viernes, 11 de septiembre de 2009

Reacción de los ancianos ante el envejecimiento, la enfermedad y la muerte (Parte I)

Jesús Dapena Botero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El otoño de la vida es tan rico de sentido como la primavera, aunque ese sentido y su propósito son completamente distintos.

Carl Gustav Jung

La mejor recomendación bibliográfica que puedo hacer, para abordar el estudio de la etapa senil del ser humano, sigue siendo el ya clásico libro de la filósofa francesa Simone de Beuavoir, La vejez, del cual presento un resumen que complementaré con algunas viñetas clínicas de mi propia experiencia clínica. A pesar de ser un texto publicado en 1970, cuando ella apenas entraba en la franja conocida como la tercera edad.

El envejecimiento, la enfermedad y la muerte tienden a constituirse en temas tabúes, prohibidos, en una sociedad de consumo, que se empeña en negarla, en su afán de ocultar las conciencias desdichadas, para vendernos la imagen de una conciencia feliz, que no se siente culpable de nada, ya que la sociedad contemporánea evita mostrar el malestar en el mundo, a no ser que pueda hacer de la miseria un espectáculo un tanto pornográfico, que produzca dinero; esa misma sociedad parecería sólo diseñada para jóvenes, bellos, ricos y famosos y trata a los ancianos como si fueran sus parias, a los que condena a una existencia miserable, a la soledad, a la invalidez y la desesperanza, como si no se tuviera en cuenta que son seres humanos como nosotros.

El momento, en el que la vejez comienza, no puede definirse bien; para algunos hasta comienza ya en el primer año de vida, ya que desde tan pronto empiezan a inscribirse los signos de un cierto deterioro; así, los ateromas que se hacen en las paredes vasculares empiezan a adherirse a las paredes de las arterias relativamente pronto, aún desde la niñez, para dar comienzo a procesos arterioescleróticos que van en incremento a lo largo de los años, de la duración de la vida.

Y los viejos, ya sin suficientes medios económicos tienen muchas dificultades para hacer valer sus derechos. Si ellos manifiestan y reivindican deseos y sentimientos semejantes a los de los jóvenes causan escándalo; para ellos, no parecieran ser el amor ni la sexualidad, que resultan para muchos irrisorios a esa edad, ya que lo que se pretende es vender una imagen idealizada de un venerable anciano, de cabellos blanco, rico en experiencia y en sabiduría, para ocultar la otra que se vende del viejo chocho y loco, que desvaría y se vuelve el hazmerreír de todos, dada la ambivalencia que la sociedad contemporánea mantiene hacia la vejez, etapa de la vida humana a la que mira con una mirada cargada de amor y odio.

La jubilación, entonces, entonces, más que producir alegría y júbilo, deja estupefacto al ser humano que llega a ella. Aunque la hora estaba fijada, él se había hecho el de la vista gorda y ahora estaba ahí lironda ante él, sin que nadie lo hubiera preparado para ello, situación que debería tenerse muy en cuenta para que evitar al sujeto que traspasa esa puerta el desencadenamiento de un proceso de enfermar.

Recuerdo a un maestro colombiano, quien vino a mi consulta, carcomido por la angustia y profundos sentimientos depresivos, tras un año de jubilación. Él había sido un profesor eximio de matemáticas en institutos de secundaria y había tenido una práctica política bastante interesante en las comunidades en las que le había tocado vivir. La idea que le habían brindado de la jubilación era como la de una época dorada, en la que disfrutaría sin fin de los atardeceres, de la holganza, de hacer pequeños paseos por la ciudad y, de repente, todo ello le resultaba soso y aburrido; su vida había perdido sentido y hasta en algún momento se le pasaba una peregrina idea de suicidio, lo cual hizo que tuviera que consultar al psiquiatra; pero yo, como tal, comprendí que si bien necesitaba antidepresivos y ansiolíticos, de lo que estaba más necesitado era de una psicoterapia, que le ayudara a comprender que somos seres-para-la-muerte, como lo dijera el filósofo alemán Martín Heidegger y que la conciencia que, de repente, tomamos de esa situación, al llenarnos, de veras, de una terrible angustia, ésta es la que nos permite lanzarnos en un proyecto existencial, tan vital como nos sea posible, ya que, una vez lanzados en él, no nos importa que la muerte nos sorprenda en el recodo del camino. Pero como me decía alguien en mi país:

- Doctor, lo que pasa es que la muerte no es el problema. Uno se muere y descansa. Lo terrible es la morida, la forma de morir, de envejecer, la agonía.

Lo aterrador era el proceso, la metamorfosis, y es entonces cuando la vejez aparece como una desgracia, aún para aquellos que están bien conservados, pero que temen demasiado a la decadencia física.

El viejo teme llegar a constituirse en una carga o que se les imponga un nivel de vida miserable acorde con la representación que los jóvenes pueden tener de ese pobre viejo, condenado a vegetar en medio de la soledad y del aburrimiento, como un desecho, como un detritus de la sociedad. Ello, más bien, debería cuestionar a la sociedad misma, porque como escribe Simone de Beauvoir: Que durante los últimos quince o veinte años de su vida, un hombre no sea más que un desecho es una prueba del fracaso de nuestra civilización. 

Es preciso entender que la vejez es un fenómeno biológico, que tiene consecuencias psicológicas y toda una dimensión existencial, ya que modifica las relaciones del sujeto con el tiempo, con el mundo, con la sociedad y con su propia historia. Y la vejez, como destino biológico, es una realidad, que se presenta a lo largo de toda la Historia, pero de maneras distintas en cada sociedad.

Y lo que caracteriza a la vejez, desde lo biológico, es que es un proceso irreversible y desfavorable, como toda declinación, ligado al paso del tiempo, que se vuelve perceptible después de la madurez y concluye con la muerte.

Es un período radicalmente distinto a todos los que se han vivido previamente pues desde el nacimiento hasta la juventud pareciera ser que el organismo cada vez tuviera más posibilidades de supervivencia, de fortalecimiento, de resistencia.

En la sociedad moderna, en 1909, el médico vienés, Ignatius Nascher creó una nueva especialidad en medicina, la geriatría, que se ocuparía, en adelante, del tratamiento de las enfermedades de los ancianos; al escuchar a uno de sus profesores, quien decía que nada podía hacerse por una paciente anciana; eso determinó que el novel médico dedicara su vida al estudio de la senectud. Lo que pretendía era hacer con los ancianos, lo que los pediatras hacían por los niños. En 1912, fundaría la primera Sociedad de Geriatría en Nueva York y junto a dicha especialidad comenzaría a desarrollarse una correlativa ciencia más básica, la gerontología, que no se dedicaba a la patología, a las enfermedades del anciano, sino al estudio de la fisiología del envejecimiento.

Así, el famoso médico francés Alexis Carrel plantearía la vejez como una autointoxicación, por los productos del metabolismo celular; pero pronto la gerontología no sólo se ocuparía de lo biológico sino también de lo psicológico y lo social de los ancianos, para convertirse en una ciencia biopsicosocial, convencida de que cada organismo contiene, desde el comienzo el germen de la vejez, como un proceso ineluctable, inevitable, común a todos los seres humanos, ya que las células se van modificando con el tiempo y la masa de tejidos metabólicamente activos va disminuyendo, para dar paso a una proporción mayor de tejido conectivo, con cierto deterioro de la regeneración muscular, a la vez que se van produciendo cambios bioquímicos. 

El pelo se blanquea y escasea; el cuerpo se va resecando, se va deshidratando, lo que hace que los tejidos pierdan elasticidad, entonces la piel se arruga, el busto disminuye, viene cierta atrofia muscular, ocurren fenómenos como la osteoporosis, una pérdida del calcio y minerales de los huesos, que determina una mayor propensión a las fracturas y, en especial, la fractura de cabeza de fémur, que tantas muertes ocasiona en los ancianos. 

El corazón también se altera; su rendimiento disminuye, mientras el sistema vascular padece de cambios ateroescleróticos, que afectan al cerebro, que pueden ocasionar la famosa demencia vascular o por multi-infartos y algunas formas de enfermedad de Parkinson, demencias corticales y subcorticales, según el nivel del encéfalo que ataquen. 
La arterioesclerosis disminuye la velocidad de la circulación, la irrigación cerebral y aumenta la tensión arterial y, entretanto, vamos perdiendo la visión cercana, con el avance de la presbicia, las cataratas o los cambios degenerativos de la retina. Muchos ancianos van padeciendo trastornos auditivos, que conducen a la sordera y la función sexual pierde fortaleza en el hombre, mientras en la mujer adviene la menopausia, con la merma de las hormonas femeninas, las llamadas estrógenos. Todo ello, trae consigo fatiga, en un organismo que se defiende mal de los estímulos nocivos y las agresiones provenientes del mundo externo. 

Pero… la vejez no es una enfermedad sino que es, como se dice aquí en España, ley de vida.

Sin embargo, como vemos, la vejez está asociada a una mayor frecuencia de enfermedades, como malestares indefinidos, trastornos articulares como las artrosis, por desgaste de las coyunturas, enfermedades cardiovasculares, como la arterioesclerosis, la hipertensión y otras enfermedades respiratorias, neurológicas y psiquiátricas, que le son propias.

Pero, más allá de lo biológico, la psicología del anciano también es distinta y si su salud física y mental es buena, éste, tal vez, pueda compensar algunas capacidades perdidas. 

En algunos, las facultades intelectuales se perturban, como se da en el caso de las demencias; de todas maneras la capacidad de trabajo y la capacidad de atención disminuyen, en términos generales, a partir de los setenta años, pero esta circunstancia empeora si el anciano los va abandonando. 

Es sorprendente la capacidad de la doctora Rita Levi-Montalcini, una neurocirujana italiana, quien ganase el premio Nobel de Medicina en 1986, quien casi a los cien años mantiene su actividad como investigadora o el caso una científica colombiana que sigue aún investigando en su campo, quien dice, con cierto humor, que hay que aprovechar que las neuronas aún le funcionan para seguir desarrollando el conocimiento científico; lo mismo ocurre con otra psicoanalista que conozco que ya octogenaria continúa interesada en cómo se dan los vínculos humanos y todas ellas mantienen su capacidad viajera para ir a dictar conferencias, asistir a congresos e investigar. Personajes como ellas nos hablan de una a hermosa vejez, de una ancianidad lozana, que depende del logro de un equilibrio físico y moral, así su organismo, su memoria y su capacidad de adaptación no sean las mismas de la juventud.

Pero, en ello, no sólo cuenta la capacidad del anciano sino también el contexto social en el que está inmerso, sobre todo de que el viejo sea capaz de comprender sus realidades y del significado que el conjunto social le dé a la longevidad, del lugar que se le asigne a los viejos, en diferentes tiempos y lugares.

No dejaba de constreñirme el corazón, una historia que oí de una cultura japonesa en la que los ancianos eran llevados a las laderas de un volcán para que encontraran allí la muerte, en una ceremonia autodestructiva, en la que para empezar el anciano con una piedra había de quebrarse los dientes. Se dice que los esquimales llevaban a sus ancianos a un sitio descampado para abandonarlo allí, como una estrategia de sobrevivencia para los individuos más jóvenes.

En poblaciones muy pobres se eliminaba a los ancianos. El antropólogo James George Frazer relataba que los viejos de las islas Fidji se daban muerte voluntaria, ya que pensaban que sobrevivirían en otra vida, sin esperar la decrepitud. A esto es a lo que se le ha llamado entierro viviente.

Pero, cuando la lucha contra la naturaleza se hizo menos cruel, se pudo hacer distancia y el anciano pudo comenzar a ocupar el lugar de la sabiduría e incluso, con el desarrollo de la magia y la religión, llegaría a considerárselo un ser con poderes especiales; como si los pueblos empezaran a comprender bien el dicho de que más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Los viejos sabios, los ancianos de la tribu empezaron a ser los encargados de transmitir la tradición oral, la historia, de memoria del clan, del saber, ya que la experiencia de la vida los hacía depositarios de la ciencia; se comprendía bien que la experiencia es la madre de la ciencia; en esas sociedades, el viejo era el guardián de los recuerdos del pasado y ello le hacía merecedor de todo el respeto. 

Tribus, como la de los zandas de Sudán, pensaban que los ancianos poseían conocimientos útiles y, por ende, eran los hechiceros más poderosos. Así las cosas, la edad les confería prestigio y llegaban a ser los jefes de las comunidades o se convertían en chamanes, que curaban las enfermedades.

Entre estos primitivos, el anciano se convertía en un gran Otro, poseedor de los secretos de la cultura, lo cual no deja de producir conflictos y ambivalencias, mociones de amor y de odio, y de acuerdo con ella se puede subvalorar o idealizar al viejo.

Cosa muy distinta ocurre en la sociedad postindustrial, para utilizar el concepto del sociólogo francés, Alain Touraine, para referirse a las sociedades desarrolladas, con sus fuerzas productivas, con su avanzada tecnología y su espíritu economicista, generadora de una gran alienación, donde aún gente muy joven empieza a considerarse improductiva, por no estar al tenor del desarrollo tecnológico.

En fin, vemos como la condición del viejo depende del contexto social pero cuando éste le es hostil, no se dan situaciones como con las mujeres que luchan por la igualdad, o los negros que se rebelan contra la opresión pues nunca vemos que haya asociaciones de viejos para defenderse de las hostilidades y arbitrariedades de su medio social.

La situación de la vejez en la sociedad contemporánea puede llegar a ser escandalosa, ya que nuestro mundo se desentiende fácilmente de los viejos, culpable de una indiferencia asombrosa, como si nadie pensara que él mismo ha de llegar a viejo; en la vida privada, ni los hijos, ni los nietos se esfuerzan por suavizar la suerte de sus mayores y se los trata como si fuesen una especie extraña, que inspira aún cierta repugnancia, como si al apartar al viejo, lográramos desmentir nuestro destino, que él con sus canas y sus arrugas presentifica; entonces, la vejez se desacredita como tal.

A los viejos se los trata en la práctica como seres inferiores y decadentes y el joven los tiraniza de forma solapada; mientras ante el ser humano longevo aparecen todos los conflictos no resueltos de los vínculos anteriores. Es como si el anciano se convirtiera en una caricatura del joven, en rey de burlas, no exentas de sadismo y de crueldad.

Ello hace que a los ancianos se los archive en clínicas, residencias y pensiones, que se convierten en auténticos negocios.

Recuerdo una historia de mi país. Se trataba de una anciana de clase media alta, que empezaba a tener cierto deterioro cognitivo y un día sufrió una caída en su casa, por descuido de la empleada doméstica, que la atendía, lo cual, hizo que los hijos se asustaran y decidieran llevarla a uno de estos domicilios para ancianos. 

La señora, al verse inmersa, en una institución donde la mayoría de sus compañeras eran mujeres con grados severos de demencia, comenzó a angustiarse, angustia que pudo trasmitirle a una hija médica, quien supo comprenderla pero los hermanos se resistían a devolverla a casa. 

Fue entonces, cuando esta hija me consultó para que le ayudara a pensar la situación de su madre; las cosas llegaron al culmen cuando una noche fue a visitarla y la encontró absolutamente sola, caminando perpleja, por los pasillos de la residencia, sin que hubiera ninguna enfermera por ahí cerca. Entonces, la doctora no pudo más y decidió llevarla, por su cuenta y riesgo a la casa, antes de que la deshicieran sus hermanos, ya que esa era una decisión tomada. Ello hizo que los hermanos la demandaran ante un juez por secuestro de su madre. Pero la acusada, nos nombró testigos, para su defensa, a una psicóloga, amiga de ella y a mí, quien funcionaba como su terapeuta. Ambos defendimos los derechos del anciano, de tal manera que nuestro testimonio fue más bien una cátedra para los abogados y la juez dictaminó la inocencia de la hija fiel, a la vez que ordenaba a los acusadores hermanos, que siguieran pasando una cuota mensual para el manutención de su madre y el pago de una terapista ocupacional, que le ayudara con ejercicios para evitar el deterioro cognitivo y unas enfermeras que cuidaran de la señora, cuando la hija no pudiera hacerse cargo de ella; lo cual fue un triunfo del bien sobre el mal, lo que no debería ser una excepción.

Ahí vemos como los ancianos se vuelven objeto de una explotación, con lo cual no quiere decir ésto que haya que rechazar las instituciones asilares para ancianos de plano; hay veces en que son absolutamente necesarias. 

Yo atendí en mi país durante muchísimos años a una mujer psicótica, que estuvo estabilizada durante muy buen tiempo, a pesar de que, por momentos se tornaba delirante, con delirios persecutorios. Ella había sido costurera a domicilio, pero cuando la sociedad industrial, llevó a este gremio a la extinción, con la venta de prêts a porter, de prendas para llevar, con la fabricación en serie y no hechas a la medida, mi paciente se quedó sin trabajo y sin jubilación; la buena fortuna hizo que unas de sus clientes se asociaran para pasarle una pensión bastante generosa, que daba cuenta de la buena fe de estas señoras; pero, con el correr de los años, Ana, nombre que le daré, empezó a presentar una arterioesclerosis cerebral, que evolucionaba hacia una demencia; ella vivía sola con una hermana, tan anciana como ella, en unas condiciones paupérrimas y se iba a las calles a pedir limosna, por el barrio, donde empezaban a rumorar que estaba loca y aún se hacía el hazmerreír y objeto de la crueldad de los muchachos. Hablé con las señoras que la patrocinaban y acordamos llevarla a un asilo decente, donde la mujer estuvo protegida hasta su muerte.

Estos son problemas a los que cada vez tenemos que enfrentarnos más, en la medida en que la edad promedio de muerte se desplaza hacia una mayor edad, con un envejecimiento de la pirámide poblacional, de la que la salud pública ha de ocuparse, ya que es un deber de la sociedad hacerse cargo de los viejos, sobre todo cuando sabemos que la edad suele acarrear trastornos y patologías.

Hay que tener en cuenta que los ancianos tienden a marginarse por temor a cometer errores, que tardan más que los jóvenes en tomar decisiones y que su tiempo de reacción es más lento, así puedan suplirse sus deficiencias con instrumentos que puedan facilitarle la existencia, como anteojos, audífonos y otros adminículos, cosa que podría aumentar su capacidad laboral, ya que la jubilación temprana muchas veces lleva a un mayor deterioro de la facultades cognitivas y afectivas; el gran problema es que el interés productivo de la sociedad capitalista, en la medida en que merma el rendimiento del anciano, hace que se lo margine del mercado laboral, condenándolo al desempleo, lo que los convierte en una especie de parias; es de ahí, que la pobreza de los ancianos sea uno de los problemas más persistentes y difíciles, cosa que se agrava cuando éstos tienen que vivir en soledad, mal alimentados, con dificultad para cuidar de sí mismos, mientras que avergonzados por la pobreza, evitan todo contacto social, después de haber tenido una existencia normal, mientras la sociedad opulenta les los excluye de la repartición de los frutos de la abundancia y los lanza a la supervivencia más bruta y nada más.

La situación se agrava con la ruptura de la unidad familiar, los problemas de la urbanización, de la vida en grandes ciudades, que aumenta el anonimato; lo cual no deja de ser una lástima pues la unión familiar de los conglomerados más campesinos hace que haya un contacto transgeneracional, que proporciona a los jóvenes la ayuda de sus padres, aunque ello no deja de ser conflictivo en muchas ocasiones, ya que los viejos muchas veces se niegan a la utilización de los instrumentos que da una sociedad más moderna o tratan de imponerse sobre las generaciones más jóvenes.

En las urbes, muchos de ellos son viudos o solteros y las parejas de ancianos tienden a aislarse, con lo cual sus vínculos muchas veces se vuelven tiránicos o celosos. 

En una encuesta realizada en París en 1968, se encontró que estas personas de edad, en una gran proporción, no tenían ya ninguna relación social, no recibían jamás una carta, fuera de la correspondencia administrativa, tampoco recibían visitas de nadie y no conocían a casi nadie de su entorno.

En la década de 1980, una compañera de medicina fue a especializarse en la capital francesa, y en el edificio donde vivía había una anciana, a la que mi amiga veía subir las bolsas del mercado con dificultad; mi colega se compadecía de ella y le ayudaba a subir sus cosas hasta el piso en que la vieja vivía, con lo cual establecieron algún diálogo. La hija de la mujer vivía en París mismo pero nunca la visitaba y un día empezó a impregnarse el edificio de cierto olor a podrido, por lo cual los vecinos dieron aviso a la conserje, quien llamó a la policía, la cual forzó la puerta y encontraron el cadáver de la anciana, quien empezaba a fermentarse; la señora había muerto de repente, sin poder dar aviso a nadie, en la más absoluta soledad. 

Estas historias de la vida real hicieron pensar en la alternativa de las residencias pero en los Estados Unidos, hacia 1950, las personas de edad empezaron a ser instaladas en especies de ghettos, en alojamientos colectivos, sin tener en cuenta que para el anciano la vivienda es un asunto sumamente importante.

Para el anciano que no puede cuidar de sí, ni bastarse a sí mismo, ni física ni económicamente la única solución pareciera ser el asilo, que en la mayoría de las partes son morideros inhumanos, habitados por enfermos e inválidos, lo cual hace que el asilo se constituya para ellos en una verdadera pesadilla, que ocasiona grandes shocks psicológicos, en ámbitos sociales donde la mortalidad aumenta de una forma considerable, ya que los ancianos no toleran ese modo de vida, con reglamentos estrictos, con rígidas rutinas y visitas dosificadas, que era lo que pasaba a la madre de mi colega, quien añoraba con ansiedad su hogar, su casa. 

La inactividad dentro de los asilos puede conducirlos a un estado de cosa, en el que pierden su condición de sujetos y los conduce al deterioro senil de una forma galopante Es bien sabido que muchos de viejos aprovechan las salidas de la institución para irse a beber, lo cual les sirve, en la euforia alcohólica, de lenitivo para las ansiedades depresivas que le toca tolerar en la vida cotidiana.

La vida comunitaria es muy mal tolerada por muchos de ellos; ella los hace sentirse desdichados, ansiosos y si no recurren al alcohol, encuentran otra manera de defenderse en el replegarse sobre sí mismos, aislados del mundanal ruido, inertes, lo cual, muchas veces, los torna paranoides, por las ansiedades persecutorias que padecen, de tal manera que la vida asilar no está exenta de conflictos. Ellos se sienten muy violentados por no poder contar con una vida privada.

Muchos se tornan regresivos, vuelven a tener actitudes infantiles, abandonan el control de esfínteres y llevan su pasividad al extremo, mientras la Administración los abandona en el terreno moral, sin que haya salas donde puedan reunirse, donde se les propongan distracciones ni tengan monitores que se ocupen de ellos; para evitar el desmoronamiento moral, que se da a pasos agigantados desde el internamiento, que muchas veces los reduce a una vida vegetativa.

La vida asilar, en otras ocasiones, los lleva a una perdida de la identidad.

La jubilación también contribuye a ello pues pierden lo que constituye el centro de su propia vida, lo que los hace realmente ser, y cae como un mazazo en la vida de los ancianos, ahora no saben cómo emplear el tiempo, y se deshabitúan completamente, sienten que ha comenzado su decadencia, ya que pierden el lugar que han tenido en la sociedad, su dignidad, y esto casi les hace romper con el juicio de realidad. 

No hay duda de que el momento de la jubilación se constituye en un momento crítico para los seres humanos, como lo señalara Balzac en Les petites bourgeois. La ociosidad pesa, junto con el descontento por la pobreza, con grandes sentimientos de aburrimiento y de autodevaluación.

Muchas mujeres temen que sus maridos se jubilen; bien saben que el nivel de vida bajará, que habrá preocupaciones económicas, que se les vendrá todo el tiempo encima, que habrá más trabajo que hacer en casa mientras muchos de los viejos se hunden en la hipocondría. Por ello, muchos gerontólogos consideran a la jubilación nefasta, ya que eleva el índice de mortalidad o conduce a depresiones duraderas, ya que el sujeto está enfrentado a todo un duelo, obligado a volver a situaciones de dependencia, a la que puede asociarse un deterioro de la salud.

Para contrarrestar eso, sugieren que el anciano conserve sus actividades, cosa que no entendieron en un pueblo colombiano donde trabaje de joven. Un día me llevaron a una anciana con una desnutrición severa, lo cual me servía de indicio de que algo pasaba en el asilo donde vivía. Propuse entonces al cura párroco, de quien dependía la institución, que me permitiera hacer con los ancianos del asilo una especie de psicoterapia de grupo, que empezó a funcionar muy bien, a pesar del disgusto de la directora del asilo, una antigua prostituta, que se oponía a dicha actividad, pues podía intuir que los viejecitos podían empezar a cuestionarla. La desnutrición de la anciana llevó a los otros viejos a empezar a quejarse de la mala alimentación que les daban, por ejemplo, no tomaban leche; entonces alguno de los hombres del grupo dijo que él era experto en cuidar vacas y que en los predios del asilo podrían tener una o dos vacas, cosa que fue celebrada y aprobada por sus compañeros pero ya no hubo más reuniones, porque el sacerdote me llamó a decirme autoritariamente que suspendiéramos esa actividad grupal, sin darme ningún tipo de explicaciones aunque yo me dí perfecta cuenta de que la reflexión grupal y el volver a darle la palabra a los viejos resultaban siendo acciones demasiado subversivas para el establecimiento, que no podía comprender que el trabajo, en el ser humano, viendo siendo una función fisiológica.

Lo que no sabían era que cuanto más elevado es el nivel intelectual de un individuo, más ricas y variadas son sus actividades y que la inactividad acarrea la apatía, que pude llevarlos por un torbellino descendente. 

Alexis Carrel comprobaba que el exceso de tiempo libre era más peligroso para los viejos que para los jóvenes, ya que cuanto más tienen, menos capaces son de ocuparlo y el aburrimiento les quita el gusto de vivir y de distraerse.

Una alternativa contra esto podrían ser los centros diurnos; muchos de los ancianos que antes dormitaban y no hacían nada, al entrar a ellos, empezaban a leer, a mirar la televisión, a participar en movimientos sociales; la vida mejoraba con las actividades culturales, con las manualidades, con los ejercicios físicos. Es importante poder realizar acciones útiles; tal vez, ésto es algo que deberían saber los sindicalistas, que al reivindicar derechos se olvidan de la importancia del trabajo para el ser humano.

Desde hace tiempos se sabe que en las sociedades ricas, desarrolladas, el suicidio es más frecuente en la población anciana y que llega a ser una causa de mortalidad importante, muchas veces precedido por cuadros depresivos de mayor o menor grado, en tanto y en cuanto, el viejo siente que le es difícil modificar las condiciones de su existencia, que una golondrina no hace verano y no hay asociaciones de viejos.

Y la edad se apodera de nosotros por sorpresa, como algo difícil de asumir, ya que nunca pensamos que era para nosotros. El viejo siente que se ha convertido en otro pero siendo él mismo pero si la adaptación se ha operado sin tropiezos, el sujeto que envejece casi ni lo nota; es como si la pendiente fuera muy leve, casi imperceptible; somos hoy como ayer y mañana como hoy; se avanza sin sentirlo, como escribía Madame de Sévigné, quien añadía que sólo los cambios bruscos pueden destruir esa tranquilidad.

Usualmente pensamos que es el otro el que es viejo, ya que ese apelativo suena como un insulto; por eso, cuando a alguien se le dice viejo monta en cólera pues cuando se está bien dentro de la piel, cuando se está satisfecho, en buenas relaciones con el medio, la edad es algo abstracto y hay que hacer un gran esfuerzo para convencerse de que se tiene la misma edad, de aquellos que considerábamos muy viejos cuando éramos jóvenes.

Para muchas mujeres, la vejez viene a ser una descalificación radical y tratan de engañar a todos con su manera de vestirse, de maquillarse, con su mímica para convencerse a sí mismas, de una manera narcisista, que escapan a la ley común; es bien sabido que casi ninguna mujer mira la vejez con complacencia.

Hay personas que se avejentan prematuramente por el miedo que tienen a envejecer, pero hay otras que luchan contra ella, como sucedía al viejo hermoso Walt Whitman; para él, la poesía, la amistad, la naturaleza eran razones para vivir, a pesar de la declinación de la que era consciente y su corazón se mantenía alegre. 

Giovanni Papini, en su vejez, mantenía deseos de aprender y de trabajar; algunos ancianos viven los últimos años de su vida como todo un desafío, un poco a la manera de el protagonista de El viejo y el mar de Ernest Hemingway, quien decía que un hombre puede ser destruido pero no vencido, a diferencia del autor de dicha novela, quien, a pesar de toda su vitalidad, no toleró la herida al amor propio que supone la vejez, por no sentirse cargado de la exuberancia juvenil y la virilidad que lo caracterizaban; aunque es cierto que luchar contra la declinación, la retarda, ya que lo físico y lo anímico están profundamente unidos.

La libido, el apetito sexual de los viejos disminuye en el sentido de lo genital, pero los hombres y mujeres mayores tienen un recuerdo de ella y además pueden recurrir a otro tipo placeres como los pregenitales.

El viejo desea desear si su vida genital le ha sido satisfactoria pero, los que se entregaban a ella con miedo o repugnancia, sienten un alivio de refugiarse en una castidad que, ahora, les parece normal.

La actividad sexual produce en el sujeto un aumento de la autoestima, ya que el amado se siente amable y se da sin reticencia al amor; sin embargo, la mayoría de los ancianos no quieren ser vistos como viejos verdes y dar una imagen desfavorable de sí mismos los disuade de ser seductores; por ello, muchos viejos se pliegan al ideal convencional que se les propone, ya que los deseos, que los avergüenzan, los niegan o reprimen.

La frecuencia de coitos disminuye con la edad, en tanto y en cuanto, sienten la libido debilitada y notan cierta involución de sus órganos genitales aunque los casados buscan más el amor que aquellos a quienes los ha sorprendido la vejez solteros o viudos, ya que se protegen de heridas narcisistas ante la imposibilidad de llegar a una erección, de mantenerla y poder satisfacer a su pareja. Sin embargo, aún hombres casados mantienen su actividad sexual muy espaciada o anulada, sobre todo si el envejecimiento se acompaña de fatiga física o mental, de preocupaciones y achaques; además el envejecimiento de su pareja puede resultarles poco atractivo.

La viudez suele producir un traumatismo, que aparta al viejo o a la vieja de toda actividad sexual, ya que han perdido en su mayoría su poder de seducción; si buscan aventuras, sus tentativas no duran y dudan en correr el riesgo. 

Una solución por la que optan muchos es el onanismo, la masturbación, aún entre las personas casadas, en tanto y en cuanto, el coito les resulta una operación mucho más compleja y difícil, puesto que es una relación con un otro.

La condición social del sujeto influye en sus actividades; mientras más pobres sean, mayormente tratan de mantener su actividad sexual, ya que están menos condicionados por las mitologías sexuales de los burgueses y la vida sexual se prolonga cuanto más rica y feliz haya sido; si el sujeto ha habido una gran complacencia narcisista, abandona la actividad sexual cuando no se considera atractivo para la pareja; si sólo ha querido afirmar su virilidad o su virtuosismo en las artes amatorias, su poder de seducción, el triunfo sobre los rivales, se alegrara de poder abandonar esas actividades. El macho ya no encuentra en el coito un placer tan violento y entonces acude a la búsqueda de satisfacciones indirectas y con mayor razón si es impotente; entonces se complace con lecturas eróticas, con obras de arte libertinas, con chistes picantes o frecuenta a mujeres más jóvenes, con las que tiene encuentros furtivos o se entrega a actuaciones del tipo del fetichismo, del sadomasoquismo y del voyeurismo, como una regresión a la sexualidad polimorfo-perversa infantil que les facilita la vida, como alternativas de búsqueda del placer.

Muchos de estos viejos, como el informe Kensey lo revela, en la medida que son impotentes acuden a la paidofilia, y son culpables de muchos de los acosos sexuales a niños, aún de sus propios nietos, con lo que violan el tabú de la prohibición del incesto.

No es raro que aparezca el exhibicionismo como fenómeno que acompaña la vejez, algunas veces con cierta cuota de sadismo, cuando se goza con la provocación del escándalo, al mostrar a las mujeres su miembro en erección, pero también hay una variante masoquista, que goza al mostrar la flaccidez de su miembro y presentarse como verdaderos ecce homos, que se convierten en verdaderos reyes de burla y se colocan en el lugar del escarnio.

Pero no siempre los amores de los viejos están condenados al fracaso, bien lo demuestran la novela de Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera, en la que Florentino Ariza puede vivir una relación postergada con Fermina Daza, o en las películas Volver a empezar (Begin the beguine) de José Luis Garci, película española, merecedora del Óscar a la mejor película en lengua extranjera de 1982, en la que un premio Nobel de literatura retoma el amor por una mujer, con la que hubo de interrumpir su relación a raíz del exilio y en la producción hispano-argentina de Marcos Carnevale Elsa y Fred, del 2005, en la que dos ancianos tienen un encuentro fortuito en Madrid y viven un romance que ellos viven como la última oportunidad de ser felices, pese a las iniciales resistencias del hombre, quien termina por hacer de lado su hipocondría y vivir con plenitud sus últimos años, ante la insistencia de la mujer, la cual nos permite rescatar la idea de la posibilidad del amor a cualquier edad, sin caer en estereotipos.

En el terreno de lo psicopatológico puede desarrollarse una perversión propiamente dicha, cuando se fija un tipo de conducta sexual indirecta o pueden aparecer delirios erotómanos, en el que se sienten objeto de amor de muchas personas del sexo opuesto o delirios de Dorian Gray, de eterna juventud, que sirven para restituir la falta de aquello de lo que carecen en realidad, la juventud.

Incluso, tengo en mi memoria la historia de una pareja de la vida real. 

Ella era una mujer viuda hacía más de veinticinco años, señora muy de su casa, absolutamente fiel al recuerdo de su marido, a quien va a visitarla un anciano, que buscando a sus amigos de juventud, los hermanos de ella, se encuentra con el hijo de ésta, quien le da su dirección. Los viejos empiezan a verse todos los días. Él vive en una residencia para ancianos, donde lo han llevado sus hijos y todos los días hace su camino para hacer una visita matinal a su amada, quien lo recibe un rato. Nadie se entera de los encuentros, salvo la hija soltera que un día, vuelve por algo a casa y los encuentra. La joven se muestra bastante tolerante con la relación hasta que un día la señora le dice que piensa casarse. La hija le expresa cuánto se alegra de que hayan tomado esa decisión pero los demás hijos de la señora se preguntan si ambas han enloquecido, ya que la señora tiene ochenta y un año y el caballero, noventa y uno. Temen que el hombre haga una demencia en casa de su madre, que se enferme y se vuelva una carga; sienten vergüenza ajena por el show que armaran los ancianos y, de seguro, sienten celos que el padre muerto sea sustituido por un hombre vivo. La anciana sospecha que temen por la herencia y hace el testamento para calmar los ánimos pero los hijos insisten que se trata de una chochera de vieja. La mujer los cita a todos a una reunión, los escucha y, muy digna y circunspecta, termina por decirles que ella no fue consultada para los respectivos matrimonios de sus hijos, que cada cual se casó con quien quiso, sin que ella hiciera ninguna objeción; ahora la mayoría viven en otras ciudades del país y la hija soltera se mantiene tan ocupada, que ella tiene que vivir largos ratos de soledad, de tal manera, que ella sólo desistirá de su boda si esta hija, que vive con ella se opone; le da entonces la palabra a ésta y como ella consiente con el matrimonio, la ceremonia nupcial se celebra en la sacristía de la iglesia, para tener cierta privacidad. En adelante, la pareja vive trece años juntos, se van de paseos por los pueblos de la provincia en autobús, disfrutan de la compañía, reciben las ternezas de los parroquianos, conmovidos por aquel amor en los tiempos del cólera, que se da en la realidad, que hace a cada uno soñar que podrá no estar solo en su vejez, hasta que un día, casi de repente el hombre muere a los ciento cuatro años y su mujer lo sobrevive otros diez más. Y esta no historia no es inventada, que es la de mi propia suegra.

Jesús Dapena Botero es colombiano residente en España.

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