viernes, 23 de octubre de 2009

La sonrisa del ascensor

Gustavo E. Etkin (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En el ascensor, es preciso ser correcto. Cuando se está solo, se pueden hacer muecas en el espejo y rascarse los huevos con indiferencia. Pero cuando hay otros, es preciso ser correcto. Correcto y sociable. Miradas tan cercanas no pueden detenerse en el otro. Se debe mirar para arriba, para la puerta o, si por suerte hay algún afiche, leerlo con atención.

Los hombres pueden detener su mirada un poco más en las mujeres. Pero solo un poco. Nada de mirar con insistencia. Y cuando la mirada de un hombre encuentra la de otro hombre hay dos alternativas: desviar instantánea el ojo o mirar con insistencia. Esta última mirada, a su vez, tiene otras dos alternativas: terminar en muerte (“¡¡¡¡¿¿¿¿Por qué me está mirando de esa manera????!!!!) o en sonrisa que -inevitablemente- acompaña el mismo comentario con diferentes, aunque no muchas, variaciones: “-Que calor!!” o (abanicándose con resignación) “Que día hoy !!!”, o “Ese El Niño...!!!”. En ese caso, si el piso es alto, se puede agregar: “-... y para empeorar, todo embotellado...!!!” o solamente –“.... y aquel embotellamiento… !!!!”.

Para algunas personas el instante de atravesar la puerta, para entrar o salir, es un Gran Momento. Caminan hasta el límite, y justo ahí, en el umbral, se detienen. Pueden hasta llegar casi corriendo, o a pasos largos, pero en ese lugar, se detienen. Paran. Y observan con cuidado y prudencia donde van a dar la próxima pisada. Entonces, los que antes podrían haber sido largos, anchos y rápidos pasos se vuelven cortos, explorativos, un tanteo cuidadoso, una prudencia extrema. No solo porque no quieren dar un paso en falso. Es que ahí se encuentran con un límite: la posibilidad de un instantáneo abismo. Como si cada micro paso fuese la garantía de que no habrá repentinos precipicios. Finalmente, después que todos observan seriamente la proeza de sus pies, entran (o salen) con una sonrisa de alivio.

Como ciertamente fue percibido hasta ahora, la sonrisa es un instrumento clave de esa fugaz convivencia vertical. Ejemplo máximo de eso es cuando entra una madre con un bebito en brazos. En aquel sublime momento, todos deben mirar para el nenito y sonreír ampliamente con aire extasiado. A continuación, las miradas deben alternarse: para el nenito y entre ellos, entre elles y el bebito. Siempre con una gran sonrisa. Algunos, demostrando así su pureza de alma, comentan: “-¡¡¡Qué bonito!!!”, o “¡¡¡Es tan lindo!!!”. Entonces, todos salen con aire feliz y cara optimista. Por fin el ser humano es bueno.

Como debe suponerse, es peligroso no mirar al bebito, y mucho más todavía mirarlo y no sonreír. Quedar serio. Con eso será evidente que se es malo, que no se ama los niños ni a la naturaleza. Alguien puede hasta llegar a pensar que se es enemigo de la ecología, premeditado poluidor ambiental y asesino de ballenas y golfitos.

Cuando el ascensor está lleno, algunas señoras (o señoritas) ponen cara desesperada. Y miran rápidamente para todos lados, puerta, techo, paredes, cualquier lugar menos los ojos de los otros. En ese momento están preocupadas con mareos y palpitaciones. Son las que habitualmente sienten “falta de aire” en el ascensor. Se pueden sentir así en la cama. Con la diferencia que ahí podría ser lindo, posibilidad pecaminosa – aunque sea solamente en la fantasía – insoportable para ellas.

Hay ascensores que son a propósito lentos al cerrar. Su puerta corrediza solo cierra después que la otra, la del piso. Pero tardan en hacerlo. En ese momento los que están adentro aguardan aparentando indiferencia y, algunos, intentando sonreír. Sin embargo, hay gente que al salir -con gesto respetuoso y rostro obediente- retiene la puerta del piso, la asegura, y así aumentan el tiempo de espera. En ese momento, algunos de los que espera imaginan cortar esa mano, acuchillarla, dar un tiro en el respetuoso retentor. Es cuando más sonríen.

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