viernes, 18 de septiembre de 2009

Reacción de los ancianos ante el envejecimiento, la enfermedad y la muerte (Parte II)

Jesús Dapena Botero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Así pues vemos que los amores de los viejos no siempre están condenados al fracaso y que aún la vida sexual puede prolongarse muchos más años, ya que sexualidad, salud y vitalidad van unidas y la vida sexual se prolonga por largo tiempo cuando ha sido rica y siempre que haya ganas de no morir desacompañado.

Que la impotencia no anula el deseo nos lo demuestran las novelas japonesas de Tanizaki, La condición impúdica (1956) y El diario de un viejo loco (1963) como también La casa de las bellas durmientes (1963) de Yasunari Kawabata, que tienen como secuela la novela de Gabriel García Márquez Memorias de mis putas tristes (2004) sobre la base del erotismo japonés, mezcla extraña de pudor y lujuria, donde los personajes miran con deseo el cuerpo femenino, lo llenan de caricias y aman hasta la muerte, ya que saben que aunque sean impotentes, persiste una vida sexual, ya que mientras estén vivos no pueden dejar de sentirse atraídos por el otro sexo y obtienen satisfacción por medios pregenitales e indirectos; así pueden revivir los recuerdos de una juventud cercana.

Pero también entre los homosexuales se conocen ejemplos de vida amorosa en la vejez pero la sexualidad de la mujer parece menos afectada en la vejez, dado que, según Kinsey, a lo largo de la vida, en la mujer hay una mayor estabilidad sexual que en el hombre, y en la senectud sus posibilidades de deseos y placer son las mismas y, según Masters y Johnson, si bien la respuesta sexual humana disminuye con la edad, la mujer sigue siendo capaz de acceder al orgasmo, sobre todo si tiene un estímulo sexual eficaz y regular. 

En ellas, puede aparecer dispareunia, a causa de la disminución de las secreciones vaginales, el adelgazamiento y la sequedad de las paredes vaginales y las contracciones espasmódicas del útero, que producen dolor con la penetración y, a veces, aún sangrado, situación que puede mejorar con uso tópico de estrógenos y lubricantes. 

También puede hacer su aparición la disuria postcoital, un dolor quemante, por la fricción en una vagina con paredes más débiles, que alcanzan a irritar la uretra, que puede tratarse de igual manera.

Para la mujer, el juego pregenital suele ser muy satisfactorio, ya que ellas lo valoran mucho más que los hombres. Sin embargo, de acuerdo con el informe Kinsey, las relaciones sexuales entre las ancianas son menores que entre los viejos, dada la condición de objeto sexual de la mujer, que, con el envejecimiento pierde valor a los ojos de los varones; de igual manera, los deseos sexuales persisten en la vejez de las mujeres homosexuales.

Los deseos sexuales de la hembra humana pueden estar reprimidos pero nunca se apagan y algunas pueden padecer de delirios erotómanos, cuadro psicopatológico en el que el sujeto afectado está convencido de que otro u otros individuos están enamorados de él.

Y bien sabemos que hay todo un vínculo entre sexualidad y creatividad, hace falta cierta agresividad, que tiene que ver con la libido, que liga con el mundo.

El hecho de que la pareja conyugal tienda a unirse más con las enfermedades, el aislamiento subsecuente a la jubilación y la partida de los hijos, hace que el vínculo se estreche tanto que alcance niveles simbióticos, que hacen que muchas veces la muerte de uno se siga de la muerte precoz del otro, aunque una convivencia tan estrecha les ocasione más tormentos que felicidad. Aún para parejas que han vivido felices y unidas, la vejez puede llegar a ser un factor de desequilibrio y la inseguridad de perder al compañero conyugal puede ser que aparezcan celos patológicos.

De otro lado, la edad modifica nuestra relación con el tiempo, ya que con el correr de los años, el futuro se reduce y el pasado se aumenta; como diría el poeta colombiano, Rafael Pombo:

Y esta pobre viejecita
cada año, hasta su fin,
tuvo un año más de vieja
y uno menos que vivir…

O como escribiera el poeta griego Konstantin Kavafis:

Los días del pasado son
esas velas apagadas.
Las más cercanas todavía humeantes,
las más lejanas encorvadas, frías,
derretidas.

No quiero verlas. Me entristece
recordar su brillo…

Y es que los viejos tienen una larga tras de sí y por delante una esperanza de vida muy limitada; pero ese pasado no es nada más que recuerdos, es lo que se ha dejado atrás y la única de poseerlo es poderlo incluir en un proyecto, al presentificarlo, al rememorarlo.

Y el tiempo ya no pasa de igual modo; la vida pasa rápido

La muerte de los otros, cosa tan presente en la vejez, constituye una ruptura brutal con el pasado; la muerte de un amigo, de un allegado, nos priva de su presencia y de toda esa parte de vida compartida; la muerte de los más jóvenes, sobre todo si los han engendrado, criado o ayudado a formar, significan la ruina de toda una empresa y hace vano cualquier esfuerzo, pues con ellos se marchan las esperanzas depositadas en ellos.

La infancia vuelve a obsesionar a los ancianos pues tanto sus conflictos como los de la adolescencia despiertan, hasta llegar a marcar un destino patológico. La infancia podría devolver un porvenir sin límites. El viejo sabe de su finitud, que el niño y el adolescente ignoran; el anciano ve reducirse su universo y dispersarse sus proyectos, sabe que su vida está hecha y que no podrá rehacerla, que el porvenir no es largo, ni henchido de promesas; el futuro está limitado a muy corto plazo. La situación puede llegar a ser asfixiante.

Pero ciertos imperativos se imponen con fuerza, bajo las órdenes de:

- Ese trabajo debe ser realizado.
- Esa obra concluida.
- Esos intereses han de protegerse.

para cumplir con un proyecto identificatorio preestablecido.

El viejo puede sentirse agarrado por la angustia, ya que tiene que hacer un esfuerzo contra reloj, sin tregua alguna y, así las cosas, puede perderse todo sentido del ocio.

Nuestros proyectos pueden apuntar a fines que se sitúan más allá de nuestra muerte. 

Se vive un momento, en el que el ser humano no puede contar con una especie de eternidad, pues el movimiento de la historia singular se ha acelerado y el mañana destruirá lo que se construyó ayer; la célula familiar ha estallado y el hijo no recomenzará lo que ha hecho el padre, asunto del que se tiene plena conciencia; la propiedad será vendida; el negocio será liquidado, como todas las cosas que constituían el sentido de su vida; sólo si ha criado a los hijos en libertad, tendrá la satisfacción de que la vivan a plenitud. 

El padre no se reconocerá ya en su hijo, mientras la nada, la NADA va ganando terreno, como lo hiciera con Fantasía, en La historia interminable, a sabiendas que la nada es NADA, ausencia de todo, no ser, carencia de todo, sin que podamos ofrecerle al anciano un destino distinto, ningún lenitivo para ello.

En un mundo móvil como el de hoy, el devenir individual no coincide con el social y el viejo ya se encuentra retrasado con respecto a él; el anciano ya camina lerdo mientras la humanidad no es monolítica; las nuevas generaciones se sienten libres del pasado y toman la antorcha para el relevo en la maratón de la vida, en su afán de superar la generación anterior.

En el campo del conocimiento, el viejo ha empezado a atrasarse; cada vez se torna más ignorante, en la medida que los descubrimientos científicos se multiplican, en la medida en que las ciencias se enriquecen, a pesar de todos los esfuerzos por conocerlas.

Entonces el viejo se queda en la cola de la sociedad; la industria y el comercio superan con creces la formación del artesano o el comerciante que fue; los profesionales se tornan caducos; en las carreras donde se requieren grandes aptitudes físicas, la involución biológica se hace determinante; muchos terminan por retirarse del todo. Se dice que es muy difícil que un sabio invente algo en la vejez, aunque el científico haya optado por lo universal, captado a través de símbolos y conceptos, aunque trabaje aisladamente no está solo sino que participa de una obra colectiva pues el hombre de ciencia no es un aventurero, sino alguien que retoma la obra de sus predecesores mientras otros investigadores lo acompañan, que como él dominan el conjunto de conocimientos, que constituyen su especialidad y descubre en ellos fallas y contradicciones, que trata de repensar y solucionar de alguna manera pero, con la vejez, tiende a aferrarse a viejos modelos, que pueden devenir acientíficos e ideológicos pues, paradójicamente, con la vejez uno se vuelve más libre y menos libre; más libre con respecto a los otros, pero menos libre con respecto a sí mismo, ya que se necesita mucho valor, mucho coraje y mucha pasión para demoler de arriba abajo los conocimientos adquiridos, cosa en la que los jóvenes están en mejor condición de hacerlo. Así, el hombre de ciencia choca con resistencias íntimas; sus hábitos intelectuales lo hacen obstinarse en métodos caducos; la especialización le veda la lectura de trabajos paralelos, así su conocimiento sea necesario para introducir alguna innovación. La vejez se convierte en un verdadero obstáculo epistemológico, en el sentido que le diera a este concepto, Gastón Bachelard.

La defensa de sus esquemas conceptuales, referenciales y operativos hace que el viejo científico contraríe el progreso de la ciencia; por ello, Bachelard decía que los grandes sabios son útiles a la ciencia en la primera mitad de su vida y perjudiciales en la segunda, ya que aún grandes inteligencias tienen dificultad para marchar con su tiempo. Aprender y enseñar cosas que no pueden aceptarse en lo más íntimo de uno mismo, siempre es cosa difícil.

En cambio el filósofo pareciera tener un destino distinto al del hombre de ciencia, ya que el pensador se coloca en una posición ambigua con respecto a la ciencia a la que defiende y crítica; la acepta como producto humano pero la niega que sea el reflejo de la realidad en sí, de la esencia de las cosas mientras el científico no pone en tela de juicio, al sujeto cognoscente, al hombre, que el filósofo sí cuestiona.

En cuanto a la creación literaria, a pesar de las diversas posibilidades, la vejez no pareciera favorecerla, ya que escribir es una actividad compleja, que implica una tensión entre el rechazo del mundo y un llamamiento a los semejantes, lo cual es, desde el vamos, una posición difícil, que implica a las pasiones, exige fortaleza, cosas que la vejez reduce y el escritor puede repetirse alienado por sus intereses ideológicos, cosa contra la que Simone de Beauvoir se rebelaba. 

Pero lo cierto del caso es que todo literato escribe desde su singularidad y es él, entero, el que está en su obra, tal como la vida lo ha hecho o él la ha elegido, ya que todos cambiamos pero sin perder la identidad y la obra finalmente está afectada por la finitud del escritor.

De todos los géneros literarios, el que pareciera más contraindicado para la persona de edad es la novela aunque hay honrosas excepciones. La gran obra de José Saramago empieza a escribirse a los sesenta años del autor, al igual que la de Daniel Defoe y Miguel de Cervantes escribiría el Quijote muy cercano a esa edad. 

En los músicos se ha observado que su obra progresa con los años, ya que ese arte requiere, para llegar a la maestría y la originalidad, de un largo aprendizaje

Los pintores, en cambio, no están sujetos a reglas tan estrictas pues también requieren de un largo tiempo para superar las dificultades del oficio y su obra está constituida por una pluralidad de cuadros, para ser cada vez una sucesión de comienzos; ellos viven en el presente y no en la prolongación de un pasado. Cada vez se hacen menos tímidos ante la opinión pública, al adquirir una mayor confianza en sí mismos.

Pero, en general, intelectuales y artistas tienen una mayor conciencia de la brevedad de su porvenir y de su singularidad insuperable; muchos de ellos, ponen toda su pasión en seguir luchando, en seguir buscando la alegría que les reportaban sus progresos, así la muerte pueda estar a la vuelta de la esquina; ellos quieren superarse conociendo y asumiendo su propia finitud, que la muerte los sorprenda en el camino, ya que su obra puede ser un recurso contra ella, una promesa de supervivencia, así los hombres del futuro sean distintos de ellos.

En los políticos, el hombre de edad que practica el arte de gobernar, su elección ha sido la del mundo real, en lo concreto, más allá de imaginaciones y conceptos abstractos, ya que quiere actuar sobre los hombres del presente para transformar la Historia. 

Para la realización de esta misión, el hombre buscará el Poder y dependerá mucho de los otros, ya que los seres humanos mismos son su materia prima; les sirve, sirviéndose de ellos; sus éxitos y fracasos dependen de sus semejantes; para ello necesitan que su aventura se prolongue indefinidamente y sólo así la vejez puede resultarles soportable. La actividad política de un viejo está abrumada por su pasado y, con frecuencia, el político anciano no consigue comprender una época muy alejada su juventud, ya que le faltan elementos intelectuales para hacerlo y así el más liberal o libertario puede devenir conservador y un hombre que mantiene toda su vida la línea política de su juventud, por fidelidad a su pasado, llega a ser superado en un momento dado; por eso hay que poder cambiar para seguir siendo uno mismo y no quedar desplazado por la actualidad, que tal vez fue algo que le pasó a Winston Churchill, quien terminaría hundido en la melancolía, entristecido por la desaparición de las viejas costumbres, con una gran merma de su capacidad de trabajo. Pero el político está para hacer la Historia y morir para ella.

El tiempo que el ser humano considera suyo es aquél en que concibe y ejecuta sus empresas; pareciera pertenecer a los jóvenes, quienes realizan sus actividades y animan sus proyectos, mientras el viejo improductivo e ineficiente apenas si es la sombra de un sobreviviente; es por ello, que los ancianos se vuelven hacia el pasado, al tiempo que les ha pertenecido, cuando eran un sujetos en pleno derecho, seres vivo y no una especie de zombie, muertos en vida; albergan entonces la vana ilusión de que todo tiempo pasado fue mejor. Ese tiempo estaba poblado por gente de su edad, en cambio, ahora, han visto morir a muchos, mientras flotan solitarios en un tiempo poblado por gente nueva y desconocida. Si quieren tener un punto de vista joven, han de remitirse a la generación que le sigue; tienen el triste privilegio de estar solos en un mundo nuevo y su mayor desgracia es haber sobrevivido a sus amigos. Algunos podrán asumir estas circunstancias con placer, con orgullo y dignidad, sin convertirse en muertos a plazo fijo, en la medida en que aún siguen en su proyecto.

Habrá personas que, ante los avatares políticos y sociales, se sientan amenazados y lleguen a pensar que toda partida está perdida, que toda lucha es huera y deciden dar al traste con su vida, como se supone que lo hiciera Virginia Wolff, si no hubiera una enfermedad maníaco-depresiva en el trasfondo.

Un viejo que siente que ha contribuido a ocasionar acontecimientos lamentables, puede sentirse más afectado que uno joven, al sentir que no tiene tiempo suficiente para reparar, como pareciera ser que fue el tormento de Albert Einstein, al final de sus días, en la medida en que sus descubrimientos habían contribuido a la fabricación de la bomba atómica.

Y el contexto social influye en la relación del viejo con la muerte, que al destruir a nuestro organismo, anula nuestro ser-en-el-mundo. Todo anciano sabe que pronto morirá, que hay allí un límite de sus posibilidades, así no tenga ninguna experiencia íntima de la muerte, ninguna representación propia. 

La muerte es el reverso inevitable de todos nuestros proyectos, ahí cesamos de accionar, de emprender. Algunos la justifican con base en la fatiga; hay seres humanos a los que nos les basta con vegetar, con tener una vida disminuida, ya que lo que desean es trascender y trascenderse pero la decadencia biológica limita esa voluntad de superación, de apasionamiento, en la medida en que va aniquilando los proyectos.

Entonces, la idea de la muerte resulta menos agobiante, las ausencias marcan su compás y cuando todo se lo haya tragado la ausencia no quedará más que la indiferencia.

Los psiquiatras dicen que la muerte se torna obsesionante si el viejo, en el pasado, le ha tenido un miedo morboso, y eso tiene que ver con los años de formación, de infancia y de adolescencia, con un pasado remoto o puede ir unida a sentimientos de culpabilidad, más si se es creyente y se teme ser lanzado a los profundos infiernos.

La muerte pareciera ser preferible al sufrimiento; se la evoca en estados melancólicos, cuando el presente parece siniestro pero aún hay muchos viejos que se aferran a la vida, aún después de haber perdido toda razón de vivir, como lo describiera Simone de Beauvoir en su crónica Una muerte muy dulce. 

Pero hay muertes lúcidas y apacibles, cuando ya se ha extinguido todo deseo de vivir, cuando el viejo prefiere el sueño eterno a la lucha o al tedio cotidiano.

La mayoría de los viejos saben demasiado a dónde van, las cosas del mundo pueden seguir siendo interesantes, pero falta cierta resonancia. 

En la juventud, el mundo es mucho más lleno de sentido, de promesas, y cualquier incidente hace que el sujeto vibre y resuene, pero las vibraciones en un universo reducido de tamaño terminan por extinguirse. 

La apatía y la inercia generan un vacío alrededor; ese es el estado en el que se hunden muchos jubilados. 

Ahora resulta imposible abrirse a caminos inéditos; pretender inventarse intereses y placeres. La edad pareciera quitar el gusto de instruirse y la falta de un proyecto pareciera matar el deseo de conocer; la curiosidad disminuye. Viene entonces la indiferencia intelectual y afectiva hasta reducir al anciano a una total inercia. El anciano no se siente concernido por nada; podría quedarse en la cama todo el día si la decencia y el temor a la enfermedad no se lo impidiera.

El viejo acoge con desasosiego la novedad; eso le dificulta improvisar, hacer nuevas elecciones; prefieren un mundo reglado, que no suscite ningún problema, donde cada cosa esté en su lugar, en un universo ritualizado, regentado por la fuerza de la costumbre; por eso, acuden a jugar a las cartas en determinado café, con determinados amigos, una repetición que para ellos alberga algún sentido. Esas manías crean imposibilidades; el sujeto se niega a viajar y, a cambio, se esclerosa y automutila. Pareciera ser que lo único que pudiera enriquecerlo es lo habitual, al brindarle como una especie de seguridad ontológica, que le permite saber quién es. El hábito se convierte en un refugio contra la angustia y si no está ahí lo habitual pareciera ser que la muerte sobreviene. Por ello, los viejos que son transplantados de la casa, separados de sus hijos, se encuentran perplejos, desorientados y desesperados; aferrarse a los hábitos es como aferrarse a las posesiones, que también son garantes de una seguridad ontológica, como si la totalidad de las posesiones reflejara la totalidad del ser, como si las cosas tuvieran una acción mágica; por eso, el viejo detesta que usen sus cosas, aún más que se las toquen; el dinero se vuelve sinónimo de poderío, le produce una satisfacción narcisista, al hacerle sentir la ilusión de que nada le falta, como una defensa contra la acción de los otros, que pueden ser el infierno. 

Por eso, no me parece casual, la alta frecuencia de delirios de robo de dinero entre los ancianos que colocan, en ese significante, el tesoro de sus capacidades, que al percibirlas menguadas, les hace fantasear que han sido robados. Así la avaricia del viejo Harpagón, se convierte en una forma retentiva, de agredir a los demás, con una absoluta falta de generosidad, pero ellos sienten que no pueden soltar lo que tienen y les permite ser. Y las actitudes más reivindicativas y desconfiadas las tienen hacia sus propios hijos. Recuerdo que hube de intervenir con un amigo, para ayudarle a sortear la profunda herida narcisista que le ocasionó que su padre demente pensara que le estaba robando; el hijo no podía ponerse en la mirada del otro; no podía pensar que esas ideas de robo hacían parte del deterioro cognitivo de su padre, que empezaba a delirar y a perder el juicio de realidad. 

Así mismo recuerdo, una buena señora, quien había sido como la Ruth bíblica con su suegra Noemí, en una relación siempre positiva y cálida con su madre política. Al comenzar en la anciana una demencia vascular, la madre de su esposo la hacía avergonzar porque la madre política iba a denunciarla a la policía por ser una ladrona, si no era que armaba unos serios escándalos en la sede bancaria donde tenía depositado su dinero, lo cual cedió al darle una gotitas de un antipsicótico a la pariente más vieja.

La relación con los nietos para los ancianos puede ser todo un atenuante, ya que pueden tener con ellos una rica vivencia afectiva, se sienten rejuvenecer en contacto con esta nueva generación, vuelven a sentirse útiles al ayudar con su crianza, lo cual puede ser también tan gratificante, que recuerdo haber leído en una revista china de medicina, una referencia a niños de ese país que decían:

- Si no tienes una abuela o un abuelo, alquílalos.

La vivencia del mundo como persecutorio hace que los viejos se aíslen, que corten relaciones con los demás, que tengan cambios bruscos de humor, que se vuelvan hipertímicos, con respuestas afectivas exageradas, que presenten labilidad emocional, que lloren con facilidad y para no demostrar esas debilidades se amurallen en sí mismos, se acoracen.

Su relación con otros viejos se torna ambigua; se reúnen para recordar, cuando se identifican entre sí; algunos cultivan las amistades más antiguas, pero en la medida en que el otro se vuelve un espejo de sí mismo ya no les resulta agradable.

La amistad con gente más joven puede resultarles muy revivificadora a los ancianos, en especial, al no estar cargada de toda la ambivalencia que se tiene hacia la parentela

Los viejos más favorecidos mantienen intereses polivalentes.

Algunos pueden empezar a padecer lo que el gerontólogo Louis Kuplan llamó la delincuencia senil, para parodiar el término de delincuencia juvenil, ante el hecho de los ancianos sentirse excluidos; una tendencia delictiva, que si bien no se manifiesta con actos violentos, si puede expresarse con conductas antisociales; estos comportamientos se dan como una forma de protesta, cuando son objeto de marginación.

La vejez no necesariamente trae consigo la serenidad. Es un mito tan claro como el del buen salvaje rousseauniano, el de la inocencia del niño. La ansiedad puede carcomer a los viejos. Los viejos suelen ser desconfiados, evasivos, introvertidos, con grandes dificultades en los vínculos con los demás, rígidos y estereotipados, en la medida en que se sienten deprivados; su estereotipia puede llegar hasta el ridículo; se agudizan rasgos del carácter como las manías, las conductas compulsivas, la avaricia, la hipocresía, que pueden llegar a ser irritantes para los demás. Es el efecto de un sujeto que lucha para seguir siendo considerado un ser humano.

Hay enfermedades mentales que son más frecuentes en la vejez como lo son las demencias seniles, el Alzheimer, la demencia vascular o por multiinfartos y las psicosis involutivas, sean estas depresiones o psicosis paranoides. Muchos ancianos no pueden encontrar una identificación con su propio personaje, buenas relaciones con los demás ni un equilibrio interior satisfactorio; el anciano tiene dificultades para asumir su identidad. Muchas veces lo infantil vuelve a emerger en su vida como si fuera un alma en pena; entonces pueden aparecer:

Trastornos caracteriales de tipo paranoide, bajo la protección de una verdadera coraza del carácter, en la que los rasgos más socorridos son la desconfianza y la agresividad, con ansiedades de tipo hipocondríaco, cuando el perseguidor no se encuentra ubicado en el mundo externo, en ese infierno que son los otros, sino que se ubica en los órganos del cuerpo. Pueden aparecer cuadros de celos patológicos, delirantes o cuasi-delirantes o delirios reivindicativos y querulantes, de auténticos buscapleitos, asociados con un estado de ánimo caprichoso y aún pueden llegar a la agitación. Hay mujeres que se comportan en forma pasiva, mientras odian el mundo, desde un repliegue sobre sí mismas, mientras otros ancianos y ancianas presentan delirios de grandeza, para negar sus sentimientos de minsuvalía.

Trastornos de ansiedad, ansioso-depresivos, distímicos o depresivos de distintos grados de gravedad. Entre ellas está la depresión involutiva, un cuadro descrito por el famoso psiquiatra Emil Kraepelin, en 1896, que es más frecuente en la mujeres, que jamás presentaron ni signos ni síntomas de enfermedad mental sino solamente al llegar a la senectud, que se caracteriza por un estado de depresión profunda, con un sentimiento de gran dolor moral, inhibición psicomotora, ante la pérdida de la juventud, aunque no haya mucha consciencia de ese factor desencadenante, en cuyo cuadro se siente que todo el porvenir está cerrado, con el freno de la prospección hacia el futuro, ante lo cual la persona termina por replegarse sobre sí misma, mientras en el horizonte la única perspectiva es la muerte; a partir de ese momento ya que no hay dentro de la enfermo sino vacío, impotencia y un tedio mortales, que hasta pueden llegar al delirio o conducir a estados estuporosos, próximos a la muerte, en los que le paciente inmóvil, ni modula ni habla. Mientras en el interior del sujeto se vivencian intensos sentimientos de culpa, como si toda la agresividad del sujeto se hubiera vuelto contra sí mismo. En dichos estados, prácticamente se deja de vivir, como si se tratara de una petrificación; se cae en una pasividad casi absoluta, de la que se pude salir súbitamente para caer en estados de agitación extrema, propios de la depresión agitada o en episodios delirantes, alucinatorios u oniroides.

Los estados maníacos o maniformes son defensas contra la depresión melancólica, raros en las personas de edad, salvo que se padezca de un trastorno afectivo bipolar.

Las psicosis delirantes crónicas dentro de las cuales encontramos la psicosis paranoica o paranoide, con delirios de perjuicio, que se desarrolla sobre todo en mujeres, como manifestación de un delirio persecutorio, desencadenado por un estado de desconfianza e irritabilidad; es en estos casos que aparecen los delirios de envenenamiento, de que les han resecado el cerebro, de dislocación del esqueleto, que les han robado, que les han forzado las cerraduras, que los vigilan o emergen delirios celotípicos, de infidelidad de su cónyuge, así dichas ideas funcionen como elementos sueltos que no se sistematizan en un discurso delirante más coherente e irrebatible por la lógica. Recuerdo que cuando era jefe de un servicio para mujeres en el Hospital Mental de mi provincia, en Colombia, llegó una anciana que decía estar muertecita y cuando se le intentó hacer un test para descartar una demencia orgánica se negó a hacerlo con base en la idea delirante de estar muerta, a la que pudimos ayudar a salir de ese cuadro con antidepresivos y con una psicoterapia de apoyo y esclarecimiento de cosas muy gruesas, relacionadas con su condiciones de existencia.

La paranoia involutiva de Kleist, descrita en 1912, se caracteriza por susceptibilidad, desconfianza, obstinanción, celos, ideas de grandiosidad o megalomaníacas e irritabilidad, que pueden acompañarse de fenómenos alucinatorios

Trastornos somatomorfos, conversivos o hipocondríacos, que siempre tienen raigambre en una neurosis infantil y manifiestan un conflicto entre el deseo y la Ley, que puede hacer de los pacientes verdaderos tiranos, que se refugian en la enfermedad, de la que obtienen beneficios primarios y secundarios claros, que reclaman cuidados, que extorsionan afectivamente, con la queja de padecer de dolores, parálisis, pruritos, trastornos del sueño, digestivos u urinarios. Recuerdo a Lila, una mujer en la sexta década de la vida, que empieza a presentar una ansiedad marcada, difícilmente contenible y un insomnio pertinaz, que hace que el hijo se ponga a su servicio de una manera casi incondicional, a quien decido medicar con un ansiolítico, de una manera transitoria, mientras cede el descontrol ansioso, y una psicoterapia, una vez por semana, para esclarecer aspectos muy gruesos. Un día, el hijo, un prestante abogado de mi ciudad, me pide que después de atender a su madre le conceda un ratito para hablar conmigo, ya que se encuentra francamente desesperado. Le planteo a su madre la solicitud del hijo y acepta que, al final de la sesión nos veamos los tres juntos. El hijo denuncia que la madre no respeta su campo laboral, ya que llama, sin importarle que esté en algún juzgado, para quejarse de cosas nimias. La mujer le dice que ella lo crió, sin la presencia del padre y que para ella es como si él fuera su marido. Entonces, le muestro la conflictiva edípica que se está manejando, donde ella coloca al hijo en el lugar del marido, cosa que jamás podrá ser, puesto que es algo terriblemente prohibido por las culturas del mundo. El hombre aprovecha para hablar de la hostilidad de la madre con su mujer, con su nuera, que también se vuelve insoportable, lo cual nos permitiría en adelante avanzar en el proceso psicoterapéutico, que terminó en que la paciente decidiera irse un tiempo de vacaciones a otras ciudades, desde donde me llamaba a decirme que iba muy bien, ya que yo había terciado con una prohibición que ella había olvidado que existía.

Las demencias seniles han ido aumentando en frecuencia, en razón del aumento del promedio de vida, que hacen que la población más vieja tenga un mayor número de representantes. Estas enfermedades suelen ser de comienzo insidioso, con desorientación temporo-espacial, un déficit progresivo de la memoria y las capacidades cognitivas, como si se diera una verdadera atrofia mental, pero que puede acompañarse de estados de agitación psicomotora y/o confusionales, ideas delirantes o síndromes depresivos, con una gran desorganización del comportamiento social y una alteración del tiempo vivido. También en estos casos pueden presentarse afasias, debilitamientos de la atención, trastornos perceptivos, con una percepción imprecisa, que trae consigo falsos reconocimientos, fenómenos que en su conjunto terminan por alterar un adecuado juicio de realidad, cuadro al que se suma una desinhibicíón de la conducta.

Dentro de estas demencias se ha considerado:

La demencia de Alzheimer que se considera la demencia más común, una enfermedad degernerativa crónica y progresiva, que se va instalando de una manera lenta y conduciendo a un gran deterioro del paciente, caracterizada por daño de la memoria para informaciones nuevas, dificultades con el habla, dificultad para evocar el nombre de las cosas, para llevar a la práctica actividades motoras, a pesar de no haber parálisis, falta de fuerza o de coordinación, lo que entorpece sus posibilidades de ejecutar acciones, planificarlas, organizarlas y realizarlas con una secuencia lógica, debidas a un daño neuronal y del tejido cerebral, cuyas causas se desconocen aún.

La presbiofrenia o síndrome de Wernicke, descrita en 1863 por Kahlbaum, que se caracteriza por una amnesia de fijación de datos nuevos, una desorientación temporo-espacial y confabulaciones compensatorias de las fallas de memoria, más frecuente en mujeres, que se presentan con una apariencia bien cuidada, que hablan con afabilidad y, aparentemente, parecen personas normales. Su signo patognomónico sería el delirio de la memoria, generalmente megalomaníaco, en un sujeto con una visión bastante optimista de la vida, desde la que dice estar relacionado con lo más granado de este mundo, poseer grandes fortunas, aunque a veces desmienta esas invenciones delirantes y hasta se ría de ellas, que en la actualidad se considera una variante clínica de la enfermedad de Alzheimer o se clasifica entre las demencias no especificadas.  

La demencia vascular, por mulitiinfartos, arterioesclerótica o arteriopática, también se ha incrementado con el aumento de la población senil, asociada con la aterioesclerosis, empieza a manifestarse, a partir, de los sesenta años, sobre todo en hombres, consumidores de alcohol y tabaco, que se inicia con otros signos de ateroesclerosis periférica, hipertensión arterial, psicastenia, fatiga, cefaleas, disprosexia, dificultad de fijar la atención, hiperemotividad e hipocondría. También puede manifestarse como una melancolía ansiosa o un cuadro estuporoso, a veces de una forma maníaca, estados confusionales o cuadros delirantes. Puede complicarse con accidentes cerebrovasculares, que pueden ocasionar más y grandes déficits y desencadenar nuevos estados depresivos o confusionales. En las formas parciales, el sujeto tiene conciencia de sus trastornos cognitivos y afectivos, de su deterioro psíquico, de sus trastornos de memoria, de su pobre capacidad para la asociación de ideas, la esterilidad de su imaginación, la reducción de su vida mental y la gran monotonía de su existencia.

La demencia de Pick que suele aparecer entre los cincuenta y los sesenta años, caracterizada por cambios precoces y progresivos del carácter, del comportamiento, que evolucionan hacia un deterioro de la inteligencia, la memoria y el lenguaje, acompañado de apatía, estados de euforia y, a veces, signos extrapiramidales, por atrofia de los lóbulos frontales y temporales del cerebro, con aparición de placas en el tejido nervioso y degeneración neurofibrilar, parecidas a las que suceden en la enfermedad de Alzheimer. 

La demencia de Creutzfeldt-Jakob que también suele presentarse alrededor de los cincuenta años, que llevaba relativamente rápido a la muerte y suele ir acompañada de múltiples signos y síntomas neurológicos, como parálisis, síntomas extrapiramidales parecidos al mal de Parkinson o movimientos coreoatetoides, ataxia, falta de equilibrio para la marcha, pérdida o disminución de la visión, fibrilaciones y atrofias musculares y un electroencefalograma característicos con presencia de ondas trifásicas. 

La demencia de cuerpos de Lewy que se la considera la más frecuente después de la enfermedad de Alzheimer, también de causa desconocida, que afecta la corteza frontal, la parietal y la temporal, además de la subtantia nigra y se caracteriza por unos corpúsculos incluidos en el interior de la neurona, que llevan al deterioro cognitivo, síntomas parkinsonianos, alucinaciones y delirios. 

La parálisis general progresiva o el terciarismo luético, la cual anteriormente era mucho más frecuente, antes del desarrollo de la penicilinoterapia, lo cual hacía que en algunos hospitales exhibieran una frase lapidaria: Si no le temes a Dios, témele a la sífilis, ya que era una forma de demencia que aparecía tardíamente después de la adquisición del treponema pallidum por contacto sexual, cuando esta bacteria atacaba el sistema nervioso central, que llevaba a una atrofia cerebral, en especial del lóbulo frontal, y se caracterizaba por fatiga, hipoactividad, dificultades de atención, labilidad afectiva, trastornos afectivos y delirios de grandeza. 

Los trastornos neuróticos de los ancianos pueden tratarse con éxito con psicoanálisis o psicoterapias de tipo psicoanalítico, al que las personas de edad se pueden mostrar gustosas de acceder en la medida en que esta disciplina se dirige a la investigación de los sucesos de la infancia, en personas que anhelan recontactar con ella y sobre todo porque sienten que tienen que pagar con una gran cuota de sufrimiento, así los procesos analíticos marchen más lento que en la gente joven, pero con el correr de los años y la experiencia acumulada, la vejez no es ya una contraindicación para la recomendación de una terapia psicoanalítica.

Otros trastornos pueden tratarse con una modalidad psicorfarmacológica.

Lo que Roger Bastide, en su Sociología de las enfermedades mentales se pregunta es si la senilidad es una consecuencia de la vejez o si más bien es el producto de una sociedad que rechaza a los viejos, e incluso con el doctor Repond se plantea si no habrá razones para cuestionarse si la demencia senil, supuestamente con una etiología orgánica, no debería revisarse, como se hace con las pseudodemencias, para ver si no son el resultado, además, de factores psicosociológicos, agravados al internar al sujeto en instituciones mal equipadas, donde los pacientes quedan librados a sí mismos, privados de estímulos psicológicos, separados de todo interés vital, sin otro recurso que ser antesalas para la muerte pues. tal vez, pensaban ellos, las demencias seniles podrían ser un fenómeno artificial, debido a la falta de cuidados y de esfuerzos en la prevención, tanto primaria, antes de que ocurra la enfermedad, como secundaria, preocupada por la cura de ésta y la terciara como de la rehabilitación de sus secuelas.

Pero algunos ancianos, sin embargo, pueden llegar a tener conductas heroicas, ya que al sentir una gran indiferencia hacia la vida, pueden arriesgarla por otros, puesto que la suya ya no les importa. El famoso pediatra estadounidense, el doctor Benjamin Spock, cuando fuera acusado, por su activismo en contra de la Guerra de Vietnam, a los ochenta años, declararía: A la edad que tengo, ¿por qué no habría de participar en una manifestación?

También veíamos a un envejecido Bertrand Russell, siempre obstinado y valiente, a los ochenta y nueve años, protestar contra las Armas Nucleares, en una manifestación no violenta y ofrecer una resistencia pacífica, que lo condujera a la cárcel. 

Así mismo, Juan XXIII sorprendería al mundo al convocar un Concilio que se propusiera una reforma de la Iglesia Católica.

La vejez puede resultar liberadora de viejas ilusiones, resultar decepcionante y productora de un desencanto amargo, al comprender que la vida es una pasión inútil, algo que nos aleja de la voluntad de vivir de Arturo Schopenhauer, al comprender que la vida es vanidad de vanidades y tan sólo vanidad, como reza el Eclesiastés (Eclesiastés, 1, 2), que sólo se puede vivir cuando uno está ebrio de ella.

Pero cuando un anciano no es víctima de procesos fisiopatológicos, psicoapatológicos ni de condiciones socioeconómicas lamentables, sigue siendo, a pesar de las alteraciones normales de la vejez, lo que ha sido; así, Voltaire tuvo una hermosa vejez, aunque Chateaubriand se preparó un destino lúgubre; Swift fue un misántropo y Whitman un cantor de la vida; unas cosas dependen del contexto del organismo y del contexto social pero otras dependen de la posición subjetiva. Si el sujeto se desarrolla en circunstancias favorables, si se le proporciona un conjunto de intereses intelectuales y afectivos, el anciano puede tolerar el peso de los años. 

Lou Andreas-Salomé, amante de Nietzsche y Rilke, tenía más de sesenta años cuando asumió su labor de psicoanalista y sus resultados la llenaron de alegría. Una vez enviudara tuvo que pasar por una crisis financiera pero su amistad con los Freud, Sigmund y Anna, la llenaban de satisfacción. Al final de su vida, ésta se vio amenazada por el ascenso del nazismo, sobre todo porque sabía que por ser judía, la hermana de Nietzsche, quien la odiaba, podía denunciarla, pero como llevaba una existencia tan discreta no la molestaron y cuando sobrevinieron la diabetes y el cáncer de mama, se compensaba con su sociabilidad y las amistades que su gran inteligencia y generosidad le valían. Su vejez no fue fácil pero no se desesperó, ya que una suerte de justicia cósmica la protegía.

Freud mismo también tuvo una hermosa vejez.

Es cierto que el cuerpo involuciona pero lo que la sociedad tendría que preguntarse es qué tiene que hacer para que el viejo siga siendo un ser humano, lo más cabalmente posible. La respuesta tal vez sea sencilla, que siempre sea tratado como tal.

La vejez señala el fracaso de nuestra civilización, en la que hay que rehacer al ser humano entero, en que se han que recrear los vínculos entre los seres humanos. Un hombre, una mujer no deberían llegar a la ancianidad con las manos vacías ni viviendo en soledad. En todo momento deberían ser tratados como ciudadanos activos y útiles, si no estuvieran atomizados desde la infancia, si se los incluyera en una vida colectiva en lo cotidiano, en lo esencial de la vida, sin que jamás conocieran el exilio, cosa que no se ha logrado ni en el capitalismo ni en el socialismo, ya que la sociedad sólo se preocupa del sujeto en la medida en que produce; por ello, la reivindicación ha de ser muy radical y cambiar de vida.

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Jesús Dapena Botero es colombiano residente en España.

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