viernes, 24 de julio de 2009

Los idealistas y los convencionales


Julio Herrera (Desde Montreal, Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Muchos amantes de la literatura latinoamericana pretenden que existe un paralelo entre el escritor argentino José Ingenieros (1877–1925) y el uruguayo José Enrique Rodó, (1872 –1917).

Pero aparte de que ambos fueron contemporáneos y excelentes escritores, no hay nada en común entre éstos. Son inclusive ideológicamente opuestos.

En su libro "El hombre mediocre" Ingenieros, -eminente siquiatra, sociólogo y abogado criminalista-, clasificó como mediocres a aquellas personas convencionales o carentes de originalidad, siempre dispuestas a adoptar las opiniones de moda y las costumbres imperantes en su medio ambiente social. En ésa obra afirma Ingenieros, que las personas dotadas de una recia personalidad, a diferencia de las convencionales, son inmunes a las influencias y dogmas de la promiscuidad, desdeñan las ideologías e ideales que no concuerden con sus principios éticos y son rebeldes a todas las jerarquías desprovistas de méritos morales.

Contrariamente a Ingenieros Rodó afirmaba en sus obras (“Los motivos de Proteo”, “Ariel” y “Antología del pensamiento político y social”), que el triunfo y la felicidad están basados en la integración personal a la sociedad, a sus usos, costumbres y creencias. Es decir en ser convencional.

Ingenieros basaba el concepto de personalidad en la singularidad, en la originalidad, en la soberanía individual. Rodó invocaba la filosofía del camaleón, el mimetismo en la promiscuidad del medio ambiente.

Ingenieros fue un pensador y un apóstol, Rodó fue un ensayista y un esteta; Ingenieros profesó el culto de la libertad y de la verdad, Rodó profesó el de la belleza y de la forma; Ingenieros se enfocó tenazmente en el porvenir, Rodó miró fijamente hacia el pasado; Ingenieros fue bélico porque fue un enamorado de la revolución, Rodó fue un clásico porque fue un enamorado de la tradición. Rodó prodigaba consejos de abuelo; Ingenieros profesaba enseñanzas de guerrero; Rodó fue un pastor de rebaños, Ingenieros fue un líder de multitudes, un hombre trascendental.

Sí: la obra de Ingenieros fue trascendental. La de Rodó, aunque indudablemente bella, fue nula en la esfera ideológica. Porque hay que admitir que la obra de Rodó es brillante, pero al igual que el sol polar, ilumina pero no calienta, porque su obra fue solo estética, mientras que la de Ingenieros fue ética, idealista. Ingenieros fue revolucionario, Rodó fue doctrinario, religioso. Rodó hizo campaña para integrar la religión católica en las escuelas de Montevideo; Ingenieros hizo campaña para expulsar a Dios de las escuelas argentinas y de la sociedad.

Socialista, y jefe de socialistas, las riberas del Plata fueron el estadio donde se vio actuar a aquel gran púgil del verbo y de la acción política que fue José Ingenieros. Fue un alma multitudinaria y un verbo exaltador y apasionado.

De Rodó no puede decirse lo mismo. Rodó fue un escritor de ensayos, y un escritor de ensayos no es casi siempre sino un ensayo de escritor. El escritor de ensayos más completo de la literatura hispana fue Rodó, tan completo que sólo fue eso: un ensayista. Todo en él quedó en calidad de ensayo, hasta su vida misma, porque murió relativamente joven, habiendo hecho apenas el ensayo de vivir.

Y aunque las numerosas obras de Ingenieros (“El hombre mediocre”, “Hacia una moral sin dogmas”, “Las fuerzas morales”, “Los tiempos nuevos”, “Al margen de la ciencia”, “La simulación en la lucha por la vida”, “Simulación de la locura”, entre otras,) fueron escritas a principios del siglo pasado, hoy más que nunca se hacen vigentes sus afirmaciones, porque es evidente que los ideales justicieros invocados por Ingenieros jamás perderán su vigencia mientras subsistan las injusticias que los motivaron. Mientras existan tiranías existirán idealistas, es decir, justicieros.

Los discípulos de Rodó calificaban de “utópico” y de “idealista” a Ingenieros, así como los apologistas del neoliberalismo actual califican a los revolucionarios de soñadores y de utópicos.

Pero no hay que olvidar que es sólo la ausencia de nobleza, o el abandono de ella, lo que hace utópicos o estériles los nobles ideales. Porque, como lo afirma Ingenieros, "todo ideal noble, solidario y progresista, es una fe puesta en las posibilidades de perfeccionamiento material y moral de la humanidad. Las utopías de hoy son las realidades de mañana".

Hoy más que nunca, ante la colonización cultural del neoliberalismo, vale tener presente el pensamiento de José ingenieros: “Si no podemos ser libertadores al menos seamos libres. Y así, si no podemos contemplar el espectáculo de un pueblo sin amos y sin ídolos, al menos podemos ofrecerle el espectáculo de un hombre sin ídolos ni amos”.

¡Cuán lejos en tiempo y en visión socio-política estaba Rodó de aquel combativo compatriota de Ingenieros, Ernesto Guevara, el “Che”, que nos legó su pensamiento revolucionario al decir: “Nadie debe hacerse ilusiones de que puede conquistar una sociedad más justa sin luchar por ello”.

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