viernes, 21 de agosto de 2009

El niño dijo, “quiero pintar la luz”. Y Dios quedó perplejo


Eduardo Dermardirossian (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Una escalera, un espejo y un pincel. Estas cosas recogió Iván esa mañana, nada más. Esperó a que asomara el sol y enderezó sus pasos hacia Oriente. Caminó y caminó y pronto llegó hasta donde estaba el sol, brillante, con destellos rojizos todavía. Lo encontró apoyado sobre la tierra luciendo su redondez y multiplicándose en las infinitas gotas de rocío.

Puso el espejo de espaldas al sol, con el pincel tomó un poco de su luz y la aplicó sobre la superficie brillante del cristal. Repitió la operación una y otra vez. Y otra vez más… Y cada vez tenía que levantar más su brazo porque el sol se elevaba en el cielo hasta quedar fuera de su alcance.

Entonces tomó la escalera, la abrió en caballete, subió y otra vez alcanzó al sol con su pincel. Siguió pintando con la luz sin cubrir toda la superficie del espejo. Y a medida que el sol se elevaba el niño subía: ahora un peldaño, luego otro, más tarde otro más. Se apresuraba a pintar para terminar la obra antes que la escalera agotara su estatura y el astro quedara fuera de su alcance.

El sol se elevaba y se elevaba y el niño subía y subía para recoger la luz con su pincel. La obra de luces avanzaba, las figuras nacían de la imaginación del pequeño arista y se plasmaban en el espejo sin quitarle su virtud, sin impedirle duplicar las cosas. El sol alcanzó el cenit y el niño, que todavía no había concluido su obra de luces, vio que la escalera, cuyos peldaños podía contar con los dedos de sus manos, lo había elevado hasta lo más alto del cielo. Entonces supo que esa escalera tenía tantos peldaños cuantos anhelos guardaba en su corazón.

Iván volvió su mirada sobre el espejo, examinó cuidadosamente la obra de sus manos y quiso contrastar las luces con algunas sombras, para que las imágenes se corporizaran y deambularan entre los hombres. Y como en ese momento el sol iniciaba su camino hacia el Poniente, hacia el país de las sombras, creyó que así como su pincel había recogido la luz del ascenso, ahora podría recoger las sombras del descenso. Y cuando lo levantó para tomar algunas sombras, le dijo el sol que no las tenía, que las sombras no eran su atributo, que podía darle algunos matices de su ocaso para que el niño cumpliera su deseo, pero que esos matices también eran de luz.

Así, cuando el sol se ocultó, cuando el niño concluyó su obra y la escalera recobró su estatura original, la luz no se ausentó en ese país porque el cuadro iluminó ese lado del mundo como no había ocurrido desde los días de la Creación. Fue por eso que cuando el niño dijo “quiero pintar la luz”, Dios quedó perplejo.

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