sábado, 26 de septiembre de 2009

El anacoreta


María Paulina Mejía (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

León Tolstoi
 
En el padre Sergio —personaje creado por Tolstoi—, nos encontramos tres elementos que conjugados determinan el devenir de su existencia: los ideales, una posición frente al padre y un imperativo que le exige la ausencia de falla. 

Igualmente en el psicoanálisis estos tres aspectos conjugados determinan una versión del superyó distinta a la que nos encontramos en el texto de Freud, Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica, versión que posteriormente reformulará en El problema económico del masoquismo y en El malestar en la cultura. 

Stepán Kasatski

La vida de este personaje toma un giro cuando la madre, a voluntad del padre quien acaba de morir, le hace ingresar al cuerpo de cadetes de Petersburgo. Es en este punto donde vemos emerger unos ideales que regirán todos sus actos en lo que resta de su existencia. La perfección, la excelencia y ser el primero en todo, serán para Stepán los puntales de su hacer y el sentido de su vida.

“Exteriormente Kasatski era como uno de tantos oficiales distinguidos de la guardia, que hacen brillante carrera; pero en su interior se desarrollaba un complicado e intenso trabajo. Este trabajo parecía haberse iniciado en la misma infancia y era muy diverso, aunque en esencia siempre se reducía a lo mismo: alcanzar, en cuanto tuviera que hacer, la perfección y el éxito ganándose las alabanzas y admiración de todos. Si se trataba del estudio, lo tomaba con gran calor y trabajaba hasta que lo alababan y presentaban a los demás como ejemplo. Conseguido un propósito, se marcaba otro... Prescindiendo del fin principal de su vida —servir al zar y a la patria—, siempre se marcaba algún otro, y, por insignificante que fuera, se entregaba por entero a él y sólo para él vivía hasta haberlo conseguido. Pero, una vez alcanzado, al instante surgía otro en su conciencia y venía a remplazar al anterior. Este afán de distinguirse y, para lograrlo, alcanzar el fin propuesto, infundía contenido a su vida.”

En este tiempo de la vida de Stepán aparece un personaje que para él cobrará una especial relevancia. El emperador Nicolás Pavlovich era un hombre que le ocasionaba un amor apasionado. Especie de padre idealizado de quien procuraba obtener su aprobación y admiración. Desde el psicoanálisis podríamos decir que el personaje asume una posición femenina frente al emperador, en tanto procura causar su amor.

“Kasatsky experimentaba el entusiasmo del enamorado, el mismo entusiasmo que más tarde había de experimentar al encontrar el objeto de su amor. Hubiera querido hacerle patente su fidelidad sin límites, hacer un sacrificio por él hasta de su vida”.

Encontramos en este primer tiempo de la obra una secuencia interesante: muerte del padre, surgimiento de ideales y búsqueda de un personaje masculino que encarne dichos ideales.

El psicoanálisis, a través de la obra de Freud, nos señala la función y origen del ideal del yo. Este surge como suplencia de la pérdida irremediable que ocasiona la ley. Suplencia que se presenta como la consistencia superior que debe alcanzar el sujeto. Representación que intenta reconstituir algo fracturado y ocultar la castración que introduce la ley. El ideal a su vez niega la dimensión del goce del sujeto, intenta domeñarla. Igualmente permite, por medio de la idealización del otro, negar su dimensión de goce. En su texto Psicología de las masas y análisis del yo Freud sitúa el Ideal del yo en el líder, como aquel que porta los atributos anhelados por el sujeto. El líder representa un Otro consistente que puede producir en el sujeto una especie de amor-adoración.

El emperador era para Stepán una especie de semidiós, un ser que representaba para él un modelo de perfección, es decir, alguien que en algún punto encarnaba su Ideal del Yo.

Igual sucedía con su prometida Mary. Esta mujer divinizada, encarnaba la pureza y la inocencia en tanto estaba por fuera del registro de las pasiones mundanas, es decir, por fuera de la sexualidad. Con ella se colmaría el anhelo de ser el primero que tocaba su cuerpo, anhelo por demás que es una especie de sustitución del padre.

Pero la vida de Stepán Kasatski cobra un giro radical en el instante en que su amada le confiesa haber sido la amante de Nicolás, el emperador. El horror y el espanto se apoderan de él, cuando descubre que aquellos dos seres divinizados se fracturan porque son seres que gozan como cualquier mortal.

El Padre Sergio

Stepán Kasatski opta por la vida monacal, para así sustraerse del mundo de las pasiones. Su propósito ahora será estar por encima de todos al sustraerse del goce. La imposibilidad de encontrar un Otro sin falta lo lleva a consagrarse a Dios.

“Al hacerse monje, hacía ver su desprecio por todo cuanto tan importante parecía a los demás y a él mismo le había parecido en tiempos anteriores, y se elevaba a una altura desde la que podía mirar de arriba abajo a quienes antes envidiaba”.

Ahora la consistencia del Otro sería buscada en Dios, y su representante, a quien se subordinó con devoción, sería el ermitaño Leonid. “En el monasterio, además de sentir que le proporcionaba la conciencia de su superioridad ante los otros, Kasatski, lo mismo que antes le ocurriera, experimentaba la alegría de alcanzar la máxima perfección, tanto externa como interna. De la misma manera como en el regimiento había sido no sólo un oficial irreprochable, sino que hacía más de lo que se le exigía, ampliando el marco de perfección, así, como monje, se esforzaba también por ser perfecto”.

Este hombre, que en adelante sería llamado el Padre Sergio, le habría imprimido una nueva versión a sus ideales. Renunciar a las pasiones sería en adelante el camino hacia la absoluta superioridad y consistencia del ser. Sin embargo, la lucha interior no tenía fin. Algo ejercía un poder extraño haciendo que él no se sintiera dueño de sí mismo, ni bajo el poder de Dios.

Este drama humano es explicado por el Psicoanálisis. Entre más se acomoda el sujeto al ideal, más la pulsión lo persigue como culpable. Es así como vemos el fracaso de los ideales como la vía para domeñar las pulsiones.

El Anacoreta

El padre Sergio se declara incapaz de luchar solo contra las tentaciones y le pide ayuda al ermitaño, quien es su responsable espiritual, el cual, a su pedido le responde que: “La causa de todo era su orgullo, le explicaba que la explosión de cólera se debía a que, al humillarse y renunciar a los honores eclesiásticos, no lo había hecho por amor a Dios, sino movido por su orgullo, para que viesen cómo era, que no necesitaba nada... No se ha extinguido todavía el orgullo mundano”.

El ermitaño en consecuencia le recomienda recluirse en una celda en la montaña. Es así como el padre Sergio se convirtió en anacoreta. Sin embargo, esta retirada del mundo no aplacaba las tentaciones. La lucha interna seguía librándose en él. Toda pasión y todo anhelo eran para él encarnaciones del diablo. En este drama siempre aparecía una voz que profería hacía él severos juicios. Juicios que lo impugnaban por mundano e incapaz de acogerse a sus ideales. Pecado que él pagaba imponiéndose cada vez más y más penitencias.

Este pasaje del personaje evoca la presencia psíquica de una instancia que a nombre de los ideales le exige al sujeto renuncias sin límites. En el texto del Malestar en la cultura, Freud propone cómo, entre más renuncie un sujeto a las pulsiones, más severo se torna el superyó. Lo que implica que esta instancia se nutre de la pulsión para ejercer su sadismo contra el yo. Esta ley implacable y severa, la cual puede estar al servicio de elevados preceptos, es el resultado de la introyección de la autoridad del padre, bajo su forma degradada. En el texto El problema económico del masoquismo, Freud nos ilustra cómo el superyó es el heredero del fracaso de la ley de la prohibición del incesto, fracaso que se revela en la presencia de un superyó hipersevero.

Encontramos en esta obra de Tolstoi un pasaje revelador que permite ilustrar los estragos que produce en un sujeto estar bajo el gobierno del superyó. Una mujer viuda decide visitar al padre Sergio con el fin de probar su santidad por medio de la exhibición de sus encantos. Cuando él escucha la voz de esta mujer, quien en tono suplicante le ruega le abra su puerta en medio de una noche lluviosa, dice: “!Dios mío! ¿Será verdad lo que he leído en las vidas de los santos: ¡que el diablo adopta la forma de mujer!?”. Esta le suplica que le dé posada por una noche, a lo que él accede con gran dificultad, asignándole un cuarto contiguo al suyo. Tantos años de renuncias no parecían servirle para nada.

“Se daba cuenta de su debilidad y de que en cualquier momento podía caer en la tentación y por eso no cesaba en sus oraciones. Sergio percibía, advertía que el peligro y la perdición estaban allí mismo, sobre él, a su alrededor, y que sólo podía salvarse si no la miraba ni un sólo instante. Pero el deseo de mirarla se apoderó de él de pronto”.

El padre Sergio decide castigar su perdición cortándose los dedos. En este drama él se presenta como un condenado por su propio juicio. La paradoja es que tampoco este acto lo libra de las pulsiones.

Luego de este hecho empezó a circular en la región la idea de que él era un santo. La gente empezó a frecuentarlo pidiéndole que sanara a algún enfermo. Su poder y fama cada vez eran mayores, retornando a él un viejo anhelo: Ser reconocido por los otros como un ser superior. Anhelo mundano que acrecentaba un profundo desprecio hacia sí mismo.

“Vienen a verme de mil verstas de distancia, de mí escriben en los periódicos: el emperador lo sabe, lo saben en Europa, en la descreída Europa”. Pensaba. De pronto se sintió avergonzado de su vanidad y de nuevo volvió a sus rezos. “Señor Rey de los cielos, consuelo y alma de la verdad, ven a nosotros; límpianos de todo pecado y salva nuestra alma. Líbrame de la funesta gloria del mundo que me domina”, repitió, recordando las muchas veces que lo había pedido y lo vana que, en ese sentido, habían resultado hasta entonces sus oraciones. Estas, hacían milagros para los demás, pero no podía conseguir que Dios le librara de tan mezquina pasión”.

En el texto La introducción al narcisismo, Freud argumenta cómo el incumplimiento de los ideales libera libido homosexual, la cual se transforma en sentimiento de culpa. Así, este sentimiento, el cual es un derivado de la angustia, se produce por la pérdida de amor frente al superyó, instancia que le exige al sujeto ajustarse al deber ser.

En otra ocasión, aparece nuevamente la tentación de la carne a la que cede sin remedio, cuando un señor lleva a su joven hija para que la cure de sus dolencias. Este episodio, en el cual el padre Sergio es poseído por la pasión, despierta en él un profundo deseo de acabar con su vida. En este instante Dios deja de existir. Declinar a lo que él considera sucio y mundano, el goce, significa para el Anacoreta la inexistencia de la perfección, por tanto, ni él ni Dios tienen derecho a existir, ninguno de los dos es un ser supremo. El encuentro con la inconsistencia del Otro, inconsistencia que lo pone de cara al goce del Otro, provoca la caída de lo que se constituía en la razón de su existencia. Se desastillan uno a uno sus ideales quedando frente a una dimensión del ser que le resulta insoportable. 

En medio de este drama, el padre Sergio cae fatigado de cansancio y sueña. Ve a un ángel que llega a él y le indica que debe buscar a una vieja mujer que conoció de niño, quien le enseñará qué debe hacer y cómo lograr la salvación. El padre Sergio toma el sueño como una visión enviada por Dios, y decide realizar lo que se le indica.

Luego de conversar con esta mujer, él le hace una confesión fundamental, confesión que significa que él es un hombre que reconoce su castración, consintiendo aquello de lo real que lo constituye irremediablemente: “Te ruego, Páshenka que tomes las palabras que te voy a decir ahora como una confesión, como palabras dichas ante Dios a la hora de la muerte. No soy un santo varón. Páshenka, ni siquiera un hombre como todos. Soy un pecador sucio, inmundo, descarriado, orgulloso, no sé si soy el peor... Pero hay que vivir. Y yo, que creía saberlo todo, que enseñaba a otros la manera de vivir, no sé nada y vengo a que me instruyas”. 

En este punto algo fundamental ocurrió en la vida del personaje. Librado de esa batalla interior, al reconocerse como ser en falta, toma distancia de sus ideales y emprende un camino que evoca a los ascetas. Seres que despojados de sus pretensiones encuentran un goce en el amor a Dios. Goce por fuera de los emblemas fálicos que prometen la consistencia del ser.

María Paulina Mejía es profesora de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia.

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