sábado, 26 de septiembre de 2009

Odisea en el supermercado

Samir Delgado (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“I touch your book and dream of our odyssey in the supermarket and feel absurd”

Allen Ginsberg 

Escritos del cibercafé II

Ahora que volvemos a cierta normalidad con el inicio del curso en las escuelas del rey, que vuelven a la parrilla horaria los reality shows de consumo masivo para la agonía definitiva de nuestra fe en la caja boba y que salen a primera línea periodística los escándalos de corrupción política acumulada en el verano de las islas, nada más recomendable para quien tenga ganas de hacerse un harakiri japonés que pasar una tarde de compras en una superficie comercial, nuestra particular odisea en el supermercado.

Y es que un sábado por la tarde mal empleado puede llevarnos a una frustración de graves consecuencias para la salud, con este ritmo competitivo en el que vivimos nadie quiere quedarse atrás, por eso cuando todo el mundo está disfrutando del merecido descanso en el fin de semana, con los partidos de fútbol en directo que mantienen la masa bajo el efecto catatónico de las gigantescas pantallas de plasma en los miles de bares que parecen conjurarse en el logro isleño de un récord guinnes, parecerá que no hay mejor ocasión para evitar las colas insufribles de entre semana en el centro comercial más cercano y que deberíamos meter un giro brusco de volante hacia los parkings gratuitos con ascensor garantizado, pero no valdrá la pena, una vez dentro estamos ya realmente saltando de cabeza a uno de los peores infiernos terrenales. 

Pero al principio, allí todo parece idílico, la gente está relajada en su peldaño de las escaleras mecánicas, todo nos lo pintan como el mejor de los mundos posibles, el lugar está embadurnado con la pátina del placer a precio de saldo, da igual que se escoja entre los almacenes de propiedad francesa que el puto Corte Inglés, da exactamente igual una isla que otra, son todas igualitas: una mole de cemento que vista a vuelo de pájaro debe parecer muy horripilante, los rascacielos de la isla brotando por la geografía capitalina para desfondar a las familias asalariadas que mal llevan los pagos de sus tarjetas que una vez les concedieron de forma instantánea por la gracia del capitalismo, esa religión tan profesada en el mundo.

Cuando entramos allí resulta muy difícil contenerse en los impulsos más elementales, hay un bullicio gelatinoso que se escucha a medias con el popurrí musical de moda que por arte de magia abarca todo el supermercado, los accesos están diseñados para amenizar las horas que pasaremos entre los nuevos productos de oferta permanente, la maquinaria del sistema que inicia su rodaje en gigantescos fletes desde algún puerto lejano hasta colmar un sinfín de estanterías etiquetadas por guapas patinadoras que en su día fueron seleccionadas por una empresa de trabajo temporal, decorando con su gracia los pasillos de perfumada ambientación para la vida en nómina de muchos jóvenes trabajadores, ataviados con sus corbatas de color vino tinto y los pantalones de pinza a juego con el mismo uniforme de taquilla. Es como un hormiguero humano, entrando y saliendo, los mozos del almacén cargando los stocks en su jornada diaria que hace del centro de trabajo un artificial destino de agonías existenciales con aire acondicionado. Y los tipos de la seguridad privada, con el peso de las horas a sus espaldas y formando parte del decorado con sus walkie talkies con pilas alcalinas, todo un clásico junto a las cajeras automatizadas del mundo en que vivimos.

Esta experiencia fatídica a nadie le resulta ajena, es casi universalmente compartida pero desde ángulos distintos que allí se entrecruzan con un metabolismo alucinante, desde la happy family tirando de un carrito con productos del gourmet hasta las parejas de adolescentes del barrio que comparten su tiempo muerto en contemplar la misma mierda todos los fines de semana, vagabundeando a media tarde en la planta superior con olor a pop corns y una veintena de salas de cine comercial, tipos solitarios que se pegan al teléfono móvil con un hambre atroz y más allá las madres que pasean en sus momentos de relax mientras los chiquillos practican globoflexia a lo bruto en las actividades planificadas por el propio establecimiento.

A veces nos encontramos de frente a muchas otras personas que jamás esperamos tropezarnos en nuestra aventura cotidiana en una superficie comercial, pero ahí llega el momento del encontronazo mientras hacemos como que tampoco va con nosotros estar allí metidos, donde nos vemos arrojados a una extraña complicidad y al acatamiento de las reglas del juego, pero es verdad que para quienes no hemos vendido nuestro alma todavía al consumismo bárbaro siempre será más digerible pasarse al menos un rato de la compra en la sección de la librería ojeando de pasada algún tostón de Stieg Larsson, pero siempre de pasada como los infumables relatos de Paulo Coelho y la bazofia lírica de Antonio Gala.

Y es que estos emporios atrincherados durante la última década en los mejores rincones comerciales de nuestras islas pueden acabar algún día con el simple deseo de salir a la calle para el deleite de ir de compras, parecen estar elaboradas casi científicamente para multiplicar las pulsiones de avaricia en el cliente, ofreciendo la mejor tecnología punta a precios módicos y cachivaches electrodomésticos sujetos a créditos de pago a plazos, algo que mantiene el vínculo anímico del comprador que durante todo el año se refugiará entre los escaparates de ropa pija y restaurantes de fast food que hacen las delicias del ciudadano globalizado. 

Pero aún bajo esta despótica economía de mercado, tan asfixiante y deshumanizadora, podemos llevarnos grandes sobresaltos en una aventura sin par muy digna de las novelas de ficción, como aquél poema beat del mejor Allen Ginsberg en un supermercado de California donde maldecía la teología escondida entre las cajas de fruta y mandaba a tomar por culo a la América de las bombas atómicas. Después de todo, casi siempre nuestras primeras experiencias del mundo nos catapultan a los años en que nuestras madres nos arrullaban en el trajín dominguero de los mercadillos tradicionales, ya luego crecíamos con los recados a la panadería de la esquina y finalmente nos hacíamos mayores al perdernos literalmente entre las piñatas masificadas de cualquier tarde de sábado en un maldito centro comercial. 

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