viernes, 4 de septiembre de 2009

El que no vive para servir no sirve para vivir: Mientras Teresa de Calcuta brilla más que el Sol, Benedicto XVI -intruso- flota en su propia oscuridad

Guillermo Guzmán (Desde Barcelona, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Calcuta era para 1948, la ciudad más pobre del mundo o al menos, una de las más pobres. Hombres, mujeres y niños desamparados, enfermos y hambrientos, morían en sus calles; cundía una hambruna infernal y, Teresa llegaría en tren, para ayudar.

Teresa había sido monja, pese a lo cual, no obstante, nunca hizo de escuálida; todo lo contrario, ella abandonó el convento, atribulada y descontenta con la mezquindad del Vaticano y decidió ser, a su modo, una monja solitaria. 

Íngrima y sin una locha (ni una rupia) en el bolsillo, dejó atrás las cuatro paredes del convento, decepcionada, aunque sin colgar los hábitos, que no eran muchos: dos saris, al principio, finalmente tres; uno para usar, uno para lavar todas las noches, cuando regresaba de los tugurios y, uno para remendar; dos juegos de ropa interior; además de un par de sandalias que ella misma remendaba una y otra vez y que además prestaba, eventualmente. Por todo  lujo, tenía un rosario y un crucifijo, una cuchara de metal, un plato y una bolsa. Más nada. 

El sari que Teresa adoptó entonces, ya no era el típico del Convento de Loreto que ella había dejado atrás, sino el que usaban las mujeres bengalíes pobres, un bicho confeccionado con algodón barato y muy fuerte, para trajinar parejo, era un sari con un par de líneas azules, si mal no recuerdo, eran dos líneas al principio pero con el tiempo, ella le agregó una línea del mismo color.

Al fin y al cabo Ella era mujer y tenía derecho a querer verse bonita. Creo que ese es el único detalle simple de su vida, pero sí lo comparamos con el boato y la coquetería del Papa y de todos esos cardenales, respecto a sus ropas fastuosas, podríamos entender mejor el que esta genial dama brillase como el Sol mientras  que el Benedicto XVI y todos sus secuaces, floten como zánganos dentro de sus colmenas, en sus oscuridades.

Ella diría en alguna ocasión, “El que no vive para servir no sirve para vivir” y, estoy seguro que esa frase estaba dirigida contra el Vaticano que le había negado toda ayuda por ella solicitada, para abrir el claustro de Loreto a los menesterosos. Razón de sobra para que una verdadera cristiana dejase el pelero. ¡Aquí está su vaina! – pudo pensar-y se largó de ahí para asumir un nuevo hábito que reemplazaba al lujoso vestido europeo que usaban las monjas de Loreto.

Parafraseando a Teresa yo le diría al Susodicho 16, ¡Toooma tu tomate!

El 16 de agosto de 1948 Ella abandonó el convento sin que nadie la viera y abordó un tren que la dejo en alguna parte de Calcuta y, nomás bajarse empezó a consolar moribundos, tal vez, sólo cerrarles los ojos; pasó toda la tarde y toda la noche entregada al deber.

Al siguiente día Teresa se dirigió a un monasterio a dónde pidió permiso para comerse un pan que traía en su mochila, y tomar un vaso de agua pero, la mandaron a comer debajo de la escalera de la entrada porque pensaron que ella era una mendiga.

Al respecto de ese incidente ella dijo “Dios quiere que yo sea una monja solitaria, hoy aprendí una lección: lo que sufre el pobre para obtener un simple refugio y comida”. Tiempo después, el Obispo dijo: “Pensamos que estaba loca. Por su parte, Ella nunca mencionó el nombre del monasterio, había más de uno.

Teresa nació en Albania y su nombre original es Agnes Gonxha que significa en albanés, capullo de flor. Viajó a Francia y de ahí a Irlanda antes de marcar ruta hacia India, desde donde su obra se escarranchó por todo el mundo. Ahora-para entonces-en Calcuta, sólo comió arroz y sal por mucho tiempo. 

Fue en el Convento de Loreto donde cambió su nombre por el de Teresa y con el cual se le conoce. Rompió con los convencionalismos religiosos de su iglesia católica y estoy convencido de que Ella complementó en su cabeza dos fuerzas inconmensurables, la intuición y la lógica, para dar el gran paso hacia la dignidad.

Para 1949, su trabajo en las calles de Calcuta había empezado a trascender, por lo que empezaron a llegar algunas jovencitas no precisamente monjas, todas; quienes inspiradas por tan sacrificada obra de amor de Teresa, empezaron a conformar un grupo de trabajo que llegó a cinco mujeres y un hombre bondadoso que, conmovido,  ofreció el piso superior de su casa para que el grupo de muchachas vivieran con cierta holgura. Michael Gomez, que así se llamaba el solidario hombre, estuvo encantado de convivir con su familia y con Teresa y sus muchachas, bajo el mismo techo.

El grupo de cinco, con Teresa, salían por el vecindario pidiendo que no botaran la comida sobrante, ellas se encargaban de recoger las sobras para alimentar a los hambrientos de las calles, trabajo que hacían con afán y cariño.

El grupo de mujeres creció hasta treinta y aunque convivían apretujadas ahí, se las arreglaban para estar contentas y, refiere él-Michael- que cuando ellas estaban en casa, andaban cantando y jugándose bromas.

Fue el 7 de octubre de 1950 cuando el  Vaticano, viendo que la obra del grupo trascendía,  oteó una oportunidad para hacer negocios y al respecto, con cinismo, se apresuró a decretar la Orden de las Misioneras de la Caridad. Es decir, que el grupo fue reconocido por el Papa de entonces. Obvió, el Vaticano se dedicó a martillar a sus compinches de grandes corporaciones y, de lo que recababa, una parte era para ellos darse la vidorra y asignaba una miseria para la obra misionera, a la que explotaba y explota todavía.

Siempre digo que yo le besaría los pies a Teresa, pese a que era monja, porque era rebelde y socialista, obvio, nunca dió su brazo a torcer como la inmensa mayoría de monjas escuálidas, descerebradas, a quienes nuestro gobierno asiste más que nadie antes y, sin embargo, andan estúpidamente protestando contra Chávez.

Teresa ayunaba para dar su comida a los hambrientos y ese es un extremo de sacrificio porque ella se debilitaba, siendo que era insustituible. Dejaba de viajar en bus, para ahorrar un dinerito que, empleaba a favor de los menesterosos. Cuando viajaba en avión, pedía a la aeromoza una bolsa para recoger los restos de comida y llevarlos para repartir.

En una oportunidad en que el Papa visitó India-1964-le obsequiaron un auto Rolls Royce que él-(se le removió la conciencia)-cedió a Teresa y, ésta, ni corta ni perezosa, lo remató y obtuvo finanzas para su obra.

En 1979 Teresa fue galardonada con el Nobel de Paz. Dijo entonces, “Me siento indigna de recibir este premio pero el dinero me servirá para alimentar a los hambrientos de Calcuta”. Huelga decir que los 190.000 $ sirvieron para adquirir alimentos y medicinas. 

Y, por si fuera poco, Ella pidió al Comité del renombrado Premio Nobel que cancelaran el banquete oficial y le dieran el dinero extra “para quienes una taza de arroz es un lujo”.

El costo del Banquete alcanzó para darles un bocadito a 15000 hambrientos.

Mientras tanto, allá en El Vaticano pernoctan sombras de inquina. Desde allí se conspira contra el derecho de los pobres a ser dignos. Inclusive trasciende que un alto prelado es SS e ignoro si se trata de un ex agente de la GESTAPO o se trata de Su Santidad, eso es algo que no puedo afirmar pero cuando el río suena es que trae piedras.

Debe el tal Papa, aclararle al mundo esa especie de que él flota en esas oscuridades del nazismo y/o hacer como el tal Pilatos.

En cambio, La Teresa Capullo de Flor, brilla tan bonito. Ojalá el Partido Socialista Unido de Venezuela-PSUV-haga nuestra la tarea de reivindicar a Teresa de Calcuta, pienso que Ella era prechavista o quizá Chávez sea postteresista. Todo, por eso de dedicar los mejores esfuerzos a favor de los más pobres y necesitados.

Y, en cuanto a benedicto 16,  ab imo pectore, cave ne cadas, au revoir.

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