sábado, 10 de octubre de 2009

¿Cada cual tiene la vida que merece? ¿Esta idea común tiene algunas gotas de verdad?

Emilio Romero Ele (Desde Brasil, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En ciertos casos usted merece un punta pié en el tambenbe, pero ni siempre merece las medallas que exhibe en su pecho.

La frase corriente, que oímos a veces en boca de letrados e de ignaros, se formula también en otra frase similar: cada cual tiene el destino que merece. Causa espanto oír tantas expresiones de tenor semejante en el mercado de las supuestas verdades. Con frecuencia ni siquiera son semi-verdades, son simples necedades repetidas como rezas para buey rumiar hasta dormir. Oímos esta frase aplicada a personas que han prosperado de manera ostensiva en sus negocios, o que han fracasado de manera estrepitosa, tristona o estúpida. Pero a veces se aplica a la grande fracción de los que llevan una vida menos que mediocre, que es la mayoría de los mortales. 

En ciertos casos esa fórmula se aplica de manera correcta. Voy a colocar una historia hipotética, pero bastante común. Son casos paradigmáticos. Considere que son personas normales en su aspecto físico, sin ningún defecto que los disminuya socialmente y sin deficiencias orgánicas crónicas. Son dos desventajas nada fáciles de superar. Puede haber otras variantes de la que indico aquí; los tres hermanos pueden ser de clase media próspera; dos aciertan sus vidas siguiendo las pautas que permiten conseguir los bienes deseados, pero uno, por diversos motivos, anda a los trancos y barrancos. 
 
De tres hermanos de origen proletario, dos llevan una vida en correspondencia con su procedencia social y uno ha conseguido pasar para un sector de la clase media holgada. Al examinar la biografía de los tres, los dos que permanecieron en el mismo plano de sus orígenes siguieron la pauta común y predecible en estos casos. Estudiaron hasta el grado elemental, y aun menos; En el comienzo de la adolescencia consiguieron un empleo, entre los 12 y 13 años, a los 20 años ya eran asalariados sin mayor calificación o con un modesto título de trabajador manual, o de servicios variados. Entre los 21 y los 24 años se casaron y ya a los 27-28 tenían tres hijos, o más. 
 
Lo que acontece después con estos dos personajes (y con los millones de la misma condición) sigue un script bastante repetitivo y bien conocido. Tuvieron el resto de sus días una vida muy modesta, y nada raro, bastante estrecha y sin perspectivas de mejoría real.
 
¿Qué aconteció con el tercero, tal vez el menor de ellos? Siguió un programa bastante diferente. Comenzó como los otros dos, ganándose el sustento desde el día que usó pantalones largos, pero entendió que era indispensable continuar estudiando, tal vez en una escuela nocturna. Es probable que hasta los 21-23 años haya terminado la escuela secundaria y se esté preparando para entrar en una escuela superior. Estudiará con escasos recursos, y tal vez apenas con una bolsa de estudios pleiteada ante las autoridades del caso. Evitará hasta donde le sea posible entrar en el compromiso del matrimonio. Tiene clara conciencia que embarcarse en ese proyecto impone sacrificios enormes por las responsabilidades que implica. A los 28-30 años estará en otro plano social. ¿Qué aconteció con este joven? Cada caso es un caso singular, pero no tanto. Por esas extrañas jugadas de la vida, un día cualquiera, esos que el calendario siempre ignora, comprendió que precisaba salir del círculo de la pobreza, de la dejadez, de la buena voluntad del Padre eterno y de los meros caprichos de la suerte. ¿Cómo salir? Tentó más de una salida; es probable que fracasara en varios intentos, mas no desistió. Tal vez en más de una ocasión se sentó en la orilla de la vereda, con el claro sentimiento de que todos los caminos bordeaban el abismo y que él estaba ya colgado en la caída. Estaba ahí, dudando si se dejaba caer en el abismo o si continuaba. Se levantó y continuó su lucha. Esta persona no sólo alcanzó un mejor padrón de vida sino también conquistó una visión del mundo y de sí mismo más amplia.

Es un caso nada insólito, aunque tampoco sea frecuente. El tercero hermano tuvo la vida que merecía. ¿Y los otros dos? Hasta cierto punto también, pero sólo hasta un cierto punto. La condición socio-económica es muy importante; tiene una enorme influencia en la formación del carácter y de la personalidad en general. Las personas que permanecen en el círculo de la pobreza o de una modesta vida de clase media baja sufren las presiones de sus carencias y necesidades desde muy temprano, lo que los obliga a vivir en lo inmediato. Vivir en lo inmediato no es una cuestión de simple realismo; es una cuestión de sobrevivencia. Si usted precisa ganarse el sustento diario como sea, sus opciones son casi nulas y su horizonte de vida es muy estrecho, a menudo sofocante. La ventaja de nacer en una familia de una clase social media-holgada y alta es que las presiones de lo inmediato son bien menores y las perspectivas se abren para un futuro que parece estar a su espera. Por lo menos, parece, aunque esto no sea cierto ni seguro. Existe algo así como mayor libertad de elección, lo que no acontece si las condiciones materiales aprietan la garganta.
 
Sí, hasta un cierto punto y en determinados casos, cada cual tiene la vida que merece. Afirmar como tesis verdadera que cada cual tiene la vida que merece es una liviandad. Por acaso los niños de las barriadas miserables merecen esa vida? Por otra parte, es también una forma de otorgar un crédito excesivo al concepto de merecimiento. Al final, ¿qué quiere decir usted con merecer o no tal o cual posición, esa situación que configura un aspecto de su vida o su vida toda? 

Hay tanta gente que merece nuestro reconocimiento con todos los laureles, pero no se repara en sus contribuciones en las más diversas áreas. Las ciudades están llenas de edificios, millares. ¿Cuál es el nombre que figura en la placa inaugural? El nombre del ingeniero o del arquitecto. Y los obreros, que de hecho construyeron el edificio ¿qué reconocimiento tienen? Ninguno. El alcalde de la ciudad inaugura un puente, una plaza, una nueva línea del metro. Nunca olvida de colocar una placa, destacando su nombre. Yo construí tal y cual obra, afirma. ¡Nada de eso! Construyó con el dinero de los contribuyentes, y tal vez llevó su buena tajada en ese emprendimiento. 

En ciertos casos usted merece un punta pié en el tambenbe, pero ni siempre merece las medallas que exhibe en su pecho con esos aires de general jubilado.

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