viernes, 4 de septiembre de 2009

Cuentos chalados: Tres hojas caídas de mi diario


Eduardo Dermardirossian (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En la noche del 14 de diciembre de 2001 

Me apresuro a anotar este sueño para no extraviarlo en el basurero de la amnesia y para mirar a través de él la estatura de mis experiencias no buscadas. Después de todo ¿quién sino yo puede mirar con reverencia estas cosas? 

Era un lugar abierto, con pocas construcciones y grandes superficies destinadas al esparcimiento. Las gentes deambulaban de un sitio a otro, ora reuniéndose aquí, ora más allá. Muchos habían acudido, al punto de incomodarse unos a otros. Las actividades se sucedían y los paseantes mudaban incesantemente de lugar, hasta que en un sitio apartado se congregó la gente. Ignoro exactamente qué ocurría, pero ahí estábamos muchos hombres y mujeres. Entre tantos, había una muchacha de la que yo estaba enamorado y que otrora había correspondido a mis solicitudes, pero ya no; ahora ella acompañaba a otro hombre y yo estaba acongojado por eso. Sufría la indiferencia y el desdén de esa muchacha que en un tiempo todavía cercano había alegrado mis días. Ella hablaba con su nuevo amor y desdeñaba mi presencia, desdeñaba mi dolor que sabía grande. Y yo padecía ese desdén. 

Mientras ella se regodeaba en abrazos y arrumacos con el otro, yo penaba y cada pena agregaba una espina sobre el tronco grande y verde de un palo borracho. Eran tantas las espinas del árbol cuantas eran mis penas. Y así es como el tronco se pobló de espinas, a cuál más grande y aguda. Y hete aquí que ese tronco era también un asiento, un banco que, como te digo, estaba poblado de espinas. Pero una particularidad más tenía el árbol-asiento: por alguna circunstancia que desconozco, la disposición de sus espinas permitía ver cuál era mi pesar, la razón de mi desdicha, el tamaño de mi padecimiento, tal que la mujer que ahora me desdeñaba, su nuevo compañero y otros del público podían conocer mis adentros. Fue por esa causa que antes de retirarme del lugar arrojé sobre el tronco un puñado de espinas, para que adhiriéndose a él pudieran disimular mi pena y resguardar mi pudor. 

Y cuando ya todo había concluido y me retiraba del lugar, oía tras de mí la voz de ella que le decía palabras de amor a él. Luego el sueño se fue desdibujando y otro sueño vino a ocupar su lugar. De éste sueño no guardo memoria. 

Anotación al 7 de enero de 2002 

Los niños de mis años niños hablábamos del misterio de los astros. Mirábamos el cielo en las noches estrelladas de luna ausente. Perplejas nuestras almas todavía blancas, nos preguntábamos sobre el infinito, nos afanábamos por asir las distancias con nuestras miradas. Yo sentía (ahora lo comprendo) que al mirar hacia el infinito universo también quería explorar lo infinitesimal, lo ínfimo. Lo uno era mirar hacia afuera, lo otro, hacia adentro. Y ahí, en un cierto punto, en el lugar del equilibrio, estábamos yo y mi presuntuosidad humana. 

He llegado a creer que yo era Dios y que si cerraba mis ojos las cosas dejaban de existir. Sin mí no existiría el cosmos, el orden, la conciencia. Cuando la vida me cerrara sus puertas, se aniquilaría el todo, sería la nada. Solipsismo le dicen los versados. 

Recuerdo que tales inquisiciones azuzaban mi mente niña. Aún más: yo no podía aceptar el uno, la unidad, el sitio adonde la búsqueda encuentra su fin, su indivisión y su razón; siempre podía dividirse lo que creía uno. Los genes de Leucipo me poblaban. 

En cuanto a las indagaciones sobre el tiempo, esas no ocupaban mi mente. Entonces yo no tenía presciencia de la muerte. 

Fuga y regreso en la noche del 24 de julio de 2002 

Se enrolló sobre la rama verde como si lo hiciera sobre sí misma y pronto las estrellas comenzaron a estallar aquí y allá. Unas veces se apagaban éstas para que estallaran aquellas, otras, estallaban todas a un tiempo. En un acto múltiple se manifestaba toda la vida, toda la energía del caos elemental. 

Luego las estrellas fueron chispas que saltaron desde el centro hacia afuera, y fueron también perlas que nacieron porque sí y describieron espirales hasta girar en órbitas. 

Más tarde se ocultaron las estrellas y se apagaron las chispas, las perlas abandonaron sus órbitas y lentamente se congregaron en el centro.

Y ella permaneció ahí, enrollada sobre su rama, sobre sí misma, sobre la quietud infinita del sueño. Y el universo lentamente recobró su orden y las esferas celestes volvieron a su derrota, a deslizarse por las huellas trazadas por el Uno. 

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