jueves, 1 de octubre de 2009

Una buena madre

Gustavo E. Etkin (Desde Brasil, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando Klara Pölzl lo vio sabía quien fue aquel hermoso bebito. Tan chiquito, blanquito. A veces lloraba, a veces dormía. O sonreía. O reía. ¿Quién fue? ¿O quién sería? Klara no había leído aquel cuento de Borges, El jardín de los senderos que se bifurcan. El cuento había sido escrito entre 1941 y 1944. Cuando Klara lo vio por primera vez fue el 20 de Abril de 1889. El día que lo tuvo. El parto no fue fácil (era su primer hijo) pero lo esperaba feliz. 

Cuando le daba el pecho tenía una extraña sensación. Casi una alucinación. Veía montañas de muertos. O chimeneas con humo y olor a carne quemada. Después, otra vez olor a bebito. Aquel nenito de ojos verdosos que chupaba su pecho y después dormía tranquilo mientras ella le cantaba antiguas canciones alpinas. Klara Pölz quería pensar que eso era como fantasías. Ensueños. Que no siempre eran de muerte. También de amor. Sexuales. Y ahora, con su bebito era así. Como pequeñas y fugaces pesadillas.

Klara Pölz era una campesina pobre, de antepasados serbios, una aldeana que vivía con Alois, su marido, al norte del Danubio. En la pequeña tierra que tenían, rodeados de bosques, con Alois cultivaba flores, repollo para chukrut, hongos, que cada tanto también buscaban entre los árboles, a orillas del Danubio.

Trataban de no hablar mucho con los jünkers, esos antiguos nobles austriacos del lugar. Solamente lo necesario cuando les vendían sus flores y repollo. Los jünkers los trataban con desprecio. Aludían siempre, entre sonrisas y cerveza, a la torpeza y estupidez, a la ignorancia de los aldeanos como ellos. Y entre trago y trago comentaban como ellos, los campesinos pobres e ignorantes, eran también borrachos.

Los veía casi todos los días en la cervecería en que empezó a trabajar. Porque Alois pasó ocuparse solamente de la pequeña granja y ella empezó a trabajar en una cervecería, cerca de su casa. Como moza. Aunque no podía quedarse ahí muy tarde, porque Alois Hitler era violento. Si llegaba después de las diez de la noche le daba fuertes bofetadas o trompadas. En el estómago, para que no queden marcas, comentaba después sonriendo.

Poco a poco Klara fue siendo conocida por una extraña costumbre: apenas alguien se sentaba a la mesa, ella sabía lo que pediría. Si salchichas con chukrut, puerco con puré de manzana, algún pastel alsaciano. Cerveza blanca o negra. Cuando la llamaban para pedir, ya aparecía con el pedido. 

Y no era telepatía. Todo eso ya lo tenía preparado en la cocina poco antes que entren. Antes que se les ocurra pensar en algo para pedir.

Una vez conoció alguien extraño. Diferente a los ruidosos jünkers que siempre aparecían en grupo gritando y dando risotadas. Era un joven de unos 22 o 23 años. Entró solo. Cuando lo vio, como siempre, supo lo que pediría. Y se lo trajo. Él la miró serio, sin sorprenderse como los otros. Como si hubiese sabido eso. Le preguntó: -“¿Sabes también que nos conoceríamos?”, -“No”, le respondió ella algo tensa porque con los clientes trataba de hablar solo lo necesario (Alois era muy celoso y cada tanto aparecía para observarla). –“Mi nombre es Gurdjieff. Hay otro tiempo que no es tiempo. Por lo menos, como lo conocemos nosotros. Ahí, lo que acontecerá ya aconteció. Y eso tú lo sabes. Sabes más de lo que crees. Recuérdalo”. Ella, callada, le dejó en la mesa las salchichas que sabía iba a pedir con la cerveza. Y siguió atendiendo, trabajando, anticipando. 

Volvió a casa y le dio el pecho al pequeño Adolf. Cuando ella no estaba la niñera le daba mamadera, pero no era lo mismo. Aunque hubiera tomado hace poco, se prendía de su pezón desesperadamente. Adolf tenía un mes. Cambió sus pañales sucios y encendió carbón para calentar agua. Cuando estuvo tibia lo empezó a bañar. Recordó las palabras de ese Gurdjieff. Metió con cuidado al pequeño Adolf en el agua tibia. Y volvió a ver montañas de muertos, hornos con humo de carne quemada. Y ahora, también, explosiones, guerras, muchos muertos destrozados. Y a Adolf grande, con un pequeño bigote hablando ante una multitud. Y extraños símbolos negros. Supo entonces, tuvo que reconocer, que Adolf, su hermoso, pequeño Adolf sería también todo eso. Entonces agarró su cabecita para meterla dentro del agua tibia y dejarla ahí, adentro. Pero empezó a llorar. Lo amaba mucho. Un bebito pequeño, frágil, de ojos casi verdes, que necesitaba de ella. Lo amaba. Era su madre. No pudo. Lo sacó, lo secó, lo envolvió y comenzó a cantarle una antigua canción de cuna. Klara también era una buena madre.

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