sábado, 31 de octubre de 2009

Escrito sin título

Julio Herrera (Desde Montreal, Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Llevo varios minutos sentado ante el teclado del computador y no acierto todavía a empezar a escribir mi artículo de colaboración con Cultural Argenpress.

¿Falto de tema? No.

¿Falto de dialéctica? Tampoco.

¿Falto de coraje? Tal vez.

Porque reflexionándolo bien, se requiere una sobredosis de coraje para exteriorizar nuestras íntimas convicciones sociopolíticas, -independientes de las convencionales-, y no por temor a la reacción de la ultraderecha, sino por temor a la esterilidad de la escritura, es decir, a no encontrar siquiera una conciencia receptiva a lo que se escribe.

Escribir... ¿para quién? o ¿para qué? ¿Para provocar la hilaridad de las conciencias mediocres que se obstinan en vivir a remolque de los convencionalismos sociales imperantes? ¿Para ser calificado de "arcaico" o de "demodé" por los neo-acólitos del neoliberalismo, o de "nostálgico" por los secuaces y sicarios morales del imperialismo?

Y es que la clásica frase de "Predicar en el desierto" no se refiere solamente a la ausencia de auditores, sino, -y principalmente-, a la ausencia de conciencias receptivas.

Obstinarse en predicar o en escribir donde no se es escuchado o comprendido es una necedad semejante a la del labrador que se obstina en sembrar sobre rocas o en tierras áridas, estériles. Y es por eso que empeñarse en predicar la solidaridad en una sociedad egoísta, individualista y mercantilista es no sólo estéril sino inoportuno en una época de crisis económica y moral, cuando el "Sálvese quien pueda" es la sola escapatoria generalizada de los náufragos del sistema neoliberal, sistema que, paradójicamente, se presenta como la "salvación de la humanidad”.

Pero no hay que olvidar que es a causa de ese neoliberalismo "salvador" (salvador sólo de los magnates de las finanzas) que el mundo entero es hoy un "Boat People" vagando a la deriva entre una piratería insaciable que lo despoja y lo destierra, entre una playa hostil que lo repudia, y un cielo vacío que lo ignora.

Altas cimas han desaparecido ya, sumergidas por la marea creciente de ese neoliberalismo depredador, y las que aún resisten en pié se tambalean ante el oleaje incesante e implacable de su despotismo bélico y financiero.

Y sin embargo... ¡Horror! ¡Vergüenza! ¡Hoy las víctimas de ese neoliberalismo aplauden el triunfo de sus victimarios! ¡Se pacta con los despotismos a cambio de la supervivencia! ¡Combatientes que cambian su ideal y su conciencia por una hamburguesa o una Coca-cola! ¡Hoy no se sabe luchar frente al imperio, sólo se aspira a morir bajo él! ¡Hoy los invasores -llamados eufemísticamente "inversionistas"- vandalizan impunemente lo que ayer los patriotas defendían heroicamente! ¡Donde ayer había pueblos combativos y heroicos hoy sólo quedan campos desiertos, es decir, desertados!

Ante esa vergonzosa paradoja, ¿qué camino debemos tomar las conciencias insobornables que predicamos la dignidad y la solidaridad ante un rebaño de masoquistas dóciles e imperturbables ante su propio holocausto? ¿No es acaso una batalla quijotesca ésta de pretender rescatar la naufragada Atlántida de los pueblos aguerridos, o resucitar la Pompeya de la solidaridad sólo con el poder de la palabra hablada o escrita?

¿Qué hacer entonces para despertar a esos zombies alienados por el paradigma neoliberal?

¡Nada! Sólo dejar constancia de nuestro íntimo e insobornable respeto por nuestros ideales solidarios, y luego apartarnos...y callarnos. Porque es preferible callar nuestros sagrados ideales sociales para no verlos pisoteados y profanados por los tumultos de desertores en estampida.

¡Guardemos entonces, con un silencio fúnebre, el íntimo respeto por nuestros ideales de solidaridad combativa, que sólo ayer creímos inmortales!

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