sábado, 10 de octubre de 2009

Acerca de la última película de Juan José Campanella: Cine: Injusticia, crímenes... pero el amor es más fuerte

Demian Paredes (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Parafraseando al género musical, podemos decir que, cada tanto, el cine argentino “mete un hit” (como fue en su momento con Nueve reinas o El hijo de la novia). En este caso, se trata de El secreto de sus ojos, una película que a poco más de un mes de su estreno superó el millón y medio de espectadores en las salas de todo el país . Tal fue la euforia que causó este hit, que virtualmente no hay sitio en Internet para poder “bajarla” gratis .

La película, basada en la novela La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri , tiene todo lo que debe tener un policial para atrapar al espectador: un crimen desde el comienzo (que hay que resolver); actores taquilleros (Guillermo Francella, Pablo Rago, Soledad Villamil y Ricardo Darín –quien, como ha dicho el mismo Campanella “la película también es una prueba contundente de lo que es Darín en la pantalla, él pone la cara y uno lo mira. Tiene ese brillo interior, ese peso específico” ); una enorme producción que logra buenas e impactantes imágenes (acompañadas por algún leve, levísimo, toque de humor -perdido por ahí-), y una trama muy bien llevada. Todos estos condimentos han hecho de El secreto de sus ojos un éxito masivo.

La historia de El secreto... es bastante sencilla: Espósito (Darín) es un jubilado de tribunales que ha comenzado a escribir una novela, basada en un crimen que quedó impune en los ’70 –y que lo tocó muy de cerca-. Para ello solicita la lectura y opinión de la jueza Irene (Villamil), que vivió con él los avatares de entonces. Desde aquí habrá una constante e intermitente reconstrucción de los acontecimientos pasados (con Guillermo Francella actuando “de serio” como colega y amigo cómplice de Espósito/Darín). Luego habrá más de un encuentro con el viudo Morales (Rago) y varias sorpresas -durante todo el film-,“macabras”, para Espósito.

Pese a que alguna crítica “herética” de la izquierda dijo que el crimen (uno de los “motores” de la película) actúa como un “irradiador del clima político de época” , lo cierto es que, en realidad, todo el film transcurre con la historia personal y amorosa de Darín y Villamil como tema central; si Campanella recurre a la existencia de la asesina Triple A y a la impunidad de los ‘70, lo hace sólo ante la necesidad de contar con un “recurso” que explique o justifique un hecho (que no develaremos) que permita seguir la historia del crimen, que llega hasta los ’90. Si hablamos del otro “motor” es, obviamente, el policial. Sin embargo, el mismo Campanella explicó en un reportaje: “No concibo hacer una película sólo con una historia policial” , dándose así la combinación de tener una historia policial entrelazada con una de amor, junto a un puntual flashback al “momento prólogo” de la última dictadura militar (1976): el gobierno de 1974 de Isabel Perón y López Rega –con la Triple A en plena actividad-.

Se puede decir que El secreto de sus ojos es una película mitad cine de autor-mitad cine comercial; no hay una diferencia sustancial con otras producciones de Campanella (en verdad, todo un “maestro” en su oficio –recodar la serie Vientos de agua- y que, como ha contado en varios reportajes, ha trabajado free lance para Hollywood, produciendo entre otras cosas varios capítulos de la serie Dr. House –la “maestría narrativa” se puede apreciar claramente en El secreto... en los impecables “ir y venir” de los ’70 a los ’90, por ejemplo-). 

Utilizando apenas “reflejos de la realidad”: los tribunales, la gran secuencia en la cancha de fútbol; las estaciones y terminales de transporte, etc., Campanella se propone indagar en una serie de “círculos que se cierran” (la historia de amor pendiente de los protagonistas, el deseo de “justicia” del viudo), en lo que se podría llamar una “película programada”: emociona al espectador cuando quiere emocionar; atrapa con misterios o situaciones a resolverse cuando quiere; tiene una vaga propuesta de concretar la “justicia por mano propia” (cuando fallan las instituciones existentes ), etc. Este es el mejor mérito de la obra como tal. 

Pero es, en esencia, un producto “ligth”, que en alguna medida aprovecha el “clima” –iniciado allá por el 2003- “pro-derechos humanos”, “setentista” (si es que algo de estas dos cosas aún queda), y “anti-injusticia”, del kirchnerismo. En esta dimensión es similar a, por ejemplo, Días de Mayo de Postiglione. 

Pudiendo “jugarse” más, Campanella mantuvo una “historia mínima”, con un “decorado setentista” de fondo.

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