viernes, 17 de julio de 2009

Papeles para recordar a Silvio


Daniela Saidman (DIARIO DE GUAYANA - Venezuela)

A él, por el gesto con que sabe decirme

No hay mejor forma de desnudarse y desdudarse que con la voz metálica de ese hombre que desde el Caribe abrió los deseos. Para saberse reconocido en sus palabras basta su voz. La guitarra con la que acaricia, ilumina los resquicios, inaugura siempre la vocación de contemplarse profundamente humano ante sus versos trovadores.

Canta el tiempo, el que fue y el que será, despierto, alumbrado de sudores, constelado de sueños y de ganas. Silvio Rodríguez (San Antonio de Los Baños, Cuba, 29 de noviembre de 1946), poeta imprescindible, narra el mundo, el que necesariamente habremos de nacer. Sus canciones son sures y banderas, tierra fértil para el amor y la memoria, para la lucha y la utopía realizable. Silvio, desde siempre cantando y cantándonos las alas desplegadas en el vuelo.

“Hoy mi deber era / cantarle a la Patria / alzar la bandera / sumarme a la plaza. / Y creo que acaso / al fin lo he logrado / soñando tu abrazo / volando a tu lado”. (fragmento Hoy mi deber)

Sus notas son miradas, entonadas para anunciar el alba y la noche que se cierra sobre las cotidianidades y los gritos roncos y las risas todas. La profundidad del mar cabe en las cuerdas de la guitarra con las que le dio una dimensión nueva a la trova cubana y latinoamericana. Una trova que nos dice presente y nos dibuja en los mañanas que vendrán. Silvio le canta a la vida, a la que es y a la que necesariamente habrá de ser. Le canta a sus desarraigos, a sus ilusiones, a sus amores, sus guerras, que al final son también las nuestras.

“Menos mal que existen / los que no tienen nada que perder, / ni siquiera la muerte. / Menos mal que existen / los que no miden que palabra echar, / ni siquiera la última. / (...) / Menos mal que existen / los que no tienen nada que perder, / ni siquiera la historia. / Menos mal que existen / los que no dejan de buscarse así / ni siquiera en la muerte / de buscarse así”. (fragmento de Todo el mundo tiene su Moncada)

Escucharlo es oír la siembra de estas tierras... con su voz de fondo uno es capaz de ver brotar lentamente el tallo, sus hojas, sus niños descalzos. Su canto es la canta de los pobres de la tierra, es el llanto y la conmoción de saberse posible, de saberse amado, es la rebelión de las ganas y las batallas libertarias que cruzan los horizontes. Y el amor nace en sus versos, tejido a los girones de patrias y de roces, asalta las proclamas y se yergue sobre las cuerdas.

“Te doy una canción / Y hago un discurso / Sobre mi derecho a hablar. / Te doy una canción / Con mis dos manos / Con las mismas de matar. / Te doy una canción / Y digo: Patria / Y sigo hablando para ti. / Te doy una canción / Como un disparo, como un libro / Una palabra, una guerrilla / Como doy el amor” (fragmento de Te doy una canción)

Este hombre trovador de las utopías latinoamericanas, amante de la paz que no sabe de resignaciones, se compromete en su canto y en su vida, que al final son el mismo amasijo de vuelos y de sueños. Se compromete con lo hondo del ser humano, con su infinita capacidad de crear las maneras de ser libre, canta sobre el silencio y lo hace añicos, canta en los ausentes, por ellos y para ellos su voz se hace nuestra, para siempre.

“Dicen que me arrastrarán por sobre rocas / cuando la Revolución se venga abajo, / que machacarán mis manos y mi boca, / que me arrancarán los ojos y el badajo. / Será que la necedad parió conmigo, / la necedad de lo que hoy resulta necio: / la necedad de asumir al enemigo, / la necedad de vivir sin tener precio. / Yo no sé lo que es el destino, / caminando fui lo que fui. / Allá Dios, que será divino. / Yo me muero como viví” (fragmento de El Necio)

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