viernes, 21 de agosto de 2009

Cine: Los girasoles ciegos (2008)


Jesús Dapena Botero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No deja de resultar impresionante, para un retornado a la Galicia paterna, asistir a una película que tiene lugar en la vecina Orense, y que nos lleva, sin escrúpulos, a un universo encerrante, como aquél que servía de contexto a los sujetos que habitaban a una España, metida en una loca guerra, como lo son todas, en una situación, en la cual somos marionetas de un Poder y de unas Ideologías que nos exceden, muchas veces.

Ver una película de éstas en la propia terra do pái, en la tierra del padre, para decirlo en buen galego, nos deja con el corazón en la mano y, si, a la vez, se es colombiano, no puede uno dejar de pensar en aquella querida patria, que parece no cansarse, de tanta, tanta guerra.

Asistimos allí, a la confesión sincera de un viejo soldado, que asesinaba a sus enemigos, mientras cerraba los ojos para no ver aquellos, bien abiertos, que clamaban misericordia o lanzaban miradas de odio contra el adversario; también él, como los perpetradores del crimen de Granada, no osaba mirar a la cara a sus víctimas, como a los villanos que mataron a Federico, el del Romancero Gitano, ese que cantara los sentimientos de un pueblo desgarrado, del que, a lo mejor, había que decir que había muerto virgen, como lo ordenara esa Bernarda Alba, indigna representante del autoritarismo, que de ninguna manera puede dignificarse.

Ese diácono asesino, que había sido putero como ninguno, según comenta su camarada de guerra, en algún momento de la película, por más de que se lo convierta en maestro de párvulos, para darle un lenitivo a su alma, arrepentida de tanto, tanto crimen, no deja de ser un hombre aguijoneado por los apetitos carnales, que lo hacen desear a aquella hermosa mujer, sensual por naturaleza, comprometida con su marido, hasta, el absurdo que impone la guerra, a quien esconde a conciencia, para que no sea acribillado por aquellos que lanzan gritos de victoria y vinculan lo profano con lo sagrado, el Poder y la Gloria, para usar una expresión del católico Graham Green, pero que yo retomo para señalar esa confusión entre el Reino de Dios y el Poder temporal, que por tantos años, ha conducido a la Iglesia a ser cómplice de los más atrabiliarios y reaccionarios actos del ser humano.

Ella sabe del dolor, de la pena, que le ocasiona la partida de su hija hacia el exilio, embarazada de un poeta, que ha decidido hacer una lírica política, a la manera de Miguel Hernández; ella sabe del dolor, de ver a su brillante esposo, convertido en un rehén voluntario, en su propia casa, ya que mostrarse es condenarse a muerte; ella sabe de las contradicciones y mentiras piadosas, que su hijito, Lorenzo, ha de decir para enfrentar un Poder establecido y victorioso, por gentes, que proponen como mandamiento el no mentir y el no matar, pero a su vez obligan a mentir para mantener la vida, en un mundo que grita como Millán Astray en Salamanca: ¡Viva la muerte! ¡Y abajo la inteligencia!, como tantas veces se ha gritado en el país colombiano y bástenos recordar el sacrificio inútil de nuestro maestro Héctor Abad Gómez y tantos otros, porque, donde reina la barbarie, se exilia los hombres de la talla de don Miguel de Unamuno o de don Antonio Machado, presente en la película, con su sabia advertencia de que en amor, locura es lo sensato, o simplemente se los condena a muerte, como ocurriera con Federico García Lorca y Miguel Hernández.

Salvador, el pichón de sacerdote, a pesar de sus pecados de lesa humanidad, no deja de producirnos compasión, pues pareciera ser el portavoz de una tragedia, que nos mueve al terror y la piedad; ese cuerpo deseante, anhelante de amor, debe someterse a los efectos de una represión opresora, restrictora de la libertad, por la que ha luchado Ricardo, el marido de Elena, y, por ello, ha de recurrir al vicio solitario, para utilizar el término mismo de sus cofrades, y reventarse, partirse en dos, a la manera del doctor Jekyll, para actuar a la vez de cura y militar, ya que no puede hacerse responsable de un deseo, que proyecta en el cuerpo erótico, en el mejor de los sentidos, de la amorosa Elena, acudir a la denuncia más vil, y ser el inductor de la muerte de su imaginario rival, un Ricardo, que no encuentra otra opción, que lanzarse por la ventana, culpa que el pobre cura ha de arrastrar consigo por el resto de sus días, ya que si no nos asumimos responsables, hemos de cargar con un ominoso sentimiento de culpabilidad, así podamos asumir que somos víctimas de las circunstancias, ya que no es tan fácil despojarse de las ideologías, que se nos imponen de una u otra manera, así sea gracias a las candorosas velitas, que arden en los santuarios para ofrecernos acceder a la Ciudad de Dios, tantas veces utilizada como utopía por Poderes corruptos, abusadores de la buena fe de los creyentes.

¡Qué hermosa cinta nos regala José Luis Cuerda, sobre esa España de El Pardo y sacristía, de espíritu rezandero y oscurantista, que, afortunadamente, ha tenido su mármol y su día, para que cese su virulenta violencia! ¡Viva esta cinta!, basada en la novela de Alberto Méndez, ese narrador de historias de posguerra, casi con voz en off, como un susurro, que habla de las consecuencias irreparables, que quedan como saldo de la guerra, para dar cuenta del miedo, que opera como una angustia sorda, que acompasa la tragedia, y da cuenta del imperio de la muerte, para, a la manera de Santayana, señalarnos que bien vale la pena recordar la Historia para no repetirla, ya que, en contextos bélicos, todos somos los perdedores, así podamos hacernos la ilusión de ser los vencedores.

No puedo dejar de expresar mi gratitud, al director de La lengua de las mariposas y de La educación de las hadas, quien parece ir en la misma línea del primer filme al que aludo, para dar cuenta del terror impuesto por ideologías que se oponen al pensamiento y la conductas libres de los seres humanos, a ese gesto espontáneo que es la vida misma, la que no debemos ahorrarnos para ir en pos de otra ultraterrena, que si viene, bienvenida sea.

También he de dar las gracias a Maribel Verdú, por representar a esa buenaza de Elena, toda amor, sensualidad y compromiso, a Javier Cámara por ese personaje bondadoso, que sufre la opresión de todo un sistema, a Martín Rivas e Irene Escobar, por el papel que hacen para interpretar a la joven pareja, que sueña con una vida posible, que nunca encuentran, a Roger Princep, por su Lorenzo, evocador del niño de La lengua de las mariposas, sin tener que acudir, de una manera tan dolorosa, a la traición del querido maestro y a Raúl Arévalo por hacer el papel de un villano, que nos mueve a la piedad y a la compasión, pues su grado de conciencia y de libertad no era tanto como para ponerse a la altura de las circunstancias y, es obvio, a Rafael Azcona, el guionista, allá en la trasescena, quien si bien puede hacernos desternillar de risa con películas antibélicas como La vaquilla de García Berlanga, o llevarnos a los dramáticos universos de La Belle Epoque y La niña de tus ojos, también puede hacernos vivir el dolor de la guerra cuando de la mano de José Luis Cuerda nos conduce a mirar, con los ojos abiertos, testimonios una historia, que los seres humanos, no debemos olvidar, si algún día queremos dar, con Sábato, el grito de: ¡Nunca más!

Jesús Dapena Botero es colombiano residente en España.


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