sábado, 10 de octubre de 2009

El rompecabezas

María Luisa Etchart (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Siempre tuve pasión por los rompecabezas. El solo hecho de ver sus irregulares formas encajando con precisión me emociona. Es como si el Universo se presentara ante mí ordenado y comprensible, dispuesto a premiar mis intentos de búsqueda, de ajuste, de armonía de formas y colores con una visión final donde todo tiene una razón, donde se fusionan las causas y efectos, y la lógica y la razón triunfan, no en el sentido convencional de lo que el mundo llama “éxito”, sino logrando por una fracción de segundo (la que lleva colocar la última pieza) una armónica y completa imagen que la trasciende, que poco tiene que ver con lo representado en ella.

Es como si esas piezas ubicadas una por una en la única manera combinable posible tuvieran el mágico poder de transmitirnos la certeza de que, finalmente, “todo encaja”, como si la verdad única y posible se plasmara.

Completada la obra, me niego a fijarla, a eternizarla así, inmóvil y armada. Procedo a desarmarlo y ofrecerlo a quien quiera intentar la experiencia y ya nunca lo vuelvo a tocar porque perdió para mí su elocuencia. Una segunda intentona estaría ya viciada de prejuicio, teñida de lo que ya sé, sería casi como hacerme trampa.

Pero algo más tarde siento que sólo armé lo que otro preparó y que el juego de piezas sólo tenía un final posible y ya previsto y entonces comprendo que este juego no fue demasiado distinto del resto de la vida.

La cajita de piezas que traés al nacer (tal vez) incluye el diseño final que armarás entre risas y lágrimas, ilusiones y desencantos, convencido de tu astucia y esfuerzo, de tu libre albedrío para elegir a cada instante y en cada circunstancia qué pieza elegirás y cómo la ubicarás.

¿Puede alguien armar un todo diferente de sus componentes? Así pasaremos el tiempo, nada menos que nuestras vidas, armando y desarmando, mirando a los otros armar el suyo, a veces con recelo cuando sentimos que les tocaron piezas mejores, con menosprecio cuando las nuestras nos parecen más atractivas.

Bastaría detenernos a reflexionar sobre el contenido de nuestra cajita particular para comprender que no la elegimos, que todos somos como niños jugando un juego pre-establecido y ni te cuento la angustia cuando tratamos de descifrar si existe un autor o todo es obra de la casualidad.

¿Se logrará así la humildad de que tanto carezco? En este punto debo confesar que ésta es mi “pieza difícil”.

Se hace difícil mantener la serenidad mientras vemos a nuestro alrededor (o a veces por TV) a los ruidosos alborotadores que parecen no sólo haber recibido mejores piezas, sino que parecen creer que es su mérito y los pequeños grises y abandonados que no cuentan ni con un mínimo de partes para crear una sencilla pero serena imagen y se debaten entre las manos de los codiciosos, de los más rapaces que se agitan febriles tratando de apoderarse de todas las piezas posibles.

Sólo es sabio quien comprende que las piezas son prestadas y que la “Gran Mano” suele desarmar el juego mejor compuesto y protegido, con un casi imperceptible movimiento de muñeca.

Sólo es sabio quien comprende que todo no es más que un simple juego...pero que está prohibido no prestar atención y mucho más no poner amor como ingrediente imprescindible.

María Luisa Etchart es argentina residente en Costa Rica.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.