viernes, 18 de septiembre de 2009

Septiembre, mes tristemente emblemático para los hermanos chilenos, a través de mi recuerdo de Pablo Neruda

Silvia Loustau (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Querido Pablo, no tuve la suerte de conocerte personalmente, pero sí a tu mujer, Matilde Herrera, y a tu secretaria y amiga, Margarita Aguirre. Isla Negra, fue un sueño hecho realidad,

Isla Negra. Aquel año (1973) yo había ganado el Primer Premio Municipal de Poema Ilustrado, se titulaba Carta a Pablo Neruda (¿qué fuego lo habrá trasmutado?), y tuve la osadía de llevarlo, así fue como nos recibió una mujer alta, morena y con ese decir dulce de los chilenos, se puso a conversar con nosotros, le gustó el presente, se lo daremos a Pablo, dijo…yo creí que eso era el cielo. Ella era Margarita Aguirre. Y nos mostró una por una las habitaciones de la enorme casa, todas tenían enormes ojos al Pacífico. Se escuchaba el constante run-run de tu mar, Pablo. En el jardín, había caballitos de madera, algunos de antiguas calesitas. Si, eras un niño. Con Margarita mantuvimos una larga charla, cuando ya los “momios” (gorilas chilenos) estaban socavando el sueño del Chicho Allende. Aquella tarde, que recuerdo gris y neblinosa, Margarita nos llevó también a la cocina, uno de tus altares, Pablo, era muy amplia, daba al Pacifico furioso; colgaban todas las pailas de cobre en las vos mismo cocinabas, su plato preferido para agasajar a los amigos es el caldillo de congrio -confesó Margarita- no es ningún secreto la receta, hay que seguir el poema, nos dijo. 

En Valparaíso recorrimos con mi compañero la casa que habías construido, como un árbol que crece desde la raíz, para tus encuentros con Matilde, antes de hacer público tu amor por ella. Quien lea tus 100 Sonetos de Amor, encontrará en ellos esa historia. Dejaste un vacío Neftalí Reyes Basualto, es decir: Pablo. Que en tus 69 años de "Residencia en la Tierra" te convertiste en el más universal de los chilenos, después de hacer incursiones en las letras, la diplomacia, la política y el amor y obtener el Premio Nóbel en 1971, cuando eras embajador en Francia .Y terminó de matarte la caída de tu amigo el Chicho, y el ejército entrando en tu casa, dando todo vuelta -eso me lo contó Matilde y Margarita- cuando estabas en cama, luchando contra un cáncer.

A fines de 1974 Matilde y Margarita estuvieron una temporada en Buenos Aires, huyendo de las garras de Pinochet. Me invitaron al departamento en Buenos Aires, donde estaban las huellas del Pablo niño-grande, ese que juntaba cristales gastados por el mar, botellas de colores y caracolillos extraños. Hoy te encuentro en el recuerdo, en las luces inolvidables del puerto de Valparaíso, en el run–run de mi mar, en aquel mes y medio de felicidad en Chile. Hasta luego Pablo, seguro encontraré tu voz, escondida en un caracol marino, esos que tanto te gustaban, como a mí. 

Silvia Loustau

ODA AL CALDILLO DE CONGRIO

En el mar
tormentoso
de Chile
vive el rosado congrio,
gigante anguila
de nevada carne.
Y en las ollas
chilenas,
en la costa,
nació el caldillo
grávido y suculento,
provechoso.
Lleven a la cocina
el congrio desollado,
su piel manchada cede
como un guante
y al descubierto queda
entonces
el racimo del mar,
el congrio tierno
reluce
ya desnudo,
preparado
para nuestro apetito.
Ahora
recoges
ajos,
acaricia primero
ese marfil
precioso,
huele
su fragancia iracunda,
entonces
deja el ajo picado
caer con la cebolla
y el tomate
hasta que la cebolla
tenga color de oro.
Mientras tanto
se cuecen
con el vapor
los regios
camarones marinos
y cuando ya llegaron
a su punto,
cuando cuajó el sabor
en una salsa
formada por el jugo
del océano
y por el agua clara
que desprendió la luz de la cebolla,
entonces
que entre el congrio
y se sumerja en gloria,
que en la olla
se aceite,
se contraiga y se impregne.
Ya sólo es necesario
dejar en el manjar

caer la crema
como una rosa espesa,
y al fuego
lentamente
entregar el tesoro
hasta que en el caldillo
se calienten
las esencias de Chile,
y a la mesa
lleguen recién casados
los sabores
del mar y de la tierra
para que en ese plato
tú conozcas el cielo.

Pablo Neruda (de: Odas Elementales)

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