viernes, 21 de agosto de 2009

La ensalada


Gustavo E. Etkin (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Fue una extraña muerte la de mi tío. No porque no comer sea extraño. No es la primera vez que alguien muere por no querer comer nada. O por querer comer solamente nada. Lo raro fue como apareció su enfermedad. Porque se sabía que era vegetariano. Pero no por ecológico y holístico. Era vegetariano porque se cuidaba. Las proteínas que comía eran solamente vegetales: porotos y soya. A veces, pescado. Pero de pronto, un día, dejó de comer todo. Ni tomates, ni lechuga. Y tomaba solo agua. Ni té ni café. Todos le preguntábamos por qué. Y fue así, de repente. Sonreía y no contestaba. O hacía bromitas. O se quedaba callado, serio. Todos le preguntábamos: los hijos, los sobrinos, mi papá, mi mamá. Nada. Dejó de comer. Cada vez más flaco. Parecía esos de los campos de concentración. Hasta que un día dejó de ir al trabajo. Ya no podía ni caminar. Era astrónomo. Mi mamá me contó que desde chiquito pasaba horas mirando el cielo, de noche. Y cuando le preguntaban por que tanto tiempo mirando, siempre respondía: -Porque ahí debe haber algo, en todo eso deben pasar cosas, alguna inteligencia. Después, adolescente, pasaba horas con un telescopio. Decía que era hermoso mirar ahí. Y que quería descubrir alguna cosa. Obviamente terminó siendo astrónomo. Se especializó en la captación de ondas intergalácticas. Detección de alteraciones electromagnéticas venidas del espacio negro. Por eso, más que mirar con el telescopio, escuchaba. Nos decía que trataba de descubrir si entre los miles (o millones) de ondas que recibía había una regularidad que podría ser un código. Algo que pueda ser un mensaje. Una emisión. Una intención en la regularidad de las alteraciones.

Poco antes de su repentino rechazo a cualquier comida tuvo un extraño síntoma, algo que nunca había hecho. A veces, cuando lo visitaba en su lugar de trabajo (y aprovechaba, claro, para ver por el telescopio), salíamos juntos. Y cuando pasábamos por algún mercado se paraba delante de las verduras y le caían lágrimas en silencio. No hablaba. Únicamente las miraba, ponía cara de gran tristeza y lloraba. Así delante de repollos, zanahorias, cebollas y zapallos. Y era mucho peor cuando estaban cortados en pedazos. Ahí, a veces gemía. Yo le preguntaba que le pasaba, por que lloraba, y el siempre me respondía (cuando me respondía): - Por nada, por nada, es que me estaba acordando de una cosa..... y seguíamos caminando en silencio

Cuestión que poco después de esa extraña tristeza de pronto, de un día para otro, dejó de comer. Ninguna conducta que los psiquiatras podrían diagnosticar como anormal.

Estuvo un tiempo con suero, alimentación endovenosa, esas cosas de ahora. Pero llegó un momento en que tampoco eso fue suficiente. Y murió sonriendo.
Me dejó su casa en Belgrano, cerca de Melian y Pampa. Cerca donde antes estaba el Buenos Aires English High School, el colegio de su infancia. Es un caserón con vueltas, vericuetos, laberintos. Hace años vivo ahí.

Una biblioteca de madera que parecía encajada en la pared era una puerta. Daba a otros cuartos, a los que se entraba abriendo espejos. Lo que parecía una escalera en espiral que extrañamente terminaba en el techo, daba a una tapa que se levantaba y seguía hasta la azotea. Y ahí, dentro de lo que parecía el tanque de agua había un hermoso cuarto con aire condicionado, luces de varios colores, una computadora y un sofá.

Y ayer esa sorpresa.

Yo solamente quería arrancar aquel clavo de la pared, que no tenía sentido. No había ningún cuadro colgado. Y además en ese lugar, al lado de Brueguel y Boticelli. Entonces, cuando hice fuerza con la pinza, salió para afuera la cajita. Adentro había un paquete rectangular, atado con muchas vueltas y nudos. Nada más. Lo abrí. Era un cuaderno con tapas de cuero. El papel era grueso, parecía pergamino. Hasta la letra parecía hecha con pluma de ave, en tinta china. Como esas antiguas que se escribían en latín.

Recordé que le gustaban cosas antiguas. Era su diversión. Sobre todo letras y dibujos. Decía que tal vez se pudiese descubrir en ellos algún mensaje, algo para la posteridad que, en ese tiempo, no se podía decir. Porque hubiera sido peligroso escribirlo claramente. La Inquisición quemaba vivos a los que decían o escribían esas cosas. Pero ese cuaderno no era antiguo. El material, el cuero, la pluma con que lo escribió, quizá. Pero lo que ahí estaba escrito no. Era un diario, que empezaba el 11 de Noviembre de 1994.

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Es hermosa. La amo. La deseo. No sé. ¿Qué es el amor? Me calienta. ¿Qué me calienta de ella? No sé. La piel. ¿Solamente la piel, su color, su suavidad? No. ¿El cuerpo, su forma?. ¿Su culo saliente, sus tetas altivas? ¿Algo de eso? ¿Todo eso? ¿Su boca lisa y grande?. ¿La forma de sus hombritos? ¿Su cuello suave? ¿Su sonrisa indecisa, ocultadora?. Nada de eso. O todo eso. No sé. Pero si es todo, tampoco es eso. O un ángulo, una manera, una forma de moverse. O todo eso junto que representa otra cosa, algo que ahí está pasando. Y me cago en el alma. Nada espiritual. Todo eso me dice que adentro, dentro de esa piel, de esa sonrisa, de ese culo, esas tetas, esas formas onduladas y chiquitas, adentro hay juguitos que se mueven. Cosas que pasan. Secreciones que entran y salen. Glándulas que trabajan, sangre que corre como un río. Y células que se unen o se separan. O nacen y mueren. Dentro de todas esas cosas lindas, dentro de la boca donde aparece su sonrisa, dentro de la piel suave de su cuerpo, en su culo, en sus tetas, en su olor dulzón de hembra hay cosas que pasan, que mueren y nacen. Y en cada una de sus células hay átomos. Y tal vez espacios siderales, galaxias. Planetas. Estrellas. La hermosura de toda ella o de cada una de sus partes, de sus pedacitos, oculta mundos de vida. Misterios. De toda ella o de todas sus partecitas. Cuando tiene esas sonrisas, esas suavidades, esas geometrías. “No son las cosas peores las que más nos avergüenzan. Una máscara oculta muchas veces otra cosa que perfidia. Hay tanta bondad en la astucia!”. F. Nietzsche. Mas Allá del Bien y del mal.

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Enero 1997

Por el telescopio también se ven colores. Diferencias, variaciones, la intensidad de un brillo. Una pequeña extensión (centímetros, milímetros) son mundos. Millones de kilómetros. Otros tiempos. Historias que ya acabaran pero que también están. Llega luz de un lugar que no existe. Espacios negros en lo que todavía (todavía) no podemos descubrir nada. Pero que algo tendrán. O tenían. Galaxias, sistemas solares. Planetas. Vidas.

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Julio 1998

Me está gustando más escuchar. Es infinita la variación de sonidos que llega a este radiotelescopio de última generación. Es la primera vez que se usa, tan sensible. Sé, me parece, que lo que se escucha son emisiones mecánicas de agujeros negros, galaxias, soles, polvo estelar, aerolitos, mundos que se hacen o deshacen. Nunca puedo escuchar una regularidad. Cierta variación reglada. Alguna intención. Un mensaje. Siempre causa eficiente, nunca causa final. Es absurdo suponer que somos, podríamos ser, la única vida inteligente en toda esa inmensidad infinita. Lo mismo que cuando se creía que todo el universo giraba en torno de la Tierra. La posibilidad de ovnis – que vengan por aquí – es anecdótica. Es cómico suponer que podría haberlos.

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Octubre

Ninguna regularidad. Contingencia absoluta. Además, tampoco una vuelta, un retorno, una respuesta. Son ruidos que aparecen en el espacio negro, no sé desde donde. O desde que. Y, hasta ahora, desde quién.

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Noviembre 2000

Frente a mi departamento había un pequeño bosque. Monitos, pájaros. Destruido. Cortado. Ahora una casa de departamentos. Pasaban cosas entre los monitos, los pájaros. Nidos, Pichones. Bichos. Ahora hay muchos departamentos, uno al lado del otro. Separados por una pared finita. Y cada uno con colores y luces diferentes. Decoraciones diferentes. Gente sentada que habla. Otros caminan. Silenciosos. As veces riendo.

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23 de Diciembre, 2001

¿Atrás de la máscara hay o no hay? La cara es una máscara de la calavera. Entonces, atrás de la máscara no hay nada. Entonces, ¿la calavera es la verdad de la máscara, la verdad que la cara ocultaba?

¿La última máscara? La calavera es de hueso. Los huesos son de calcio. El calcio tiene átomos. Son átomos en eterno movimiento que le dan consistencia, apariencia de hueso. Inmovilidad. No atrás, entonces. En la misma máscara, en la superficie hay mundos. Lo que no se ve está en lo mismo que se ve.

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Febrero 2001

Una orquídea. Que hermosa. Cada flor cinco pétalos. Cada pétalo un triángulo con lados curvos, redondos. Los bordes blancos, hacia el medio, violetas, rosados. Y líneas verticales que se bifurcan como ríos, de violeta más oscuro, parecen venas. O arterias. Y todos se unen en un centro de tres hojas rojas, que van a un centro amarillo. Tres hojas abiertas, cóncavas, como manos, y arriba un pequeño clítoris.

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1º de Noviembre, 2001

Desde la ventana de una sala del observatorio veo de lejos veo una calle. Y todos los días, temprano, a la misma hora, esa viejita yendo a misa. De un hombro cuelga su cartera. Con una mano aprieta fuerte – siempre fuerte – su negra biblia. Es chiquita, la cara ancha, cachetuda, el cuerpo flaco, liso. El pelo blanco recogido en la nuca, apretado. Siempre muy seria, decidida. Pasitos cortos y firmes. Todos los días, a las ocho y diez. Va a trabajar de rezadora.

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11 de Noviembre

“Tai fung”, en chino de Cantón, es el origen de la palabra “tifón”. Viento muy fuerte. Torbellino. Fue hoy. Se acercó despacio, inexorable. Parecía un hongo gigantesco. Cerramos todo el observatorio. Vino del otro lado, entonces vi por la ventana cuando se alejaba. Un gigantesco remolino que chupaba para arriba y hacía volar todo. Autos, sillas, plantas, perros dando vueltas por el aire. Ahora también, entre ellos, estaba la viejita. Giraba y giraba en el aire, como todo. Pero no soltaba la biblia. La apretaba fuerte y gritaba algo. Se persignaba continuamente y rezaba a los gritos. Después me enteré que el viento la estrelló contra la pared de la iglesia. Los sesos desparramados por el suelo, pero seguía agarrando fuerte su biblia negra.

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12 de Noviembre, 2.001

Varias veces volví a escuchar. O podía ser. No puede ser. Lo que busqué tantos años. Tanto tiempo, desde siempre. El espacio lleno de mensajes. Miles, millones de mensajes entrecruzados. De un punto sale algo, y de otro una respuesta. Por todos lados. Algunos mensajes parecen fórmulas matemáticas (o se los puede, en parte, decodificar así): el Teorema de Cantor, Gödell, Fermat. Fórmulas, y de vuelta esas formulas levemente modificadas. ¿Levemente? No sé. Tal vez nunca sepa. Respuestas. Y después otra fórmula. Y otra respuesta. Formulas matemáticas y códigos desconocidos. Millones cruzando el espacio negro. Ahora solo puedo programar el computador para ver si consigue descodificar. Porque algo es evidente: es un idioma. ¿Qué se dicen entre ellos y de esa forma? Entre billones y trillones de kilómetros. En un espacio casi infinito. Y además, quiénes son ellos? No puedo dejar de escuchar.

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14 de Noviembre

Puse un colchón en el suelo. Duermo en el observatorio.

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16 de Noviembre

Algo está pasando con el radiotelescopio. Está fijo. No lo puedo dislocar.

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18 de Noviembre

Subí a la azotea, donde están las antenas. No entiendo nada. La antena del radiotelescopio estaba doblada, inclinada para un campo de lechugas. El tifón la dobló. La arreglé con un técnico. Otra vez apunta al espacio. Se mueve. Pero ahora está todo como antes. Ninguna señal. Acabaron los códigos, las fórmulas matemáticas. Nada. No entiendo nada.

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20 de Noviembre

Quedaba una alternativa. Incliné el radio en dirección al campo de lechugas, como estaba antes. Y otra vez los mensajes, las fórmulas, las emisiones, las respuestas. No puede ser.

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21 de Noviembre, 2.001

Dirigí el radio a un campo de trigo. Otra vez los mensajes. Pero los códigos parecen diferentes.

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22 de Noviembre

Hoy fue al pasto. Solamente al pasto. Y de nuevo fórmulas u códigos. Emisiones, recepciones, mensajes devuelta. Y también los códigos parecen diferentes.

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24

Al repollo. Al tomate. A la lechuga. Siempre fórmulas y códigos, sonidos repetidos pero con variaciones regladas. Pero cada conjunto con un código general diferente. En las lechugas y tomates las variaciones pueden ser las mismas, pero se dan dentro de un código diferente. ¿Qué se dirán?

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28 de Noviembre

Hoy lo hice. Colgué una hoja de lechuga, solamente una hoja, delante del radiotelescopio. Mandaba señales. ¿A quién? ¿A qué? ¿A donde? Pero no recibía. Y a medida que se iba marchitando las señales se debilitaban. Lo mismo con los tomates y los repollos. Cuando se marchitan totalmente, silencio.

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1º de Diciembre, 2001

El código general de las flores - ¿su hardware?- es diferente. Los sonidos son casi continuos. No se interrumpen. Continúan, pero aumentando o disminuyendo de intensidad. Son como músicas. Músicas. Melodías. Sonidos ondulados según la flor. La melodía de las rosas es diferente de la de las orquídeas. Paso horas escuchando. Si supiera música, las escribiría.

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4 de Diciembre

Los capullos, antes de abrir, empiezan a enviar mensajes. ¿O música? Y en el momento que abren es más fuerte, mas acabada. Más linda.

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1º de Enero 2002

Admitir. Tengo que admitir, aceptar. Pensar todo de nuevo. La (ahora me doy cuenta) estúpida y cómica Teoría de la Evolución. Darwin. Antes se creía (se quería creer) que todo giraba alrededor de la Tierra. El sol, las estrellas, los planetas, el universo. Después, como resto de ese narcicismo grotesco, que la humana es la mas evolucionada de las especies vivas. O sea que primero, la vida vegetal (la más primaria), después la vida animal y, finalmente, de ella, el hombre. El animal inteligente. Para Nietzsche apenas un eslabón intermedio, un puente para el Super-Hombre. ¡Siempre mejorando! Pero ahora es evidente. No fue evolución: fue involución. Y sigue siendo. Lo más perfecto estaba- y sigue estando- antes. Desde el principio. No hubo caída. El paraíso continúa pero no nos damos cuenta. ¿El paraíso?. ¿Cuales serán las prohibiciones transgredidas, los goces, los castigos, las tristezas, las alegrías, las tentaciones, en esos mensajes, en esas músicas, en esa extraña matemática?

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27 de Marzo de 2002

El Super-Hombre de Nietzsche y Ouspensky habían sido las plantas. Se empezó desde ahí. Pobre Ouspensky. El Tertium Organum. Creía en una raza superior. Su hubiera sabido que la raza superior ya fue. Que fueron – y son – las plantas. Y que el ser humano, en comparación con ellas, es una raza inferior.

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1º de Abril, 2002

Arranqué una hoja de lechuga. Solo una. En ese momento todos sus sonidos fueron continuos. Un ruido. Después, poco a poco, pero más despacio, empezaron las intermitencias desde la hoja. Cada vez que corto o arranco (de lechugas, tomates, zapallos, cualquier vegetal, hasta pasto), la misma cosa: único sonido y después interrupciones, nuevos mensajes. Tengo que admitirlo: la continuidad es un grito. Les duele.

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16 de Abril

Ouspensky dice en el Tertium Organum que un animal solo ve dos dimensiones. Un caracol, solo una dimensión. Nosotros, los seres humanos, somos los únicos que percibimos tres dimensiones. Pero hay un mundo de 4 dimensiones. La 4ª es la dimensión espacial del tiempo, que nosotros no percibimos, aunque lo hará el Super-Hombre. Pobre Ouspensky. Nunca imaginó que el Super-Hombre ya fue y está siendo. El Super-Hombre es la Super-Planta.

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20 de Abril, 2002

La percepción y la memoria. El pensamiento. Son posibles por las neuronas. No están ni son. Solo son posibles. El Hardware y el Software. El programa viene siempre de afuera. Pero es evidente ahora que hay otro tipo de neuronas, hasta ahora inimaginables, mucho más sensibles y eficaces en las células vegetales. Tal vez en la composición atómica de lo que en el microscopio vemos como “retículos endoplasmáticos”, o en el lugar de la fotosíntesis. O en la misma pared de cada célula, el “citoesqueleto”.

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1º de Mayo

Ella me sirvió ensalada. Llena de hojas, tomates, cebollas. Todo cortado. Imaginé la continuidad de las emisiones. Los gritos. No pude morder. No pude comer.

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5 de Mayo

No sé que hacer. ¿Informo, comunico el descubrimiento? Llamar a los periodistas. ¿Decir que las plantas son más inteligentes y sensibles que nosotros? ¿Que informe de eso al mundo? ¿Qué pasará después? Millones de vegetarianos muriendo de hambre. Y otros, los que decidan seguir comiendo, muriendo de culpa. Y lo que quede de la humanidad, tristeza, humillación, melancolía.

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8 de Mayo

Y nuevas religiones que propondrán morir de hambre para no matar animales ni a la raza superior de los vegetales. No diré nada. Será un secreto mío. Nadie deberá saberlo.

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Fue lo último que escribió. Las letras apenas visibles, difíciles de entender. Ahora ya lo sé. Tenía razón. No hay que decir nada. Nadie debe saberlo. ¿Pero yo qué hago? ¿Como o no como la ensalada?

Gustavo E. Etkin es argentino residente en Brasil.


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