jueves, 1 de octubre de 2009

La vida en clave de paseo

Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¿Quién tiene tiempo de pasear? ¿Cuándo fue la última vez que usted se dio el lujo de pasear un día cualquiera (lunes en la mañana, por ejemplo)? Sin duda, lo comprendo (por usted y por mí), en este tiempo de ir y venir sin saber para qué, pasear pudiera significar un acto de vagabundeo, pues ya ni los burgueses “pierden tiempo” recorriendo las calles con el simple propósito de descubrir los detalles más “insignificantes” de la vida. Sin embargo, en medio del caos de la prisa urbana (y de la carrera del no sé a dónde voy), el pasear puede representar la más personal (y complicada) de las opciones contestatarias.

La anterior interpretación me surge cuando leo la novela (breve y sabroso relato en clave de observación callejera) El paseo de Robert Walser. El personaje de esta obra no asume el paseo como un acto de escape, sino más bien como una necesidad de celebrar lo imperceptible; es el Charlot que un buen día sale de casa a contemplar los puntos pequeños del todo. Y se maravilla con la naturaleza pero también con los detalles humanos. El paseante es un poeta que, aunque pobre, no sufre las consecuencias de su situación. Por el contrario, a ritmo cordial avanza sonriente por la vía. 

Para el poeta el camino es un universo al alcance de sus pasos (y escribe): “Un montador en bicicleta, compañero del batallón de milicias 134/III, me grita al pasar:

-Me parece que vuelves a pasear en día laborable.

Yo le saludo riendo y admito con alegría que tiene razón si piensa que paseo.

‘Así que me ven pasear’, pensé para mis adentros, y seguí paseando pacíficamente sin molestarme lo más mínimo por haber sido atrapado, lo que habría sido una tontería.

Con mi traje inglés regalado amarrillo claro, me veía, he de confesarlo abiertamente, como un gran lord, grandseigneur, un marqués paseando arriba y abajo por el parque, a pesar de que donde me encontraba era sólo una zona pobre y carretera, medio rural, medio suburbial, sencilla, amable, modesta y de pocas aspiraciones, y no un distinguido parque…”

Son muchos los pasajes de la novela que nos presentan la visión que del paseo tenía Walser. Al respecto, Belén Gaché dijo que “Las caminatas eran el centro no solamente de los libros de Robert Walser sino también de su propia vida solitaria. El poeta suizo parecía apegarse antológicamente a la deriva, rebotando de una ciudad a otra, de un empelo a otro. Mientras lo hacía, miraba todo desde la perspectiva del que se encuentra fuera, con la fragmentación propia del que contempla las cosas solo de paso”. Y el propio Walser llegó a escribir que “al paseante le acompaña siempre algo curioso, reflexivo y fantástico”. He ahí la declaración de principios de un paseante.

Son diversas las lecturas que se asoman en la prosa sencilla y tristemente amable (valga la irónica contradicción para identificar su estilo) de Robert Walser. Los personajes obedientes (los cero a la izquierda como Jakob Von Gunten) de sus novelas tienen la marca de “la ciudadanía industrial”, ellos ocupan un vacío entre la nada. No obstante, se comportan como “resignados al extremo”. Cada protagonista de Walser es un cínico de la rendición. Hay en su inexistencia un extremo de burla seca. Él se asume obediente pero cuenta, como brisa helada, la rutina de la sumisión: ¡Ya me tiene, soy tan inútil como usted soñó, no hay más! El poeta del paseo también asume su invisibilidad, pero, a diferencia de otros, lo hace desde la observación. El paseo puede ser un recorrido ingenuo, pero también un transito de protesta contra la voracidad del desarrollismo, contra la frenética carrera del progreso mal interpretado. Mientras los demás participan en la competencia del desasosiego, el poeta se detiene, respira, observa y piensa: “Los niños son celestiales, porque siempre están como en una especie de cielo, y caen desde la infancia a la seca y calculadora esencia y a las aburridas concepciones de los adultos”. O cuando puntualiza que “La naturaleza no tiene que esforzarse por ser importante. Lo es”.

El 25 de diciembre de 1956 unos niños encontraron el cuerpo sin vida de Robert Walser, entre la nieve, extraviado en quién sabe que otro punto de la observación. Para entonces, el escritor era un interno del sanatorio Herisau y recibía permisos para pasear. Hoy, cuando el progreso se nos anuncia en fiesta sin derecho a queja ni a pesimismo, siento que El paseo es un canto a la observación para descubrir los detalles mínimos de la belleza (y su trascendencia) en medio del manicomio global.

Robert Walser: Novelista, poeta y ensayista, de nacionalidad suiza. Nació en Biel, cerca de Berna, el 5 de abril de 1878. Después de abandonar la escuela, trabajó como empleado de oficina, al tiempo que escribía poesía, entre 1898 y 1905, cuando su hermano mayor, pintor e ilustrador, le invitó a vivir con él en Berlín. En esta ciudad escribió tres novelas, Los hermanos Tanner (1907), El ayudante (1908) y Jakob von Gunten (1909), que dan una visión irónica y desapasionada de la vida cotidiana de Berlín. En 1909 regresó a Biel y allí escribió las narraciones cortas recogidas en El paseo y otros relatos (1917), pero durante ese periodo sufrió una gran depresión, acompañada de alucinaciones. A pesar de los tratamientos durante dos años, en 1930 se aconsejó su internación en una clínica psiquiátrica de Herisau, donde pasó el resto de su vida. Murió el 25 de diciembre de 1956. Aunque su obra, que incluye además poemas, ensayos y numerosos relatos, fue admirada por otros escritores, como Robert Musil, Walter Benjamin y Franz Kafka, no llegó a un público más amplio hasta finales de la década de los cincuenta.

Edgar Borges es venezolano residente en España.

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