viernes, 31 de julio de 2009

Algo de cine: El baño (2000)


Jesús Dapena Botero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En el milenario país chino, después de la revolución maoísta, han traspasado sus murallas, vientos revisionistas, que desmantelan antiguas tradiciones de la vida comunitaria, para dar espacio a una descarnada urbanización: allí, en la gran ciudad, se reservan espacios donde el individuo puede saltar de la masa, por un instante, para, en máquinas traganíqueles, por una módica suma, pueda darse un rápido baño, para no perder el tiempo, que los capitalistas le han enseñado que es oro.

¿Quién tendría todo el día para pasarse en el baño?, Eso podía hacerse en los baños públicos, en otros tiempos, allá por fuera de Pekín, como en el establecimiento de Liu y su hijo discapacitado Er Ming.

Da Ming, el hijo mayor, vuelve con una mentalidad distinta; ahora es un próspero hombre de negocios, que ha creído, por un dibujo que le ha enviado su hermano, que su padre ha muerto; pero, la vuelta de Da Ming trae consigo el conflicto, entre el pequeño mundo de los hombres dedicados a los viejos rituales acuáticos y el otro, el que se fue hace tanto a hacer fortuna por el mundo más ancho y ajeno.

Los baños comunitarios tienen una magia particular; son importantes para todo el vecindario, ya que, ahí, jóvenes y viejos se reúnen, para hacer fluir la conversación; allí, se transmite la historia, la tradición, en un ámbito, casi absolutamente privado, que no es tan fácil de encontrar en un mundo gigantesco de la ciudad. Ahí, la comunidad tiene sentido, más del que tiene esa masa citadina, serializada, que se transforma, a lo suma en miles de series disgregadas, que tienden al infinito, de millares de hombres andan por la urbe, mientras sus almas destilan soledad.

El balneario sirve como un refugio colectivo; allí se puede libar del vaso de la sabiduría milenaria; ahí, puede hablarse del dolor, del amor, de la familia, de la vida, en fin, de esas cosas, que hacen menos anónimo al ser humano, con la ambigua presencia de unas mujeres, que no están pero están.

En ese lugar, asistimos a una continua narración de historias, que se escuchan con un oído humano; en un sitio, que si desapareciera haría que la comunidad perdiera su identidad al menos, eso lo que pasa cuando el baño es demolido, para dar paso a una sociedad de libre mercado, a la sociedad postindustrial, que construye apartamentitos esterilizados, en conjuntos asépticos, que más parecieran colmenas de abejas; es así como la tecnología de Occidente avanza implacable, arrasando con lo mejor y más humano de la tradición.

Entonces, Oriente accede a lo peor de la modernidad con sus afanes, lejos de las llanuras, al margen de la historia y la culturas milenarias, como si estás hubieran muerto.

La tecnología avanza implacable sobre la geografía china y se adentra en los miembros de las nuevas generaciones, aspectos que Zhang Yang sabe mostrarnos con su encantadora cinematografía, para resaltar valores humanos, que tienden ser reducidos a cero.

El nuevo cine chino empieza abandonar los modelos espectaculares del cine histórico, con sus épicas batallas, para meternos en un cine más lírico, más nostálgico e intimista, lo cual lo hace con realismo, en una época en el que la familia y la comunidad parecen ir desapareciendo al ritmo de un supuesto progreso, que no hace más felices a los seres humanos, en un país donde la gente debe desarraigarse en busca de trabajo para irse a ciudades populosas, adonde el espíritu comunitario tiende a desaparecer, con la ruptura de la comunicación con las personas más allegadas.

Zhang Yang es todavía un joven realizador, quien se ha formado en el mundo de los documentales y los videoclips musicales pero que ahora parece ir más allá de esos límites, para darnos una mirada lúcida y brillante sobre las transformaciones de la sociedad china, mientras hace un elogio de una cultura, que el considera más pura.

La ducha es su segundo largometraje, el cual está lejos de ser un pasquín contrarrevolucionario, pues ni siquiera es una reconvención al régimen de Beijing; lo que el joven director hace, de una forma bastante poética, es adentrarnos en los baños públicos de la China, para que seamos testigos de humanos encuentros y desencuentros; allí, los militares están realmente ausentes; tampoco, ni por casualidad, vemos a un burócrata de la Administración y aún, casi, la protesta también pareciera estar ausente, lo cual no quiere decir que no haya allí ideas claras.

Y tal vez esa claridad, alejada de los viejos esquemas del realismo socialista, es lo que hace que la cinta fuera tan bien acogida en el Festival de San Sebastián, donde no se dudaría en darle el premio de mejor director pues lo que Zhan Yang hace es constituirse en una legítima muestra del nuevo cine chino.

A él lo que le interesa es la realidad actual, acercarse al fenómeno urbano y alejarse del cine rural, del cine histórico.

Su formación original estuvo en el teatro y si hizo su versión china de la novela de Manuel Puig, El beso de la mujer-araña, su propósito es burlarse de la severa censura de su país, así ésta no hubiera sido demasiado severa con él en la realización de La ducha, lo que no lo protegería de que le cortaran tres o cuatro escenas de desnudos.

En el baño del señor Lui asistiremos a un microcosmos, que representa a la sociedad china, a través de una vieja tradición milenaria, que poco a poco ha ido desapareciendo, al tenor de la urbanización y de los cambios del sistema económico en el país de Mao Tsé-Tung, ese Sol Rojo, que iluminó esos corazones.

El baño público, en la vieja China, era lugar de encuentro, al que se obligaba a ir a la gente, pero los jóvenes actuales los han abandonado aunque los mayores sigan privilegiándolos como sitio de reunión; ello pareciera dar cuenta de una profunda transformación social, que termina por afectar el vínculo humano.

Ahora los jóvenes occidentalizados procuran una vida mucho más autosuficiente y las relaciones familiares se enfrían, ya que la juventud hace casi una ruptura total con su pasado.

Lo que Zhan Yang procura es hacerle el quite a las presiones gubernamentales, que quisieran monopolizar el quehacer cinematográfico, aunque en contraposición empiecen a surgir movimientos de cine independiente, que siguen el derrotero del productor Peter Loehr; si antes todo lo hacía el Gobierno; ahora se empieza pensar en nuevas maneras de hacer cine, con nuevas ideas, con estilos de producción más novedosos y también de distribución, ya que el cine independiente es consciente que el mercado no debe quedarse restringido dentro de la muralla china sino que debe aspirar al mercado internacional.

El filme de Zhang Yang resulta casi minimalista, en un tema bastante trillado en el cine como es del antagonismo entre las viejas costumbres y las nuevas necesidades de la sociedad postindustrial.

La cinta está hecha de detalles y matices, en un equilibrio casi perfecto, con cierto tono sentimental no exento de un fino humor. Podríamos catalogar la película dentro del cine sociológico, circunscrito a un espacio social específico, en el macrocontexto de la cultura actual en el país del Yang-Tzé para dar cuenta del conflicto entre ortodoxias y heterodoxias.

El baño de Liu contrastará con el de la primera escena, en un complejo empresarial, donde hay baños high-tech, la única escena que nos enfrenta con la China postindustrial.

Da Ming, el hijo mayor, al volver se quedará un tiempo con su familia para asistir al negocio de su padre, donde la gente va, discute, negocia, hace tratos y planes, en una vida comunitaria que va tejiendo sus redes, siempre bajo la amenaza del gran proyecto modernizador del nuevo Gobierno.

Allí, Da Ming es sumamente bien recibido y termina por sentirse bastante cómodo en el mundo que su padre le ofrece; allí, el gran ejecutivo, atiende a los clientes, reparte toallas y ayuda a arreglar problemas, a los que se enfrenta, en la vida cotidiana, la comunidad, para ocupar finalmente el lugar vacío que deja la muerte de su padre, a sabiendas de que el negocio no durará mucho pues se lo llevará el ensanche, la reconstrucción de la aldea.

La película pudiéramos verla a través de los análisis que Pierre Bourdieu hace de la sociedad y la cultura, para enfrentar el problema de una China, que se acerca a la sociedad postindustrial.

Bien sabemos que el habitus puede condicionar nuestra manera de accionar, de pensar y de hablar. El habitus de Shenzhen es el de una sociedad tradicional, en la que se conservan rituales, usos y costumbres; Beijing, en cambio, es un hábitat industrializado, en el que el discurso imperante es el mercantilista de la sociedad contemporánea, el cual se idealiza, hasta llegar a considerarlo una forma más compleja de pensamiento, en contraposición con el pensamiento más arcaico y primitivo de la sociedad rural, de tal suerte que las viejas tradiciones deben ceder el paso al discurso moderno y es ahí donde emerge la violencia; a la ortodoxia de Liu pareciera oponerse la heterodoxia de Da Ming, aunque finalmente Da Ming vuelva por los viejos caminos de Liu.

El mundo de Liu, de Shenzen, con sus depósitos de agua, al sur de la China, contrasta con el Beijín (Pekín) a donde ha ido a templar Da Ming, el centro militar y comercial más importante de la China, ahora el gran centro político, cultural e industrial del país, del que es la capital, como la segunda ciudad más populosa después de Shangai.

Zhan Yang nos lanza a un universo cultural muy distinto al de nosotros, los occidentales, con instituciones desconocidas para nuestra cultura. Allí hay espacios para el cultivo de lo estético, como los baños públicos y las casas para la ceremonia de té, donde se realizan ritos simples y sobrios, a la vez, purificadores y placenteros.

La costumbre de los baños arranca de la Dinastía Ming, a finales del siglo XVI, cuando se dio en China, toda una ética del cuidado de sí.

El proceso modernizador en China se hace de una manera diferente del acaecido en la Europa capitalista, ya que en el país oriental se daba una especie de infraeconomía, en la que la economía informal era suficiente para cubrir las necesidades en las pequeñas aldeas, sin tener que recurrir al comercio exterior, lo cual no permitía el pasaje a una modernización, a la manera como la vivimos los pueblos occidentales.

Da Ming se constituye en un punto de intersección entre las dos culturas como lo ilustra la siguiente gráfica de Viridiana López, Monserrat González y Javier Camacho :

Shenzen representa el mundo de tradición, con sus redes sociales, donde el baño público es un centro de reunión, gobernado por la institución familiar, donde el padre ejerce una función clara, como autoridad privilegiada; allí, toman el te, con los ritos propios de su ceremonial; allí se despliega el trabajo familiar, como una costumbre arraigada, en grupos que viven para el trabajo, donde lo problemático es la cotidianidad, en el contexto de una situación social determinada, más o menos oficializada y ritualizada, como diría Bourdieu, donde intercambian ideas un conjunto de interlocutores. Así el baño se constituye en una forma ritual.

El baño es el capital institucional de la familia, una configuración humana que tiene gran valor en la tradición china.

Para esta tradición la vida buena es comer, dormir y trabajar, más allá del valor que tenga el dinero; esa es la postura de la comunidad rural china, en general, que se opone al afán de enriquecimiento de la cultura moderna occidental. Allí, el agua es todo un valor, que se cifra en el hecho de ser un recurso vital.

En el baño público se dan relaciones, de las que surge la armonía con la tradición, con toda su solemnidad.

Al baño se le asigna un tiempo determinado, que deviene especial.

El baño es como el templete donde se realiza lo protocolario; allí acuden los miembros de la comunidad para compartir la vida y, por lo tanto, se constituye en toda una institución social.

La industrialización pretende romper con estos rituales, incorporados en la tradición; se destruye su sede material, con lo que se agrede cierta sacralidad, gracias a una violencia en el campo de lo simbólico, que se materializa cuando es demuele la ciudad.

Beijing se constituye en el campo del individualismo, en el que se rompen las redes sociales, con sus baños modernos, más allá del mundo familiar, donde la vida se convierte en un trabajo para mantenerse en ella, para sobrevivir.

La industria ha puesto su impronta, con toda la secuela de movimientos financieros y especulativos, donde lo que interesa es el mundo de la ganancia económica, el fetiche del dinero.

Entonces la modernidad reclama su hegemonía, mientras ejerce toda una violencia simbólica, que privilegia lo novedoso, donde lo rural se ve presionado a ponerse a la supuesta altura de lo moderno, con nuevas formas de interacción social, para nada comunitarias.

Es ahí, donde se da el choque cultural, que ha hecho tan compleja la modernización en China, con sus nuevos ideales de crecimiento económico, industrialización rápida y la recepción de inversiones occidentales aunque las tradiciones se resistan al desarraigo.

Jesús Dapena Botero es colombiano residente en España.


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