sábado, 31 de octubre de 2009

La isla

María Luisa Etchart (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El siglo que acaba de terminar tuvo, entre sus pensadores más lúcidos, al inglés Aldous Huxley, autor de dos libros emblemáticos: “A Brave New World” (que se conoció en español como “Un Mundo Feliz”) y “La Isla”.

En “Un Mundo Feliz”, Huxley pinta lo que podría ser un retrato de lo que él siente sería el mundo del futuro, gracias a la organización técnica y científica que buscaría eliminar la posibilidad de pensar diferente, de ejercer las libertades individuales sin coerciones e imposiciones por parte de “los que mandan”. Este libro tiene gran similitud con “Año 1984” de Orwell y basta leerlo con amplitud mental para comprender cuán cerca estamos de la implantación de ese modelo.

En “La Isla”, seguramente por una necesidad interna del autor de permitirse soñar con un mundo diferente, por un accidente casual se produce la llegada a esa isla, habitada por seres que han ido creando un mundo libre y compasivo, de algunos miembros que vienen del “Primer Mundo”, con su bagaje de conocimientos científicos y la combinación de ambas culturas da por resultado un lugar absolutamente atípico, donde nadie posee nada, ni siquiera los propios hijos, que son libres de buscar su destino y acompañarse de las personas que les resultan más afines, y donde la única ley imperante es el amor responsable hacia los demás y hacia la propia naturaleza.

Durante el juicio a los integrantes de las juntas militares que gobernaron Argentina entre 1976 y 1983, produciendo cuantiosas bajas, persecuciones, torturas y desapariciones de una generación que se atrevió a querer soñar con un mundo diferente, con el silencio cómplice y la aprobación de las grandes potencias que fingieron ignorar lo que estaba ocurriendo y mantuvieron cálidas relaciones con los asesinos, además de proporcionarles créditos que fueron distribuidos entre los proclives al sistema, endeudando al pueblo por varias generaciones, me llamó poderosamente la atención que el Gral. Videla, uno de los acusados, se presentó a su juicio con el libro “La Isla” en su mano. Hubiera deseado poder entrar en su cerebro para saber qué pensaba mientras lo leía en público, mientras se lo juzgaba.

Los estudios científicos de los últimos años han mostrado especial interés en tratar de comprender el por qué de nuestro comportamiento y, con Paul Mac Lean a la cabeza, llegaron a la conclusión de que nuestro cerebro es en realidad un cerebro triuno, que tiene una base de comportamiento reptil, un posterior agregado de cerebro mamífero y que en los últimos años fue desarrollando un cerebro que podríamos considerar humano propiamente dicho. El primero, el reptil, tiene como basamento los principios de Territorio, Jerarquía, Ritual y Engaño y carece en absoluto de compasión, sino mas bien basa su accionar en sus propios limitados intereses utilizando los cuatro elementos mencionados.

El cerebro mamífero incorpora el cuidado de las crías (cosa que los reptiles no poseen), el juego y algunas emociones. El juego, principalmente utilizado como forma de conocimiento, de comprender las propias limitaciones y la necesidad de otros para poder ejercerlo fue, gracias a la influencia del cerebro reptil, convertido luego no en un placer sino en una competencia, donde lo que importa no es jugar sino ganar, encasillar a los participantes en “jerarquías” y competir, competir, competir.
El último componente del cerebro, el que podríamos considerar “humanista” es el único cerebro caaz de introspección, de ponerse en el lugar del otro, de la empatía y, en consecuencia, de la compasión y el amor.

Si quieren saber cuál de los tres está usado predominantemente, cuál de los tres va “ganando”, bastará que enciendan un televisor y contemplen la mayoría de las caras y escuchen lo que tienen para decir, o se asomen a la calle y contemplen a quienes manejan sus vehículos con ferocidad prepotente, o escuchen a los políticos con sus charlas llenas de engaños, que apelan a la territorialidad, o escuchen a los pastores con sus rituales y promesas falsas de “prosperidad” para los que los sigan, mientras nos describen a un presunto “Señor” que no parece conmovido por los millones de víctimas de toda clase que sufren injusticia y exclusión en el planeta que es de todos, sino que supuestamente sólo busca que lo adoremos a él, que sólo se dignó comunicarse con miembros de un solo pueblo, ignorando al resto y que nos demanda que le entreguemos nuestros diezmos a sus representantes legales.

La experiencia de “La Isla” (no voy a contarles cómo termina por respeto a los que aún no la han leído) en cierto modo se emparenta con la teoría de los tres cerebros, en el sentido de que por medio de una educación correcta podríamos llegar a producir seres que den predominio al cerebro “humano”, que descarten desde el vamos la competencia, la acumulación, el egoísmo y se dediquen a disfrutar de la mutua compañía, del esfuerzo comunitario, del goce de lo natural, de la creatividad de la que todos somos capaces en una u otra medida, y no sientan necesidad de crear armas, ejércitos, grandes empresas, ni consumismo.

Todos los días me hago una pregunta: ¿Por qué, si todos disponemos de un cerebro humano, no nos estimulan a usarlo, en vez de sistemáticamente atrofiarlo, crearnos necesidades que no son tales, aturdirnos con torpes mentiras constantes, negando a los niños la posibilidad de hacerse preguntas verdaderamente importantes para su felicidad, en vez de someterlos a parámetros enfermos como si fueran verdades absolutas?

Sería interesante poder hacer una medición de los porcentajes de: analfabetos, drogadictos, explotadores, deprimidos, neuróticos, violentos, prepotentes, destructores de la naturaleza, que hay en la isla de Cuba, respecto a los que hay, por ejemplo, en USA, tras varias generaciones que se han ido educando y criando en los principios socialistas y que han producido excelentes médicos, que incluso ayudan a otros países . Esto es para los que aman las estadísticas, aunque sólo cuentan con las que les proveen los dueños del “modelo imperante”.

Bueno, por ahora esto es todo. No quiero dejar de mencionar, sin embargo a John H. Brand, a quien podrán encontrar en Google, ex ministro religioso y teólogo que ha publicado dos maravillosos libritos incorporando la teoría del cerebro triuno. El primero de ellos, “Shaking the Foundations”,me fue enviado por él hace algunos años y me he ocupado de hacer un resumen del mismo en español, que con gusto, si a alguien le interesa, le facilitaré una copia.

María Luisa Etchart es argentina residente en Costa Rica

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