sábado, 31 de octubre de 2009

La recepción como acto creativo

Margarita Schultz (Desde Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En el artículo anterior, “La creatividad como herramienta”, dejé pendiente un punto, muy destacado en el ámbito de la relación arte y educación. Me refería a la creatividad en los procesos de la recepción del arte.

Describo hoy la motivación del asunto. Para ello propongo que pensemos en lo siguiente: la propuesta de explorar la creatividad en la esfera misma de la creación artística es un acto cognitivo que podría ser calificado de redundante. Parece sencillo el descubrimiento posterior -en un lugar- de algo que previamente se ha colocado en ese lugar. ¡Claro! Los artistas, crean, ese es su trabajo… entonces, explorar la creatividad en la situación de la creación artística parece a todas vistas una repetición inútil. Con todo, hay tantos modos diversos de crear en artes, tantas variantes histórico-culturales de significación de la creación, que la creatividad buscada en “la creación artística” bien puede ser en sí misma una incógnita que vale la pena intentar despejar. El tema, atractivamente complejo, amerita un tratamiento especial.

Mi compromiso, ahora, es reflexionar acerca de la creatividad en los procesos de la recepción. La pregunta que acompaña la mera enunciación del tema se escribe así: ¿Cómo puede ser creativa la recepción? Seguida de estas otras: ¿Acaso recepción no es el acto de recibir lo que otro da? ¿Lo que otro da, no es, acaso, lo creado que produce su creatividad? El receptor ¿no recibe acaso lo que otro produce? Aquí hay que detener esa serie de preguntas, en verdad, retóricas. Pero son preguntas que si fueran examinadas críticamente, dejarían de serlo.

Me centro ahora en el tema propuesto desde la figura de la paradoja, al menos desde el marco de lo paradójico, y continúo: ¿Cómo podría no ser creativa la recepción? El primer atisbo de respuesta proviene de uno de los componentes principales de toda recepción de las artes, me refiero a la percepción misma.

En el ámbito de la psicología, se han estudiado las relaciones entre creatividad y percepción. Pero una de las corrientes psicológicas que ha tratado el tema de manera más sistemática, con una base experimental, fue la psicología de la forma, o de la gestalt. Sus primeros propulsores fueron Koffka, Köhler, Wertheimer, en la primera mitad del siglo XX. Muchas de sus conclusiones fueron ratificadas posteriormente, por ejemplo, por un influyente psicólogo del área, el genetista suizo Jean Piaget (1896-1980).

Koffka, Köhler, Wertheimer mostraron que percibir no es el resultado de sumar sensaciones, sino un proceso creador de estructuras a partir de estímulos que las sugieren. Los resultados perceptuales, vale decir, nuestras percepciones, contienen más que un mero conjunto de respuestas mecánicas a estímulos. ¡Nuestro contacto perceptual con el mundo es ya de por sí creativo! También el pensamiento es creativo, cuando es verdaderamente pensamiento, vale decir cuando no se restringe a la reiteración mecánica de ideas.

Este fenómeno, esta especie de milagro de la percepción, no es como tal privativo de una cultura, aun cuando la cultura lo estimula y lo orienta en una dirección. Cada cultura genera su repertorio de creaciones perceptuales, porque estos modos creativos de percibir tienen que ver con el mundo mismo en que se vive, con el entorno. La interpretación del sentido de la realidad circundante es intrínsecamente creativa, y está vinculada a la vida y a la percepción. Una conocida muestra de ello son las numerosas palabras que los esquimales emplean para nombrar los estados de la nieve. ¿Ven ellos lo mismo que vería un habitante de la ciudad de Río de Janeiro? La creatividad de la percepción no implica una modificación de los fenómenos, hablando fácticamente. Sino que se gesta en la intimidad del sujeto, en la relación perceptual-cognitiva entre el individuo y el medio.

Demos ahora un paso hacia la percepción de los fenómenos que llamamos genéricamente ‘arte’. La meta es disponer de buenos argumentos para defender la idea que da el nombre a este ciclo: ¡ARTE SÍ! Vuelvo sobre una afirmación de importancia, que he realizado con anterioridad a propósito de otros temas. La experiencia con los fenómenos artísticos compromete las principales funciones que caracterizan a la persona humana. La percepción es una de ellas, importante porque es puerta de acceso a las otras, pero no la única.

En una enumeración sencilla destaco que la experiencia con las artes compromete:

1) el percibir (visual, auditivo, táctil, y sus combinaciones como en las formas audiovisuales); también, en otras propuestas, tacto y gusto,
2) la emocionalidad (el vínculo con el gran espectro de las emociones humanas, en principio),
3) el ejercicio y práctica de la memoria envuelta en los procesos de percepción (sobre todo en las artes de la representación o performativas),
4) la acción de la inteligencia (para todo lo que signifique comprender lo que se está viviendo),
5) la práctica lingüística y de comprensión de la comunicación,
6) la vivencia de ese raro placer que activan las artes, un placer sui géneris que puede ser experimentado aun ante situaciones que de otro modo serían dolorosas (los dramas y tragedias en el teatro, por ejemplo). Un placer que no tiene que ver con las patologías sado-masoquistas.

Podría alegarse que esas situaciones se circunscriben a las experiencias específicas. Pero tal afirmación sólo indica una deficiente comprensión del modo como funciona la persona humana en su integridad. La persona es, en un sentido metafórico y literal, un sistema en red. Esto implica la transferencia continua de experiencia de un campo a otro. Todo ello, esas seis situaciones enumeradas, genera en el sujeto receptor un estado de salud general traducible como plenitud, y viceversa, un estado de plenitud que redunda en la salud del individuo.

Recientes experiencias llevadas a la práctica en diferentes países, uno de ellos lógicamente Argentina puesto las experiencias que están vinculadas con la práctica sistemática de bailar tango, demuestran que los enfermos del mal de Parkinson mejoran sustantivamente no solo sus movimientos, sus desplazamientos, sino que, por lo mismo, recobran un bienestar anímico perdido debido a la enfermedad. No pretendo afirmar, de manera pedestre, que hay que frecuentar el arte para estar sano, pero no sería la salud un mal efecto secundario de la recepción del arte. Las actividades de arte-terapia en sus variantes disciplinares (plástica, música, literatura…), tienen larga data. Se ha acopiado, al respecto, mucha información positiva. Este ciclo, estimados lectores, continuará en el próximo capítulo, cuyo título anticipo aquí:

La práctica de actividades artísticas, en educación, como entrenamiento de la capacidad de juzgar y evaluar.

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