viernes, 12 de junio de 2009

¿Dónde están las tumbas de los dioses muertos?


Julio Woscoboinik (Desde Buenos Aires. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Lo maravilloso de la guerra es que cada jefe de asesinos hace bendecir sus banderas e invocar solemnemente a Dios antes de lanzarse a exterminar a su prójimo”

Voltaire

“¿Dónde están hoy las tumbas de los dioses muertos? ¿Qué deudo tardío riega sus túmulos sepulcrales? Hubo una época en que Júpiter era el rey de los dioses y cualquiera que dudase de su poder era ipso facto considerado un bárbaro y un ignorante. Pero ¿en qué lugar del mundo hay un hombre que hoy venere a Júpiter?”

Así reflexiona H. L. Mencken en su notable ensayo Prontuario de la estupidez y los prejuicios humanos (1922), transportándonos a distintos momentos de la historia de la humanidad.

¿Qué se ha hecho de Sutekh, otrora dios supremo del Nilo? ¿De Venus, Diana de Efeso, Cronos, Marte? Eran dioses de alto rango, dioses de pueblos civilizados, en los que creían millones de personas. Los hombres trabajaron durante generaciones para construirles templos gigantescos. Interpretar sus caprichos ocupaba a miles de sacerdotes, obispos y arzobispos. Dudar de ellos equivalía a morir en la hoguera. Los ejércitos se ponían en campaña para defenderlos de los infieles. Quemaban aldeas enteras, masacraban a mujeres y niños, robaban el ganado. Y al fin… ¿Dónde están las tumbas de los dioses muertos?

La cultura azteca, con gran riqueza en distintas expresiones de la técnica y el arte, tuvo un marcado carácter religioso, cargado de agresión y de muerte. En las ceremonias de ofrenda a los dioses, en particular a Huitzilopochtli, dios de la guerra, se realizaban sacrificios humanos masivos. “En un solo año –y esto sucedió hace sólo cinco siglos- sacrificaron en su honor 50.000 jóvenes y doncellas. Hoy, nadie lo recuerda”.

(Información reciente comprobó que en las entrañas del Templo Mayor, centro ceremonial de la capital del imperio azteca, Tenochtitlán (actual Ciudad de México), se ha encontrado un entierro ritual de un niño que fue sacrificado al dios de la guerra. Los arqueólogos Ximena Chávez, Osiris Quezada y José María García descubrieron en el Templo Mayor los restos de un niño de cinco años, ataviado con cascabeles y caracoles junto a instrumentos musicales de cerámica. La ofrenda - dedicada a la consagración de la ampliación del templo realizada por Moctezuma- supone el primer hallazgo de un sacrificio infantil dedicado a Huitzilopochtli, dios de la guerra.)

La lista es innumerable. Todos eran dioses omnipotentes, omniscientes, inmortales. Y, en efecto, ¿quién los recuerda? Pero eso sí: se renueva constantemente en el hombre la necesidad, el anhelo de un alguien -dios, líder, conductor, führer- a quien recubrir de cualidades excelsas que protejan de cualquier peligro y confieran seguridad. Que protejan del desamparo y ayuden a negar la soledad y el miedo.

También la cultura occidental actual crea nuevos cultos y personajes investidos de santidad. Ya han transcurrido por la vida y desde la muerte, emanan un poder mágico, salvador. Figuras que son difundidas tanto mediáticamente ante un gran número de seguidores como en la inmensidad de un camino erigiéndoles capillas y santuarios. Mientras ciertos predicadores llenan estadios con técnicas de sugestión de masas, en ciertos lugares se encuentran nichos venerando algún personaje santificado. Los muertos son así investidos de una magia protectora. De alguna manera es una negación de la muerte. La invocación a Dios lo es a un ser superior todopoderoso pero que en la religión católica es un muerto, Jesús, resucitado. De nuevo negación de la muerte. Y el planteo de la inmortalidad. “No hace falta un gran esfuerzo de reflexión -escribe Green- para advertir –lo atestigua la referencia al Nirvana-que pulsión de muerte e inmortalidad remiten la una a la otra.”

Desde el psicoanálisis un concepto fundamental –el narcisismo– trata de comprender todas estas alternativas. ”Un narcisismo no desarraigable lleva a creer que una civilización vale más que las otra” (Green). La barbarie tiende a ser justificada aduciendo los objetivos más nobles. Proveer a ello fue sin duda la función de ciertos ideales políticos, y la religión antaño, trastocada en fundamentalismo fanático inquisitorial. “A la inmortalidad de los dioses- agrega Green - respondió la inmortalidad de los héroes (guerreros, atletas, políticos, santos, filósofos, artistas y científicos).”

Ese casi responso ¿Dónde está la tumba de los dioses muertos? lo recuerdo con frecuencia. Pero, curiosamente, a la manera de un lapsus se me presenta la palabra “cuna” en lugar de “tumba”. Entonces pienso: ¿Sería posible encontrar en la cuna -a la manera de un símbolo- el origen de esa necesidad humana de creencia, de dependencia extrema, de veneración, de idealización a ultranza? Si Dios es una creación del hombre, en él se proyectará todo lo bueno, la capacidad de tolerancia y perdón que necesitamos para vivir. Aunque también y en razón de esa idealización extrema, ese mismo Dios omnipotente puede tornarse cruel y sádico. ¿Es la necesidad de un Dios -o sucedáneo- la cobertura adulta al desamparo original? ¿Es en esa necesidad de amparo y, por tanto, de dependencia donde nace el miedo que obliga a la obediencia ciega?

¿El estado de inermidad inicial (proto-trauma) supone la necesidad de investir una suerte de poder omnímodo en la madre? Es a partir de esa inermidad -Hiflosigkeit- que pueden suponerse vivencias de peligro, tanto desde el interior como del exterior. Así como la significación de las primeras experiencias de satisfacción. Y el odio que surge frente a las privaciones.

El psicoanálisis reconoce la presencia necesaria de una dinámica de desasimiento de esa primera dependencia absoluta. Dinámica que supone un montante de agresión, sin duda necesarios para crecer e individualizarse. El interrogante: ¿cómo diferenciar la agresión que acuerda con la pulsión de vida, el crecimiento, el enriquecimiento psíquico con aquella otra que trata de exterminar al otro, a los otros? Se abre un abismo entre una agresión útil en el desarrollo de la subjetividad y la crueldad, el odio exterminador hacia lo diferente.

“La civilización no es sino el resultado del equilibrio entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte”, concluye Green.

Pero:

-¿Es suficiente pensar en pulsión de vida y pulsión de muerte y en su defusión?

-¿Es suficiente la noción en sadismo? ¿Este concepto de sadismo no se queda corta, frente a ciertas imágenes de las guerras ? ¿O cómo sucediera entre nosotros cuando se esperarba el nacimiento de un hijo, para matar a la madre y robarle la criatura?

-¿Lo puede acaso explicar la pulsión de dominio?

Sí, en parte; cuando el aspecto perverso que lo habita, se alía al sadismo y al canibalismo de la pulsión oral.

Sí, cuando de pulsión de autoconservación se ha transformado en instrumento de dominio al servicio de la propia ambición. Con total indiferencia crueldad frente a la desposesión ajena. Cuando el poder del deseo es transformado en deseo de poder.

Cuando el cineasta francés, Alain Resnais filma Nuit et Bruillard, documento sobre las deportaciones de judíos franceses durante la ocupación nazi, fuerza a la cámara a recorrer las vías del tren llevando a miles de personas a los campos de concentración y exterminio. Una voz en off se pregunta: ¿Recorrerlas de nuevo? ¿En busca de qué?: Para intentar comprender lo incomprensible, para develar más claves del horror absoluto, para penetrar en las raíces del mal”. Resnais sabía que no investigar en sus mecanismos era ya una forma de preservarlos.

También desde la lingüística se ha planteado penetrar en las raíces de la maldad y el odio. Victor Klemperer (2001) aporta señalamientos importantes en su libro “L.T.I. la lengua del Tercer Reich”. Su hipótesis fundamental es que el lenguaje no constituye sólo un reflejo del estado totalitario; sino que contribuyó, más que las acciones brutales, a la creación misma del sistema. De allí el acápite que pone de Franz Rosenzweig: “El lenguaje es más que sangre”.

En sus desarrollos acerca del discurso nazi, Klemperer analiza el texto y el contexto. No sólo las palabras que van entramando argumentos narcisistas acerca del valor y la superioridad aria sino el escenario de gritos y manipulaciones sugestivas, movilizadoras de sentimientos instintivos arcaicos, e inmovilizadores del pensamiento y la razón. Klemperer jerarquiza en el discurso de Hitler, la palabra Rassenfremd. Designa lo extraño, lo ajeno a la raza. Serían los responsables de pestes, crímenes y drogas causantes de degradación y envenenamiento del pueblo ario.

También Haider -presidente hoy del partido nazi de Austria- hace girar su estrategia alrededor del término Fremd, lo extranjero, sinónimo de alimaña, de desecho. Este Fremd refiere la consideración nazi del otro, del otro como radicalmente distinto, despojado de todo rasgo de semejanza. No pertenece a la comunidad aria y, por tanto, debe ser expulsado. Todo lo Fremd debe ser eliminado. Los judíos del Tercer Reich fueron exterminados, no por enemigos políticos sino en calidad de despreciables alimañas. Haider pretende explicar lo inexplicable y habla de los campos de concentración como campos correccionales, negando el exterminio y afirmando la culpabilidad de los prisioneros, que debía ser expiada.

Primo Levi –“si esto fuese un hombre”, atrapado en Auschwitz- escribió algunas líneas decisivas sobre este punto preciso. Al interrogarse sobre la crueldad de los guardianes nazis en los campos de la muerte, descubre que uno de los “elementos esenciales del hitlerismo” se basaba en un principio: “antes de morir, la víctima debe ser degradada para que el asesino sienta menos el peso de su falta”. Violencia regocijante y cruel que alienta al encargado de realizarla para poder soportarse a sí mismo, para poder conservar de sí la imagen de un ser humano salvador del mal.

Jean Joseph Goux, psicoanalista francés, considera a “Moíses y la religión monoteísta” el libro póstumo de Freud: como un alegato. Es la palabra de un hombre sabio frente al delirio de Hitler. En efecto, es el libro de un iconoclasta, que cierra su vida, enfrentando, desde la humildad de su consultorio y desde la sagacidad de investigador, a todos los fundamentalismos. En ese momento, a la delirante rivalidad asesina de Hitler, que un día había exclamado amenazante: ¡"No puede haber dos pueblos elegidos! ¡Nosotros somos el pueblo de Dios! Estas pocas palabras lo deciden todo". Freud exclama “NO existen pueblos elegidos”.

Hitler no ignoraba que una fe se vuelve intolerancia absoluta y mortífera, desde el instante que hace de su causa, la causa de Dios. Que el antijudaísmo no se transformaría en una fuerza rabiosa y ciega de agitación popular, sino cuando fuese llevada al colmo; al punto en que toca el inconsciente. Es decir, cuando el fanatismo religioso agita y concentra la movilización de viejos prejuicios. Por eso, la acción fue ubicada en el eje de "los puros y superiores", contra los judíos, gitanos y homosexuales, verdaderas ratas, alimañas, demonios perversos e inferiores.

Actualmente el fundamentalismo asesino de uno y otro signo dice matar en nombre de Dios. Creo con Saramago que:

“No se adelanta nada diciendo que matar en nombre de Dios es hacer de Dios un asesino. Para los que matan en nombre de Dios, Dios no es sólo el juez que los absuelve, es el Padre poderoso que dentro de sus cabezas antes juntó la leña para el auto de fe y ahora prepara y coloca la bomba. Discutamos esa invención, resolvamos ese problema, reconozcamos al menos que existe. Antes de que nos volvamos todos locos. Aunque, ¿quién sabe? Tal vez ésa sea la manera de que no sigamos matándonos los unos a los otros”.

Los dioses han muerto. Los dioses no existen, los elegidos, tampoco. Pero, una vez más, frente a esta humanidad en llamas uno se pregunta ¿podrá ser esto así. Alguna vez?

Bibliografía:
Mencken H.L. Prontuario de la estupidez y los prejuicios humanos. Granica editor 1971. p. 60
Green André, Narcisismo de vida Narcisismo de muerte. Amorrortu, 1986. P.257.
Klemperer Victor, LTI,la lengua del Tercer Reich, apuntes de un filólogo. Minúscula. Barcelona, 2001.
Saramago José, “Dios como problema” Diario La Nación 10 de agosto de 2005.-
Woscoboinik Julio, “La razón de la sinrazón El poder del prejuicio”. Revista de psicoanálisis, Número Especial Internacional N*7.-
Woscoboinik Julio, “El fundamentalismo en la vida cotidiana”. Feria del Libro, Bs.As. 2001.
Woscoboinik Julio, “De la agresión al exterminio”. Diario La Nación, 22-6-97.-


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