sábado, 31 de octubre de 2009

Hoteles para parejas: la otra cara de la "fidelidad conyugal"

Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Es un lugar común cada vez más frecuente en cualquier ciudad medianamente grande la aparición de "hoteles para parejas". Tienen distintas denominaciones en cada país: moteles (del inglés "motorist hotel"), albergues transitorios, amueblados (del francés "hotel meublé"), moteles parejeros, moteles de paso, love hotel, romance hotel, fashion hotel, boutique hotel. Los hay de muchos tipos, con una variadísima oferta en cuanto a gustos y opciones económicas: desde modestos y muy discretos, a veces en “zonas rojas” de las ciudades y a los que se puede entrar a pie, hasta los mega-albergues con las más increíbles sofisticaciones, con parqueo privado para cada cuarto y seguridad perimetral. Todos se caracterizan por ser sitios que ofrecen habitaciones pensadas para el disfrute íntimo de la pareja, en muchos casos –los más caros– decorados con fastuosidad, con enormes espejos por todas las paredes y el techo, duchas incorporadas en el centro de la habitación con mamparas transparentes, jacuzzy, camas con forma de corazón, colchones de agua, minibar, alfombrados y lujosas ambientaciones, música funcional, servicio de canales porno, y en algunos casos recreaciones de lugares exóticos: la Roma imperial, la época de las cavernas, un paisaje africano, la legendaria China, el Egipto de los faraones, un barco en alta mar, un bungalow sobre un arrecife de coral (todo, quizá, en pleno centro de una gran ciudad en el medio del tráfico). Incluso en pueblos de provincia aparecen cada vez más, muchas veces con tanto lujo como el de las capitales. Se los puede alquilar por lapsos cortos, desde una o dos horas, hasta para toda una noche, incluyendo el desayuno a la mañana siguiente.
Según cualquier normativa municipal, puede definírselos como el "establecimiento que presta locación por hora de habitaciones amuebladas, con provisión de moblaje, ropa de cama y elementos de tocador, a parejas (en general de distintos sexos), provistas o no de equipaje, por lapsos inferiores a 24 (veinticuatro) horas, y que se hallan exentos de cumplir la obligación de registrar documentos de identidad en el libro de Registros de Pasajeros". La actividad comercial de estos albergues transitorios está especialmente regulada como un comercio tolerado, en consideración al tipo de actividad. Solo puede desarrollarse en el marco de un régimen especial controlado, en el que en teoría se persigue la tutela de normas sanitarias y de moralidad pública. Así, los albergues transitorios autorizados tienen unas exigencias diferenciadas de lavado de la ropa de cama, restringido el acceso a menores de edad, normas específicas de privacidad, obligaciones de higiene estrictas en cuanto a ropa de cama y enseres de baño, además de un régimen tributario diferenciado. En algunos –los "elegantes"– no se permite el ingreso de parejas homosexuales o de travestis. Por supuesto que en muchos de ellos –los no tan "elegantes"– no se cumple ninguna de estas normas, incluso con la tolerancia cómplice de las autoridades competentes.
Estos establecimientos se caracterizan, básicamente, por ser utilizados para encuentros de parejas que de ordinario no conviven (novios, amantes, sexoservidoras con clientes). Es muy raro –quizá para una celebración, para una fecha especial– que sean frecuentados por una pareja oficial (que, se supone, comúnmente hará el amor en su casa, aunque no tenga cama de agua ni tina con hidromasajes). Por estar rodeados de esa aureola de transgresión, justamente, son lugares especiales: en general nadie quiere ser visto cuando entra o sale de uno de ellos (es común que muchos/as se oculten la cara al hacerlo) y no hay que dar los datos personales para alquilar un cuarto como en los hoteles.
Es uno de los negocios que más crece en las últimas décadas. Continuamente se abren nuevos moteles en todas partes, y siempre, a toda hora, están llenos (muchas veces hay que hacer fila para ingresar, igual que en la misa para recibir la hostia…o más aún). Si la crisis económica golpea, en estas empresas pareciera no sentirse.
¿Qué nos dice esta proliferación continua de moteles? No solo que nos gusta mucho hacer el amor. Eso, seguramente, no es novedad. Siempre se hizo, y mucho, con o sin moteles. En todo caso muestra que las parejas "oficiales", las parejas "bien constituidas", el modelo de institución matrimonial asumido como normal en el Occidente cristiano, hace agua. ¿Cuántos de los que lean este artículo, varón o mujer, no han ido alguna vez a un motel en situación de transgresión? ¿Quién no ha hecho alguna vez esa "travesura"? Lo que sí es cierto es que los moteles respetan a cabalidad la equidad de género, porque son visitados en igual proporción por hombres y mujeres –aunque sean los caballeros los que, machismo mediante, en general paguen la tarifa–.
Todo lo cual lleva a replantear una cuestión de fondo: ¿cómo es esto de la "fidelidad conyugal"? ¿Existe? ¿Puede tomársela en serio?

No hay estudios categóricos que fijen con exactitud el porcentaje de "infidelidad conyugal" existente en el mundo –¿quién se atrevería a responder con veracidad sobre el asunto?– Pero lo que es sabido de todos, incluso sin necesidad de investigaciones que ahonden el tema, es que la infidelidad es un hecho (en general nadie la reconoce en primera persona; es siempre un asunto "de otros", pero que existe… ¡existe! Si no, no seguirían creciendo en forma exponencial los moteles… y las colas para entrar en ellos). De todos modos, y hasta donde puedan ser confiables en este campo, las encuestas disponibles demuestran que las prácticas extramaritales no son nada infrecuentes; por lo pronto las estadísticas de una investigación a nivel nacional (realizada en Estados Unidos) indican que el 15% de las esposas y el 25% de los esposos han tenido relaciones sexuales por fuera del matrimonio, y en muchos casos esos índices, según otros estudios, llegan hasta un 50%. Por otro lado la nueva "Enciclopedia Británica" dice sin mayores miramientos que "el adulterio parece ser tan universal y, en algunos casos, tan común como el matrimonio".
Un rápido recorrido a la historia o a la antropología comparada nos presenta el fenómeno de la "infidelidad conyugal" como inmemorial y extendido universalmente. No se trata de abrir un juicio de valor al respecto; suficientemente lo han hecho ya las distintas religiones y códigos éticos que fijan la moralidad en cada rincón del planeta. En todo caso, la pregunta en juego es: ¿por qué sucede? ¿Qué nos dice esa repetición del hecho?
Por lo pronto debe hacerse notar que se da tanto entre hombres como entre mujeres, pero no hay ninguna duda que son los varones quienes más tienen que ver con ella. Esto nos habla de un difundido patrón cultural altamente machista, patriarcal, y por lo que se ve, asumido como normal en el transcurso de la historia. A los "machos" esta práctica se les tolera mucho más que a las mujeres. Incluso encontramos formaciones culturales donde las relaciones entre géneros se vertebran sobre modelos poligámicos, entendiéndose la institución matrimonial misma como autorizada –para el hombre, no para la mujer– a constituirse teniendo vinculaciones afectivas y sexuales dentro y fuera de la misma. La mujer que osa ser infiel es condenada, pero no así el hombre.
Esto no hace sino reforzar la concepción machista que domina las distintas culturas: de una mujer la sociedad espera ciertas conductas "recatadas". Por ejemplo, en Occidente ya no tanto pero, aunque dejó de ser una regla fija, no deja de estar relativamente presente en el discurso oficial, que llegue virgen al casamiento (sabiendo que los moteles están a su espera, por supuesto); para el varón es casi una obligación lo contrario. Y ahí están las fiestas de "despedida de soltero" como institución que terminan, muchas veces, en la visita a prostíbulos casi en tanto ritual pre matrimonial obligado. Si las mujeres han comenzado a hacer también sus despedidas de solteras con striper todo servicio incluído, ello no es sino la repetición del mismo modelo. Es decir: se dice una cosa y se hace otra.
Ser fiel significa mantener la palabra empeñada, hacerse cargo de un compromiso contraído. El mantener relaciones por fuera de la institución matrimonial habla de lo dificultoso de esa empresa: una de las causas más alegadas como causal de divorcio es, justamente, la infidelidad conyugal. Si esto se repite con la frecuencia que se da (insistamos: en Latinoamérica, junto a las agencias de seguridad privada, uno de los negocios en mayor expansión en las últimas décadas han sido los albergues para parejas, usados fundamentalmente para relaciones "traviesas"), esto nos está demostrando qué difícil es mantener la palabra.
Los seres humanos no nos acercamos entre varones y mujeres sólo para procurarnos descendencia. Ese es un fenómeno del orden animal; los humanos no nos movemos por un instinto de apareamiento. Esto es secundario; nos une el errático, evanescente y por siempre problemático motor del deseo. La reproducción viene por añadidura. Y definitivamente las relaciones extramaritales están por fuera de la búsqueda de prole (en los moteles se venden tantos preservativos como cerveza).
Nos es difícil mantener las promesas (la historia de la humanidad es una continua sucesión de promesas no cumplidas), y al mismo tiempo nos seduce la transgresión. Si no, no sería necesario buscar algo por fuera de la relación oficial. ¿Qué otra cosa nos llevaría a olvidar tan repetidamente las promesas de amor para con nuestra pareja?
El discurso oficial –siempre engañoso, diciendo verdades a medias y ocultando una doble moral hipócrita– condena la infidelidad conyugal al tiempo que sabe que eso, sin declararlo, hace parte de la cotidiana dinámica normal (quienes más visitan los moteles son adultos casados, varones y mujeres, obviamente no con sus cónyuges).
En realidad no se trata de abrir condenas sino de entender la condición humana. El amor eterno… dura poco; el deseo es siempre deseo de otra cosa… y no hay objeto último que lo colme. ¿Será que para evitar la infidelidad en la estructura monogámica habrá que inventar algo nuevo? Pero ¿se puede evitar la "travesura"? ¿Puede terminarse con la transgresión? El crecimiento de estos moteles parece dar la respuesta.

Marcelo Colussi es argentino residente en Guatemala.

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