viernes, 28 de agosto de 2009

La pasión por las promesas del amor


Emilio Romero Ele (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El amor es bastante menos común de lo que se imagina. Existen los remedos del amor y las llamadas pasiones, pero el amor real es raro. En las películas, especialmente, se sugiere que los hombres notables vivieron grandes amores. Meras fantasías para adornar sus vidas. ¿Y usted, sin ninguna pretensión de grandeza, a quien ha amado? ¿Aquella niña que una vez le abrió su abrigo interior? ¿Aquel joven que le suplicó con un susurro de encanto “no me dejes a la orilla del camino, vamos juntos hasta la próxima estación”?

¿Existe el amor? En el imaginario romántico existe. Existe en los cuentos de las Mil y Una Noches. Los jóvenes entienden el amor como esa pasión que los arrebata, los domina y hasta obnubila el entendimiento. Tal vez exista en la historia de Eros y Psiqué y en la pasión de Tristán e Isolda. Esos viejitos que andan de manos dadas, después de convivir medio siglo juntos, nos sugieren que hay un vínculo especial entre ellos, algo muy diferente que el simple hábito. Talvez sea el amor. Tal vez sea una manera de ahuyentar el desamparo. Hablo aquí del amor entendido como esa composición de lazos afectivos y atracción erótica, de Pathos y Eros, de sentimientos y libido. No aludo al amor parental, de padres e hijos, que en el entender tradicional está exento de libido. 

Mas hay tantos remedos del amor, imitaciones sorprendentes y absurdas de ese sentimiento complejo. Son los disfraces y hasta los trucos del deseo erótico –el bien conocido llamado de la especie.

Para comenzar, yendo a los supuestos orígenes, no hay una sombra de amor entre Adán y Eva ni en todos aquellos que dicen matar por amor. Las grandes figuras del Antiguo Testamento tenían preocupaciones muy distantes de envolvimientos erótico-sentimentales. ¿David amó a Betsabé? Resulta claro que experimentó un deseo descontrolado por ella, tan fuerte que “mandó matar” al marido de su pasión. No hay amor entre los patriarcas de Israel ni entre los grandes hombres y sus mujeres. Abraham no vaciló en pedir a su mujer Sara que se presentase ante los egipcios como su hermana, pues temía que la hermosura de su esposa provocase los deseos del faraón, que lo mandaría matar para quedarse con Sara. “Si el faraón se queda contigo seré bien tratado” Fue lo que aconteció. (Génesis, 14, 12). Ese patriarca era hombre práctico. 

¿Podría usted citar una figura histórica de primera magnitud que hubiese amado a su esposa? 

El famoso emperador romano Adriano tuvo una gran pasión por Antinoo, un joven de rara belleza. ¿Lo amó y fue correspondido? ¿Qué hubo entre Napoleón y Josefina, además de encuentros rápidos de alcoba e malentendidos? El gordo Winston Churchill, en el supuesto que podamos considerarlo en esta galería, apenas gustaba de su cigarro. ¿Quién se atrevería a decir que Stalin vivió un gran amor? Newton era un egocéntrico vanidoso, lo que impide cualquier afecto generoso por otra persona. De Cervantes no tenemos noticias de su lado sentimental, lo que ya es un indicio de que fue un huérfano en este aspecto. Shakespeare entendía el amor como una pasión que llevaba a la muerte (Otelo, Romeo y Julieta) o las peores infamias (Hamlet, Macbeth, El Rey Lear) Ninguno de los grandes filósofos, desde Platón a Nietzsche, tuvo esposa. Sólo tuvieron una pasión: el conocimiento, ese intento de develar la trama secreta del mundo y de eso que llamamos realidad. Los filósofos ejemplifican muy bien las pasiones silenciosas, inclusive si algunos de ellos provocaron alboroto con sus ideas subversivas, como fue el caso de Sócrates, Bruno, Voltaire y Marx.

No obstante, el amor existe. Es raro, rarísimo, mas por lo menos UNA vez en la vida usted tiene la oportunidad de amar y ser amado. Si usted sabe aprovechar esa oportunidad ya son otros cuentos. Todas las otras supuestas oportunidades es probable que sean simples remedos del amor. O lazos y vínculos afectivos diversos, positivos y negativos, cuyo significado no siempre sabemos discernir. Podemos tener algunas pasiones, pero ¿una pasión es una forma del amor? Algunos afirman que la pasión es la forma extrema del amor, algo hasta desvariado; otros afirman que pasión y amor son vivencias muy diferentes. La pasión es deseo de posesión, de tener a la persona que provoca el deseo. El amor es oblativo, dadivoso, generoso, poco o nada posesivo. (E. Romero, 2001). Si estas diferencias son válidas, el amor es menos frecuente de lo que se piensa. 

Hablo en estas páginas de las pasiones, más que del amor; de las pasiones entendidas como ese nexo impulsivo que tiende a dominar a las personas en una determinada dirección en busca de un objeto –el dinero, el conocimiento, el afán de cambiar el mundo, la búsqueda de un dios. Hablo de los deseos que movilizan la pasión.

Pasiones clamorosas y pasiones silenciosas

Podemos distinguir diversas formas de manifestarse las pasiones en el plano del amor romántico. Hay un tipo bastante conocido, que sigue dos vías algo diferentes; la vía clamorosa con un rápido movimiento ascendente y un lento movimiento descendiente; y la clamorosa con un movimiento desigual muy intenso, dramático, pero con un final de sabor amargo, de cristal que cae de lo alto y sus trizas se esparcen por el suelo. 

Al primer tipo pertenecen la mayoría de las pasiones que terminan en el matrimonio, tienen un período de plenilunio para ir luego entrando al plano de las aguas tranquilas y tibias. Pueden entrar en la fase del amor o apenas del buen entendimiento y del mutuo afecto.

Al segundo tipo pertenecen las grandes historias del drama amoroso. Es la historia de Helena y la guerra de Troya. De Romeo y Julieta. De Otelo y Desdémona. Y de algunas docenas de adolescentes que terminan suicidándose por comprobar que los bellos sentimientos y los ardores del deseo no siempre tienen lugar propicio en el reino de los hombres. En este caso estaría también la relación entre el pintor Castel y María Iribarne narrada con tanta fuerza en la novela de Ernesto Sábato. Con otras pinceladas, en situaciones muy diferentes, Stendhal nos narra los vaivenes osados y transgresores protagonizados por Madame de Rênal y Julian Sorel, en “El rojo y el negro” 

Desde otra perspectiva existen las pasiones silenciosas. En el plano romántico son esas pasiones secretas que el sobrino experimenta por su tía, a los 15-17 años, y esa fantasía ardiente de la adolescente por su profesor o por el cantante popular. Es el despertar súbito de un no sé qué experimentado por un desconocido, el desconocido que usted avistó algunas veces en la orilla del lago un día de primavera, con el cual intercambió algunas miradas y una sonrisa. Ese encuentro quedó para siempre rondando en su mente. ¿No fue eso lo que aconteció con La Dama del Perrito en el cuento de Chekov?

Están todas esas pasiones silenciosas que aparecen en sus sueños, no importa si durmiendo o despierto. 

Las historias de amor forman parte de las fantasías que circulan por los circuitos cerebrales de hombres y mujeres. No todas esas fantasías son de naturaleza sentimental o erótica. Existen las que revelan deseos de grandeza y magnificencia –ser rico, famoso, o por lo menos, un profesional prestigiado. Y otras que revelan los miedos y las angustias que acosan a los humanos.

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