viernes, 28 de agosto de 2009

Venezuela y Colombia: Tierra común


Daniela Saidman (Diario de Guayana. Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Suenan los tambores de las costas y el alma vuela a través de llanos y montañas, transita las calles y los ecos se hacen canción en Bogotá y en Caracas, son las palabras de dos pueblos que es el mismo pueblo, que lleva en las entrañas la esperanza centenaria y en los labios una canción de bienvenida. Esta es la poesía de Venezuela y de Colombia, poesía joven, que tiende puentes y cruzándolos nos encuentra.

Tierra común. Poesía de Venezuela y Colombia, antología publicada por la Cooperativa Editorial La Mancha, en la colección sin límites, en Caracas 2008, da cuenta de las voces que llevan impresas las luchas, los sueños, el café y el aguardiente, las utopías realizables y las necesarias, los sueños niños, el olor del mar y la textura de los Andes. Poetas de aquí y de allá alzan sus versos para acercarnos y amarnos con el mismo amor de una madre y una tierra.

Laura Luna, Oscar Fernández, Fernando Vargas, Javier Neira, Yanuva León, Diego Grueso, Kattia Piñango, Isbelia Castillo y Fernando Cely, entre otros, son los poetas que se suman a este libro y que a través de las palabras hacen de estas geografías, un territorio común.

“Pertenecemos al conjuro del último equinoccio. / El sur se ha perdido entre los dialectos insípidos / y tan sólo el Aquelarre se adentra en la sangre sucia. / Pertenecemos a una era de nueva barbarie / de fuego promontorio y de misóginos abismos de bronce. / Pertenecemos a algo que llamarán generación / y que es la prehistoria del recuerdo.” (Fernando Vargas, Colombia) 

Nos separa una línea imaginaria, puntos y rayas dibujadas en un papel donde se señalan las rutas pero no las ganas, cruces de aguas pero no los amores, puentes pero no los miedos y las humanas pasiones. Nos distancian quienes nos quieren lejos, y través de los kilómetros afloran sobre la piel la certeza de lo diverso y lo semejante.

“Es un día para el discurso y la oratoria, para la paz envuelta en una bolsa plástica, para la batalla directa contra el que no tiene armas. Para la canción de la mentira, para las botas negras de un alma negra, para las lágrimas blancas de un alma blanca. Es un día de marchas hacia el abismo, de lunares en el destello, de líquidos derramados, de perfumes en las solapas”. (Yanuva León, Venezuela)

Anidan en las páginas las historias de quienes no fueron, de los desaparecidos, esos miedos sordos que no figuran y que son, porque llevan la misma sangre y habitan los presentes. La poesía se hace bandera cuando el poeta llueve el silencio para hacerlo grito, y allí renacen para seguir siendo aunque no quieran (ellos). Esta es también la poesía de estas tierras, de violencia y amores.

“Señora ¿Dónde van los que desaparecieron en la lluvia? / ¿Qué rumbo toman los que no tienen ninguno? / No preguntes más por tus / desventurados padres y cierra puertas y ventanas. / Oigo venir hordas de huérfanos / y no tenemos amor para brindarles”. (Diego Grueso, Colombia)

La frontera se arma de guerras. Son las mismas de hace quinientos años, las que desatan contra los muchos que nada tienen, los pocos que ambicionan más. Es el miedo que camina y que cada cien años se anima a despertar y construye sobre las cenizas el mundo que debe ser, el que nace de la herida y de la bala recién amanecida.

“Una duda reposa inquietante al regreso, / pero ninguno se asusta ni siquiera el perro / que se entretiene persiguiéndose en la sombra. / No hay más opción que sobrevenirse en la fresca madrugada, / mejor será encaminarse con el machete sin tratar de adivinar el futuro. / Lo que vendrá o no ha de perderse en la espesura del campo”. (Kattia Piñango, Venezuela)

Tierra común, dos pueblos y un sueño, poetas que abonan el camino y danzan alrededor de las hogueras, alzan la palabra y se convierten en canción… con todos…

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