viernes, 17 de julio de 2009

El silencio de Jacinto


Eduardo Dermardirossian (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Uno

Jamás se supo si fue día o noche cuando nació. Si el sol entibiaba la jornada o si la lluvia mojaba el pastizal. Si la luz de la luna bendecía el claro del monte o si la negra boca del cielo ausente cegaba la esperanza. No se supo jamás qué signo precedería sus pasos por la vida.

Por eso Jacinto guardó las palabras en su alforja vacía y enderezó sus pasos por la vida en dirección al viento. Siempre hacia el viento, porfiadamente, no importa si helaba su rostro en el amanecer sin sol o si castigaba sus ojos con las cenizas que los muertos habían devuelto a la tierra. En su incesante andar recorrió caminos y esperanzas, montañas y llanuras. Y jamás dijo con voces sus sueños y agonías.

Y así se deslizó por la pendiente de su vida, con la palabra ausente, en dirección al viento. No supo si nació de día. No supo si lo abrigó la noche en su venida.

Me contaron las chusmas que cierta vez recorriendo los caminos de la vida encontró Jacinto un avecilla caída, lastimada en su ala por la bala de un arma. Recogió al pájaro y curó su herida. Y también me dijeron que ese día por única vez habló Jacinto. Fue con el ave después de ser sanada su herida. Qué le dijo el pájaro al hombre no se supo. Tampoco lo que el pájaro oyó en ese día.

Dos

Qué cosa hizo Jacinto en su vida nadie lo sabía. Cuáles fueron sus sueños, cuál su esperanza y su ilusión tardía. Qué fue lo que calló también era ignorado. Con nadie habló de tales cosas y dicen que sólo el ave herida conoció su voz y vio su corazón latir, caliente, remontar el aliento de su palabra ausente.

Sabía que pronto partiría su nave hacia el poniente. Que el viento que acompañó sus días se alojaría en las velas, en aras de saber si su arribo al mundo fue de noche o si la luz del sol le dio la bienvenida. Sólo después del viaje lo sabría.

Tres

Tal como arribó del horizonte ignoto, partió la nave con Jacinto a bordo hacia la muerte, luminosa u oscura no sabía. Y sin tormentas, sin oleajes, llevado por la brisa tibia del verano pronto, llegó la nave a costas perfumadas, floridas por doquier, con frutos abundantes a mano de los habitantes hermosos todos ellos, desnudos e iluminados sus cuerpos desde adentro. El silencio adornado con música ligera, con risas y alegrías y el espacio colmado con aves sin heridas. Desembarcó sonriente y una dama hermosa como ninguna guió sus pasos hacia la portería. Preguntó por las flores, las aves y los frutos y le fue dicho que esos eran ornamentos de la bienvenida. Supo que había arribado al Cielo y que desde entonces ese sería el lugar de su eternidad sin días. Hasta la puerta llegaba el ornamento. El resto era ordinario, tal como él lo había visto antes de su partida. Atravesó la puerta sin portero y vio cómo era todo. Las calles y sus ruidos, las gentes y sus casas. El viento, los ropajes, el sol y las fatigas. Vio todo semejante a sus días sin palabras, cuando aún no había abordado la nave.

Cuatro

Recorrió las calles cuesta arriba y luego cuesta abajo. Vio al labriego trabajar la tierra y al artesano tejer los mantos para abrigo. Los niños anhelaban ser adultos y los adultos detener el tiempo, vio que las damas cubrían sus pudores y los varones las cortejaban con diferente suerte cada uno. Pudo saber que era la luz de día y que la noche empañaba el espejo, que era frío y calor, que era risa y llanto. Era amor y desdén lo que cantaba el poeta, reptil y alado, trabajo, fatiga, satisfacción y tedio. Todo era así en el cielo encontrado, como había sido en sus días de silencio porfiado.

¿Cómo era distinto Esto de aquello? ¿Cuál diferencia había en lo hallado? ¿Por qué le llaman Cielo a este estado si aquí hay llanto y fatiga y por momentos el camino está enlodado? Quiso encontrar respuesta y la halló al pronto cuando un ave reposó en su hombro. Tenía una cicatriz sobre su ala y una majestad distinta a todo.

No se sabe qué fue lo acontecido. No se sabe si hablaron o qué ha sido. Pero las chusmas me dijeron que en ese mismo instante comprendió Jacinto que aquel Territorio no era el mismo. Que no era azul ni carmín ni arcoiris. Que tan solo una cosa era diversa en ese Reino. Allí no había dinero. Después había el resto.

La copa azul del ángel

Callado, de sí mismo hacia adentro, era un viajero ignoto por territorios nunca antes visitados. No había brillo en su mirada y sombra no tenía. Delgado, huesudo y cabizbajo, solía vagar en las noches frías por aquel paraje inhóspito, como ánima herida. La luz de cada día lo encontraba echado bajo las matas espinosas del monte, con los puños apretados sobre sus ojos cerrados, en posición fetal, inmóvil, mudo. Era oscuro, taciturno, gris, sin luz, sin alegría. Era el espectro de la noche al mediodía.

Cierta vez
soñando que soñaba
los sueños de Jacinto
cuando era niño a veces
cuando era adulto otras
soñé que recogía
de un antiguo arcón
dos copas de cristal
azul la una
como el azul del ángel
y gris la otra
opaca triste y fea.
Soñé que alcé las copas
a un tiempo y sin remedio
cayó la azul del ángel
sobre la piedra ruda
quebróse en mil pedazos
quedando solamente
la gris opaca y fea.
Soñé que tuve sed
que con la copa habida
bebí hasta el hartazgo
del cáliz gris opaco
que no elegí la copa
que no elegí la sed.
Soñando que soñaba
los sueños de Jacinto
perdí la copa azul
la copa azul del ángel
bebí hasta el hartazgo
del cáliz gris opaco.

Si algún día en su vida amaneció soleado, si tan siquiera un día la sonrisa de un niño se adentró en su mirada, aquel sino imborrable que condenó sus días lo tornó ciego y sordo, ajeno a cuanto ocurría fuera de sí.

Hasta que cierta vez, inmerso en el llanto y ya pronta la agonía, lo sorprendió una dama, viajera desde sus adentros. De entre las varias cosas que traía en sus alforjas, extrajo una copa de cristal azul, como aquella que vio romperse en sus sueños, y sirvió vino en ella. Y ambos bebieron de la misma copa. Una y otra vez bebieron vino de la copa de cristal azul hasta embragarse y caer dormidos largo tiempo. Durmieron profundamente sin que ningún sueño alterara el blando lecho del vino.

¿Dónde hallaré esperanzas?
¿Cuándo caerá la noche
que prometa un mañana?
si en mis noches sin luna
se asomara una estrella
si a mis días de llanto
siquiera la templanza
si las alforjas llenas
contuvieran ocultas
promesas y mañanas.
Creo que en mis entrañas
anidan damas bellas
colores resplandores
jornadas sin querellas.
Quizá en mis adentros
Encontraré respuestas.

Y despertó en medio del monte entre haces de sol que se filtraban por el follaje verde de los árboles. Y el canto de los pájaros adornaba el silencio y las flores silvestres lucían sin pudor sus colores arcoiris. La fresca brisa despejó la pesadez del sueño y se incorporó sobre sus piernas, más firmes y vigorosas que hasta entonces.

Buscó a la dama. En vano miró aquí y allá para encontrarla. Nunca la halló. Y nunca supo si en verdad había estado con él bebiendo de la misma copa o si aquello fue un sueño ya desvanecido.

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