viernes, 28 de agosto de 2009

Idolatrías


Edgar Bastidas Urresty 

Juan Calvino, (1509-1564) padre del protestantismo francés, tuvo una vida agitada por su adhesión a las tesis luteranas y la defensa de sus propias doctrinas, que le costaron varias expulsiones y exilios, principalmente en Ginebra, donde creó una república protestante. 

Autor del libro Instituciones de la religión cristiana (1536), también escribió la Epístola a Sadolet, y el Breve tratado sobre la Santa Cena en los que explica su teología. Como reformista propone el culto religioso democrático, la supresión de las ceremonias, el dogma de la predestinación y la reducción de los sacramentos al bautismo y la cena. 

Tratado de las reliquias

Como intérprete de los Evangelios, Calvino en este opúsculo, denuncia con gran humor e ironía el uso indebido del culto de las reliquias.

Los tres prepucios de Cristo

No se propone hacer un inventario de las reliquias existentes pero asegura que no hay “pequeña iglesia catedral que no tenga una especie de hormiguero de osamentas y otros fárragos menudos”. Qué pasaría, se pregunta, “¿si se reunieran los dos y tres mil obispados, las veinte o treinta mil abadías, los más de cuarenta mil conventos, tantas iglesias parroquiales y capillas?”

Todo este acopio de reliquias le parece absurdo.

Además, agrega, “de los dientes y los cabellos de Cristo, de la Abadía de Charroux a la diócesis de Poitiers, se enorgullecen de tener el prepucio de Cristo, es decir la piel que le fue cortada en la circuncisión”.

Y prosigue con ironía: “Decidme de dónde les ha llegado esta piel (…). ¿Por espacio de quinientos años no se ha hablado (de ello) en la iglesia cristiana; dónde es que ha estado escondida, para encontrarla tan repentinamente? ¿Cómo es que ha volado hasta Charroux”?

Se alarma ante la numerosa cantidad de prepucios: “¿Qué diremos del prepucio que se muestra en Roma, en San Juan de Letrán? Es cierto que no ha habido sino uno. No puede entonces estar en Roma y en Charroux al mismo tiempo”. 

Al fin de su tratado Calvino dice: “Mientras que se imprimía este libro se me ha advertido de un tercer prepucio de Nuestro Señor que se muestra en Hildesheim”.

Luego menciona la multiplicación de los clavos de la cruz por toda Europa occidental: “Cada uno -ríe burlonamente-, tiene derecho como los otros a declararlos auténticos”, así sean falsos.

De la corona de espinas de Cristo, cuyos pedazos se encuentran dispersos asegura: “Es necesario decir que las piezas han sido plantadas nuevamente para reverdecer”. Y enumera los lugares donde las espinas reverdecen.

El santo sudario

Se indigna de los lugares -desde Aix-la-Chapelle a San Salvador en España-, donde se encuentra expuesto el santo sudario por la desvergüenza y la tontería de los fabricantes. Su ironía no ha podido enterrar el santo sudario porque reaparece en forma regular, desacreditándolo.

El brazo de San Antonio que besan y adoran los fieles en Ginebra, le divierte porque es el sexo vigoroso de un ciervo.

Juega con el doble sentido de la palabra neerlandesa braquemart (espada corta y falo) a propósito de San Miguel: “Se muestra su braquemart que es como un puñal de un pequeño niño” Y agrega: “Si era necesario vencer el diablo con la espada, debía ser más fuerte y de mejor punta y de mejor filo que aquélla”.

El cerebro de San Pablo

El cerebro de San Pedro, tan pomposamente exhibido, para Calvino no era sino una piedra pómez. 

En cuanto al “pescado frito que San Pedro muestra a Cristo cuando se le apareció sobre los bordes del mar”, que exhibe una iglesia, Calvino dice “que ha sido bien sazonado o que se ha hecho una maravillosa salsa picante para conservarse por tanto tiempo”.

Las nalgas de Cristo

Ante “la forma de estas nalgas que está en Reims, en Champagne sobre una piedra detrás del gran altar”, Calvino protesta: “Esta blasfemia es tan execrable que tengo vergüenza de hablar…” 

El aspecto mercantil 

Calvino habla del aspecto comercial de las reliquias católicas. Toma como ejemplo a San Antonio, cuyo cuerpo entero yace en Arles, otro en Viena, una rodilla en Albi, diversos miembros en Bourg, Macon, Dijon, Chalán, Ouroux, Basancon: El temor dice, “ha engendrado devoción que ha aguzado el apetito de tener su cuerpo por el provecho”.

Recuerda los canónigos de Treves de Lieja, que se jactan de poseer la cabeza de San Lamberto: “Han dispuesto por cualquier suma de dinero, el interés de las ofrendas, de no mostrarla públicamente, por el miedo que aparezca en dos ciudades tan vecinas”.

La posesión de Lázaro resucitado genera un proceso porque se disponía de tres cuerpos suyos: uno en Marsella, otro en Autun, el tercero en Avallón. Los canónigos de Avallon y de Autun han acudido a la justicia. “Después de haber dependido de la plata de un lado y del otro; los dos han ganado su causa”, explica Calvino. 

El reconocimiento de dos cuerpos por la justicia permite que los peregrinos puedan visitar los dos lugares. 

Jean-Jacques Marie, autor de la reseña del libro de Calvino que comentamos y que aparece en La Quinzaine littéraire (París. No. 979, noviembre de 2008), señala que su libro no ha perdido actualidad, porque el culto a las reliquias sigue en uso.

Un ejemplo es la momia de Lenin que Stalin, antiguo seminarista, convirtió en un culto para-religioso, que se secularizó y modernizó. Se da también en el hincha que quiere apoderarse de la camiseta sudorosa de una estrella de fútbol, o en el adolescente en trance que pide un pañuelo de la cantante o cantor de moda. 

Se da una proliferación, una laicización de los objetos del culto, vacíos de contenido sin caer en la blasfemia. 

Tomado del libro “Historias de humor”.

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