viernes, 28 de agosto de 2009

Cine: “Inglorious Basterds”, Tarantino y una guerra de película





Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Pittsburgh, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En “Inglorious Basterds”, su última película, Quentin Tarantino vuelve sobre los temas y motivos que lo llevaron a la popularidad más bizarra y posmoderna, como sus films mismos, y halla en episodios ficticios de la Segunda Guerra Mundial un canal por donde discurrir su historia, a un tiempo colmada y sazonada de un humor negro, negrísimo, de sangre y violencia, y de un efectivo, constante y sorprendente “guiño” metacinem
atográfico.

La tarea no resulta nada fácil, y para el espectador no familiarizado con la historia del cine y con la importancia que los nazis le dieron a este arte,
 pueden resultar extraños nombres como los de Leni Riefenstahl, la realizadora más importante del Tercer Reich, G.W. Pabst, o incluso la alusión a Max Linder, el comediante de la época silente a quien uno de los personajes compara con el gran Chaplin.

Pero el esforzado y -él también- bizarro giro metacinematográfico no se queda en las referencias sino que la historia misma termina concentrándose en una sala de cine, en una función especial para dar vivas al nazismo, una función donde el propio Adolf Hitler mira embelesado una especie de autorretrato del horror como el que él propaga por Europa, al lado de Joseph Goebbels y de otros influyentes personajes de este tránsito oscuro de la Europa de hace poco más de medio siglo.

Tarantino, en este sentido, a pesar de lo b
urlón, de su cinismo, de querer llevarnos a un tiempo por los extremos y los excesos, nos anima a adentrarnos en una aventura donde los nazis se vuelven víctimas de sí mismos, donde su arrogancia los condena al infierno, representado por las llamas ardientes que aca
ban con ese cine regentado por una joven judía que ha tenido que cambiar de identidad, precisamente por esta guerra tan insana y maldita.

Nuevamente con canciones de Morricone, con tonos clásicos, con situaciones que se expresan como inusuales teatros d
e emociones, con falseamientos de personalidad, Tarantino construye su filosofía del cine desde el primer plano: desde la entrada en la casa del campesino, en la Francia ocupada, del oficial nazi -Christoph Waltz- quien va a transitar la película de principio a fin, con sus malditos ardides. Y si la historia del cine de posguerra está llena, incluso desde la propia Alemania (recuérdese “La caída”), de exámenes y tomas de conciencia sobre el horror y el holocausto, Tarantino no quiere ser uno más, no quiere repetir lo ya sabido, lo archiconocido, no quiere volver sobre el dolor ya expandido. Es allí cuando entra a tallar su propio tono, su humor, su manera de manejar la violencia, una forma que se grafica, por ejemplo, en dejar marcas en forma de esvástica con afilados y largos cuchillos en la frente de los nazis.

Pero “Inglorious Basterds” en realidad debe su título a un escuadrón vengador, comandado por el cada vez más solicitado Brad Pitt, luciendo un bigote a lo Errol Flynn. Este círculo de heterogéneos soldados judíos americanos busca lo imposible, partiendo de situaciones mínimas pero avezadas y llega al centro mismo del poder, llega hasta el mismo Führer y aspira a una redención definitiva. En la ficción de Tarantino hay, habría, otras maneras de resolver esta guerra. Él quiere marcar una radical diferencia de los discursos a esta altura encumbrados de un Spielberg o un Eastwood, y desea darle a su estética -la del pastiche, la parodia, el tremendismo, los ases sacados de la manga- una oportunidad para mostrarse, total, a propósito de un hecho innegable y doloroso.

Entonces, en cinco capítulos, con un pulso narrativo otra vez muy virtuoso y con una cámara que, por momentos, permite trabajar esa profundidad de campo que ahora ya no es más útil ni necesaria para muchos cineastas, Tarantino renueva su compromiso de aguafiestas y de andar a contracorriente. En su anterior película, “Death Proof”, ya había disgustado a cierto
 “establishment” y alterado ánimos por convertirse en una suerte de demiurgo que levantaba banderas feministas, siempre provocador. Ahora, curiosamente, una bella joven judía, Shosanna (Mélanie Laurent), transmutada en ciudadana francesa y enamorada de su socio, un fornido hombre de raza negra, es la encargada de subirle el tono a esta historia de nazis caricaturizados al extremo. Tarantino disfruta con personajes siempre al borde, como la artista que encarna Diane Kruger, una sacrificada espía o sobre todo ese grupo de “bastardos sin gloria”, de los que Brad Pitt, sólo por su relevancia como actor, destaca apenas un poco más sin que ello opaque al surtido y desproporcionado elenco de vengadores, convencidos y hambrientos de más brutalidad y más sangre. Basta ver al asesino de los propios nazis, a quienes estos “basterds” reclutan como si de una preciosa joya se tratase.

La película, aunque no lo parezca a primera vista, está fuertemente influenciada por el diseño y el estilo de “Pulp Fiction”. Debe a esta, mucho más que a “Reservoir Dogs” y a los dos “Kill Bill”, su arquitectura por ratos operática y sorprendente, donde deja huella, por ejemplo, aquella escena en que surge la voz de David Bowie en una de sus tonadas más clásicas mientras la joven Shosanna nos recuerda a la hermosa Catherine Deneuve de los años 60.

“Inglorious Basterds”, en sus más de dos horas y media de proyección, evita los saltos al vacío, cubre, sutura, los baches. Su autor se pasea por terrenos bastante conocidos, entre villanos salvajes que nada temen, entre curtidos héroes y fanáticos antihéroes, entre mujeres bellas que tienen muy claros sus objetivos. Esta es, una vez más, la historia del bien y el mal, o del bien contra el mal, y en ella Tarantino se aplica sin ahorrarse absolutamente nada. Se esmera en la precisión de los encuadres, en los trucos del montaje, en mostrar los rostros de los malvados que semejan horrendas y decadentes caricaturas, incluso se da tiempo para potenciar la fuerza melodramática de la imposible relación entre y Shosanna y el joven militar que es orgullo de los nazis. Hablada hasta en cuatro idiomas, la cinta de Quentin Tarantino planea como una curiosa novedad, insistente, absolutamente cinética, obviamente metacinematográfica. El autor de “Jackie Brown” demuestra que ese talento un día descubierto casi al azar, ha evolucionado hacia proyectos más ambiciosos y capaces de renovarse. Demuestra también que la guerra no es ya un fetiche, ni homenaje, ni objeto de culto. Es, simplemente, o quizá no tanto, una historia que el cine puede abordar sin cuidarse demasiado las espaldas. Es sólo por esa razón que en esta película que llega a picos intensos, la irreverencia y el despiste se celebran, contradictoriamente, a partir de una trágica e innegable realidad aún no superada.

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