viernes, 26 de junio de 2009

¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte III)


Ricardo Vicente López (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Voy a dejar de lado al Sr. Jorge Majfud, y dejar de lado no significa adoptar ninguna actitud peyorativa hacia su persona. Todo lo dicho antes no apunta a su persona, sólo lo tomo como un representante de una cultura, la moderna occidental en su etapa decadente, en la que se va desprendiendo de los valores que la fundaron, y que piensa y escribe (y tiene todo el derecho a hacerlo y así lo acepto y lo respeto) desde el horizonte cultural en que está metido. Dicho de otro modo, y espero no equivocarme mucho, y esto ya lo mencioné, desde el clima particular que la modernidad ha adquirido en los EEUU con una fuerte incidencia del cristianismo fundamentalista. Y si he tomado como eje sus afirmaciones es porque estoy pensando en personas que vive la angustia de la soledad y la pobreza espiritual, sumidas en la masa que genera la cultura mediática actual, que me imponen la obligación que siento de dirigirme a ellas. Esta cultura del norte muestra una extraña particularidad, como decía el sociólogo estadounidense David Riesman en su obra La multitud solitaria (1950), «el hombre se siente solo en medio de la multitud». El hombre tradicional sentía la soledad en medio de la naturaleza, por la falta de contacto humano, hoy el hombre-masa vive amontonado en medio de esa multitud y encerrado en una cápsula psíquica. Cualquier ciudad de mediano tamaño hacia arriba de nuestro mundo globalizado puede ser un laboratorio de estudio de este fenómeno.

Bien, ese hombre medio, impactado por un discurso instalado destituyente de Dios, desvalorizador de la dimensión espiritual por su apego a una materialidad cotidiana de mercado; empujado a vivir la instantaneidad de un tiempo presente que se desvanece constantemente; que, aunque no le sepa, le han destruido el futuro con el cuento del fin de la historia y de la muerte de las ideologías; que ha degradado el valor de la utopía por ser una creencia de viejos románticos en tiempos de un pragmatismo rampante; que tiene que vivir en una historia presente que desconoce el pasado, porque le es negado, y sin futuro, porque no es más que la simple perpetuación de este hoy. En fin, que le queda muy poco a que aferrarse para encontrarle sentido y alguna esperanza a la vida. Ese hombre está necesitado de una espiritualidad que revivifique sus raíces y le posibilite pararse sobre sus propios pies arraigados a una tierra espiritual sólida. Es la primera vez que la historia nos pone delante de tal situación. Y debe enfrentar esa realidad evanescente, volátil, inconsistente, inhabitable, inhumana. Tiene hambre de un modo de comprensión más amplio, sustentable, trascendente, que le levante la mirada hacia un horizonte esperanzador, para superar la estrechez que le ofrece el desierto imperante de una modernidad agotada.

Porque cuando la mirada que se arroja hacia ese mundo está sostenida por una conciencia que ya ha naturalizado esta cultura cotidiana que le sirve de prisma, la consecuencia de ello es una aceptación sumisa, aletargada, acrítica, complaciente que impide intentar la búsqueda de otras vías posible de acercarse a esa realidad desde otra perspectiva. Es esa misma imposibilidad, que está alentada por el escepticismo, la que vacía de contenidos humanos el alma del mundo moderno en está última etapa de senectud cultural. Es que se vive en un vacío interior y la solución que se le ofrece es llenarlo de mercancías. Es, entonces, que el clamor sin voz que se expresa en la desesperanza, en la desidia, en el abatimiento, en la depresión, en el sinsentido, en la tristeza, se hunde en la angustia, en la desesperación, o asume el camino de la violencia o la droga en todas sus diversas manifestaciones. La alternativa a la mano es el suicidio abrupto o paulatino. Todo ello nos está hablando desde un silencio doloroso, con un grito callado, del malestar de los hombres y mujeres de hoy, sean pobres o ricos.

La impotencia de romper el cepo de una vida que se desliza hacia la nada por ese presente perpetuo, que vive el tiempo que transcurre sumida en una paradoja que le muestra que el tiempo que pasa es siempre igual, y por ello no puede reconocerle un pasado y está yermo para pensarle un futuro. La vida dentro de ese marco, impide despegar de esa chata realidad para elevarse y proyectarse hacia una trascendentalidad que le hable de nuevos tiempos, de nuevos mundos, de nuevos hombres y mujeres. El no ver más que siempre lo mismo es la razón por la que no encuentra otra salida que la aceptación esclavizante. Entonces, como aceptar que tanta gente se vaya sumergiendo en ese mar de la nada cuando puede ofrecérsele otros modos existentes del pensar que abren horizontes diferentes. No es que la vida sea así, es que por mirarla así se la ve de ese modo. Es la miopía a que nos ha sometido una cultura desfalleciente que se regodea con su cinismo y su escepticismo.

Pero no hay ninguna obligación en someterse a ella, si se apela a la sagrada libertad de buscar otros caminos, u otros modos de caminarlos. Se impone la necesidad de abandonar esa actitud solipsista, el cultivo de un individualismo continuamente promovido por una competencia animalizante. Si, como una manera de vivir, se es capaz de tomar la mano del otro e intentar caminar juntos para apoyarse, para escucharse, para aprender del otro y dar cada uno lo que se pueda tener. ¿Es tan difícil todo esto? ¿Qué es lo que impide recuperar lo que fue actitud normal de los hombres y mujeres de otros tiempos? De historias que hoy existen contemporáneamente fuera del mapa espiritual del occidente moderno, en las culturas en las que todavía se le rinde culto a la vida, por lo que ella mismo vale, aferradas a un modo de vivir comunitario que todavía resiste los embates del mercado asesino de lo humano.

Entonces, vuelvo a repetir la frase ya citada: «Si de verdad les interesa mi respuesta, tendrán que escucharme. Si no, buenas tardes. Nada se pierde». Y esta respuesta que puedo ofrecer está condenada a la herejía de intentar hablar de teología positiva en el mare magnum del fárrago de los medios de comunicación. Digo “positiva” porque de teología negativa se habla con bastante frecuencia y esta página que me cobija publica con cierta frecuencia reflexiones enmarcadas en esa corriente de pensamiento. No debe creerse que cuando se adoctrina desde el ateísmo o el agnosticismo no se está en terreno de la teología. La sola negación es al mismo tiempo el reconocimiento de la existencia de una problemática que no está agotada y que, pese a tanta tinta que corre en su intento detractor, su permanente emerger es síntoma de su imbatible vitalidad. Llevamos más de dos siglos observando y padeciendo una persecución pertinaz con pretensiones de aniquilar su sobrevivencia. Su terquedad, una y otra vez, la incita a pararse sobre sus verdades y ofrecer una batalla interminable.

Muchos alzaron sus voces alentados por la muerte de Dios que anunciaba Friedrich Nietszche (1844-1900), y esas voces provenían de dos bandos contrapuestos: los que desde las iglesias anquilosadas se escandalizaron con semejante atrevimiento y los que desde la algarabía de tal anuncio festejaban el final de una vieja disputa. Ninguno de esos bandos entendió al filósofo alemán. En su texto La gaya ciencia dice inmediatamente: «nosotros lo hemos matado». Los hombres sólo pueden matar a un dios que sea creación de ellos, al dios que es Dios, por el sólo hecho de serlo (hasta se diría: por definición) no hay poder humano que pueda hacerlo. La tarea que le atribuyó el filósofo sólo fue posible realizarla porque se trataba de matar al dios burgués, a ese que Charly García le reconocía el trabajo «de atender detrás de un mostrador» las operaciones comerciales de cambiar pedidos por promesas. A quien fue señalado como asesino de ese dios menor lo denominó «el último hombre» ese que se iba desvaneciendo al compás de la cultura burguesa. Gran parte de la munición que se dispara contra ese dios «es gasto de pólvora en chimangos», porque ese dios sólo existe en la imaginación de los pobres hombres necesitados de la magia fetichista que tranquilice sus conciencias culpables. El aristocraticismo de Nietszche lo llevaba a mirar con desprecio a esos pobres hombres. No debe incluirse dentro de esta categoría a la fe de la gente humilde, de los «sencillos» o de los «pequeños» de Jesús, porque el filósofo alemán no los tuvo jamás en cuenta, sino a ese hombre que corre detrás de las pequeñeces y mezquindades que le ofrece el dios dinero.

Entonces, después de este recorrido que nos ha llevado por algunos caminos que para los hombres de esta época pueden resultar incómodos, aburridos, inútiles, absurdos, sin sentido, debo detenerme a analizar el problema de Dios. Y digo, antes que nada, que lo hago desde mi fe, mi modo de abordar el tema, mis dudas que no son pocas y desde la confesión de mi pobre competencia en el tema. Me alienta también que una personalidad académica, de indudable versación y prestigio, como el jesuita José Ignacio González Faus diga que el problema de los teólogos es que «saben demasiado de Dios». Esta afirmación contiene la idea de que se está ante un misterio con lo cual debemos partir de la certeza en la ignorancia necesaria. Sin embargo, un tema de tanta importancia exige el mayor esfuerzo para aproximarnos a él, contando con que se podrán obtener ciertas prefiguraciones que deben ser cribadas por la exigencia de una racionalidad rigurosa. Por ello, sólo me empuja a seguir la convicción de poder prestar alguna ayuda a tanta gente que no puede creer por los modos que han dominado la presentación, enseñanza, demostraciones, de temas como éste, que aquellos y aquellas que se hacen cargo de tal tarea han expuesto.

Esto exige un nuevo modo de aproximarse a las Escrituras desde una conciencia crítica y, al mismo tiempo, impregnada de la intención de acceder por vía de la sabiduría a comprender lo humano: su misterio, su razón de ser, su ubicación frente al cosmos, sus capacidades y sus limitaciones. Y si bien dirá el hombre actual que Sigmund Freud (1856-1939) nos explicó bastante qué es lo humano, el mismo Freud se encontró parado ante el misterio del alma humana que lo obligó a hablar de ella en términos míticos, lenguaje teológico, (complejo de Edipo, de Electra). Es, precisamente, ese misterio por serlo el que invalida el lenguaje lineal del discurso cientificista, y el genio de Freud lo sabía perfectamente. Por eso es que el problema no desaparece y no es posible soslayarlo puesto que nos enfrenta cotidianamente, dentro de nosotros y en las personalidades de nuestras relaciones. Y el creador del psicoanálisis, pese a su ateísmo, era muy consciente de ello. Es que el problema de Dios, algo ya quedó dicho, es al mismo tiempo el problema del hombre. Ambos son dos caras del mismo problema que encierra un misterio similar. Por lo que acercándonos a cualquiera de ellos nos vamos acercando al otro. Ricardo Forster dice al respecto: «El viaje místico hacia Dios se convirtió en el viaje del Yo hacia, primero, los confines de su interioridad y, luego, hacia comarcas insólitas, hacia promesas incumplidas construidas en el interior de un lenguaje hecho a la medida de los sueños itinerantes del hombre moderno… que penetra en el laberinto del alma hasta alcanzar la certeza del cogito».

Desde estas palabras podemos avanzar diciendo que el hombre de la modernidad terrenalizó el problema teológico quedándose con una de las caras de él: la interioridad humana. Pero esta fragmentación no desbordó el terreno teológico en el cual el problema estaba planteado, porque era imposible hacerlo. Más adelante vamos a ver como en la cosmología el tema no es muy diferente. El que comprenda esto se podrá admirar y sorprender por la genial intuición de los rabinos del Antiguo Testamento que imaginaron al hombre como hecho a imagen y semejanza. Es a ese modo de aproximarse a la comprensión del problema lo que se denomina el camino de la sabiduría, que opera de modos diferentes a los que utiliza la racionalidad científica, sin abandonar la necesaria razonabilidad. Esto me lleva a volver a tratar un tema ya mencionado de un modo un poco más extenso.

El triunfo de la ciencia sobre las otras formas del saber, que el hombre había cultivado durante siglos (filosofía o teología, por ej.), coloca a la cultura moderna en una posición excepcional puesto que da lugar a un ateísmo que no conoció ni conoce ninguna otra cultura. La modernidad occidental logró una sustitución de Dios por el hombre que ocupó el centro del pensamiento, el teocentrismo fue sustituido por el antropocentrismo. Véase si no como la omnisapiencia pasó de Dios a la ciencia y su capacidad de saber sobre el futuro, la omnipresencia al concepto de humanidad y luego al de globalización con conciencia planetaria, y la omnipotencia a las capacidades del hombre para someter a la naturaleza (y a otros hombres) y viajar por el cosmos. Se logra así superar las limitaciones de tiempo y espacio que sometían al hombre tradicional. El hombre dejó de ser imagen de Dios para pasar a ser Dios. Se consolida así un modelo de conocimiento que se caracteriza por su poder de predicción y, sobre todo, por su utilidad práctica. La burguesía se apodera de un saber que puede ser convertido en posibilidades tecnológicas apetecible por los beneficios que aporta a la producción masiva, propia de la etapa industrialista.

Se opone a una concepción del conocimiento más adecuada a los saberes humanos o sociales (filosofía, historia, psicología, etc.). Por tal razón, en la filosofía, la historia o algunas otras ciencias sociales como la sociología, la ciencia política, etc., la fundamentación (validación) del conocimiento sigue apelando necesariamente a la comprensión mucho más que a la explicación, por las características específicas y únicas del objeto que se propone estudiar. Y, tal vez, la fundamental diferencia emerge de la irrepetibilidad de los fenómenos humanos que dificulta, sin duda, la homogenización de los procesos que tienden a ser definidos por su relación causa-efecto (falta de libertad), sólo aplicable a los fenómenos naturales (pero no a todos). Una afirmación que corre en boca de muchos, con aires de saber, es que la «historia se repite» y esto es falso. La historia como el tiempo de la vida corre en el sentido de una flecha irreversible y nada de lo que sucede después es igual a lo que ya pasó. Puede el investigador encontrar rasgos comunes, pero es su esfuerzo el que plantea la igualdad, no son los hechos sino el recorte que de ellos se haga, lo que define esa repetición. Cabe decir acá que el tiempo cíclico era una creencia de los griegos clásicos que fueron profundamente pesimistas respecto de la libertad humana, sometida a la tiranía de los dioses. La idea del tiempo histórico, de novedad y de libertad del hombre, es un aporte de la sabiduría hebrea que, por primera vez se expresa en la originaria redacción del Génesis (probablemente siglo X a. C.) en los días de la creación, días sucesivos siempre nuevos y distintos, que transcurren en una dirección: la creación del hombre.

Por otra parte, si el científico es consciente de la epistemología que sostiene su investigación, sabe que el acercamiento a las cosas está condicionado siempre por la hipótesis que guía su búsqueda, la cual valorizará unos datos más que otros, los que aporten a la demostración que se propone. Esa hipótesis es un prisma que resalta aquellos que le permite avanzar, por lo que siempre ese saber está expuesto a la falsación de investigaciones posteriores, sobre lo cual Karl Popper (1902-1994) ha escrito abundantemente. Los hechos por sí mismos dicen muy poco, es la interpretación que de ellos se haga la que le otorga sentido explicativo. Por lo tanto, ahora se puede ver que no son las simples observaciones y mediciones las que demuestran la verdad, sino la coherencia con que se expone la relación entre los elementos (la lógica interna), la que da lugar a una interpretación de los fenómenos. Esto permite comprender que la concepción heliocéntrica del clérigo católico Nicolás Copérnico (1473-1543) fue el resultado de una re-interpretación de gran parte de las mediciones que se habían realizado desde Claudio Ptolomeo (90-170) hasta su época, y esto le permitió formular una nueva teoría que desmentía lo que se sabía hasta entonces.

Ver también:
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (II Parte)
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (I Parte)


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