sábado, 7 de noviembre de 2009

1989: ¿qué más cayó con el muro de Berlín?

Víctor Gálvez Borrell (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace dos décadas, el 9 de noviembre 1989, los alemanes de ambos lados de la dividida ciudad de Berlín, derrumbaban estrepitosamente el llamado, para unos, “Muro de Contención Antifacista” y para otros, “Muro de la Vergüenza”. Culminaban así, varias semanas de movilizaciones en contra del gobierno de la República Democrática Alemana (RDA) y el mundo asistía, sin imaginárselo aún, al simbólico nacimiento de una nueva era. Para empezar, la del fin de la bipolaridad y del terror nuclear que la “Guerra Fría” sintetizara durante 40 años. ¿La “caída del muro” fue también el fin del socialismo? Sí y no. En 1989, cayeron sucesivamente varios regímenes políticos y económicos de lo que, eufemísticamente se había acuñado como “socialismo realmente existente”. Pero otros, como China, aceleraron ajustes económicos manteniendo el autoritarismo político, hasta hoy. No obstante, las ideas y principios de la “utopía socialista” se mantuvieron, atenuados en un principio por el cataclismo de 1989 para renovarse posteriormente.

¿Qué sucedió con el granítico régimen comunista? Nadie se imaginó en 1985, cuando M. Gorbachov asumió la conducción del Partido Comunista de la URSS (PCUS), que cuatro años más tarde, sería el principio del fin. Sin embargo, los problemas venían acumulándose desde la década de 1970. La economía crecía tan poco que casi se estancaba, al igual que la productividad del trabajo y el ingreso real per cápita. Sin cambios profundos, el sistema colapsaría por su ineficiencia e inflexibilidad económica y política, fundamentalmente porque en el caso de la URSS, ésta no podría soportar las exigencias de ser superpotencia militar, con una economía en decadencia (Hobsbawm, E. 2008). Las reformas se habían retrasado demasiado, pero cuando aparecieron a mediados de la década de 1980, su aplicación resultó devastadora. Cuando el reformador Gorbachov combinó perestroika o reestructuración económica y política, con glasnost o liberalización de la información, “el país se movió hacía una política electoral pluralista al mismo instante que se hundía en la anarquía económica. En 1989, nadie gobernaba o más bien, nadie obedecía en la URSS” (Ibid).

No obstante lo anterior, fue paradójicamente en la periferia del sistema: la Europa del Este, en donde se inició el colapso. Uno a uno, los antiguos gobiernos comunistas fueron abdicando, casi pacíficamente y Moscú renunció a intervenir militarmente, como lo había hecho antes en Hungría (1956) o en Checoslovaquia (1968). Así, para 1991, más de la mitad del “bloque socialista” -incluyendo la URSS- había desaparecido. No dejaba de sorprender la rapidez y escasa resistencia con la que disolvió el régimen comunista, lo que llevó a pensar que su implantación, quizás había sido más superficial y delimitada de lo que se había pensado y temido tanto en Occidente.

Por otra parte, al diluirse la confrontación Este-Oeste, la interpretación de los hechos, que había permanecido obscurecida por décadas de una feroz propaganda entre ambos bloques, fue más objetiva. Surgió así, una concepción muy crítica sobre lo que había sido el “socialismo realmente existente”. Éste apareció como un régimen más de dominación, que lejos de promover la eliminación del Estado, como lo preveía el socialismo, lo había consolidado, al igual que a una nueva clase social -la nomenklatura o burocracia del partido- que disfrutaba de todos los privilegios. Se hizo justicia a la crítica de León Trotsky -uno de los más honestos líderes de la revolución rusa de 1917 y asesinado en su exilio de México en 1940- cuando denunció la teoría de Stalin sobre la “construcción del socialismo en un sólo país” de 1924, como una estrategia que ocultaba intereses hegemónicos y nacionales, para consolidar un nuevo régimen de dominación, que poco tenía que ver con el socialismo. La década de 1920 fue de grandes discusiones internas entre la dirigencia bolchevique, sobre las orientaciones que asumiría la revolución rusa y los riesgos y peligros de su desviación y burocratización futura: la Revolución Traicionada. Discusiones que el estalinismo prontamente ahogaría, en función de un pensamiento oficial y único.
Las críticas a la desviación bolchevique inicial, al “socialismo realmente existente”, al engaño y fracaso de la URSS y del bloque socialista, han permitido también, separar la “utopía socialista”. Se trataría en efecto, de la confianza y posibilidad en un mundo mejor para todos y todas, que no sólo puede, sino que debe construirse. Y ello sería lo que aparentemente, nunca cayó con el Muro de Berlín o volvió a renacer. El crecimiento actual de la miseria, la exclusión, la desigualdad y la injusticia en el mundo; la esperanza de humanizar el mercado para atenuar el “capitalismo salvaje y las ganancia sin límites ni responsabilidad”; las expectativas de hacer avanzar una democracia participativa más real, mantendrían vigente la “utopía socialista”. Y sobre la utopía, hay que recordar, como escribió Eduardo Galeano que “Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar”.

Víctor Gálvez Borrell, sociólogo, ha sido consultor de organismos internacionales, investigador social y profesor en varias universidades de Guatemala.

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