viernes, 7 de agosto de 2009

Algo de cine: Los Diablos


Jesús Dapena Botero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Título Original: Les diables
País y Año: Francia, 2002
Género: Drama
Dirección: Christophe Ruggia y Olivier Lorelle
Guión: Christophe Ruggia, Olivier Lorelle
Producción: Studio Canal
Fotografía: Eric Guichard
Música: Fowzi Guerdjou
Montaje: Tina Baz
Intérpretes: Adèle Haenel en el papel de la niña autista Chloé.
Vincent Rottiers en el papel de su hermano Joseph.
Rochdy Labidi como Karim.
Jacques Bonnaffé como Doran.
Aurélia Petit como la madre de Joseph.
Dominique Raymond como la directora.
Fréderic Pierrot, como el hombre de la casa
Danielle Ambry como la mujer de la casa.
Laurent Dallias como el policía.
Amaury Delbore como François.
Brahim Frihi como Patrick.
Mehdi Laribi como Alí.
Yves Lecat como el amigo de la madre.
Ricky Martin como Brian Rodriquez.
Signolène Moulin como Sylvie.
François Négret como policía.
Moulud Rezig como el amigo de Karim.
Elisa Rochette como Sarah.
Marylin Vignon como Isabelle
Duración: 105 minutos.
Distribuidora: Alta Films

Me parece muy importante el esfuerzo que se ha hecho por presentar un ciclo sobre los niños difíciles de parte de Otraparte, la casa-museo de Fernando González, en Envigado, Colombia, lo cual no deja de ser de una belleza sin par sobretodo en un medio como el colombiano que tendría que preocuparse tanto, tanto por su infancia.

Y me parece lindo el tema de Los diablos, la película de Cristophe Ruggia que sería tan bien aclamada por la crítica, ya que toca problemas muy serios de la niñez como son el de la psicosis, el autismo, el vagabundeo, y la asistencia a la infancia, todos grandes retos para la sociedad.

Ruggia nos narra, a la manera de Héctor Malot, un Sin familia contemporáneo, que ya no tiene la condición melodramática de la novela del siglo XIX, que se ocupaba de la infancia, por realista que pareciera. Ruggia nos dará una visión mucho más naturalista y cruda del abandono que vive el niño a la vuelta hacia el tercer milenio después de Cristo.

Los protagonistas serán dos hermanos, un niño, Joseph, en todos sus cabales, que tiene que hacer un gran esfuerzo adaptativo para lidiar en medio de una sociedad no suficientemente continente y su hermana psicótica, Chloé, una púber autista, un ejemplo paradigmático de la psicosis infantil, que tanto nos desvela a los trabajadores de las ciencias “psi”, a quienes hemos querido querer explorar ese enigmático mundo de la locura infantil.

El filme nos enfrenta con ella y con la violencia, de la mano de un director francés, que un poco a la manera de François Truffaut, se especializa en hacer un cine sobre la infancia, como nos lo demuestran sus tres grandes títulos:

La infancia perdida, estrenada en 1993, donde se relata la historia de dos chicos, el púber Max y la pequeña Mélanie de nueve años, quienes huyen del maltrato familiar, ocasionado por la violencia de su padre.

- El chico del Chaâba, en la que el director hace un acercamiento honesto y sin conmiseraciones al tema de las condiciones infrahumanas de vida de los chicos en los suburbios de las grandes ciudades, un poco a la manera del Luis Buñuel de Los olvidados, del Héctor Babenco de Pixote o de La vendedora de rosas de Víctor Gaviria.

Y otra que ahora, después de Los diablos, el director piensa hacer sobre los niños en la guerra de Argelia.

Los diablos, el filme presentado en Otraparte, el 11 de junio del 2008, sería la tercera obra del autor, que se ocupa de los niños en universos marginales, con su subsecuente violencia, con el telón de fondo de la geometría gris de las grandes urbes, para dar cuenta de una infancia alienada y oprimida.

La mayoría de los críticos la aplauden mientras unos pocos la juzgan incoherente, que no pasa de ser una buena declaración de intenciones, que se queda en un relato simplón e inconexo, con grandes fallas narrativas, en una película con un pretendido estilo naturalista, que toca a veces con la inverosimilitud, lo cual sería una nefasta paradoja.

Pero la mayoría de la crítica no quedaría tan decepcionada al encontrarse en Los diablos con una linda historia, humana, demasiado humana, que nos invita a participar en la lucha denonada de Joseph por buscar lo que el supone que podría ser la curación de Chloé, sobre todo a partir de haberse sentido responsable de su destino, cuando el psiquiatra de niños, de una de las instituciones que les da cobijo, le hace saber que él es un elemento muy positivo en la vida de su hermanita. El se hace cargo entonces de buscar la casa paterna, que Chloé dibuja compulsivamente con mosaicos, como si hubiera sido lo único que hubiera quedado en pie en su desmantelamiento psicótico.

Entonces, acompañamos a los chiquillos por los olivares de la zona de Marsella, por las ciudades, por los asilos, las cárceles siempre en busca de esa casa perdida, donde Joseph piensa encontrar abrigo y el calor de una familia.

Acopañamos entonces a aquellos niños nómadas, arrojados de su hogar, que no encuentran sosiego en ningún hogar de acogida, de tal suerte que su vida, como la de tantos niños en América Latina, es un ir y venir de las instituciones a la calle, para volver a la calle nuevamente en una existencia que es un rodar y rodar y rodar, como si ese fuese un imperativo categórico, que los convierte no en niños en la calle, como muchos de los protagonistas de Los olvidados de Buñuel sino en verdaderos niños de la calle, que es otro decir, ya que el niño de la calle ha perdido todo vínculo con su familia, fenómeno que aumenta en la sociedad postindustrial, no tan cercana al mundo feudal del campesinado mexicano de mediados del siglo XX; la Babel postindustrial se convierte en un Baal mucho más implacable, en cuyas fauces, la gran urbe destruye todo vínculo social.

Chloé es una muestra de ello. En su mutismo autista no articula palabra pues pareciera estar fuera de un mundo, que a cada instante le reconfirma que ella no cabe en él; por eso el universo se le torna tan amenazante; por eso tiene que vivir a la enemiga; ella está segura y, no precisamente, por proyección de su mala fe sino porque ese mundo por el que le toca deslizarse le niega una acogida auténtica. ¿Acaso su madre no era ella misma una psciótica que abandonó a sus hijos en un acto impulsivo?

Joseph en cambio sueña y desea ese mundo que la nena coagula en sus dibujos, como si se tratara de un trozo que se mantiene en pie, en su universo arruinado. Joseph anhela encontrar el hogar perdido, sueña que así la niña pueda curarse de ese mal que la obliga a callar, que la condena al silencio, un hogar que con su calidez, los proteja de los hospicios ofrecidos a los condenados de la tierra, a los niñez desamparada, por una sociedad racional y filantrópica pero que no logra darle salida al problema que les plantea una infancia descarriada.

Los niños, siempre en fuga, deambulan por el mundo, a veces con la ayuda de pandillas.

La gran mayoría de los críticos dicen que esta cinta es emotiva y desgarradora, que nos enfrenta con la soledad y el amor, que con ella, Ruggia nos toca el corazón con un argumento duro y tierno a la vez, con un estilo crudo y naturalista pero altamente conmovedor, al mostrarnos unos niños que tienen que vivir a la enemiga, solos contra el mundo, en una sociedad que poco se interesa por la trayectoria individual de niños, que tienen que protegerse en grupos y subgrupos, en un universo marginal, cuya actitud violenta sería preciso comprender, ya que el problema no son los niños en sí sino la sociedad, incapaz de contenerlos, de la cual ellos son un mero reflejo, ya que la falta de cuidado, de cariño hace que los pequeños tengan que encerrarse en sí mismos o recurrir a la violencia, de tal suerte, que estos infantes se convierten en seres siempre a punto de perderse, de quedarse sin proyecto, sin futuro, cosa que es en sí bastante aterradora, como lo señalara el propio director, quien se empeña en retratarnos una vida difícil, hablarnos de la dificultad para vivir en un mundo que no ofrece acogida a la niñez desamparada.

Tal vez, la intención del cineasta francés sea terapéutica, al enfrentarnos con un fenómeno social desgarrador, como es el del abandono de la infancia, uno de los temas centrales de su filmografía, en un intento de elaborar aspectos todavía no suficientemente semantizados de su propia infancia y de su adolescencia, como alguna vez lo declarara, ya que pareciera ser que aún hoy, el director busca respuestas a preguntas que se hacía de chico, las cuales, todavía, no ha logrado responderse.

Su intención fílmica es que el espectador reflexione profundamente, que se plantee problemas en relación con la experiencia humana.

Si el director francés, nacido en 1965, toma el problema social, con respecto a la infancia, para convertirlo en arte es porque cree que sólo así, el asunto podrá devenir palabra, ser comunicado a través de un lenguaje verbal o por medio de imágenes expresivas y entrar al discurso cultural en busca de una solución, con lo que se propone contribuir al análisis del problema.

Al cineasta también lo preocupa el tema de los inmigrantes, significante que en Francia, generalmente remite al tema de los árabes y éste al de los argelinos, en un país donde la xenofobia y el racismo se mantienen al orden del día, a pesar de sus ideales de libertad, igualdad y solidaridad, en una sociedad tan contradictoria, en la que se dan graves paradojas y ante tasas de desempleo crecientes de una manera constante, toda una juventud está creciendo en medio de padres desempleados, a pesar de que las expectativas que se tienen es de que se le brinden sea la de los altísimos estándares de vida que propone la sociedad de consumo.

El director se ocupa de la infancia para ocuparse de sí mismo, ya que lo que más anhela es conseguir una profunda introspección, que le permita entender las elecciones que el hiciera y a ayudar a la juventud a plantearse problemas para lidiar con el mundo al que está siendo convocada.

En el 2002, la película de Los diablos se ganó los premios de autores de cine independientes y el del mejor filme en el Festival de Cine Internacional de Mannheim-Heidelberg, además de ganarse una placa de oro a la mejor realización fílmica en el Festival de Cine Internacional de Chicago junto con los premios Tournage y Vision, por el filme en sí y por la fotografía realizada por Erich Guichard; también se nominaría en ese mismo año a varios premios:

- El Bayardo de Oro del Festival Internacional del Cine Francófono de Namur en Bélgica.

- La Estrella de Oro del Festival Internacional de Cine de Marrakech.

En el 2003, la cinta saldría gananciosa en el Festival de Cine de Avignon/Nueva York, en el que obtendría Le Roger.

Matthieu Beguelin de Neuchatel, Suiza, nos diría que al dejar la sala de cine, tras la visión de Los diablos, necesitó algunas horas para volver a la realidad, ya que quedó atrapado por el ritmo de la película, la calidad de su guión y la interpretación que le resultaron grandiosos al dejarle una sensación de que la belleza puede ser mucho más simple de lo que creemos.

Carlos Martínez Escalona, de México, nos dice que el filme es potente, magistral, agudo y terriblemente triste, no precisamente una película para acompañar con palomitas de maíz, con una actuación, de parte de los actores juveniles, no sólo soberbia sino hipnotizante hasta llegar a ser capaz de producir un gran impacto en la mente del espectador, que bien podría hacer que esta cinta pudiera ser catalogada como las mejores del cine francés actual, gracias a una cinematografía que cuida bastante bien de la iluminación, de la ambientación, del vestuario para producir todo un conjunto estético sutil a pesar de la crudeza y amargura de la historia, con todo un juego de claroscuros, que a su vez logra la transmisión de un conjunto de ideas bastante complejas, una intensa angustia, que toca tanto al cerebro como al corazón, que mantiene al corazón bien informado y lograr hacer una película capaz de sobrecogernos.

Vemos pues un enfoque distinto de la psicosis infantil al que diera Truffaut, al tema de Víctor de Aveyron y al que dieran del autismo los directores de Rain Man y Nell, al añadir a la problemática psicopatológica, en ellas descrita, toda una dimensión social que es preciso tener en cuenta si queremos comprender la psicosis infantil y las personas que se ubican en ella.

Jesús Dapena Botero es colombiano residente en España.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.