viernes, 7 de agosto de 2009

La muerte, la gran calumniada


Julio Herrera (Desde Montreal, Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Dentro del desenfreno demencial de compraventas, de derroche y despilfarro que es nuestra moderna sociedad de consumo se hace irónico el observar la reticencia o el repudio casi generalizado a comprar las llamadas "pólizas de preacuerdo funerario”, es decir comprar por anticipado, antes de morir, nuestra última morada en el camposanto.

A los agentes vendedores de tales pólizas se les califica incluso como "cuervos" o "buitres" sólo porque ellos nos hacen más evidente la realidad de nuestra muerte, y comercian con ésa “macabra” expectativa.

Y sin embargo, nada hay más lógico que aceptar o admitir ésa realidad, puesto que la muerte es lo único seguro que tenemos en éste tránsito de incertidumbres, de desengaños y de frustraciones que tan ostentosamente llamamos "vida"

Paradójicamente, esa clase de prejuicios o de tabúes no existen ante los archipopularizados y omnipresentes "seguros de vida", a pesar de que es bien evidente que éstos seguros no nos protegen contra la muerte sino que, -al igual que los preacuerdos funerarios-, sólo hacen menos dramático el dolor de nuestros dependientes.

¿Cómo comprender entonces ésa dualidad de criterios ante una misma evidencia, cuando poca o ninguna diferencia existe entre los que comercian con nuestros propios despojos, despojándonos en vida de nuestro dinero, y los que viven de la expectativa de nuestra muerte tras el subterfugio de "asegurarnos" la vida?

Esto se comprende cuando se observa el espanto infantil de la humanidad ante el espectro de la muerte, cuando nos aferramos a la vida pretendiendo olvidar que no somos inmortales.

Pero, pensándolo bien, la vida, tal como la viven tres cuartas partes de la humanidad, ¿no es acaso mucho más espantosa que la muerte misma?

Quienes tienen sus apetitos siempre saciados, su salud y su cuenta bancaria siempre rebosantes, y la felicidad al alcance de su bolsillo, ellos tienen motivos o justificaciones para amar la vida. Pero los privados o despojados de todo bienestar, cuya vida es sólo una agonía incesante y una continuidad de combates estériles por una supervivencia que sólo sirve para prolongar su agonía, ¿tienen acaso otros motivos para amarla o para soportarla que no sean su esperanza tenaz y su obstinada resignación religiosa?

Y sin embargo, las víctimas inocentes de esa condena que es la vida, ¡se obstinan en alabarla, en elogiarla y eufemisarla, a la vez que repudian esa sola salvación piadosa que es la muerte!

Los positivistas, los optimistas y los científicos se empeñan en disculpar la vida adulándola; los filósofos, con sus frases amables pero ilusorias, tratan de justificarla ennobleciéndola; los políticos, en "redimirla" mercantilizándola, y los mercaderes de la esperanza que son las religiones en mistificarla para hacerla soportable, es decir, en hacernos resignados ante las iniquidades del "destino", o de una presunta "voluntad” o “predestinación divina”.

Pero... ¿cómo olvidar la pobreza, que impide vivir la vida con dignidad? ...y la enfermedad, -hermana gemela de la pobreza-, que impide la felicidad? ¿...y cómo ignorar ésta angustia de la impotencia ante la injusticia, tan frustrante como la impotencia ante el amor? ¿...y ésta cólera inaudita de las conciencias reflexivas ante la vileza de la humanidad envilecida que se obstina en perpetuar los oprobios al obstinarse en perpetuar la vida engendrándola y a la vez renunciando a humanizarla?

Porque, ¿qué otra cosa es la humanidad sino un plebiscito mundial de desertores de la dignidad que tras el sofisma cobarde de una “paz” humillada y humillante renuncia a combatir por la conquista de una vida digna de ser vivida? ¿Y qué otra cosa es la muerte, sino la victoria definitiva sobre la vida, es decir, sobre los dolores, las miserias y las iniquidades que la vida humillante y deshumanizada conlleva?

Pero la humanidad es de tal manera cobarde que renuncia a ésa victoria que es la muerte, y la rehúye, temblando de pánico de ser salvado por ella! ¡Cansada de vivir, renuncia sin embargo al descanso eterno!

Obstinarse entonces en amar la vida cuando ella es sólo una tortura cotidiana es un masoquismo absurdo, aberrante y abyecto. Sólo la muerte merece ser amada porque élla nos libera de ésta condena que tan presuntuosamente llamamos “VIDA”.

Cuando todas nuestras esperanzas en la vida han muerto, nos queda aún la esperanza de la muerte, la única esperanza que no nos decepciona… porque tarde o temprano a todos nos llega. Y si ella es inevitable y es nuestra noble y única redentora, ¿por qué entonces temerla? A menos que se tenga una conciencia de mártir o de masoquista, es evidente que es mucho más honorable una muerte con dignidad que una vida sin ella.

O se vive con dignidad… o no se vive. To be or not to be. That’s the question.

Por eso, ante esta realidad es válido exclamar: ¡Pobre vida, tan adulada! ¡Pobre muerte, ...tan calumniada!

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