viernes, 4 de septiembre de 2009

Camino de un conflicto entre el conservatismo religioso y un director de cine (2008)


Jesús Dapena Botero (Esp
ecial para ARGENPRESS CULTURAL)

Director: Javier Fesser

Actores: Nera Camacho como Camino 
Carmen Elías como madre
Mariano Venancio como padre
Manuela Vellés como hermana

Guionista: Javier Fesser

Productor: Luis Manso, Jaume Roures

Música: Rafa Arnau, Mario Gosálvez

Fotografía: Alex Catalán

Montaje: Javier Fesser

Mi llegada a España está signada por una noticia: los obispos protestan por la presentación de un auto sacramental el día del Corpus Christie, en Toledo; están disgustados por la acción de los ateos, social-comunistas, del Ayuntamiento, que se han tomado la procesión con sus diablos y putas; consideran que son muchas las ofensas a la Iglesia ante la pasividad de tantos y algunos responden desde una posición antitética, que se quejan de las arbitrariedades del Poder Eclesiástico, en fin, una historia de nunca acabar.

Luego aparece otra situación polémica con el rechazo por parte de la Iglesia a la Educación para la Ciudadanía, como protesta porque se consideren asuntos para la discusión democrática, temas como el matrimonio homosexual y el aborto. Los ánimos se caldean. Unos están del lado de la Iglesia y protestan porque sus hijos reciban esta asignatura; otros dicen que sólo los enemigos de la democracia rechazan la Educación para la Ciudadanía.

Más adelante nos informan a los padres de familia del colegio, al que asiste mi hijo, que si hay tan sólo dos niños que reciben doctrina cristiana en el salón de aulas, no se puede dictar otra materia alternativa para los hijos de los incrédulos, sino que hay que darles una hora para hacer tareas.

¡Huele mal la cosa! Pareciera que se va gestando todo un clima de intolerancia en España, asunto que no deja de ser muy preocupante. 

Y en este contexto se estrena la película de Javier Fesser, presentada en el Festival de San Sebastián, el 17 de octubre del 2008, con gran ovación del público asistente, la cual el director declara que ha sido casi una obsesión que ha tenido desde largo tiempo atrás, desde cuando leyó el libro escrito por una monjita teresiana sobre una niña, que ahora anda en proceso de canonización, como ejemplo de virtud, promocionada por el Opus Dei.

Fesser mismo nos dice que llevaba muchos años tratando de madurar la historia y de contarla; que la cinta nacía de la necesidad de contar, en tanto y en cuanto, le interesan las personas, que ven la vida de una forma distinta a la suya. El cineasta piensa que en ocasiones tenemos que explorar lugares que no conocemos; yo se lo creo; parto de su buena fe para enfrentar un problema, tan delicado, como es la muerte de un adolescente, cosa que a los ojos de un incrédulo resulta absolutamente absurda. El director asegura que su propósito era hacer, con su paso de la comedia a la tragedia, un homenaje a una niña, quien le parecía un ser humano extraordinario, rodeado de sufrimiento, de dolor y capaz de morir en paz. ¡Vale!, como suelen decir tanto los españoles.

Pero, para continuar con términos hispánicos, ¡qué follón se ha armado! 

Y lo que pareciera tener un propósito respetuoso, objetivo y cariñoso de parte del cineasta, como lo ha declarado él mismo, ha terminado en su satanización; el mayor pecado de Fesser, como lo señala, el propio hermano de la niña, cuya agonía hace parte de los hechos reales en los que se basa la ficción cinematográfica, ha sido que al final, el cineasta le dedique a ella su película, cosa que perfectamente hubiera podido evitar si hubiese pensado que se puede acudir a la alusión, y que hay cosas que, por sabidas es mejor callarse, como reza el dicho.

Yo creo que sí; tal vez, ese fue su gran pecado; perfectamente hubiera podido omitir el nombre de la chica para no hacer público lo privado de una familia, que tanto sufrió con la enfermedad y la muerte de su niña; por ello, prefiero omitir el nombre de la pequeña. La defensa de Fesser ha sido argüir que en realidad, de verdad, basarse en hechos reales no es hacer una biografía. Y según el propio director lo que ha hecho es una ficción, que condensa varias historias de muchos niños que murieron, en aparente “olor de santidad”.

Yo pienso que hacer público lo privado de una familia resulta un tanto perverso, si lo miramos desde una perspectiva psicoanalítica. La posición que asume esta familia puede estar movida por mociones inconscientes, en contraposición con la actitud, a todas luces consciente de los sacerdotes vinculados con el Opus Dei, que quieren hacer de la niña un modelo de santidad, de acuerdo con los ideales de la Obra, toda una la resignación a los padres, que encuentra eco en la madre y en la hermana pero no en el padre, un hombre bastante afectuoso, más libidinoso y carnal, que su mujer alienada en una práctica religiosa, que termina por congelarla pues no podría decirse que en la madre y en la hermana no hubiera afecto; tal vez, de una forma un tanto patológica, ambas encuentran en el bastión de su religiosidad, una defensa contra el dolor generado por la impotencia ante la muerte de casi una niñita, una púber, quien apenas si empezaba a decirle adiós a la infancia, cuando llena de vitalidad empieza a sentirse atraída por otro muchachito, al que nunca pudo declarar su amor. El deseo no realizado la lleva entonces a soñarse como una niña vestida de rojo, quien satisfacer su vanidad, algo completamente comprensible en una adolescente, llena de deseos de amar y vivir.

Pero esa madre y esa hermana, impregnadas por la mentalidad de la Obra de Monseñor Escrivá de Balaguer, ¿qué otra cosa podrían ofrecerle a la pequeña para brindarle un sentido a su enfermedad y su muerte?

La chiquilla estaba condenada indefectiblemente a morir, por encima de los adelantos científicos, ya que las neoplasias óseas son de las más agresivas en los seres humanos.

De todas maneras, nadie se niega a los tratamientos posibles, ni siquiera la institución religiosa, la cual, aún ofrece sus recursos hospitalarios pero lo que resulta problemático es el furor santificador de los religiosos, quienes, a lo mejor también de buena fe, creen ofrecerle un premio a la familia, que tanto está sufriendo y a la que tanto aprecian, a costa también de hacer público lo privado, quienes, por su concepción religiosa, no pueden pensar que el vínculo con la divinidad es un asunto sumamente personal, un ejercicio del cristianismo más íntimo, que no busca los oropeles de la cristiandad establecida, sino en una ejercitación del cristianismo más existencial, a la manera del Søren Kierkegaard que condujo a Miguel de Unamuno, a la agonía del cristianismo, como parte del sentimiento trágico de la vida.

Bien pareciera ser suficiente entrar en la Iglesia triunfante como para que se haga público el supuesto encuentro con Dios. 

No pareciera resultar demasiado sancto destinar a una niña agonizante a ser un paradigma de santidad para los adolescentes de su edad, para hacer pura propaganda sectaria.

Pero lo cierto del caso fue que se creó una gran tensión entre los representantes del Opus Dei y el director, quien al final terminaría por defenderse con tanta fiereza como se sintiera atacado, para hacer emerger entonces el lado oscuro de su corazón, al asegurar que la película ha resultado tan irritante por mostrar de una forma nítida e inusual, la realidad de la institución creada por el santo español, sus contradicciones y el insostenible discurso de dicha institución religiosa.

Como en el Medioevo, todos empiezan a lanzarse anatemas. Fesser no puede comprender que los religiosos consideren que el tumor maligno sea voluntad de Dios y tal vez tampoco que la madre, en el momento en que la niña ha de dormirse, le rece al Ángel Guardián, esa figura tan cara a Monseñor Escrivá de Balaguer, para que no la desampare, ni de noche ni de día, para que no vaya a perderse, para que evite su condenación y la libre de sueños impuros y molestos. El ángel de la guarda pareciera que debería impedir que el demonio se apodere de ella pero esos trozos de oración operan como restos diurnos de angustiosas pesadillas, en las que el supuesto personaje bondadosa se convierte en una especie de ángel exterminador, como un superyó cruel que la persigue, para sancionar ese erotismo que empezaba a brotar de ese cuerpecito en conflicto con una moral invocadora de la Santa Pureza, que sanciona a la chica con el lanzamiento al hueco negro de la aniquilación. 

Fesser sí pareciera estar dispuesto a comprender el alma adolescente, como lo demuestra cuando se hace rapar la cabeza para volver lúdico, el procedimiento al que debe someterse la actriz protagónica, o cuando contiene la ansiedad de los niños, quienes, al ritmo de Tchaikowski, han de darse el primer beso de su vida. 

Lo que pasa es Fesser no puede entender de esas rigideces presentes en el mundo que rodea a su protagonista, ya que él mismo es padre y fue adolescente; él no puede comprende que el mundo adulto haga caso omiso y desoiga las terribles angustias de los muchachos y muchachas ante los cambios experimentados en esa unidad, que son la mente y el cuerpo, en la que de un lado despiertan las hormonas pero de otro se dan toda una serie de pérdidas, mientras el deseo puja por salir afuera del mundo familiar, hacia exogamia, situación representada con la presencia del chiquillo, ese otro Jesús profano, de carne y hueso de la confitería.

Tal vez, otra cosa que Fesser no pueda comprender que el padre sea descalificado como falto de fe, cuando se resiente por las circunstancias, ante la amenaza la pérdida de su querida niña.

El mismo director nos dice que él se identifica con ese hombre, aparentemente de poca convicción religiosa, permisivo con el amor, un hombre bastante natural, de carne y sangre y hueso, quien no se deja alienar en el rígido discurso espiritualista, en el que están atrapadas su mujer y su otra hija y que muere de una manera accidental, tal vez culpabilizado por un superyó cruel, ya que bien sabemos los psicoanalistas que muchos de esos accidentes absurdos tienen mucho que ver como una forma de dar solución a terribles conflictos internos.

Pudiera ser que se me juzgue de conciliador pero, lo que me preocupa es que de uno y otro lado de los protagonistas del conflicto, Fesser y el Opus Dei y, por ende, de la Iglesia Católica, lo que triunfe sea la polarización y la intolerancia, que empiezo a percibir en España, sin que se de una apertura al diálogo y al pluralismo y tal vez, es ahí, donde encuentro una explicación a mi reacción ante la película, que llegué a pensar que estuviera diseñada desde un estilo narrativo al estilo brechtiano, productor de un distanciamiento del espectador, lo cual entraba en contradicción con la del simpático y popular personaje de Cándida, esa otra creación del hermano de Javier, Guillermo Fesser, que nos dice en la televisión que lloró muchísimo al asistir a esta peli, ya que, yo también soy un espectador de llanto fácil, cosa que no me avergüenza, pero no lograba conmoverme sino que permanecía indiferente, a pesar de todo el despliegue tecnológico de la cinta, de sus ricas imágenes, de la magnífica dirección de actores, y de estar frente al drama y la tragedia de una familia. 

Me sorprendía mantenerme impertérrito, hasta tener que luchar contra el adormecimiento, pero ¿no sería que, más allá de la historieta del argumento, e ignorante del follón que se estaba armando, me preocupaba lo que a partir de la cinta pudiera producirse con este filme? El cual, por momentos me evocaba a Belleza Americana de Sam Mendes, con su gusto un tanto kitsch, ya fuera en las escenas oníricos o de la imagen del Monseñor Escrivá de Balaguer de la capilla, que contrasta con el gusto exquisito de los integrantes de su Obra y de otro lado con algo del tono siniestro de El código da Vinci. 

Jesús Dapena Botero es colombiano residente España.

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