viernes, 14 de agosto de 2009

Cambio de turno


Mallela Vanesa (Desde Panamá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Esa noche el caminante estuvo rondando el hospital oncológico. Quería que alguien tomara su turno.

Desde que traspasó la puerta dimensional a través de la cual se encontró frente a frente con la muerte, supo cómo evitar que llegara a su vida el momento final.

La vez aquella que la pitonisa le pronosticó que tenía la muerte a sus espaldas y le dijo que tenía que hacerse santo, lo tomó como una broma o algún artilugio para sacarle plata. Además, lo criaron de una forma en que no creía en esas pendejadas.

Con astucia ponía por delante el caso de algunas criaturas que, desahuciadas, estaban en etapa terminal y pedían que se les concediera el sagrado derecho a dejar de sufrir.

Estaba tan aferrado a la vida, que él mismo no entendía por qué, en medio de las penurias, sufrimientos y necesidades, sentía que talvez era el temor a lo desconocido. ¿Qué pasará después? a menudo se preguntaba.

-No me interesa ser Dios, ni sentirme Dios. Es difícil tener en las manos la decisión de quién vive y quién no-se decía como para convencerse.

Y recordaba a un amigo de su padre. Este sujeto era ex convicto y solía conversar con él cuando niño. Le decía que si se sentencia a muerte a un ser humano por más cruel que éste haya sido, actuamos en contra de nuestra propia naturaleza.

Aquella hermosa mujer le dijo, mirándolo a los ojos:

-¿Te das cuenta de lo que estás haciendo?-.

Él asintió con la cabeza y bajó la mirada. Luego de un rato de silencio, se atrevió a preguntar:

-¿Qué pasa después?-y como de costumbre, no recibió respuesta.

Perdió a toda su familia en un accidente y, el sentimiento que lo embargó por meses, de querer estar con ellos, ahora se revertía.

Atrás quedaron los aciagos días en que estuvo encerrado en su apartamento, sin probar bocado, ni siquiera agua. Tirado en el suelo, a oscuras, sin bañarse, catatónico, sólo esperando que llegara la muerte a buscarlo para reunirse con su esposa e hijos.

No, no iba a atentar contra su vida, pero sí había decidido dejarse morir. Su mejor amigo lo encontró hecho una piltrafa humana, y conjuntamente con su prometida, lo asearon, alimentaron, limpiaron su casa, y le permitieron llorar en sus regazos.

Le llevaron al médico quien lo auscultó y le recetó antidepresivos.

Su jefe le mandó a decir que volviera al trabajo, que lo necesitaban y poco a poco, comenzó a reincorporarse a la vida cotidiana.

Un día en que había tomado puntualmente sus medicamentos, lo buscaron en casa unos amigos para irse de farra.

No se pudo negar y se fue a disfrutar de las tertulias de la noche. Bebió como un condenado, a tal punto que perdió el sentido y fue llevado cual fardo a casa. No supo cuánto tiempo pasó tirado en su lecho.

Un delgado rayo de luz se posó sobre su rostro y lo despertó, se incorporó sin saber por qué lo hacía y se fue caminando rumbo a una especie de puerta dibujada en la pared. Allí estaba aquella silueta ataviada con ropa oscura, en medio del haz de luz, de pie, hermosa, circunspecta, con esa mirada profunda que calaba hasta el mismísimo cerebro.

-Sabes quién soy-no era una pregunta.

-Sí, te llevaste a mi familia hace algunos meses-se preguntaba si la mezcla del alcohol con los antidepresivos lo estaban haciendo alucinar y para colmo, conversar con la alucinación.

-Mesesss-acentuó el plural- para mí el tiempo ha dejado de ser importante. Sólo cumplo con las instrucciones superiores cuando son giradas, aunque a veces me dejan algún nivel de decisión-continuó-Los seres humanos se la pasan perdiendo el tiempo y cuando les llega la hora, ¡zas!... hasta se acuerdan de todos los proyectos que por pereza no llevaron a cabo.

-¿Me vienes a buscar?-indagó inquisitivo.

-No tiene sentido que me hayas llamado durante meses y ahora que no me esperas, yo venga a buscarte…-.

Respiró tranquilo.

-Pero en efecto, es así-.

Sintió que las piernas le flaqueaban.

-Eres el ser humano más extraño que he conocido, deseaste morir durante tanto tiempo y ahora te aferras a la vida-.

-Y considero sinceramente que esta charla se debe a mi curiosidad-agregó.

-El turno para morir se puede cambiar, pero el programa es cíclico, así que en determinado período volverá el turno que se cambió. Así trabajamos, bueno, así le llamo a lo que hago-.

-¿Serías capaz de cambiar tu turno cada vez que se te diera la oportunidad?-.

-Y ¿cómo se hace eso?-.

-Buscarás quien necesite de mi presencia, más que tú, en un momento determinado-.

-Me imagino que esto debe ser para ti divertido-con sarcasmo en medio de su angustia.

-Sólo quiero medir tu entereza y aprender algo nuevo sobre el género humano: cuánto tiempo lucharás por sortear a la muerte-.

-Te vas a cansar de probarme-.

-Es bueno tocar tu ego, porque te vuelve tozudo, y harás las cosas porque sí. Esa es una forma de inspirar a ciertos individuos. Eso ya lo he aprendido. También he notado que hay algunas personas que, cuando quieren que les crean, juran por la muerte de un ser querido y, siempre he pensado que no tienen idea de lo que hacen-.

-No me creerías que-continuó-ante mi inminente llegada he visto a los más célebres y honorables individuos temblar y tambalearse, he visto a ateos pensar en Dios, he visto a gente perversa dizque arrepentirse de sus culpas. Soy como un cambio químico y no escapo al hecho de que soy un fenómeno genérico que iguala a todos los seres vivos. Creo que soy la perfecta comunista, si me permites el chiste político-.

-Bueno, me retiro, hay algunas personas que reclaman mi presencia, te dejo el encarguito y buena suerte-se fue entre las sombras y luego la extraña luz se apagó.

Su parco interlocutor quedó clavado en el piso, más sobrio que nunca y sin saber qué hacer, pero sabiendo que estaba iniciando una verdadera cruzada de vida o muerte y sobretodo que, por nada del mundo, podría perder el tiempo.

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