viernes, 4 de septiembre de 2009

El escritor invisible

Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Enrique Vila-Matas asegura que “lo mejor de Robert Walser es Robert Walser”. Y comprendo el juego de palabras del autor de “Doctor Pasavento” (novela de un artista de la desaparición que sigue la pista de Walser), pues Robert Walser (Suiza 1878-1956) logró asumir con su propia vida el modelo literario que deseaba, como es transitar los subterráneos, sin decir “presente”, sin gritar el nombre en medio del mercado de las personalidades.

Robert Walser sólo necesitaba escribir; por ello era adverso a la notoriedad. Nada más ajeno al famoseo de este tiempo donde sobran “artistas” y faltan espectadores. Elias Canetti recomendó respetar la renuencia de Walser a destacar. Y, por ser fiel a ese deseo, a partir de este instante, le llamaré el “escritor invisible”.

Justo es reconocer que quien me presentó la obra del “escritor invisible” fue Enrique Vila-Matas con su ya clásico “Doctor Pasavento”. Y apenas cerré las páginas del doctor en desapariciones partí en busca de algún libro del “escritor invisible”. Y me leí Jakob Von Gunten. El comienzo de un libro y la presencia de una voz que dibuja la historia de una fabrica (Instituto Benjamenta) de invisibles: “Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada, es decir que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito. Éxitos interiores, eso sí. Pero ¿qué ventaja se obtiene de ellos? ¿A quién dan de comer las conquistas interiores?”

Fran Kafka, otro buscador de la invisibilidad (efecto contrario a la imbecibilidad), destacó (en lecturas con amigos y en sus diarios) el poder creativo del “escritor invisible”. Jakob Von Gunten es un tratado irónico de la estupidización mundial; es un relato de la sistematización del quiebre de voluntades; no se puede pedir más. Había que seguir leyendo la obra del “escritor invisible”. Y me leí “El paseo”: “La naturaleza no tiene que esforzarse por ser importante. Lo es”. Luego siguieron “Los hermanos Tanner”; “El bandido” “La habitación del Poeta” y “Paseos con Robert Walser” (libro escrito por el editor Carl Seelig tras sus recorridos con el autor en tiempos cuando se encontraba recluido en el manicomio “Herisau”). Ahora ando siguiéndole la pista a los “Microgramas” (una serie de textos que realizó sin ánimo de publicar).

Sobre el “escritor invisible”, Canetti afirma que “su profunda e intuitiva aversión por cualquier tipo de altura, de elevación o de pretensión lo convierte en uno de los poetas esenciales de nuestra época hinchada de poder.” Y mientras uno lee su obra siente que la palabra se confunde con la vida vagabunda. ¿Acaso la verdadera utilidad de la palabra no será implosionar-como símbolo-y resurgir-como energía-por el vagabundeo cotidiano?

Si Arthur Rimbaud se fugó de la ciudad para convertirse en materia poética, el “escritor invisible” (como el resignado perdedor de los nuevos tiempos) llamó a la puerta de un manicomio y se perdió entre el infantil (y hermoso) bullicio de los anormales. Y con esto del “escritor invisible” se me ocurre pensar que quizá la discreta función de todo escritor sea desaparecer como autor para que su obra forme parte de todas las ficciones visibles del universo.

Edgar Borges es venezolano residente en España.

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