sábado, 26 de septiembre de 2009

Un rey con toda la barba

Francisco Javier González (Desde Gomera, Canarias. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Fue hace ya muchos años. In illo tempore, como nos decían en misa cuando era en latín. Entonces fue por razones ideológicas. O eso creo, aunque ya no soy capaz de asegurar si perduró por esa razón o por pura y evidente comodidad, que ya sabemos que los canarios somos aplatanados, indolentes y perezosos. Al menos eso nos han ido inculcando durante generaciones los colonizadores, desde la escuela a los púlpitos, ninguneándonos, hasta que terminamos por creerles ahogando la rebeldía necesaria para romper la colonización. Ahorita mismo, desde hace muy poquitos días, han aparecido nuevas razones que me hacen replantear el problema integralmente y que, tal vez, me obligue a un cambio radical, aunque sea en contra de esas cosas que, para mi, siguen siendo importantes: la ideología y la comodidad personal.

Por supuesto que me refiero a mi barba. Bastante descuidada ella, hay que reconocerlo. La podo cada par de meses y luego la dejo a su aire. En aquella época, cuando me la dejé, pensábamos que no se podía intentar seriamente cambiar el mundo, o al menos el maltratado fisquito que nos toca de cerca, sin una barba por rala e incipiente que ella fuera, y sin un póster del Che en la habitación. Eran barbas de cronopios que mirábamos hacia otros cronopios armados. Supongo que por eso me la dejé. Luego, ya digo, aquello del cotidiano y sangriento sacrificio del afeitado se me fue haciendo cada vez más cuesta arriba. Luego vinieron otras barbas pero con acento de “famas” cortazarianas. Barbas cuidadosamente recortadas, aguzadas chivas, redondeadas sotabarbas, o barbas urbanizadas y dóciles, pero yo seguí con la mía y con el póster del Che, pero ahora más en el corazón que en la pared o en la pegatina. Y eso a pesar que desde el ámbito afectivo -familia o amigos- me decían: ¿Por qué no te quitas esa barba? Estarías más joven. ¡Como si eso fuera posible! Pero yo erre que erre hasta la fecha.

Hoy, ahora, estoy sopesando que tal vez me la deba quitar y por las mismas razones por las que me la dejé. Puramente ideológicas. Y es que, aunque sean de cortazianas “famas” como es la de un tal Rajoy, ¡he visto por la tele que el Rey de la España y sus colonias y su principesco hijo se han dejado la barba! La duda se me plantea porque, como aclaraba en el inicio del “Libro de Manuel” el propio Cortazar “este libro -esas barbas de famas, diría yo- no solamente no parece lo que quiere ser, sino que con frecuencia parece lo que no quiere”.

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