viernes, 12 de junio de 2009

Prehistoria de una vocación


Rodolfo Bassarsky (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Dios me mandaba esos murciélagos que despanzurraba vivos panza arriba previamente pinchados con las alas abiertas sobre una tablita verde. Caían al patio de mi casa natal en Buenos Aires desde el campanario de la cercana iglesia de Montserrat (monumento histórico), en el corazón del Barrio de Montserrat. Otras veces les hacía fumar un Camel que robaba a papá. Los murciélagos son excelentes fumadores.

Estas experiencias y la tortuga-pelota, me acercaron tempranamente –tenía yo unos 9 años– al mundo apasionante de la biología. Aquellas disecciones, aquellas fumatas y aquella tortuga que volaba lanzada por mi hermano, mi primo o por mí para que el otro la atajara, gestaron mi vocación por la medicina. Fue un primer contacto con la Anatomía y fue también una primera intuición de la Fisiología. Veía directamente el movimiento del intestino y el latido del corazón y de la aorta y me asombraba la actitud autoprotectora de la tortuga escondiendo la cabeza mientras era sometida sin compasión al stress aéreo. Me sentía orgulloso de no tener miedo a esos animalitos como otros chicos. También gozaba al comprobar mi capacidad para someterlos y mi valentía para abrir los murciélagos y lanzar la tortuga. Antes de mi primera intervención quirúrgica me imaginaba el corazón del murciélago bastante más grande de lo que es, de manera que comencé a aprender las proporciones de los órganos internos. Comparando el tamaño de un murciélago con el de una persona, podía darme una idea bastante precisa del tamaño del corazón humano.

Me sorprendí cuando supe que estos pequeños voladores (micromurciélagos) eran mamíferos.

No podía imaginarme cómo mamaban. Había visto mamar a terneros y a bebés pero que un murciélago también lo hiciera, me parecía casi imposible.

Después de la muerte –seguramente violenta– de la tortuga, comprendí que el impacto de un golpe sobre su duro caparazón podía afectar el cuerpo protegido. Intuí el mecanismo del contragolpe y la relación entre la intensidad del trauma y el efecto traumático.

Mis curiosidades, mi heroico sadismo, la decisión divina de enviarme desde el histórico campanario unos horribles pequeños seres, vertebrados y mamíferos como nosotros, me permitieron un aprendizaje extraescolar no desalentado por mis padres. Quizás papá vio en esta actividad despanzurradora de su hijito un talento digno de ser desarrollado. Y mamá me pedía que me pusiera sus enormes guantes de cocina para operar. Hasta tenía, no recuerdo su origen, una cajita metálica con pinzas y tijerita quirúrgicos. Nunca mejor dicho: las operaciones se hacían “a cielo abierto” y había que suspenderlas por lluvia. Recuerdo que me resistí a tirar la tortuga a la basura. Tenía un nombre propio que lamentablemente se borró de mi memoria. Como muchos sentimientos infantiles, mi afecto por la tortuga era contradictorio. Un cariño que no impedía el maltrato. Una agresión paradójica, diría, no exenta de amor infantil. El hecho de que escondiera la cabeza y plegara sus patas, la convertía en un objeto muy parecido a otros inanimados aptos para lanzamientos lúdicos. Guardé durante más de medio siglo una sensación que por pudor consideré siempre inconfesable. Ahora me dispongo a develarla. Arrojaba la tortuga no solamente en dirección a mis cómplices, lo hacía también hacia arriba (a veces muy muy alto) y desesperadamente rogaba no fallar al atajarla. Confieso que cuando veía caer en picada al animalito- pelota sufriendo la aceleración de la gravedad, sentía un apretón aquí, en la boca del estómago, como si fuera yo el que caía e imaginaba que la tortuga estaba sintiendo lo mismo. ¿Estaría sintiendo lo mismo?

Mucho tiempo después, estaba cursando el cuarto año del colegio secundario. Nuestro profesor de Higiene, un odontólogo de unos 50 años, nos hacía interesante una asignatura que enseñada de otra manera seguramente hubiera resultado aburrida. El Dr. Aranguren, a quien rindo un merecido y póstumo homenaje, nos hablaba además de su amor por la profesión que ejercía. Nos explicaba qué significa la vocación y nos decía que las profesiones relacionadas con la salud exigen una vocación de servicio. El convencimiento firme de que el cuidado de la salud del prójimo es un noble servicio y de que, en el ejercicio de la profesión debe prevalecer esta idea: una actitud de servicio cada vez que se asiste a un enfermo, que se atiende la consulta de quien preocupado y a veces angustiado, acude a pedir ayuda.

Los murciélagos disecados, la tortuga víctima de mis impulsos, el Dr. Aranguren y la necesidad ferviente y juvenil de testimoniar el afán de servicio que comenzaba a conmover mi alma aún tierna, fueron elementos determinantes a la hora de decidir a qué actividad dedicaría el resto de mi vida. Nunca me arrepentí de esa decisión que me condujo a ejercer la medicina en diversos escenarios económico-sociales, en mi país y en España asistiendo pacientes de diversa condición, procedencia y características. No estoy arrepentido. Desde hace 45 años me siento feliz de ser médico.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.