viernes, 4 de septiembre de 2009

Fronteras y muros entre las personas

Emilio Romero Ele (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hay gente cuyos muros son tan gruesos que no experimentan una pizca de compasión; peor aún: confiesan que desprecian a los condenados de la tierra, los pobres. Alegan que los miserables merecen su destino, que ya sus genitores eran unos desordenados irresponsables: sólo podían generar miseria.

No se engañe: el muro siempre está ahí, marcando el límite, su límite y también el impuesto por los otros. Su propio muro tal vez sea más duro y grueso, una capa de polvo y plomo. No es insólito que lo impuesto por los otros tenga otra particularidad: presenta un foso protector. Entonces manos a la obra. Primero es necesario aliviar el muro personal; precisa ser algo más sutil, como si usted no precisase de ninguna armadura para ser un caballero andante, esos nobles que combatían las injusticias del mundo en otra época. No intente eliminar el muro más liviano; es parte de su piel, mas déjelo poroso; así facilita su propia respiración. Forma parte de sus fronteras naturales. Déjelo móvil, poco visible, como si formase parte de esa polvareda siempre suspendida en el aire que rodea el entorno de las personas. Estamos tan acostumbrados a esa polvareda ambiental que ya nos sorprendería ver a una persona sin esa neblina gris. Además, basta esa polvareda que impregna el ambiente para que usted permanezca a distancia de su próximo. 

Cuidado: jamás coloque un foso antes de sus fronteras: quedaría aún más aislado, un náufrago perdido en la inmensidad del océano. Es verdad que el prójimo se importa poco con usted, y cuando lo hace no siempre tiene las mejores intenciones, mas si los trata con respeto y gentileza acostumbran comportarse de manera similar, salvo si son matreros, sin consideración ni por el sufrimiento del buen Cristo -lo que no es insólito. El amor del prójimo, como usted ya sabe, tan invocado por el Nazareno, es un diamante raro, que todos buscan y pocos encuentran. ¿O usted ama a su prójimo? No, gusta de algunas personas, esas que le inspiran simpatía. La inmensa mayoría le es indiferente, ¿verdad? Sale de su indiferencia en aquellos momentos en que precisa compartir con sus colegas y los pocos amigos que honran su atrio interior. También en determinadas situaciones experimenta eso que enseñaba Buda y Cristo -compasión; sobre todo por los niños y por esos seres que el sistema social y su propia ignorancia condena a la esclavitud. Hay gente cuyos muros son tan gruesos que no experimentan una pizca de compasión; peor aún: confiesan que desprecian a los condenados de la tierra, los pobres. Alegan que los miserables merecen su destino, que ya sus genitores eran unos desordenados irresponsables: sólo podían generar miseria.

Quiero pensar que su muro protector es liviano, sutil, elástico, nada que tenga atrofiado su sensibilidad y su buena voluntad por el próximo. Porque si usted cierra sus fronteras con un muro macizo, pétreo, se tornará un cautivo de sí mismo.

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