viernes, 18 de septiembre de 2009

¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte IX)

Ricardo Vicente López (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Deberíamos ahora poder estar en condiciones de comprender que el modelo de universo que nos enseñaron, y que se presentaba como el paradigma de la racionalidad científica, no era más que un sistema acorde con la proyección de la mentalidad moderna de sus comienzos (siglos XVII y XVIII). La burguesía europea, que se iba haciendo cargo de la conducción del nuevo mundo, necesitaba un paradigma de conocimiento de la naturaleza, y del universo en su conjunto, que proyectara sobre el mundo humano la necesidad del orden, de la estabilidad y de la predictibilidad del futuro, para su evolución posterior continua y sostenible en el tiempo. El lema del positivismo enlazaba la idea de orden a la idea de progreso. Ese orden se oponía a la idea de todo cambio que hiciera tambalear las bases de la sociedad que ya se había impuesto. La aguda frase de la novela El Gatopardo: «Que algo cambie para que todo quede como está» expresaba con una maravillosa claridad qué se intentaba decir con progreso: una evolución controlada por el poder que no altere el orden dominante. El progresismo de la burguesía europea aceptaba toda modificación que no atentara contra la estructura fundamental de la sociedad establecida: el capitalismo. En esto la conciencia de clase media actual es una fiel heredera de esos valores.

La ciencia que comenzó a asomar en los albores del siglo XX rompió con el paradigma dominante. Al cuestionar la ciencia de esa cultura obligaba a rever todo lo dicho. «El desarrollo espectacular de la física del no-equilibrio, de los sistemas dinámicos inestables, asociados a la idea de caos, nos obligan a revisar la noción de tiempo que se formuló desde Galileo. Después de tres siglos, la física ha venido a encontrarse con el tema de la multiplicidad de los tiempos. La física de hoy no niega el tiempo; es más, reconoce el tiempo irreversible de las evoluciones hacia el equilibrio, el tiempo bifurcante de las evoluciones por inestabilidad y hasta el tiempo microscópico que manifiesta la indeterminación de las evoluciones físicas y microscópicas».

La física clásica asociaba el conocimiento científico a la idea de certidumbre. Partiendo de ciertas condiciones iniciales conocidas se garantizaba la previsibilidad del futuro, sostenida por la repetibilidad que había verificado el pasado. Éste es el gran secreto de la predicción científica: siendo los fenómenos causales y universales, una vez descubierto su mecanismo se puede afirmar cómo se comportarán en el futuro, puesto que repetirán su constante modo de ser. Con ello se alcanzaba la certidumbre. Todo el resto: la novedad, la elección, la libertad, la actividad espontánea, eran sólo apariencias relativas al punto de vista humano. 

Sin embargo, hoy ya se acepta en el mundo científico que no se pueden prever con certeza los caminos que utiliza la naturaleza: lo inesperado se presenta constantemente cuando la mirada está preparada para percibirlo. «Las grandes leyes inmutables se rinden ante la evidencia de que pequeñas diferencias, fluctuaciones insignificantes pueden trastocar todo el sistema y abrir caminos hacia un nuevo régimen de funcionamiento. Al haber aceptado que lo que prima son los sistemas inestables las leyes de la naturaleza se tornan fundamentalmente probabilistas. Expresan lo que es posible, y no lo que es "cierto"». La predicción que podemos hacer del futuro es una mezcla de determinismo y probabilidades. «El futuro es incierto, más incierto aún de lo que hacía presagiar la mecánica cuántica tradicional con la relaciones de incertidumbre de Heisenberg» nos dice Prigogine. «El futuro no puede estar determinado porque está sometido al azar, a las fluctuaciones, a las bifurcaciones y amplificaciones. Se debe esperar la posibilidad de que los sistemas sigan rumbos imprevisibles, pierdan sus condiciones iniciales y no se puedan invertir ni recobrar». Entonces, este modo de mirar la naturaleza es un verdadero reconocimiento de sus posibilidades creativas, imprevisibles, novedosas, pues eso ha sido la evolución, que por ser creativa imposibilita la predicción certera.

Avancemos un poco más. Y para ello voy repetir una cita, que ya había utilizado antes, porque creo que ahora estamos en mejores condiciones de interpretarla. Pertenece al famoso físico-matemático inglés Stephen W. Hawking quien nos informa lo siguiente: «La ciencia parece haber descubierto un conjunto de leyes que, dentro de los límites establecidos por el principio de incertidumbre, nos dicen cómo evolucionará el universo en el tiempo si conocemos su estado en un momento cualquiera. Estas leyes pueden haber sido dictadas originalmente por Dios, pero parece que él ha dejado evolucionar al universo desde entonces de acuerdo con ellas, y que él ya no interviene. Pero ¿cómo eligió Dios el estado o la configuración inicial del universo? ¿Cuáles fueron las “condiciones de contorno” en el principio del tiempo?» (subrayados míos). Debo subrayar que quien dice esto es un ateo confeso. Estas preguntas han recorrido todo el siglo pasado y lo que va de éste sin hallar otra respuesta. 

Hasta que la ofreció el físico alemán Max Planck (1858-1947), premio Nobel de física 1918. Éste descubrió una constante de difícil explicación (yo, al menos, no puedo) por la que se pudo determinar que todos los cálculos, mediante los cuales se descubrió el origen del universo, se enfrentaban a una ecuación sin solución. A esto se le llamó el Muro de Planck, que sostiene que llegado a un punto de la ecuación, que retrogradaba en el tiempo calculando la evolución del universo, no se podía avanzar más. Este momento correspondía a un tiempo definido como 10 segundos a la potencia - 43 (1 precedido por 43 ceros de segundo) posterior al gran estallido. Se podía definir matemáticamente todo el proceso posterior, pero ese menos que un segundo, tiempo infinitesimal, se planta como una barrera para el cálculo y no pudo ser rebasado. Todo lo que quedó antes de esa porción de segundo se presentaba como un muro para el conocimiento humano.

Sigamos con Hawking: «¿Por qué es el universo como lo vemos? La respuesta es, entonces, simple: si hubiese sido diferente, ¡nosotros no estaríamos aquí!... El hecho notable es que los valores de esas cantidades (de materia originaria) parecen haber sido ajustados sutilmente para hacer posible el desarrollo de la vida... Esto puede tomarse o bien como prueba de un propósito divino de la Creación y en la elección de las leyes de la ciencia, o bien como sostén del principio antrópico fuerte» (subrayados míos). Lo que intento rescatar ahora es la apertura mental para que este fenómeno, el origen del cosmos, pueda ser interpretado desde diferentes ópticas. No aparece una cerrazón dogmática que niega toda otra posibilidad de comprensión. Cuando hace referencia al principio de incertidumbre, poco después, comenta: «El principio de incertidumbre tiene profundas implicaciones sobre el modo que tenemos de ver el mundo. Incluso más de cincuenta años después, éstas no han sido totalmente apreciadas por muchos filósofos, y aún son objeto de mucha controversia».

Quiero, además, subrayar un segundo aspecto. Repárese en el significado de esta frase: «El hecho notable es que los valores de esas cantidades (de materia originaria) parecen haber sido ajustados sutilmente para hacer posible el desarrollo de la vida». ¿Qué nos está diciendo con “ajustados sutilmente”? Veamos. Nuestro científico presenta como excepcionales las condiciones iniciales del universo. Si es así es porque no responden a ninguna causa previa conocida, es una novedad, un fenómeno imprevisible de la materia cósmica. Hawking la denomina una singularidad. Este concepto lo utilizó en su tesis doctoral sobre el tema de los agujeros negros a los que definió así. Es decir, escapa a toda ley que pueda explicar el fenómeno. ¿Cuál es esa singularidad que presenta ese inicio del proceso? La describe con estas palabras: «¿Por qué comenzó el universo con una velocidad crítica de expansión tan próxima a la velocidad crítica, que separa los modelos que se colapsan de nuevo de aquellos que se expansionan indefinidamente, de modo que incluso ahora, diez mil millones de años después, está todavía expandiéndose aproximadamente a la velocidad crítica? Si la velocidad de expansión de un segundo después del big-bang hubiese sido menor, incluso en una parte en cien mil billones, el universo se habría colapsado de nuevo antes de que hubiese alcanzado nunca su tamaño actual».

Sigamos con el análisis de este tema, tal como nos lo ofrece Hawking. Y debo decir, como experiencia personal, que la lectura de estas explicaciones me suena tan cercanas a las de algunos teólogos exponiendo argumentaciones sobre el misterio de Dios. Percibo un terreno muy similar y modos de pensamiento muy cercanos. Repásese si no lo expuesto en la nota anterior e inténtese alguna comparación. El académico francés Jean Guitton (1901-1999) se pregunta, ante problemas como éstos, «¿Por qué hay algo más bien que nada? ¿Por qué apareció el universo? Ninguna ley física deducida de la observación permite responder a esas preguntas». Sin embargo esa misma observación posibilita la descripción del proceso evolutivo del universo, tal como ya hemos visto. Permite sostener que una cantidad de materia (o lo que fuera ese momento originario) que algunos científicos comparan con una pelota de tenis dio lugar al universo que conocemos después de 15.000 millones de años aproximadamente. Entonces esta explicación, que puede parecernos científicamente tan clara, cuando nos detenemos a analizarlas desde nuestra limitada capacidad mental, frente a la de los grandes matemáticos y físicos, ¿suena tan diferente al «Hágase la luz»? ¿No debemos reconocer un gran prejuicio en aceptar un modo de describir y no el otro? Sobre todo cuando no entendemos ninguna de los dos.

No quiero ser cargoso, pero adviértase en la cita anterior de Hawking como nos explica la singularidad que ha hecho posible el universo actual. Una variación de la velocidad crítica dice hubiera imposibilitado su existencia actual. ¿Cuál es el nivel de tolerancia a las variaciones? Si «hubiese sido menor, incluso en una parte en cien mil billones, el universo se habría colapsado de nuevo antes de que hubiese alcanzado nunca su tamaño actual». No es necesario detenerse a pensar en esa infinitesimal fracción de tiempo porque nuestra mente no lo puede tolerar, es impensable. Pues bien, nuestro universo no sólo se inició sobre una inestabilidad tan crítica, sino que todavía hoy se mantiene dentro del mismo excepcional régimen. No quiero aparecer como irrespetuoso con respecto a científicos extraordinarios, premios Nobel la mayoría de ellos, que han hecho aportes prodigiosos para arrojar algo de luz sobre tan fantástico acontecimiento como ha sido el origen del universo, pero uno podría decir, con un tono irónico pero respetuoso, ¿Qué diferencia hay con los sabios bizantinos que discutían la cantidad de ángeles que podían caber en la cabeza de un alfiler? No se entienda que estoy menospreciando los conocimientos científicos. Digo que, para seres como nosotros tan alejados de la formación científica de los autores citados, la distancia entre un tipo de afirmaciones y otro se nos hace difícil de apreciar.

Entonces, ¿por qué se puede sostener con tanta certeza la verdad de unos y la ignorancia de otros? Debo volver a insistir en la fuerza poderosa de los paradigmas dominantes y la subordinación cultural que se exhibe frente a ellos. Por ejemplo, se puede citar con aires de saber de qué se trata una teoría científica como las que hemos estado viendo (entendiendo bastante poco de que se trata) y denigrar las especulaciones teológicas que tampoco se entienden si no se estudian detenidamente. Mi punto entonces es señalar cuánto prejuicio sobrevuela culturalmente que queda oculto por una certeza sin el debido fundamento. La fe no desapareció en la modernidad, sólo se corrió de objeto al que se dedicó.

Pasemos ahora a otro problema de características similares a las que hemos analizado. Si el origen del universo está sumido en una nebulosa, hasta hoy, que no permitió una explicación convincente (digo el origen no su existencia posterior sobre la cual quedan pocas dudas) otra situación parecida se da con la aparición del hombre. Volvamos entonces a la cita ya utilizada de Hawking: «El hecho notable es que los valores de esas cantidades (de materia originaria) parecen haber sido ajustados sutilmente para hacer posible el desarrollo de la vida... Esto puede tomarse o bien como prueba de un propósito divino de la Creación y en la elección de las leyes de la ciencia, o bien como sostén del principio antrópico fuerte» (subrayados míos). Nos habíamos detenido en el “ajuste sutil”, pasemos ahora a analizar cuál era el propósito de tal sutileza que aparece en la continuación de la frase: «para hacer posible el desarrollo de la vida». ¿Qué debemos entender? Arriesgo una respuesta: «En el cálculo de la velocidad de expansión, tan sutil que el menor error hubiera abortado todo el proceso, hacia una masa nebulosa o hacia la contracción inicial de la materia, estaba presente la idea [¿idea?] de desarrollar la posibilidad de la vida en un planeta diminuto, casi una piedrita dentro de la inconmensurablidad del universo».

Creo estar oyendo las críticas de lectores atentos y cultos ante tal afirmación. Pero sugiero que se lea detenidamente lo que dice el investigador, yo sólo interpreto. Pero debemos seguir leyendo, puesto que agrega: «como sostén del principio antrópico fuerte». Pero ¿qué es el principio antrópico? Transcribo la explicación de Hawking: «Como se explicó anteriormente, para llegar a donde estamos tuvo que formarse primero una generación previa de estrellas. Estas estrellas convirtieron una parte del hidrógeno y del helio originales en elementos como carbono y oxígeno, a partir de los cuales estamos hechos nosotros. Las estrellas explotaron luego como supernovas, y sus despojos formaron otras estrellas y planetas, entre ellos los de nuestro sistema solar, que tiene alrededor de cinco mil millones de años. Los primeros mil o dos mil millones de años de la existencia de la Tierra fueron demasiado calientes para el desarrollo de cualquier estructura complicada. Los aproximadamente tres mil millones restantes han estado dedicados al lento proceso de la evolución biológica, que ha conducido desde los organismos más simples hasta seres que son capaces de medir el tiempo transcurrido desde el big-bang».

Bien, ¿qué es lo sorprendente de este proceso? Parece que suena como un encadenamiento de fenómenos, casuales o causales, que se fueron desarrollando por combinaciones de los diferentes elementos que conforman la materia cósmica. «El hecho notable es que los valores de esas cantidades parecen haber sido ajustados sutilmente para hacer posible el desarrollo de la vida. Por ejemplo, si la carga eléctrica del electrón hubiese sido sólo ligeramente diferente, las estrellas, o habrían sido incapaces de quemar el hidrógeno y el helio, o, por el contrario, no habrían explotado… parece evidente que hay relativamente pocas gamas de valores para las cantidades que permitirían el desarrollo de cualquier forma de vida inteligente. La mayor parte de los conjuntos de valores darían lugar a universos que, aunque podrían ser muy hermosos, no podrían contener a nadie capaz de maravillarse de esa belleza» (subrayados míos). Terminemos de escandalizarnos: «Por el contrario, si el estado inicial del universo tuvo que ser elegido con extremo cuidado para conducir a una situación como la que vemos a nuestro alrededor, sería improbable que el universo contuviese alguna región en la que apareciese la vida» (subrayados míos). Creo que está claro, menos mal que es nada menos que Stephen Hawking quien lo dice.

Basado en las comprobaciones a que ha arribado la física cosmológica de hoy, tal como las que hemos leído, el profesor de la Universidad de Lovaina, Georges de Schrijver, concluye: «En otras palabras, vivimos en un universo muy especial, en el que son posibles la vida y la inteligencia. Así, buscamos los pasos que permiten, en la evolución del universo, el hecho de nuestra existencia. Esto no refleja necesariamente una perspectiva antropocéntrica. Más bien subraya la necesidad que tenemos de darnos cuenta de que pertenecemos a un cosmos que tiene el poder de “generarnos”. Existe una profunda conexión entre el modo en que la materia llegó a procesarse en el cosmos y nuestra vida inteligente basada en el carbono». Lo que he pretendido demostrar con lo expuesto es que no hay un abismo entre la ciencia y otros modos del saber, como la teología, sino que se está frente a un campo de conocimiento en el cual no hay fronteras claras que separen un modo del otro.

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