viernes, 12 de junio de 2009

Lidia Pausa


Gustavo E. Etkin (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Todos los recuerdos son momentos.

Los momentos son pedacitos de ahora para un mucho después desde donde se encontrarán esos pedacitos, que estarán ahí, quietos en su antiguo ahora.

Fotografías repentinas, imprevisibles.

Los pedacitos son una cara, un gesto, una palabra, la forma de una sonrisa en la penumbra, una afirmación brillante entre murmullos, risas, cristales, humo, un encuentro, la manera de una despedida, una que fue una última palabra, una imagen entre la sombra, alguien meando alegremente en el medio de una cocina y Lidia diciendo “es lo más surrealista que vi”.

La cocina era antigua, grande, sucia, con olor a grasa ácida.

El meaba al lado de una heladera ruidosa y Lidia maravillada: era poético.

Un caserón en Belgrano. Grande, antigua opulencia, estancieros, le faltaba pintura, columnas partidas, pintura carcomida, paredes sucias, una fuente seca con un cupido roto, el pasto del jardín crecido, restos de una pérgola. Una fiesta ahí. Un grupo de Hot-Jazz. New Orleans. Blues. Some of this days you go to miss me honey. Saint Louis Blue. Boogie-Woogie. Lidia bailaba sonriendo, casi riendo, su pelo rubio era un fuego, una llamarada que chisporroteaba de un lado al otro, llevada, subida, bajada. Era el Boogie. Y el Hot-Jazz.

La había conocido así, poco antes, en el sótano de un café en la Avenida de Mayo. “Les Oignons” - las cebollas - franceses aporteñados? y porteños afrancesados se juntaban para hacer Hot - jazz. Free-Jazz. Improvisar y enloquecerse en el brillo de los clarinetes, en la fuerza de las trompetas, en los jadeos del saxo. Sexo, pero sugerido, esperando el gran amor. Elegido. Auténtico.

También podría ser gramófono. La diferencia no era mucha, aunque los discos de pasta se rompían de otra manera. Pero gramófono ya no era. Después el combinado. Pero ahí, ni eso. Hot Jazz al vivo y ella bailaba fluía su pelo dorado flameaba de un lado al otro, era la bandera de Saint Germain de Près, Juliette Greco, La Nausea, Beauville, Roquentín, elegir, la libertad, sus caminos, abría las piernas, giraba, subía, bajaba, era luz y sonrisa. Una luz en el clarinete y la trompeta, un giro en la batería, un balanceo en el saxo.

Y siempre su largo pelo rubio flameando. ¿Chispa? ¿Bandera?

Yo sentado con Cesar, hablando, en el borde de aquel café. Mi camisa con gruesas rayas negras y blancas, verticales. Ser gangster. Chicago en los años 20. Los viejos tiempos de Al. Era joven y sabía que era joven y que ese momento lo recordaría ahora.

¿Ahora?. ¿Qué momento habrá después, desde el que recordaré éste momento en que estoy recordando aquel momento que yo sabía que sería recordado éste momento? Que habría un momento - éste momento - en que recordaría ese momento.

Pero hay otro momento en que la cosa para y ya no se piensa que una vez se pensó en lo que se iba a recordar después. Hay un momento que no es para otro momento.

Hay un momento que deja de ser para siempre.

Y se pasa a la definitivez. Todos los pedacitos son únicos y definitivos. No hay vuelta y es inútil recordar porque ahí ya no se cierra el círculo. Está lleno de pequeños abismos. Todos son ahoras. Eterno presente lleno de pedacitos.

Ese caserón era para ser recordado. Como aquel café, cerca del Tortoni, la escalera al sótano de jazz.

En el caserón la fiesta seguía. Adentro luces y hot jazz. Afuera, entre las estatuas rotas y la fuente seca algunos nos mirábamos. ¿Qué pensaba cada uno que era todo eso?

Sentados en el pasto crecido Lidia, yo y dos rubios de ojos celestes.

- Y bueno, decía uno.

- Las cosas hay que pensarlas o reventarlas, decía el otro para impresionar a Lidia que estaba callada y sonreía.

Yo no sabía qué decir.

O podría haber dicho que aquel momento fotografía era sabido por los cuatro. Que sería recordado en los muchos años después. La distante sonrisa de Lidia mientras se acariciaba el largo pelo rubio, las altivas estúpidas palabras que esos rubios decían con orgullo para grabar una imagen. O posar para un cuadro de palabras pintadas. Y adentro del caserón, de la casa antigua donde antes se daban órdenes, se cumplían pequeñas ceremonias, se cuidaba el jardín, se limpiaba la pérgola y el pasto era cuidadosamente cortado, adentro del caserón se decía cualquier cosa, se puteaba, se cogía en algún baño, se escuchaba o podría haberse escuchado Chet Baker, Louis Armstrong, Stan Getz, Gerry Mulligan, el Rag de la Calle 12, Al Capone, las Thompson, charleston, Alexander’s ragtime band, Juliette Greco, la elección, la libertad, Malraux, Camus, La Peste, Sartre, nosotros los jóvenes. Ahora siempre todo joven. Y seremos felices. Pero sabíamos que todo eso, cada sonido música sonrisa palabra, eran solo para ser recordados.

Recordados en aquel caserón que después fue una casa de departamentos con su garage.

Y Lidia tan segura que viviría mucho me dijo aquella tarde en ese café de Las Heras cerca de Pueyrredón cuando le miraba las muñecas y quería convencerla que había que embalsamarse para no pudrirse, para que sus manos no se pudran, que los antiguos egipcios sabían, pero no te das cuenta que te vas a morir, que todo ésto se va a podrir, que eso es absurdo. Es que la muerte es absurda, me contestó con esa sonrisa de que sabía.

¿Sabía que dos o tres años después moriría estúpidamente? Murió como le podría haber salido un grano en la nariz, dijo César. Porque ella dijo -“Cerrá las ventanas que entran mosquitos”. Y con las ventanas cerradas el calefón largó el gas que la mató. Para que no entren mosquitos. La hubieran matado lo mismo, siguió diciendo Cesar, porque hubiera sido abogada de presos políticos. Y la hubieran torturado y la hubieran matado. O no. Vaya uno a saber. Porque ella decía que hay que poner una silla eléctrica en cada esquina, y sonreía. Una vez no se levantó en el club de cine cuando tocaron el Himno. Fue un escándalo. Así que la hubieran matado. Hubiera sido una torturada y desaparecida más, pero no hubiera muerto para que no entren mosquitos.

La última vez que la vi se había cortado el pelo. El largo pelo rubio que movía como llamaradas. Pelo corto. Channel. Moda. Me saludó de lejos. Sonrió rápido. Chau. Era la última vez. Si hubiera sabido le hubiera dicho que era la última vez y que chau, y los dos hubiéramos llorado y nos hubiéramos dado cuenta que las cosas son siempre la última vez y chau. A veces nos damos cuenta y a veces no.

Pero a veces uno recuerda algunas veces.

¿Recuerdos de una época? Boludez. Todo es época.

Ahora también es recuerdo, pero no sé desde donde será.

Foto: Café Tortoni. / Autor: Roberto Fiadone - WIKIPEDIA

Gustavo E. Etkin es argentino residente en Brasil.


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