sábado, 21 de noviembre de 2009

Cadáver exquisito: La cultura Metal en América Latina

Mario Castañeda (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Un comentario para pensar el mundo desde la exquisitez de un cadáver subterráneo.

Analizar, comprender, interpretar y explicar la realidad latinoamericana no es una tarea fácil. Sus componentes históricos están en el presente y en el pasado, no como simples anécdotas conmemorativas ni solamente como herencias colonizadoras. Se muestran, en nuestras Américas, construidas de elementos heredados y resistencias diversas. Y, aunque la conquista y la colonización signaron nuestro hacer en gran medida, con el paso de los siglos, hemos reinventado nuestras visiones de la vida y de la muerte.

El Metal, como una expresión derivada del fenómeno sociocultural nombrado rock, ha sido apropiado y reinventado en estas latitudes. Este portento debe ser visto como proceso, pues nace de una serie de construcciones y deconstrucciones musicales, culturales, históricas y sociales con herencias africanas y anglosajonas.

En esas secuencias de vinculaciones entre sí, violentas y pacíficas, la música ha significado un motor importante en las subjetividades. Entenderlas más allá de por sí mismas, infiere un desglose de las contradicciones humanas y posicionamientos diversos contenidos bajo la superficialidad social.

El cadáver exquisito, como un ofrecimiento colectivo que hila las potencias intelectuales y materiales concretas de los individuos a través de la imaginación, nos advierte que dicha creación colectiva es resultante de conjunciones individuales y grupales en contextos distintos. Por creación, dicha técnica, empleada por los surrealistas de principios de la anterior centuria, agrega elementos reales e irreales a esas consecuencias. En esa lógica, si nos arriesgamos a pensar Latinoamérica como proceso, encontraremos unidos, también, aspectos de existencia verdadera y efectiva, y no reales. Surrealismos diversos expresados en lo político, en lo económico y en lo cultural. Aparentes secuencias lineales que han sido afectadas por rebeliones abiertas y silenciosas infrapolíticas, dentro de la lucha por, en y frente a la modernidad y el progreso.

Ante esto, el cadáver exquisito: la cultura Metal en América Latina, como han nombrado Indira González y Jeff Brenes a la producción audiovisual de construcción colectiva desde distintos espacios geográficos y culturales latinoamericanos, se muestra crudo y honesto. Hilando lenguajes, concepciones de la vida y la muerte, interpretaciones sobre y desde la sociedad, y reflexiones sobre el Metal como proceso sociocultural, transitan las imágenes y sonidos propuestos por estos dos jóvenes costarricenses. Una elaboración con los procedimientos referidos desde su homónimo como práctica humana muy particular y establecedora de nuevos sentidos del mundo y de la mente.

Para estas líneas he decidido partir de este constructo integral que González y Brenes elaboraron, pues, opino que no pueden ceñirse los fenómenos sin hacer uso de la historia. Y ellos lo supieron y la tomaron como eje central a través de las relaciones de dominación del cristianismo y el capitalismo en este continente. Entendieron y asumieron la misma no como el cúmulo de anécdotas y datos que atormentan la memoria sino como la batalla intelectual y práctica que se mantiene viva mediante la reflexión a través del viaje constante entre pasado y presente, y viceversa.

Una historia construida desde los sujetos sin ser subjetivista. Si hablamos de este tipo de historia, entonces, dejaremos de hablar de “temas” y verbalizaremos y escribiremos sobre “problemas”, para no eliminar la complejidad sustancial que les permite existir a las manifestaciones socioculturales. Hablar y escribir sobre el Metal como resultante histórico y no como imagen aparecida en el aire sin sostenimiento alguno. Saberlo como un fantasma que deambula por el mundo casi imperceptible a los ojos convencionales pero tangible en vericuetos de sociedades como las latinoamericanas, particularmente, las de Centroamérica. Y, precisamente, de ahí es donde surge esta propuesta, desde Costa Rica y con un sentido de ajuste de estampaciones de colores societales distintos.

Pensar Centroamérica en términos más integrales como región ha sido una tarea casi olvidada, incluso, para los historiadores, no digamos para los acuciosos de la cultura. Comparado con el sur de América donde la producción intelectual sobre el Metal y el rock en general ha sido provechosa, el territorio centroamericano se ha quedado rezagado. Somos pocos quienes hemos tenido el valor de comenzar a hablar, escribir y documentar audiovisualmente, desde distintas perspectivas, esta evocación de historia reciente pero tan fuerte y contradictoria como las mismas sociedades. El cadáver exquisito es un claro ejemplo de esa necesidad de pensarnos distinto y que englobó, inclusive, más allá del largo y la anchura de la América Central.

Nos remite, entonces, a una primera reflexión no sólo geográfica sino también de discernimiento sobre lo que culturalmente producimos y consumimos externa e internamente. Es decir, el Metal como una forma cultural y/o contracultural –según el contexto y su proceso-, que llega a América Latina después de su rápida maduración en los vientres del occidente europeo y estadounidense durante la década de 1970 y que es apropiado al estilo latinoamericano. Pero no sólo apropiado, sino también construido con sus formas primarias de rock´n´roll transformadas por los primeros grupos cubanos y mexicanos durante el segundo lustro de 1950.

Tal absorción, ninguneada por las historias complacientes y etnocéntricas norteamericanas (Estados Unidos y Canadá) y de Europa, nos matiza con un sentido diferenciado y mestizado del rock. Por ello, en la reflexión de estos dos estudiosos de América Latina, es evidente el rescate de pensarse desde las raíces propias sin negar el influjo que ha permitido la aclimatación de tal expresión humana y, particularmente, juvenil. O sea, decirle a las diferentes Américas, y al resto del planeta, que también somos parte de la cultura y/o la contracultura. Aunque ustedes no nos vean más que como afirmación lineal del tiempo vacío del capital, dominados, subdesarrollados y oferentes de nuestra mano de obra y recursos naturales. Que tenemos formas de expresarnos y de resistir. El Metal, con todo y sus contradicciones, es una de ellas.

Esto es fundamental en cuanto demuestra no solamente la omisión de Latinoamérica por quienes tienen los medios para producir materiales que se difunden por redes internacionales de cable, internet y se venden en comercios de videos, sino para demostrar que América Latina tiene también no una sino muchas historias negadas. El rock, excepto cuando ha sido abstraído por el mercado y convertido, incluso, a esa aberración denominada “rock cristiano”, ha tenido una resistencia que data de casi seis décadas. Más que los movimientos guerrilleros en la referida región, con excepción de Colombia, cuya guerrilla parece eterna, el rock ha mostrado no sólo constancia y resistencia frente al orden y al sistema, sino a las relaciones de dominación basadas en el adultocentrismo. Ni Cuba ni el resto de países “democráticos” se salvan, con la singularidad en esta isla de mostrar cambios desde la década de 1990 a la fecha, de señalar con el dedo del poder al rock y sus concomitancias sociales.

Ese es, a rasgos holgados, lo sustancial de la primera reflexión. Seguidamente, nos confieren las discursivas del documental a otro componente significativo del análisis, brevemente mencionado apenas líneas atrás: el mercado.

Los autores del material audiovisual aciertan cuando cuestionan el poder de las industrias culturales que engatusan al público objetivo, particularmente a la juventud. Theodor Adorno era tajante cuando afirmaba el efecto producido en las masas por el poder que las industrias tenían para mediatizar al público. Desde la perspectiva latinoamericana, Jesús Martín-Barbero nos sugiere que el receptor o público, tiene, aún la capacidad de rechazar las imposiciones de los grandes mercaderes de la cultura. El video nos muestra que la resignificación de los símbolos y las posibilidades de crear y consumir los productos que circulan dentro del Metal, pueden ser cautivos del lucro o reinventados y refuncionalizados acorde a las posibilidades reales de los participantes. El mercado se constituye en la esotérica expresión del capitalismo. Aparente invisibilidad seductora en la medida en que necesita reproducirse, precisamente, por su violencia interiorizada en el humano a través de las relaciones de producción, distribución, socialización y consumo. Violencia maquillada de satisfacción obtenida al agenciarse de un objeto concreto que interconecta al receptor con el oferente a través de intermediarios. Lucro del sentir y del arte a cambio de la domesticación intelectual y discursiva. Se convierte, en muchos casos, suavizante de las asperezas que la rebeldía social puede expresar desde la cromática humana. Por ello, el metal cristiano y el mundano pero digerible, no son ajenos a tal lógica.

Pero el mercado no es exclusivamente el intercambio de mercancías en injusta relación de creación, producción, difusión y consumo. Tiene una parte más sutil para volverse imperceptible: convertirlo parte de la cotidianeidad. Al culturizarlo gradualmente, se adhiere al habitus individual y sus competencias colectivas dentro de la relación entre capitales culturales, económicos y sociales, como bien nos ilustra Bourdieu.

Esa es una parte del problema. Cuando se asume como normal y se le deja manejar los hilos de la subjetividad social. Cuando las consecuencias son las prácticas utilitaristas de la creación humana, especialmente en la etapa de la fetichización tecnológica que el neoliberalismo nos ofrece.

Con el escueto desarrollo de esa segunda consideración, cabe hilvanar un tercer elemento que ha sido de mucha susceptibilidad en los últimos años: la esencialización de la cultura. Brenes y González nos invitan a escudriñar en los contenidos de distinta naturaleza que el Metal guarda en sus profundidades. Entre ellos: afinidades ideológicas, oposiciones o defensas religiosas, estigmatizaciones, concepciones de la vida y de la cesación de la existencia, violencia, denuncia social, hartazgo hacia los poderes y sus instituciones, entre otros. Al internarnos en ellos, el ejercicio crítico no absuelve la pretendida pureza que algunos le designan a tal corriente del rock. Esa refutación hacia el fundamentalismo que pueden producir quienes participan de estas expresiones y de quienes que, con estigmatizaciones atacan, no niega que es, al final, una construcción humana. Empezando por las competencias, la fetichización de las mujeres como objetos sexuales y de atractivo comercial, atravesando las diferenciaciones con otros grupos juveniles que suelen ser inferiorizados o estigmatizados desde el mismo Metal (reguetón, hip-hop, rock pop, cumbia) y terminando con la confrontación religiosa (quemas de iglesias cristianas). Es decir, no ven los autores de esta obra a los metaleros como perfectos seres ni como víctimas exclusivas que dramatizan su existencia al ser negados por la sociedad. Se explican como seres humanos en contradicción que muestran sus espejos o identidades para darle sentido a su vida, para resistir, para afirmar, para no callar, pero, sobre todo, para evidenciar que aún con las etiquetas asignadas o construidas, atraviesan relaciones sociales con historicidad que determinan procesos. El Metal es uno de ellos.

Y en ese juego de encontrarse y desencontrarse en y con la sociedad, en y con la historia, aparece un cuarto y último factor que nutre el planteo lúcido de este material: las nupcias entre cristianismo y capitalismo. Con su carácter casi feudal, reflejo del pasmado desarrollo del mercantilismo español suscitado por su poderío a la deriva frente al resto de Europa en el siglo XVI, la conquista y la colonización en territorio americano signaron contradictoriamente nuestros males, hoy presentes, estructuralmente. Sin obviar, por supuesto, las suntuosas independencias que, en países como los de la América Central, fueron un simple cambio de poder de unas manos a otras. Por demás, diferentes a algunos procesos como el mexicano y de varios países del sur de la geografía americana. O también, las conformaciones de estados liberales y sus antojadizas aplicaciones de fórmulas concebidas, impensables para contextos como los nuestros.

Las múltiples caras del amor cristiano como falsedad necesaria para evitar el exterminio de la mano de obra nombrada despectivamente como “india”, no sirvió más que para invisibilizar dicho soporte del Estado colonial. Esa denuncia está latente en los significantes y en los significados que Indira y Jeff nos trasladan en sonido e imágenes. Tanto el cristianismo como el capitalismo, han atravesado procesos importantes de transformación, ambos caracterizados por la acumulación y reproducción de capital (humano y material), que les permita sobrellevar los avatares de su permanencia como dominación. La creación de monstruos que “obstaculizan” el progreso, que son todos aquellos seres y valores despreciados porque no son rentables. Porque obstaculizan el pensamiento y la acción racista disfrazada de “desarrollo”. Por eso, la ira que desata el Metal es inaceptable para los cánones estéticos que el circuito comercial espera, aunque se abran posibilidades de mercadear lo diferente para someterlo al orden y negarle su derecho a la desobediencia.

Las diferentes expresiones metaleras pueden dar cuenta de ello. Sólo falta profundizar en los senderos obscuros de sus caminos. Encontrar en su mística, las confabulaciones terrenales que permiten su existencia. Ahondar en sus demonios humanos, en sus parafernalias anticristianas que, en muchos casos, en contradicción, afirman al cristianismo atacándolo, pero también negándolo para no tragarse juntas la hegemonía y la dominación como intentos del orden. Ambas, por definición, distintas.

El cadáver ya fue creado. Un cadáver otro que se distingue de los cadáveres cotidianos que produce la seducción capitalista. Es un cadáver reflexivo que va sobre hombros de seres enlutados. Un cadáver que provoca la creación de otros cadáveres. De complejizar en la obscuridad de la historia, la crisis de la adultez, la hipocresía de las religiones y sus siervos, las estigmatizaciones. De comprender estos procesos históricos y socioculturales como algo más que una simple fiebre juvenil de seres sin sentido en el entramado social. De aprehenderlos en sus resistencias y contradicciones. De someterlos no a juicio sino a intelectualizar y a sentir su hacer, para no ser como un simple cadáver resultante del miedo, la ignorancia, el dogma, el poder y el capital.

Si alguien desea obtener el documental, comunicarse con Jeff Brenes a: jeffvrenois@gmail.com o con Indira González a: indigo2483@gmail.com

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