viernes, 24 de julio de 2009

Crónicas del centro que resplandece (Fragmentos)


Rafael Cuevas Molina (Desde Costa Rica, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

IX

Humilde profesor
que no pisó jamás los corredores
de Oxford ni de Cambridge
ni de Bristol
aterrizado de pronto
en el ombligo del mundo
en el lugar de las certezas
entre la fuente de Cibeles
y la Puerta de Alcalá.

El profesor recorre a pie las avenidas
mientras piensa
en el oscuro lugar donde trabaja
en sus hijas que crecen a lo lejos
y descubre que puede ser detenido
interrogado
no sea otro sudaca
rebuscador de vida
cantador de boleros en el metro
vendedor de baratijas en la acera
atracador de buenos ciudadanos.

Imposible o
por lo menos
raro
resulta que el susodicho
frecuenta bibliotecas
más raro aún
hemerotecas
(porta carné que lo atestigua)
a pesar de ser tan marginal
como se nota
en el perfil
en el color
en la luz derrumbada de su ropa.

XI

Y la piragua
que nos llevaba a cuestas
y pasaba por los estrechos canales
de los manglares
mimetizada
hendiendo el agua
hasta dejarnos en la lengua de arena
donde batía la mar día y noche
con las palmeras
el sol y los murciélagos
ahora resulta que está aquí
como orgullosa pieza principal
rodeada de varios tocados mindanaos
de casas mahoríes
de la momia guanche
del esqueleto del gigante extremeño
fusiles beréberes labrados
y cascos de vándalos bizantinos
en el lugar de honor
de este museo español
donde somos expuestos
los pueblos periféricos
del desierto y de la selva.

Está
pues
ahí
la piragua
y solo falta
un cartelito que diga
barcaza utilizada por nativos centroamericanos
para cruzar el río María Linda
en busca de solaz y esparcimiento.

XII.

Decido
la cremación de mi cuerpo
cuando llegue el día.

No seré echado de mi tumba
doscientos años después
no seré examinado por antropólogos forenses
paleohistoridores
etnolingüistas
sobre una plancha de acero.

No me hurgarán las entrañas
Para encontrar
restos de pepsicola
ron
un poco de atún
tal vez cereal del último desayuno.

No dejaré que me pongan en vitrina
con cartelito
letra grande
comprensible para escolares
del año 2345.

No expondrán mis intimidades a los turistas
como lo hacen con esta momia peruana
de la sala número ocho del Museo de América
en Madrid
Reino de España.

XIV.

Mi amigo triunfa en Europa dicen
imaginan grandes avenidas
luces
Pierre Cardin
Givenchy
Coco Chanel
los anuncios filmados en Mariahilferstrasse
calle principal de la imperial ciudad de Viena
grandes salas de concierto
La Scala
el Gran Teatro de la Opera
colas de gente
traje largo
pendientes y collares refulgentes en la noche
a la luz de las farolas principescas.

Él
con su flauta traversa
a duras penas paga
habitación
luz
agua
gas
calefacción
ruega en cafetines
bares
restaurantes
ser quien amenice la cena
de comensales clase media
sin pendientes ni collares refulgentes
y a veces logra comer
a las tres de la mañana.
Se regocija entonces
de estar triunfando en Europa.

XV.

En Burdeos
mis ojos achinados de párpado caído
detectaron los gatos más obesos
que ojos humanos jamás vieron.

Aletargados
lentos
ahítos
tirados al sol
maúllan consentidos
no suben a las tapias
pequeños elefantes
minúsculas vacas preñadas
símbolos vivientes de la hartura
de la diferencia y la distancia
con nosotros.

Mi pequeña gata
amarilla
rescatada enclenque del basural
nunca bien desarrollada
espalda curva
excesivamente cariñosa
agradecida
nariz húmeda
patas sucias
sería aquí discriminada
marginada
por la pelambre hirsuta
por el costillar exhibido desvergonzadamente
maullido distinto
ininteligible en el Primer Mundo.

Ella se quedaría
sin embargo
a pesar de los pesares.

XVI.

Entre un millón de gentes
en el sector cuatro
el de los enfermos
un niño pide por su hermano:
que pueda hablar suplica
que camine
y casi ni se mueve
con luz en los ojos y espera
tal vez el Papa interceda
la Virgen le oye más a él
dice
con ojos expectantes.

Su cabeza espinada
refulge al sol de mayo.

El Primado habla mientras tanto
balbuceante
de la evangelización de América
agradece a España
la expansión de la fe y la cultura
a la sombra de Colón
que señala hacia adelante
y el niño ve al hermano
esperando una palabra
que diga
por ejemplo
hermano puedo verte
y le abrace.

Tanta palabra al aire
tanto aparataje
para engañar a un niño.

XVII.

Y
reflejada sobre los vidrios nítidos
de la urna
en la exposición Bizancio en España
mi cara de olmeca
o preolmeca.

XVIII.

Por ejemplo no como en Sudáfrica
por el SIDA
o los subsaharianos
atravesando congelados
el estrecho de Gibraltar en balsa.
No como nicaragüenses hambrientos
sino por aburridos
los jóvenes franceses
se suicidan
o mueren despanzurrados
en autos veloces como cometas luminosos.

Bajo el sol de primavera pienso
junto a monumental fuente conmemorativa
crepas en el plato
viento acariciante
cuántos se estarán colgando ahora
cuántos cortándose las venas
ingiriendo veneno.
Podrían sentarse en esta silla
desabotonarse el abrigo
respirar hondo y congraciarse
de estar vivos.

XXV.

Han llegado los bárbaros
dicen
y hacen muecas de desprecio.
Asustados
restringen horarios de salida
recelosos
doblan con miedo las esquinas.

Los bárbaros
mientras tanto
matan tardes de domingo
en una banca
o recuperan sueño
en habitación barata.
Después
el lunes
se levantan
y como bárbaros
llegados desde lejos
sin escrúpulos
acometen un trabajo
mal remunerado.

XXIX.

Parque grande
arbolado
estanque sucio en el centro
globos
palomitas de maíz y tenderetes
adivinadores del futuro
dibujantes
músicos
parejas enamoradas
pájaros.

Jacinto López Rodríguez
ecuatoriano
sufre calor intenso disfrazado de ratón
pato
oso anaranjado
los sábados por la tarde y los domingos.

Niños y niñas llegan
lo abrazan
dicen breves palabras
y se despiden en silencio con la mano levantada.

Única forma
pienso
de que abracen al inmigrante.

XXXII.

No es porque sagaces
lúcidos
informados
eruditos
o inteligentes.

Ni por sofisticados
finos
educados
cultos
o elegantes.

Tampoco por esbeltos
altos
rubios
o bien formados.

Es porque ricos
y nosotros
pobres.

XXXIII.

Hablan la lengua de los jefes.
La mía
lejos de las luces
de las grandes capitales
no llega a murmullo.

Nunca escucharán
el susurro
de este poema.

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