viernes, 10 de julio de 2009

Isaac de Vega o el hombre desamparado


Liberto (Desde Artevigo, Canarias. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Uno de los libros para mí más estremecedoramente turbador, e incluso, quizá más difícilmente angustioso escrito jamás en Canarias -su nacimiento hay que situarlo en los años 50-, del escritor canario Isaac de Vega ha reaparecido bajo el nombre de “Cuatro relatos” en la siempre interesante editorial Benchomo (desde hace más de 20 años siempre sensible a la mejor prosa y a los mejores textos que se han escrito y escriben en Canarias para rescate y difusión de sus contenidos con sus siempre escasísimos medios), para oportunidad de los que hemos tenido la suerte de aprender y aprehender con el arte literario, sea canario o foráneo en una tierra donde el 90% de nuestros paisanos jamás ha leído ni leerá un libro.

Son cuatro textos con nombres tan sugerentes como: La Persecución, La Posesión, Miguel y su enano maligno o Mari-. Totalmente independientes entre sí, tienen en común un mismo tema que sobresale en todos ellos: El destino adverso y fatal de unos personajes que sobreviven en un mundo para ellos indeseable y caótico, al que acusan de su vacío y desesperación. No encontrando ningún tipo de salida por donde escapar a tanta desgracia y fatalidad, terminando con el imparable derrumbe de su mundo interior y conviviendo con el infierno que dicen sentir a su alrededor.

Estos cuatro relatos, escritos hace más de 30 años, el paso del tiempo -ese juez implacable-, no les ha restado ni un ápice de interés ni por su contenido, emparentado con lo mejor prosa de Poe, Rimbaud o Kafka, ni por su estilismo formal, frases cortas, cortantes, no te permite siquiera un respiro, acaso un engaño para no hacer tan terrible el drama que viven sus personajes encerrados en unas vidas indecibles, terribles, amargas…

Por ejemplo, en el primer relato, La Persecución, el protagonista llega a decir que “la gran liberación está en no oír a los demás, en no verlos, en no sospechar su contacto cercano”. Así, “los demás”, los otros, el resto de las personas, se irán convirtiendo en la fuente de todos sus males, el origen de todas sus desgracias. En este relato y, también, en los restantes, ésta será una constante que determinará negativamente las desgraciadas vidas de los personajes protagonistas, en mayor o menor medida.

Los cuatro relatos están poseídos por una atmósfera asfixiante, enrarecida, pesada, en el que los personajes van mostrando sus miedos, sus fantasmas, sus caóticos y enfermizos mundos interiores, y lo peor todo, tal vez, es que en lo más profundo llegan a intuir, alcanzando un grado de consciencia contra la que nada puede hacer, que su miserable realidad no va a cambiar jamás.

En estos relatos pareciera que la historia que cuenta Isaac de Vega, lo narrado por los personajes, es mera anécdota que nuestro escritor de hoy, el todavía vivo (ronda los 87, ahí es nada) y Premio Canarias de Literatura -compartido con otro de nuestros mejores escritores vivos, el también genial y no menos provocativo Rafael Arozarena (autor de la famosa novela llevada al cine "Mararía"), quizá por ser uno de los cofundadores de un movimiento literario, que llaman Fetasa, y que sus propios creadores afirman rotundos cuando se les pregunta por tal fenómeno que ni ellos mismos saben muy bien el verdadero alcance porque surgió en unos momentos muy dramáticos para Canarias, y quizá, en estos momentos no sólo no se entienda, sino que habría que hacer un auténtico y muy riguroso análisis económico, político, cultural, educativo, sanitario, etnográfico, psicológico y hasta antropológico de las Canarias de aquellos años, de Tenerife, y por último, del espacio por dónde discurría la vida de sus cofundadores - utiliza genialmente para introducirnos en un mundo de profundas, pensadas y sentidas reflexiones acerca de la vida del hombre en el mundo y de su, hasta ahora, indefectible, incierto y adverso destino, de las actitudes que le plantean lo patético y absurdo de sus existencias.

Así, en uno de estos relatos llegará a decir: “Somos seres ciegos, que la tierra irá produciendo hasta que se enfríe la luz del sol”. O, también: “Esos futuros hombres se irán extinguiendo, sintiendo su vacío y su oscuridad interna, llenos de terror y locura”. Con lo que concluimos que sus personajes están solos, se saben solos, abandonados en este mundo al que no le encuentran ningún lógico sentido, sin amparo en religiones redentoras, ni fe en una vida mejor después de la muerte, ni en vanas ilusiones amatorias o de felicidad.

Sus personajes ni se lo llegan a plantear siquiera: se saben solos en medio del universo infinito con la conciencia de que sólo son “motas de corta vida” y que, después de la muerte, no hay nada, sólo el más absoluto vacío. Y este sentimiento los va trastornando, confundiendo, arrastrando a un mundo de desesperación y oscuridad sin límite ni concierto.

Los personajes que habitan estos cuatro relatos seres solitarios, extraños, esclavos de un mundo exterior que no alcanzan a comprender y con un mundo interior confuso, perdido en la inmensidad del abismo que los habita.

Isaac de Vega nos hace ver que todos, cada uno de nosotros, podemos estar condenados al extrañamiento inmediato y permanente, al desconcierto y a la locura, por causa de determinados acontecimientos cotidianos adversos al entrar en contacto con nuestro mundo interior: este es el destino oscuro y tenebroso que tiene el ser humano en estos relatos. Y en la vida real. Este es el destino que tiene el hombre para Isaac de Vega: así de cruel y despiadado ve al hombre nuestro autor y no existe siquiera la compasión, la misericordia, la redención. Nada.

El protagonista del segundo relato, paralizado por un miedo hacia todo lo que le rodea, afirma que lo “envuelve el fantasma de toda la miseria del hombre, de toda la podredumbre de sus espíritus, de toda su falta de hombría y valor”, con esto, podemos hacernos una idea del mundo tétrico y sombrío en el que vive enteramente poseído y del que no puede -ni acaso quiere- escapar.

En Isaac de Vega, Premio Canarias de Literatura en 1988, junto con Rafael Arozarena, como ya apuntamos, tenemos un buen ejemplo de la buena literatura que se hace en Canarias, una literatura como ésta que hoy nos convoca, metafísica y existencial, donde el adverso destino del ser humano es el protagonista principal, es la pura metáfora de la soledad y la incertidumbre del hombre en lo infinito del cosmos y preso de las pasiones humanas, casi siempre vanas.

Así nos ve Isaac de Vega y, quizás, así seamos en verdad: seres caóticos, solitarios, extrañados, en un mundo que no alcanzamos a comprender y que continuamente se nos está escapando de la mano, que permanentemente nos huye…de la luz que esperamos ilumine nuestra existencia y siempre nos es negada.

Aquí, siempre aparece "el otro", el obstáculo, la sombra que lo oculta todo, el sueño desvanecido en la nada, el sentimiento de que indefectiblemente estamos abocados al fracaso de un verdadero entendimiento con la esencia de la vida, con nuestro yo más profundo y con la representación de los otros en nuestras existencias. Nada. Menos que nada. Peor que el vacío y la más absoluta oscuridad. Esto es parte de lo que nos transmiten sus textos. Pero siempre hay más. Algo más que cada uno, independientemente, debe encontrar, esto es sólo una invitación a sus otras muchas lecturas.

Isaac de Vega -nacido en Granadilla, (Tenerife), en 1920- es un maestro en el arte de contar, de irte metiendo poco a poco en la historia que cuenta. Son unos relatos en los que nos muestra un mundo oscuro, caótico y desgarrado, que ahoga a los personajes hasta casi hacerlos desfallecer en una lenta agonía; son personajes que se encuentran, antes que nada, desamparados en la vida: es el hombre desamparado y sólo frente a su fatal destino, que por momentos termina siendo el nuestro, que es el nuestro.

El profesor y ensayista Africo Amasik (Pablo Quintana), afirma que “Isaac de Vega es uno de los pocos novelistas iguales y legibles que han cultivado nuestro idioma en todo el Estado español después de 1936.”

Isaac de Vega ha publicado un buen puñado de libros, tanto de relatos como novelas, de los que destacamos “Fetasa” (1957), “Antes de Amanecer” (1965), “Cuatro relatos” (1968), “Parhelios” (1977), “Conjuro de Ijuana” (1981), “Viento” (1982) “Pulsatila” (1988), “Tassili” (1992) y “Gehena” (1997).

Isaac de Vega, de palabra comedida y secreta sólo se expresa a través del Universo mágico y ensoñador de su irrepetible e inigualable literatura: personajes solitarios, entregados a alucinantes y alucinados mundos interiores que van mostrando sus anhelos y debilidades, sus locuras, sus inútiles vidas que pueden ser las de cada uno de nosotros a poco que te dejes ir.

Y aunque no esté convencido plena, totalmente, estoy por asegurar que Isaac de Vega no podría vivir sin la Literatura; una forma de enfrentarse al hecho literario, única, intransferible, personal, terrible, mágica y al mismo tiempo real, pero que para nada tiene que ver con el llamado realismo mágico de muchøs escritorøs tanto Canariøs, como Hispanoamericanøs.

Como Isaac de Vega dijera en cierta ocasión refiriéndose a la Literatura de Víctor Ramírez --otro de nuestros grandes y geniales escritores de todos los tiempos y geografías-- Yo también digo que la obra de este tinerfeño Universal, muy bien podría no estar influenciado por ningún otro escritor, y que ya desde el principio se mostró así: auténtica, verdadera, única: la diferencia esencial entre Isaac de Vega y Víctor Ramírez, en el estricto ámbito literario, es que mientras el primero tortura, maltrata, asfixia, oprime y somete a sus personajes a cualquier tipo de aberración, sin apenas insinuarle alguna señal, cualquier motivo que lo lleve a pensar que terminara escapando o a la muerte segura o al evitable sufrimiento, el segundo trata a sus personajes de una manera cándida, sensible, tierna, amorosa… Lo que une a los dos escritores tan diferentes en tantísimas cosas, pero muy similares en otras tantas es que ambos dos saben que ninguno de sus personajes literarios terminan finalmente redimidos.

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