sábado, 26 de septiembre de 2009

De sofistas, pastores y rebaños

María Luisa Etchart (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No quisiera interrumpir vuestras adormecidas vidas ni crearles preocupaciones innecesarias. A pesar de todo lo visto, oído y leído a través de mi vida, persiste en mí el amor y la compasión hacia el ser humano, y hacia la creación toda, y nada me daría más paz que saber que todo va bien encaminado, que finalmente el mundo será un lugar lleno de justicia, luminosidad y ternura y que todo lo que ocurre es producto natural de una evolución en progreso.

Pero, así como me niego a llamarme a engaño, siento que todos estamos siendo engañados, que nuestras vidas se van vaciando de contenido, que la simple tarea de sobrevivir se ha convertido para la mayoría en algo que ocupa todas nuestras energías y nos impide reflexionar y darnos cuenta de dónde estamos y hacia dónde vamos.

Más allá del evidente orden económico injustísimo, del poder que las corporaciones sin rostro visible van teniendo sobre pueblos y gobiernos, de la proliferación de armamentos que a la par de un jugoso negocio es una manera de hacer que se maten los unos a los otros y quede más espacio disponible para los “elegidos”, del dominio de los laboratorios sobre el arte de curar propiamente dicho, con constante cambio de medicamentos cada vez más caros, estudios más complejos y la sensación de que nadie puede curarte realmente de nada sino tienes montañas de dinero a tu disposición, sentimos en nuestra nuca el aliento temible de lo que la destrucción de la naturaleza está produciendo en el planeta, como calentamiento global, constantes fenómenos de poderosa magnitud impredecibles e incontrolables, a los que dueños del poder se niegan a atender o a modificar conductas que pudieran revertir la hecatombe a la que nos dirigimos.

Más allá de guerras sin lógica que no sea la codicia, de la prepotencia imperial de la llamada super-potencia que se cree con derecho a opinar sobre intentos de modificar el rumbo y presionar o aniquilar sin miramientos a quien se oponga a sus oscuros designios, están también proliferando los pastores disfrazados de ovejas que aprovechan el desconcierto y la miseria de muchos para ofrecerles, por un módico diezmo, la certeza de que serán salvados cuando llegue el esperado combate entre las fuerzas del bien y del mal e Israel, de la mano de Jehová, sea glorificado junto con los que contribuyan a ello.

Estos pastores esgrimen la Biblia, recopilación de escritos de diferentes hombres en diferentes tiempos, plagada de contradicciones, amenazas y castigos, crueldades y arbitrariedades a pesar de llamarse evangélicos, que sería su antítesis, ya que el Nazareno justamente quiso con su prédica contrarrestar ese mensaje y hablar de “amarnos los unos a los otros”, de “poner la otra mejilla”, de si alguien pretendía despojarnos de algún bien, dárselo sin resistencia y aún más, proposiciones sin exclusiones, abarcativas de toda la humanidad.

Los pastores son una avanzada de los guerreros que atemorizan a los corderos y les prometen salvarlos y hasta les hablan de darles prosperidad económica a cambio de seguir sus prédicas, darles un diezmo de lo que ganan y estar dispuestos y hasta deseosos de que llegue el tiempo final.

Como si toda esta combinación fuera poca, también proliferan en todos los ambientes los sofistas, los que hablan, escriben y transmiten por todos los medios, insustanciales temas que pueden ir de “la sexualidad reprimida de los cocodrilos” a “los efectos de la testosterona en el comportamiento masculino”. Fácilmente los reconocerás por la vacuidad de sus dichos, de cómo hacen de un tema importante y vital algo que no nos explica nada, son los que disertan durante horas sobre los TLC, y la creación de puestos de trabajo, las ventajas de la privatización de los servicios, que cada día inventan alguna supuesta enfermedad sobre la que debemos prevenirnos, que se llenan la boca hablando sobre la educación, cuando lo único que importa, según ellos, es que hasta el último niño aprenda inglés y computación, aunque no sepa ni siquiera construir con propiedad una oración que refleje un pensamiento independiente en su propia lengua. La uniformidad ante todo, la aceptación de las “reglas de juego” sin chistar, el hacernos sentir insuficientemente preparados, no importa lo que sepamos o seamos capaces de crear, y miserables por no poder aspirar al “gran puesto” en la “importante empresa”.

Y en medio de slogans, emperadores enfermos de poder que repiten lo que otros le susurran al oído, sofistas cuyo rol es distraer de lo importante y llevarte al terreno de la trivialidad disfrazada de erudición, pastores que se creen elegidos para interpretar, según su pequeño intelecto, escrituras humanas aduciendo que fueron dictadas por un dios caprichoso y vengativo, personajes que amasan fortunas con la desdicha o la ignorancia ajena, convengamos en que atemorizados, casi diría aterrorizados, los rebaños han olvidado que tienen en sí el único elemento que podría ayudarlos a realmente vivir: la propia conciencia, la posibilidad de llegar a ser humanos por medio de la compasión y el amor, ante lo cual todo lo demás pierde sentido y se desvanece. Es realmente mucho más simple de lo que parece: basta con decir NO.

María Luisa Etchart es argentina residente en Costa Rica.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.