viernes, 4 de septiembre de 2009

La Paz y la nenita del Nilo

Gustavo Etkin (Desde Bahía, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El recuerdo son partes de una película. Siempre partes. Pero que además de imágenes, sonidos y colores, tiene espacio, volumen y, a veces, olor. Así recuerdo aquel café, La Paz, de los años setenta. El blanco de los manteles, un mar de voces que se juntaban en un murmullo que subía y bajaba, eran olas de pedazos de palabras, a veces una entera, una risa, un nombre. Y el brillo metálico de los cuchillos, los tenedores, las cucharitas en las tazas de café. Entraba, me sentaba, y podía pasar horas, días, años flotando. Hasta que a veces una de esas voces me llamaba o alguien entraba. Nunca se sabía quién podría entrar por esas puertas. La minita de aquella noche. O de la noche pasada. Un antiguo amigo. Alguien que iba a morir. Los que entraban quedaban parados y miraban todo, mesa por mesa. Después sonreían, iban para la mesa que buscaban, había saludos, se sentaban y agregaban su voz al ondulante murmullo. Y cuando no encontraban a nadie se iban o se sentaban solos. Flotando y esperando algo. Otros parecía que no esperaban nada. Con la mirada quieta pensaban, recordaban. Como yo, a veces.

Como aquel viejito. Siempre en alguna mesa del lado de Corrientes. Miraba la gente, a veces parecía que esperaba algo, alguien. Casi todas las noches. Barba blanca, recortada. Pelo blanco, para atrás. Pedía un café, a veces un Campari. Y ahí quedaba horas, callado, mirando. Pero siempre había un momento en que hablaba en voz baja, parecía una plegaria. Cerraba los ojos y rezaba. Cuando los abría tenía lágrimas. Siempre igual. Se sentaba, miraba todo, murmuraba, lloraba en silencio.

Aquella noche me acerqué y escuché un murmullo.

- Discúlpeme señor....... no lo quiero molestar... no quiero meterme... pero, ¿se siente bien? Hasta me pareció que rezaba.

Me miró como si despertara. Sonrió. 

- No, no es una plegaria. Es un poema. De un poeta noruego, Sophus Claussen. En 1900 escribió.....ECBÁTANA.

Y en voz baja me dijo:

- Recuerdo.... Primavera cuando mi corazón juvenil para un sueño naciente buscaba una rima en la cual el esplendor, no sé de qué cielo, descendiera como un sol, ocultándose sobre Echbátana.

- ¿Qué es Echbátana?

- .....la ciudad, sus mil terrazas suspendidas, sus muros vertiginosos, sus callejones tortuosos, en lo más profundo de Persia, donde la rosa estalla, ruinas, memorias muertas, Echbátana....

- ¿......una ciudad....?

- Esa primavera, ya lejana, cuando mi alma en secreto soñaba rimas y rosas imposibles, ha pasado, aunque el aire volviera a ser claro como entonces cuando los soles se ocultaban en Ecbátana....

Ya había lágrimas en sus ojos.

- .......¡pero el sueño revivió en una primavera parisina ¡qué sabio, profundo, asirio era el mundo! abundaba la sangre del pasado más vasto....Viví todo un día en Ecbátana.

- ¿.....una época.....un tiempo....?

- Cantaba mi alma como una fiesta sublime; el sol ocultándose en los parques doraba las cimas, mi corazón se adormeció en el brillo distante de ese otro sol que muere en Echbátana.

- ....¿un lugar....?. ¿Dónde queda Echbátana?

Aquella noche como siempre el murmullo, las miradas, las sonrisas, los que buscaban, los que se sentaban, los que se iban. Se abrió una puerta, la que daba a Montevideo, y tiraron algo. Salía humo. Silencio. Alguien gritó “una bomba” y todos corrimos a la calle. Y en la esquina de Corrientes y Montevideo rodé con los otros, me revolqué por el suelo. Me tapé las orejas. Sería una explosión terrible. Ya hubo otra en el baño y murió alguien, se decía. Esperé. Esperamos en el suelo. Nada. Una bromita. O un aviso. En ese café había bolches, escuché decir que las Tres A decían. Nos fuimos levantando y despacito volvimos a entrar. Cada uno a su mesa, a su charla interrumpida. O a hablar de bombas y muertos. Pero el viejito seguía en su mesa. Igual. Rezando como antes. Me senté y siguió recitándome:

- .....pero aquel pueblo, sus leyes y sus enormes hazañas, nada entre todo que sea nuevo o fuerte, que subsista, solamente horror y vanidad en trazos cuneiformes sobre tu bello cuerpo de reina, Echbátana...

- ....¿una mujer?....

- .....pero el sueño más precioso del mundo, la rosa, la alegría, el perfume de la vida que era la rosa, solo un signo, flor abierta que la tarde marchita durante un festín real en Echbátana.

- ¿.....solo una fiesta....?

Sonrió triste.

- Estoy tranquilo y orgullosos porque he soñado con una felicidad más profunda que la de ninguno. Que las aguas del diluvio mis pasos barran, yo ya he vivido un día en Echbátana.....

Más lágrimas. Calló. Miró alrededor, por la ventana, los que iban por Corrientes, los que hablaban en las mesas:

- Pero entonces, ¿por qué llora?

- Por eso. Porque soñé. Porque sueño. Siempre sueño...

- Pero aquel poema decía que estaba tranquilo y orgulloso porque soñó con una felicidad más profunda que la de ninguno.....entonces....¿porqué está triste?

- Por eso. Porque solo es un sueño. Imagino. Pienso. Casi recuerdo. Pero nada más....El tiempo, sabe...

- Tantos tangos hablan del tiempo.....

- No se trata del tiempo de los tangos. Es otro tiempo....

(sonrió) es un tiempo muy grande....de hace mucho tiempo....el tiempo de los egipcios...esa época....

De pronto me miró. A mí. Y me dijo:

- Es una cuestión estadística. Desde que empezó la Historia, entre tantos millones de mujeres tiene que haber habido una - aunque sea una – que haya sido como yo quiero. Como imagino. Como siempre imaginé. Que la podría haber encontrado.....caminando a orillas del Nilo. Catorce, quince, dieciséis años. La cintura chiquita, el culito redondo, levantado, bien redondo, las caderas ondulando, balanceándose. Llevaba un cántaro de agua en la cabeza. Lo sostenía con una mano. El pelo negro, largo, casi hasta la cintura.....la piel, ¡ah, la piel!, marfil casi oscura, suave, suave, suave....Sus tetas altas, tan redondas, salían de sus hombros chiquitos, redondos....sus brazos finos..... Y su cara.....!ah, su cara!, y una sonrisa..... Aunque en realidad no sonreía. Estaba seria, pero aun seria, siempre sonreía con esa sonrisa sabia de reina egipcia.....su boca de Nefertiti, grande, marcada, suave, saliente. Y sus ojos negros, grandes, ovalados, de dibujito de jeroglífico. Y yo la podía haber encontrado caminado también por la orilla del Nilo, cerca de los cocodrilos y las palmeras....Verla acercarse. Pararnos. Mirarnos. Hubiera puesto en el suelo su cántaro y la habría agarrado a ella y ella me hubiese agarrado y nos hubiésemos lamido, besado, gozado desesperadamente. Y mi cuerpo habría entrado en el de ella y la habría amado como a una diosa, y ese encuentro habría sido sagrado. Único. Pero eso nunca podrá ser.... hubo un desencuentro temporal.....nunca nos vamos a encontrar ahí.....a orillas del Nilo.... nunca la voy a ver venir....nunca la voy a tener....

¿Qué le podía decir? Me levanté y lo dejé llorando.

Me fui a sentar a otra mesa, pedí un café y la vi. La volví a ver, porque ya otras veces nos miramos de lejos. La llamé con la mano. Vino bordeando las mesas, entre la gente, caminando despacio. Modigliani. Su carita ovalada de Modigliani. Fuimos a Pipo. Y a mi casa a tomar un café. Y ahí estaba, desnuda en la alfombra, su piel suave, sus piernas y bracitos finos, sentada, inclinada a un lado donde caía su largo pelo negro. Era uno de esos dibujos de Beardsley, mujeres de tinta china, de bordes negros, de largo pelo negro derramado en blancos cuerpitos desnudos, apoyadas, inclinadas, recostadas. Pensando en otra cosa. Esperando. Y ahí fui y la recorrí, la lamí, la besé, entré por todos sus finos agujeritos.

Algunas noches después en la cama comentó que poco antes había cogido con otro. Le pegué dos o tres veces. “-No te pego más porque estoy con sueño” le dije. A la mañana se fué, ofendida. No sé si porque le pegué, o porque no le pegué más.

Dos o tres años después estaba por bajar de un colectivo y una mujer, desde el asiento, me sonrió. Era una sonrisa triste, cuando solamente es con la boca. No la había reconocido. Su carita fina y ovalada ahora era gorda, mejillas rellenas. Su pelo, ahora corto, era con tonos rojos, como herrumbrado.

También le sonreí solamente con la boca, bajé del colectivo y me fui de Ecbátana.

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