viernes, 18 de septiembre de 2009

Un lugar muy extraño

Gustavo E. Etkin (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Era un lugar muy raro. Todo muy extraño. Un gran galpón lleno de estantes paralelos llenos de cosas de colores. Colores por todos lados. Colores distintos, diferentes en cada estante. Y la ropa de la gente una sinfonía de verde, rojo, azul, marrón, negro, amarillo, anaranjado. Y la gente también era muy rara. Casi no se miraban entre ellos. Solamente cuando pasaban cerca de otro. Porque casi todos empujaban una especie de cuna con rueditas donde iban poniendo las cosas de colores que estaban en los estantes. Había viejitos, viejitas, algunos jóvenes. Mujeres. Todos miraban las cosas de colores de los estantes con cara de pensar. ¿En qué pensaban?

Traté de mirar de cerca los que había en los estantes y vi que eran diferentes comidas. O cosas para limpiar. O para usar de cualquier forma. Papel higiénico y lamparitas. O sillas de un extraño material, que parecía de vidrio pero no era duro. O también venenos para hormigas y cucarachas. Todo muy raro. Y la gente miraba todo eso con cara de muy interesada. Cara de ir pensando. ¿En qué pensaban?

Me di cuenta, era obvio, que en usar. Como usar lo que iban mirando. Si era comida, que gusto tendría. O como hacerla. O con que. Si eran lámparas, sillas o venenos, como usarlos. Cuando. En qué. Me di cuenta que había algo común en todas esas miradas: anticipaban, imaginaban que sentirían al comer esas comidas, al usar esas cosas. Algunos, que sentirían al cagarlas. Cuanto durarían. Si les gustarían mucho, un poco, algo. Si eso sería cómodo, eficaz. Útil. Y cada uno pensando solo. Concentrado en su gusto. En lo que imagina que va a sentir. 

Antes eso no existía. Era inimaginable. Íbamos al almacén, o a cualquier lugar, y le pedíamos al empleado lo que queríamos. Se lo pedíamos a alguien, que si tenía, nos traía. Y si no nos decía que no había. Pero ahí no. Cada uno agarraba directamente. No pedía. Metía la mano y ponía adentro de esa especie de cuna rodante, ese carrito. 

Todo muy diferente. Cuando me durmieron para meterme en ese gas que habían descubierto, que decían que lo iban a usar en las heladeras-freón, creo- nunca imaginé que despertaría en el 2009. 

Yo tengo (o tenía, a ésta altura ya no sé nada) 27 años y dos hijos. Me despedí de ellos pensando, como todos, que sería por pocos años, tres o cuatro. Tal vez cinco. Pero fueron casi 80 años. Ahora mi enfermedad, la tuberculosis, que en esa época era mortal, me la curaron enseguida. No importaron los vómitos de sangre, la caverna en el pulmón. Cuestión que tengo 27 años y estoy con mis nietos y bisnietos. Todo muy raro. Al primer lugar que me llevaron fue a ese enorme galpón.

Tan extraño. Todo muy raro. Lo llaman “supermercado”.

Gustavo E. Etkin es argentino residente en Brasil.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.