró (desobedeció) el camino propuesto por Dios, según lo que la tradición cuenta. La universalidad de su amor infinito recién aparece en el predicador de la Palestina Jesús de Nazaret, diez siglos después de estas historias. Se puede encontrar, entonces en Jesús una afirmación que responde a la pregunta que ronda en esta nota: «Dios es amor». Y en sus parábolas aparece la igualdad de los hombres, incluyendo a las mujeres, prédicas realizadas en medio de una sociedad imperial, patriarcal, machista y esclavista.

Debo disentir una vez más con su pregunta: «¿Cómo creer en un dios tan egoísta, tan mezquino? Un dios criminal que condena la avaricia y la acumulación del dinero y premia a sus avaros elegidos con más riquezas materiales». El Sr. Majfud cae en una confusión que coloca en «un mismo lodo todos manoseados» a Dios y a quienes se levantan como sus predicadores atribuyendo a Dios “lo que dicen en su nombre”. Me podrá contestar que él se lleva por lo que les oye decir a estos últimos, pues bien quéjese ante ellos pero no meta en la misma bolsa un tema tan sensible para mucha gente. Puesto que una cosa es la Teología, que como toda ciencia requiere la especialización de los estudiosos, y otra la “berretería parlanchina” de tanto “mercachifle de las religiones”. Si se tomara el trabajo de leer a teólogos de alto respeto y consideración académica como Enrique Dussel, Leonardo Boff, Andrés Torres Queiruga, José Ignacio Gonzáles Faus, para nombrar sólo a algunos que se presentan a mi memoria en este momento, podría escribir con una base más sólida y no caer en tanta confusión, que esparce entre sus lectores. No hay ninguna exigencia en ser creyente, pero no menosprecie a quienes lo somos y para sostener esa fe leemos, estudiamos y nos debatimos en un mar de preguntas y dudas.

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